Más allá del muro El precio de la memoria
33%

El precio de la memoria

Cinco días habían transcurrido en el "Nido de Obsidiana" bajo una tensión que apenas permitía respirar.

La mansión se sentía como un organismo herido, albergando una guerra fría que se libraba en las sombras.

Marco no se había movido apenas de su puesto de observación.

Sus ojos, enrojecidos por la falta de descanso, estaban fijos en el monitor principal.

Daniela seguía allí, una sombra de la mujer que un día forcejeó contra los atacantes en el patio de la guardería.

Cada día que pasaba, su postura se volvía más lánguida, más vencida; el aislamiento y la privación estaban drenando la vida de su cuerpo como si el búnker fuera una aspiradora de almas.

Julián, por su parte, se había convertido en un espectro de la sala de mando. Había dejado de lado la comida, el sueño y el contacto humano para descifrar el acertijo que Donatello custodiaba con tanto fervor.

—Lo tengo, señor —anunció Julián al quinto día, su voz sonando como grava bajo una bota—.

He logrado descifrar una serie de comunicaciones interceptadas entre los servidores de Donatello y un grupo de expertos en ciberseguridad.

No buscan a Daniela por despecho, ni por contrato.

La buscan porque ella sustrajo el disco duro maestro. La base de datos completa.

Marco se acercó, sus dedos agarrando el borde de la mesa de metal hasta que los tendones quedaron marcados.

—¿La base de datos completa? —preguntó, con la voz apenas un siseo—. ¿Todas sus operaciones ilegales?

—Cada ruta, cada contacto, cada pago sobornado, cada nombre de los funcionarios que tienen en nómina —Julián señaló las pantallas—.

Donatello no está buscando a una mujer; está buscando la póliza de seguro que Daniela le arrebató.

Si esa información sale a la luz, su imperio se desmorona en cuestión de horas.

El silencio que siguió a la revelación fue absoluto. Marco recordó la mochila que le habían incautado en la estación de autobuses. La habían registrado hasta el último centímetro, deshaciendo las costuras y escaneando cada objeto. No había nada. Solo ropa básica, un mapa y dinero.

—Registramos todo, Julián. No había nada. Ningún dispositivo, ninguna unidad de almacenamiento —Marco comenzó a caminar por la sala, sintiendo una furia creciente—. ¿Dónde diablos lo ha escondido?

—Si no está en el equipaje, tiene que estar en su memoria o en un lugar que ella considera absolutamente seguro —respondió Julián, bajando la voz—. O quizás... quizás no es un objeto. Quizás es un código que ella memorizó.

Marco miró hacia la pantalla del sótano.

Daniela estaba echada en el suelo, encogida en posición fetal.

La imagen era tan desoladora que, por primera vez, sintió que, si ella moría allí abajo, el secreto moriría con ella.

La rabia de Marco dio paso a una frialdad táctica, casi quirúrgica.

Necesitaba que ella volviera a la vida, o al menos, que tuviera la fuerza suficiente para hablar.

—Prepara agua —ordenó Marco, sorprendiendo a Julián—. Y algo de suero. No puede morir todavía. Necesito saber dónde está esa información.

Marco descendió al sótano. El aire frío y metálico le dio la bienvenida.

Al entrar, el cono de luz cenital pareció intensificarse.

Daniela no se movió al principio. Su respiración era tan superficial que Marco se acercó con cautela, temiendo encontrar un cuerpo sin vida.

Se arrodilló a su lado, sintiendo la dureza del metal bajo sus rodillas.

—Daniela —llamó, con una voz extrañamente carente de su agresividad habitual.

Ella tardó varios segundos en reaccionar.

Cuando abrió los ojos, no había fuerza en ellos, solo una rendición absoluta ante el vacío.

Marco acercó el vaso de agua y lo sostuvo contra sus labios partidos.

Ella bebió con una avidez animal, un gesto desesperado que a Marco le provocó una punzada de algo similar al remordimiento.

—Bebe despacio —dijo él, apoyando una mano en su espalda para ayudarla a mantenerse erguida.

El contacto fue breve, pero Daniela pareció reaccionar, como si el agua fuera el único hilo que la conectaba al mundo de los vivos.

—¿Por qué...? —susurró ella, con la voz hecha añicos—. Creí que quería que me derrumbara.

—Lo quería —admitió Marco, dejando el vaso a un lado y mirándola con una intensidad que buscaba la verdad tras la derrota—. Pero he descubierto qué es lo que Donatello busca en ti. He descubierto que tienes su vida en tus manos, Daniela. La base de datos.

Daniela bajó la mirada, y un atisbo de la vieja Daniela, la que era capaz de ocultar verdades detrás de una sonrisa, cruzó por sus facciones. Pero era una sombra, nada más.

—Usted no entiende nada —dijo ella, con un hilo de voz—. Donatello no busca un disco duro. Busca un mapa hacia el fin de todo esto. Y cree que soy yo quien tiene las llaves.

—Dime dónde está —exigió Marco, aunque sus dedos, que todavía sentían el roce de la espalda de ella, dudaban—. Si me lo das, puedo protegerte. Puedo hacer que Donatello desaparezca.

Daniela soltó una risa seca, un sonido casi inexistente que terminó en un acceso de tos.

—Usted no puede proteger a nadie, Marco. Ni siquiera a usted mismo. Está atrapado en este búnker tanto como yo. La diferencia es que yo he dejado de temer a la oscuridad.

Marco la observó, intentando descifrar si estaba ante una mujer rota o ante alguien que estaba jugando la última carta de una partida que él aún no comprendía.

El búnker se sintió más frío que nunca, y mientras ella volvía a cerrar los ojos, Marco supo que, a pesar del agua y el cuidado, la batalla por la información no había hecho más que empezar.

Él tenía el cuerpo, pero ella, desde el suelo de aquel sótano, seguía teniendo el poder.