Más allá del muro La trampa de la inocencia
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La trampa de la inocencia

La mansión se había transformado en un ecosistema de desconfianza.

El ala oeste, donde residían los aposentos de Ángelo, estaba ahora bajo un asedio silencioso: guardias armados patrullaban el pasillo las veinticuatro horas y cada ventana estaba sellada con sensores de movimiento.

Sin embargo, Ángelo permanecía encerrado en su habitación desde el incidente, sumido en un silencio que resultaba más alarmante que cualquier estallido de ira.

En la sala de mando, Julián analizaba los registros de los sensores térmicos.

—Señor —dijo Julián, retirándose las gafas de lectura con un gesto de cansancio—, llevo seis horas revisando los logs de los conductos.

No hay rastro de Ángelo saliendo de su habitación desde hace días.

Además, seamos realistas: es un niño de cinco años.

¿Cómo podría operar un equipo de transmisión de baja frecuencia o burlar nuestros protocolos de encriptación? Es físicamente imposible.

Marco se frotó la sien, sintiendo cómo el cansancio le nublaba el juicio. El cinismo, su escudo habitual, empezaba a fisurarse. Si no era el niño, la brecha de seguridad tenía que venir de los hombres destinados al sótano.

—Tienes razón —concedió Marco, con una frialdad tajante—.

Si el niño está fuera de juego, la filtración viene de abajo.

Alguno de mis guardias tiene un precio, o quizás ella los ha manipulado con la misma habilidad con la que se infiltró en la guardería.

Julián, quiero una investigación exhaustiva sobre todos los guardias que han hecho guardia en el búnker.

Revisa sus cuentas, sus llamadas, sus lazos familiares.

Si alguien ha hablado, quiero saberlo antes del amanecer.

Mientras Julián se sumergía en el laberinto de datos personales de su propio equipo, Marco sintió la necesidad de confrontar la fuente de su ansiedad.

Caminó por el pasillo del ala oeste, donde el aire se sentía viciado por el encierro.

Al entrar en la habitación de su hijo, encontró a Ángelo sentado en la alfombra, rodeado de sus soldados de juguete, pero con una mirada ausente que le encogió el corazón por un segundo.

—¿Sigues pensando en ella? —preguntó Marco, cuya voz intentó ser firme, pero terminó sonando áspera.

Ángelo levantó la vista, y en sus ojos grises, Marco vio una decepción que le resultaba incomprensible.

—Ella es buena, papá. Tú no la conoces. Tú solo ves lo que quieres ver. Ella no quería huir, ella solo quería que yo estuviera a salvo. ¿Por qué la tratas como a un monstruo?

Marco sintió una punzada de algo similar a la culpa, pero la enterró bajo un cálculo frío. De repente, una idea, tan oscura como brillante, se formó en su mente. Si Daniela era capaz de manipular a sus guardias, ¿cómo reaccionaría ante la única persona que realmente parecía importarle?

—¿Quieres verla, Ángelo? —preguntó Marco, bajando el tono.

El niño se puso en pie de un salto, con los ojos brillando de esperanza.

—¿De verdad?

—Sí. Pero con una condición. Nadie puede saber que estarás allí.

Hablaréis solos. Yo estaré trabajando, pero necesito que seas honesto conmigo después.

Si ella te dice algo, si te pide ayuda, si te revela quién la ayudó.

.. necesito que me lo cuentes. Es la única forma de que pueda decidir qué hacer con ella.

Ángelo asintió con fervor, sin detectar la trampa. Marco lo guió por los pasillos, evitando la seguridad principal, hasta llegar a la pesada puerta de metal del sótano.

—Tienes cinco minutos —dijo Marco, abriéndola—. Estaré vigilando por seguridad. No te muevas del cono de luz.

Marco se retiró al centro de mando. Julián lo observaba con duda.

—¿Está seguro de esto, señor? Usar al niño como cebo...

—No es un cebo —mintió Marco, aunque sabía que sí lo era—. Es un experimento. Si ella es la mujer fría que creo, intentará usarlo para escapar. Si ella es algo más, veremos qué ocurre cuando la inocencia se enfrenta a la desesperación.

En la pantalla del monitor, la imagen cobró vida. La luz blanca y cegadora iluminó el rostro demacrado de Daniela, que, al ver aparecer al niño, se puso en pie con un esfuerzo agónico, olvidando su propia debilidad.

—¡Ángelo! —exclamó ella, y por primera vez, su voz se quebró, no por el hambre, sino por el miedo—. ¿Qué haces aquí? ¡Vete! ¡Esto es peligroso!

—He venido a verte —dijo el niño, acercándose a ella y tomándole las manos, que estaban manchadas de suciedad—. Papá dice que no eres mala, pero que debes decirme quién te ayudó a enviar los mensajes. Si le dices la verdad, quizás te deje salir.

Daniela miró hacia la cámara, como si pudiera ver a través de la lente hasta el alma de Marco.

Su mirada no era de súplica, sino de una comprensión devastadora.

Marco, observando desde la sala de mando, contuvo la respiración.

Estaba a punto de ver quién era realmente la mujer que tenía bajo su custodia: una manipuladora dispuesta a quebrar a un niño para salvarse, o algo mucho más complejo y, por tanto, mucho más aterrador.