Más allá del muro Los hilos de la red
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Los hilos de la red

La mansión estaba envuelta en un silencio sepulcral cuando Julián entró en la sala de mando, portando una carpeta física, un anacronismo que siempre reservaba para la información más sensible. Sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueño, pero había un brillo de triunfo en su mirada.

—Lo tengo, señor —dijo, depositando el dossier sobre el escritorio de caoba—.

He rastreado una red de servidores privados vinculados a la familia de ella.

La imagen que teníamos de "hija sumisa" estaba incompleta.

Hace tres años, Daniela estaba comprometida.

Su prometido era Donatello, el hombre que controla toda la logística de importación en el sur. Un socio clave de su padre.

Marco dejó el vaso de whisky que sostenía y se acercó a la carpeta. Al abrirla, vio una fotografía de Daniela, con un vestido elegante, sonriendo a un hombre mucho mayor, un rostro que denotaba poder y una frialdad depredadora.

—Faltaban dos semanas para la boda cuando desapareció —continuó Julián, señalando una fecha en el documento—.

Donatello no ha dejado de buscarla desde entonces.

Ha quemado recursos, ha pagado informantes y ha presionado al padre de ella hasta el límite.

Pero el padre... ni se ha inmutado. Ha dejado que Donatello gaste su fortuna buscando a una novia fugitiva.

—Eso no tiene sentido —musitó Marco, estudiando la fotografía—. Si ella es un activo valioso para su padre, ¿por qué no buscarla él mismo?

—Quizás ella no es un activo, señor. Quizás ella es el secreto que Donatello quería controlar. Si ella se fugó, se llevó algo con ella. O quizás, simplemente, no quería ser parte de ese acuerdo comercial.

Marco cerró la carpeta con un golpe seco. La debilidad de Daniela por el aislamiento y la falta de alimento debía haber hecho su efecto. Era el momento.

Bajó al sótano con una linterna que cortaba la oscuridad como una espada.

Al abrir la puerta, el aire viciado la golpeó con fuerza.

Daniela estaba encogida sobre sí misma; su piel, antes pálida, ahora tenía un tono grisáceo, y su respiración era un siseo apenas perceptible.

A pesar de su estado, cuando escuchó los pasos de Marco, su cabeza se levantó con un esfuerzo agónico.

Marco se acercó, arrastrando una silla, y se sentó frente a ella.

—Donatello te busca, Daniela. Se nota que te quería... o que quería el poder que representabas en esa unión. ¿Por qué huir de un hombre que podía darte todo el imperio que tu padre te negaba?

Daniela parpadeó, tratando de enfocar los ojos. Sus labios estaban partidos, pero cuando finalmente habló, su voz no fue una súplica, sino una pregunta que cortó el aire.

—¿Cómo está Ángelo?

Marco se quedó paralizado. Se esperaba un llanto, una negación o un intento de defensa. No esperaba la preocupación genuina por su hijo. Aquella pregunta, formulada en el límite de la inconsciencia, lo descuadró completamente.

—¿Por qué te importa? —replicó Marco, con la voz más tensa que nunca—. Estás muriendo de hambre en un búnker. Tu prometido, Donatello, está moviendo cielo y tierra para encontrarte, y tú preguntas por mi hijo.

Daniela esbozó una sonrisa débil, carente de ironía.

—Porque él no tiene la culpa de quién es su padre.

Usted está tan obsesionado con los juegos de poder, con Donatello, con mi padre, con sus guerras.

.. que olvida que Ángelo es el único que todavía tiene luz en esta casa.

Si me va a dejar aquí hasta que el corazón se me detenga, no me importa. Solo quiero saber si está bien.

Marco se puso en pie, caminando en círculos bajo el foco cenital.

La lógica que había construido, la idea de Daniela como una manipuladora experta, empezaba a flaquear bajo el peso de una humanidad que no podía catalogar.

La miró, realmente la miró, y por un instante vio a la mujer que había salvado a su hijo, no por deber, no por estrategia, sino porque ese era su código.

—Donatello te encontrará —dijo Marco, intentando recuperar el control—. Y cuando lo haga, no habrá búnker que te proteja de él.

—Donatello no me encontrará —respondió ella con una serenidad que le heló la sangre—, porque he aprendido a desaparecer de las manos de gente como él.

Lo único que me preocupa es usted, Marco.

Porque usted está tan ocupado buscando demonios en mi pasado que no se está dando cuenta de que, encerrándome aquí, le está abriendo la puerta a los verdaderos.

Marco se detuvo en el umbral de la puerta, con la mano apoyada en el acero frío. La confusión era una marea que amenazaba con ahogarlo. ¿Por qué ella se preocupaba por Ángelo mientras el hombre que la deseaba la cazaba como a un animal?

Salió del sótano, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. En la sala de mando, Julián lo esperaba.

—Señor, tenemos una señal. Alguien ha interceptado nuestras comunicaciones internas. Es Donatello. Sabe que la tenemos.

Marco miró las pantallas. La guerra por Daniela no estaba empezando; ya estaba librándose.

Y mientras sus hombres se movían para defender la fortaleza, Marco sintió un vacío en el pecho.

Por primera vez, el peligro no venía de la mujer encadenada en su sótano, sino de la tormenta que se acercaba desde fuera.

—Julián —dijo Marco, con una voz extrañamente calmada—, prepara el perímetro. Si Donatello quiere entrar en esta casa, verá que no soy tan fácil de doblegar como los hombres que ella abandonó.

La duda seguía ahí, latente, pero el pragmatismo de un hombre acostumbrado a la guerra tomó el control. Daniela era un enigma, pero ahora era un enigma que debía proteger a toda costa del hombre que venía a reclamarla.