Más allá del muro El asedio de obsidiana
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El asedio de obsidiana

La calma de la mansión se rompió no con un susurro, sino con una detonación que hizo temblar los cimientos de "El Nido de Obsidiana".

El estallido provino del sector sur, un ataque quirúrgico que pulverizó la verja exterior y lanzó a los guardias de Marco en un caos absoluto.

En la sala de mando, las pantallas se iluminaron con alertas rojas: el perímetro había sido vulnerado.

—Donatello —escupió Marco, mientras se ajustaba el arma al cinto—. Ha perdido la paciencia. Julián, activa el protocolo Omega. Prioridad absoluta: salvaguardar a Ángelo. Si algo le pasa, el resto de la mansión puede arder.

Julián, con los ojos inyectados en sangre, tecleaba órdenes a una velocidad inhumana. —Los hombres de Donatello están usando cargas de demolición. Están ganando terreno, señor. Han entrado por el sótano.

Marco sintió que la sangre se le helaba. El sótano. Daniela.

—¡Protege a mi hijo! —bramó Marco mientras corría hacia el ala de los dormitorios, pero ya era tarde. En la confusión, una unidad de élite de Donatello había llegado al nivel inferior.

Mientras el caos se apoderaba de los pasillos, con el intercambio de disparos retumbando contra las paredes de cristal, un mercenario alto, con la cara cubierta por una máscara táctica, logró llegar al búnker.

Daniela, que apenas podía mantenerse en pie tras días de ayuno, fue sacada a rastras por el hombre.

El aire de la mansión estaba cargado de pólvora y gritos agónicos.

El mercenario la arrastró por el pasillo principal, usando su cuerpo como escudo humano mientras avanzaba hacia la salida.

Fue en ese momento, en la intersección del ala oeste, cuando el destino decidió jugar su carta más cruel.

Otro grupo de asaltantes, liderado por un teniente de Donatello, emergía de las sombras con un trofeo mucho más valioso: Ángelo.

El niño, pálido y aterrorizado, era arrastrado por el brazo, sin entender por qué su hogar se había convertido en un infierno.

Daniela, que apenas conservaba un hilo de conciencia, vio al niño.

La visión de Ángelo, a merced de aquellos hombres, activó algo en su interior, una reserva de energía que no debería existir.

El dolor de sus costillas y el hambre atroz quedaron relegados a un segundo plano, silenciados por un instinto protector que la obligó a reaccionar.

Aprovechando un segundo de distracción del hombre que la retenía, cuando este giró la cabeza para reconocer a su compañero, Daniela hundió el tacón de su bota en el empeine del atacante y, con un movimiento rápido y preciso, le lanzó un golpe seco en la tráquea.

El hombre soltó un gorgoteo y cayó al suelo, soltándola.

Daniela no se detuvo; se abalanzó sobre el captor de Ángelo, lanzándose contra él con una ferocidad suicida.

—¡Suéltalo! —gritó, golpeando al teniente en la cara con un objeto metálico que había arrancado de la pared.

La pelea fue brutal y desordenada. El teniente, sorprendido por la resistencia de una mujer que debería estar moribunda, se defendió con un cuchillo.

Daniela logró apartar a Ángelo, empujándolo hacia un hueco tras una estatua, pero en el forcejeo final, la hoja del cuchillo le atravesó el costado, un dolor ardiente que la hizo colapsar.

El teniente levantó el arma para dar el golpe de gracia, pero un estruendo metálico cortó el aire. Marco apareció al final del pasillo, con el rostro desencajado. Sin decir una palabra, disparó dos veces. El teniente cayó fulminado antes de que pudiera rozar a la mujer.

Marco corrió hacia ellos, cayendo de rodillas junto a Daniela. Ángelo salió de su escondite y se lanzó a los brazos de su padre, sollozando sin control, pero Marco apenas podía verlo. Sus ojos estaban clavados en la mancha carmesí que se extendía rápidamente por la ropa de Daniela.

—¡Julián, llama al médico de emergencia! —gritó Marco, presionando la herida con sus manos.

Daniela respiraba con dificultad, sus ojos perdiendo el enfoque. —Él... él está bien —susurró con una sonrisa apenas visible—. Eso... es lo único que importa.

Marco la miró, y por primera vez, el hombre que solo conocía el control absoluto sintió el pánico desgarrándole las entrañas.

La base de datos, los secretos, Donatello.

.. nada tenía importancia. La mujer que había llegado como un fantasma, la que él había encerrado y torturado, acababa de salvar lo único que él amaba a costa de su propia vida.

—No te atrevas a cerrar los ojos —ordenó Marco, con la voz quebrada—. No te atrevas a dejarme esto a mí.

La mansión seguía ardiendo, y el eco de los disparos aún resonaba, pero en ese pasillo, el tiempo se detuvo.

Marco, rodeado de sus hombres y con su hijo aferrado a su abrigo, se quedó allí, sosteniendo la vida de la mujer que, en medio de la oscuridad absoluta de su mundo, le había enseñado el significado de la lealtad.