El peso del reloj de arena
El tiempo en la mansión dejó de medirse en horas y empezó a contarse en el siseo del ventilador pulmonar y el pulso rítmico del monitor cardíaco.
Cinco días habían pasado desde la noche de la traición de Toni, y para Marco, cada amanecer era una derrota.
La habitación de Daniela se había convertido en el eje sobre el cual orbitaba toda su existencia, un lugar donde el magnate implacable desaparecía, dejando solo a un hombre atormentado por su propia ceguera.
Cada mañana, Marco entraba con Ángelo. El niño había recuperado algo de su color, gracias a las atenciones de las niñeras, pero sus ojos seguían buscando en el rostro de Daniela una señal de vida que tardaba en llegar.
Se sentaban en silencio, Marco en un rincón, vigilante, y Ángelo en la silla junto a la cama, narrándole al oído los dibujos que había hecho o las cosas que habían visto en el jardín.
—Sigue durmiendo, Daniela —decía el niño con una paciencia que a Marco le provocaba un nudo en la garganta—. Pero papá dice que eres fuerte. Yo sé que lo eres. Tienes que despertar para que podamos ver el atardecer juntos.
Marco observaba la escena y sentía una punzada de amargura.
Él, que había construido un imperio capaz de doblegar a gobiernos, se sentía ahora como un mendigo suplicando un milagro.
Cada vez que el médico entraba para revisar los apósitos, el corazón de Marco se detenía, esperando la noticia que temía: que el coma se hubiera vuelto permanente o que el cuerpo de Daniela, minado por la falta de alimento y la herida, hubiera decidido rendirse definitivamente.
Mientras tanto, en la sala de mando, Julián libraba su propia guerra. Donatello, tras el fracaso del asalto, había entrado en una fase de silencio absoluto. No había habido más ataques, ni amenazas, ni comunicaciones.
—Es demasiado silencioso, señor —advirtió Julián el sexto día, mientras los datos cruzados llenaban tres pantallas gigantes—.
He analizado los movimientos bancarios de las empresas fantasma de Donatello.
Está liquidando activos a una velocidad vertiginosa.
Está moviendo dinero a paraísos fiscales en cantidades que no tienen sentido para una operación normal.
Es como si estuviera preparando una retirada o, peor aún, una última ofensiva suicida.
Marco se acercó a las pantallas, observando el caos de números.
—No se va a retirar, Julián. Un hombre como él no acepta la pérdida.
Si está liquidando activos, es porque sabe que, tarde o temprano, la base de datos que Daniela le arrebató saldrá a la luz.
Está quemando los puentes para que, cuando el fuego llegue, no quede nada que vincule sus huellas con el incendio.
—Lo que me preocupa —añadió Julián— es que no sabemos dónde está escondido. He escaneado todos sus nodos de comunicación y ha entrado en un "blackout" total. Ha desaparecido del radar.
Marco miró hacia el monitor del ala médica.
Daniela seguía inmóvil, ajena a la tormenta que se gestaba fuera.
La desesperación de Marco, antes un fuego intenso, se estaba convirtiendo en una brasa fría y persistente.
Cada día que ella no despertaba, el secreto que ella guardaba se volvía más inaccesible, más enterrado bajo las capas de su propia inconsciencia.
—Julián, intensifica la vigilancia en los perímetros. No quiero que ni una mosca entre en esta casa sin que lo sepamos. Y asegúrate de que el equipo médico esté aquí las veinticuatro horas. Si ella muere, nos quedamos a ciegas frente a Donatello.
Esa noche, Marco se quedó a solas en el ala médica. Se acercó a la cama y tomó la mano de Daniela. Estaba fría, pero bajo sus dedos, el pulso era firme, un recordatorio de que ella seguía allí, luchando una batalla silenciosa contra la oscuridad.
—Sé que me oyes —susurró Marco, rompiendo el silencio—. Sé que puedes escucharme. Todo lo que te hice... no tiene excusa. He pasado mi vida creyendo que podía controlar el mundo, pero lo único que he hecho ha sido construir una jaula para las personas que más necesitaban estar a salvo.
Se quedó allí, en la penumbra, hasta que la primera luz del séptimo día comenzó a filtrarse por los cristales.
La desesperación le pesaba como plomo en los hombros.
Miró a Ángelo, que dormía en el sofá de la habitación con una expresión de paz que él no sentía, y supo que, si Daniela no despertaba pronto, la mansión que había levantado como un templo de poder terminaría convirtiéndose en su tumba.
La desesperación de Marco no era solo por la información; era por la vida que había estado a punto de destruir.
Se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, el poder no servía de nada.
Estaba ante el umbral de una vida humana y, por mucho que hubiera intentado forzar la puerta, solo le quedaba esperar.
La espera, para un hombre de acción como Marco De la Vega, era la forma más pura de tortura.