El peso del abismo
La sala de mando se sentía esta noche más pequeña, asfixiante bajo la luz azulada de los servidores.
Marco observaba la pantalla principal, donde la imagen de Daniela, estática y solitaria parecía haber perdido la chispa de desafío que la había mantenido a flote durante los días de encierro.
Julián, con la sombra de la fatiga marcada profundamente en sus ojos, tecleaba con una energía febril.
—Todo encaja, señor —dijo Julián, sin despegar la vista del monitor—.
He cruzado los registros hospitalarios de la zona sur con los datos de las fiestas de compromiso de esa época.
La fecha de la paliza coincide con el ingreso de una paciente anónima por "caída accidental" en una clínica privada de Donatello.
Los informes médicos fueron purgados a los tres días. Ella no mentía sobre eso.
Marco no respondió, manteniendo sus manos cruzadas a la espalda mientras observaba cómo el cursor de Julián se movía por el mapa de red de la mansión.
—Pero hay algo más que no me cuadra —continuó Julián, deteniéndose—.
Estoy tras la pista de quién filtró nuestra ubicación a Donatello.
He detectado un patrón de encriptación que viene de dentro, un protocolo de comunicación que se activó en el momento exacto en que entramos en el hospital.
No fue Daniela, ni tampoco Ángelo. Es alguien con acceso al sistema raíz de la casa.
En cuanto tenga el identificador, sabremos quién es la rata.
Marco asintió, aunque su mente estaba lejos de los datos técnicos. Se sentía como un hombre que caminaba sobre hielo fino, tratando de no ver las grietas que se extendían bajo sus pies.
Esa noche, la mansión cayó en un silencio sepulcral, un vacío que Marco llenó volviendo a la sala de mando.
Sus ojos se fijaron en el monitor que mostraba el sótano.
Daniela estaba allí, en la esquina más alejada del cono de luz, sentada con las rodillas contra el pecho.
Ya no había rastro de la mujer altiva que le había plantado cara horas antes.
Ahora, su postura era la de un náufrago que ha soltado el remo; lucía derrotada, con la cabeza gacha, como si el peso de su propia confesión hubiera terminado por aplastar su voluntad de vivir.
—Se ha rendido —murmuró Julián, quien había entrado en la sala silenciosamente—. Después de confesar, parece que ha perdido el ancla.
—No —respondió Marco, su voz cargada de un cinismo instintivo—. No la conozco, pero no es del tipo que se rinde porque sí. Algo no encaja, Julián.
Marco hizo un zoom digital a la imagen. Observó los hombros de ella, la forma en que sus dedos trazaban círculos invisibles en el suelo metálico.
—Donatello es un hombre de costumbres —continuó Marco, pensativo—.
Lo que no entiendo es por qué, después de tres años, sigue obsesionado con ella.
Ella dijo que él quería el imperio que ella representaba, pero un socio como Donatello no pierde tres años de recursos por una simple "mercancía" de contrato.
Hay algo más. Algo que ella no está contando.
Quizás ella no se llevó solo su libertad aquella noche.
Julián se giró, arqueando una ceja. —¿Sugiere que ella oculta algo que él necesita desesperadamente?
—Donatello no busca a una mujer, busca un activo —concluyó Marco, sintiendo un escalofrío—.
Ella dice que escapó porque temía por su vida, pero si ella tuviera algo que él desea.
.. una cuenta, un documento, una llave..
. eso explicaría por qué Donatello no la ha matado.
La quiere viva. Y si ella sabe lo que él quiere, la tiene como rehén de su propia supervivencia.
Mientras observaba a Daniela en la pantalla, Marco sintió una punzada de algo que no podía definir: ¿era empatía por su situación de acorralada o la admiración fría de un estratega ante un oponente superior?
Daniela seguía allí, inmóvil en el suelo del sótano, pareciendo desear que el mundo se cerrara sobre ella.
—Julián —ordenó Marco, sin dejar de mirar la pantalla—, deja de rastrear la fuga de información por un momento.
Quiero que busques en los archivos privados de Donatello cualquier cosa relacionada con una "transferencia" o un "código de acceso" que Daniela pudiera haber sustraído hace tres años.
Si ella es el centro de esta tormenta, es por algo por lo que lleva dentro.
Julián asintió y comenzó a trabajar, pero Marco no podía apartar la vista de la celda.
Daniela parecía querer dejar este mundo, sumida en una derrota que se sentía casi como una despedida.
Sin embargo, Marco, el hombre que no creía en las casualidades, empezó a sospechar que ese estado de abandono era otra pieza más del juego.
"¿Qué estás planeando, Daniela?", se preguntó en el silencio de la noche. "¿Te estás rindiendo realmente, o estás esperando a que me acerque lo suficiente para ver el filo de la daga?"
El juego no se había vuelto más sencillo; simplemente había cambiado de nivel, y Marco sabía que, en las próximas horas, la mansión sería el escenario de una verdad que ni siquiera él estaba preparado para enfrentar.