La moneda de cambio
La llegada de Donatello a "El Nido de Obsidiana" no fue la de un invitado, sino la de una marea negra que arrastró consigo una violencia silenciosa.
Sus hombres, una docena de sombras armadas, ocuparon el perímetro de la mansión con una precisión que igualaba a la de Marco.
Cuando Donatello cruzó el umbral del salón principal, el aire pareció condensarse.
Era un hombre cuya sola presencia sugería el peso de mil contratos rotos y el olor del dinero manchado de sangre.
Marco lo esperaba junto al gran ventanal, con una copa de whisky en la mano y la espalda recta como una lanza. El contraste entre ambos era absoluto: Marco representaba la frialdad estratégica, Donatello la ambición visceral.
—Has invadido mi casa sin una invitación, Donatello —dijo Marco, su voz carente de cualquier atisbo de hospitalidad—. Eso es una declaración de guerra, no una visita de cortesía.
Donatello soltó una carcajada que sonó a cristales rotos. Se quitó los guantes de cuero con una lentitud deliberada.
—No juego a la política contigo, Marco. Vengo por lo que es mío.
El padre de Daniela, en un gesto de buena fe tras la consolidación de nuestra sociedad, firmó un acuerdo.
Ella me pertenecía por derecho de contrato, una forma de pago que sellaba nuestras fortunas.
Y supe que terminaste salvándola en aquel parque infantil.
Marco sintió un espasmo de incredulidad. ¿El padre de Daniela la había vendido como una vulgar mercancía? La frialdad de aquel mundo le resultó, por un instante, nauseabunda.
—Aquí no está Daniela —mintió Marco con una voz gélida, manteniendo el rostro impasible—. Te han informado mal. Estás perdiendo el tiempo en mi propiedad.
Donatello se detuvo a un metro de él, sus ojos estrechados como los de un reptil.
—No mientas. Mis ojos están en todas partes. Dime, Marco, ¿Cómo llegó Daniela a un hospital que te pertenece?, ¿Quién se encargó de que llegaras justo antes de que ella escapara? Esa información no sale del aire.
Marco no respondió, pero una pieza del rompecabezas encajó con un chasquido metálico en su mente.
Si Donatello sabía que él la tenía, y si Donatello sabía detalles de la operación, solo había una explicación.
Daniela. Ella debía estar filtrando su ubicación, manipulando los hilos desde el sótano para que ambos colisionaran.
Pero ¿Cómo?. La idea la convirtió, ante sus ojos, en una espía magistral.
Cada palabra de ella en el sótano, cada preocupación por Ángelo se transformó de pronto en una artimaña diseñada para desestabilizarlo.
—Sal de mi casa —ordenó Marco, recuperando su aplomo—. Si vuelves a cruzar mi verja, no saldrás de aquí vivo.
Donatello sonrió, una mueca que no llegó a sus ojos. —La reclamaré, Marco. Es mi derecho de propiedad. Y no me importa si tengo que derribar cada muro de esta mansión para encontrarla.
Cuando los hombres de Donatello finalmente se retiraron, la mansión no recuperó la paz; se quedó con un pulso acelerado. Marco, lejos de mostrarse aliviado, estaba hirviendo en una rabia contenida. Subió a la sala de mando, donde Julián lo esperaba con una expresión de preocupación.
—Julián —dijo Marco, su voz convertida en un látigo—, quiero una auditoría total. Alguien está filtrando información desde dentro. Y no hablo de los guardias. Hablo de una brecha en nuestra seguridad digital. Necesito saber quién está enviando señales fuera de este búnker.
—¿Señor, cree que ella...?
—Creo que nos está usando como peones —interrumpió Marco, acercándose a los servidores—.
Donatello sabe que yo la tengo. Ella nos está obligando a ambos que choquemos, y mientras nosotros nos matamos, ella buscará su oportunidad.
Quiero que rastrees cada paquete de datos que haya salido de esta mansión en las últimas 24 horas.
Si alguien ha enviado un código o un mensaje, lo quiero sobre mi escritorio.
Julián comenzó a trabajar, sus manos volando sobre los teclados. El ambiente era eléctrico. Marco se quedó frente a las pantallas, viendo los puntos de control de seguridad. Se sentía como un hombre que, al intentar atrapar a una mosca, había terminado encerrándose en una tela de araña que no veía.
Esa noche, mientras la mansión parecía retorcerse bajo la presión de la vigilancia, Marco volvió al sótano. Daniela estaba sentada en el suelo, más débil que nunca por la inanición. Al ver a Marco entrar, no levantó la vista. Él se detuvo ante ella, con la mirada cargada de una sospecha renovada.
—Donatello estuvo aquí —dijo Marco—. Sabe que estás conmigo. Y ahora sé que tú has sido quien lo ha traído a mi puerta.
Daniela levantó la cabeza, sus ojos brillando con una mezcla de debilidad y desafío.
—Ustedes dos son iguales, Marco. Se merecen el uno al otro.
Si Donatello está aquí, es porque usted no es tan inteligente como cree, y porque yo he dejado de temer lo que ambos puedan hacerme.
Pero no sé como crees que yo he podido filtrar información, llevo encerrada aquí desde…
bueno no se desde cuándo, pero veo un poco difícil hacer nada desde estas cuatro paredes.
Marco se inclinó, su sombra envolviéndola. —No eres una víctima. Eres una arquitecta de caos. Pero olvidas una cosa: soy yo quien tiene la llave de tu celda. Y si Donatello quiere derribar esta casa, serás lo primero que destruya antes de entregarte.
Salió de la celda, más convencido que nunca de que la mujer allí abajo era el epicentro de un terremoto. Julián entró corriendo en el pasillo, con una tableta en la mano.
—Señor, lo encontramos. Alguien ha estado enviando pulsos de baja frecuencia desde el sótano hacia el exterior. Alguien que no es ella, pero que tiene acceso al conducto principal.
Marco palideció. Los ojos le saltaron a la rejilla de ventilación.
¿Ángelo? ¿Había estado el niño comunicándose con alguien fuera de la casa, tratando de salvarla?
La sospecha se extendió a cada rincón de la mansión.
Ya no era solo Daniela; era su propio hijo el que estaba jugando en el centro de un conflicto de titanes.
—Cerrad el ala oeste —ordenó Marco, sintiendo por primera vez el verdadero peso del peligro—. Esta casa ya no es un refugio. Es una trampa. Y voy a empezar a romperla desde dentro.