El eco de la traición
El búnker de interrogatorio, diseñado para que ni el sonido de un grito pudiera escapar de sus paredes de acero naval, bullía en una atmósfera cargada de sudor, adrenalina y el olor acre de la sangre fresca.
Marco De la Vega, con las mangas de la camisa arremangadas y los nudillos cubiertos de hematomas, observaba desde el centro del cono de luz.
Frente a él, los hombres de Donatello, capturados tras la refriega en la mansión, eran sombras rotas de lo que habían sido hacía pocas horas.
—La paciencia no es una virtud que me caracterice —dijo Marco, con una voz que era más una sentencia que una pregunta—. ¿Quién dio la orden de entrar? ¿Y quién nos abrió las puertas desde dentro?
Uno de los mercenarios, con el rostro desfigurado por el castigo, levantó la cabeza. Sus ojos no mostraban miedo, sino una burla cínica que le valió un golpe seco de Julián, que permanecía a un costado, con la tableta registrando cada dato que se filtraba.
—¿Creéis que Donatello vino a ciegas? —escupió el prisionero, soltando una carcajada teñida de sangre—.
Tenéis ratas en vuestro propio barco. Alguien ha estado abriendo las puertas desde dentro.
Alguien que conoce esta casa mejor que vosotros, alguien que ha estado jugando con vuestra seguridad mientras os creíais inexpugnables.
Marco sintió un frío atroz, un escalofrío que parecía originarse en el centro mismo de sus huesos.
La sospecha de una brecha interna, algo que siempre había temido pero que se negaba a admitir, se consolidaba como una realidad irrefutable.
La traición no era una posibilidad; era un cáncer que ya se había extendido por las venas de su imperio.
—Llevadlo a las celdas de aislamiento —ordenó Marco, dándole la espalda al prisionero—. Julián, quiero una auditoría de todos los sistemas de seguridad. Si alguien nos ha vendido, quiero ver su nombre en una pantalla antes de que amanezca.
Tras abandonar el búnker, Marco subió hacia el ala médica. Sus pasos sobre el mármol no sonaban con la autoridad habitual; había una pesadez, una duda que le erosionaba la confianza. En su cabeza, la confesión del mercenario no dejaba de repetirse: Alguien que conoce esta casa mejor que vosotros.
Al llegar a la puerta de Daniela, el aire se volvió más denso. Entró con sigilo, esperando encontrar el monitoreo constante de los médicos. En lugar de eso, encontró una escena que le removió las entrañas.
Ángelo estaba desplomado sobre la cama de la mujer.
El niño, que llevaba más de cuarenta y ocho horas sin moverse, sin comer y sin dormir, parecía parte del mobiliario.
Estaba aferrado a la mano de Daniela, un ancla desesperada que lo mantenía unido a la cordura mientras ella, en su coma inducido, permanecía ajena al mundo.
La luz suave de los monitores bañaba el rostro del niño, resaltando las ojeras profundas y la palidez de su piel.
Marco se acercó lentamente, sintiendo que su máscara de magnate se desmoronaba bajo el peso de la realidad. Se arrodilló junto al lecho, su presencia proyectando una sombra alargada sobre la cama.
—Ángelo —susurró, con una voz que sorprendió incluso al propio Marco por su suavidad—. Mírame, hijo.
El niño parpadeó lentamente, despertando de un sueño que era más una huida que un descanso. Sus ojos grises, normalmente llenos de vida, estaban vacíos de brillo.
—¿Va a despertar? —preguntó Ángelo, con una voz rota.
—Va a despertar —respondió Marco, aunque no tenía la certeza absoluta—. Pero tú tienes que hacer tu parte. Si ella abre los ojos y te ve así, si te ve consumido por el miedo, no podrá descansar. Ella te necesita fuerte, Ángelo. Te necesita aquí cuando despierte, pero no como un fantasma.
El niño sollozó, una nota pequeña que quedó atrapada en el silencio de la habitación.
—No quiero dejarla sola. Papá, ella es la única que…
—Ella no está sola —interrumpió Marco, acariciando el cabello del pequeño con una mano que todavía temblaba ligeramente—. Yo la estoy cuidando. Pero ahora mismo, mi mayor prioridad eres tú. Tienes que comer, tienes que descansar. Es una orden, Ángelo. Por ella, y por nosotros.
La negociación fue extenuante. El niño se resistió, aferrándose a la mano de Daniela con una fuerza inusitada, pero Marco, usando una paciencia que nunca había empleado, logró convencerlo. Cuando finalmente el niño se dejó llevar por una niñera, Marco se quedó solo en la penumbra de la habitación.
Miró el rostro de Daniela, tan pálido y sereno, y se preguntó cuánto más podía durar este juego de sombras.
La traición acechaba en los pasillos, los enemigos esperaban fuera de las verjas y, en el centro de todo, la mujer que él había juzgado mal era la clave de una red de mentiras que apenas empezaba a desentrañar.
Se quedó sentado en la penumbra, velando un sueño que no era suyo, sintiendo cómo el destino de todos, en aquella mansión de obsidiana, comenzaba a cambiar de forma.
Y lo peor es que no sabía que, a pocos metros de allí, en la penumbra del pasillo médico, una figura se deslizaba con una familiaridad pasmosa.
Toni, el guardaespaldas encargado de la protección de Ángelo, caminaba con una frialdad gélida.
Conocía cada ángulo muerto, cada sensor que debía evitar.
En su mano, un arma con silenciador era una extensión de su voluntad.
Su objetivo era sencillo: borrar cualquier cabo suelto, terminar el trabajo que Donatello le había encargado.