Voces en el conducto
La mansión de los De la Vega se sumió en un silencio espectral cuando el reloj marcó las dos de la madrugada.
Los guardias se habían relevado en sus puestos, pero el sistema de cámaras seguía escaneando cada rincón como ojos mecánicos implacables.
Ángelo, sin embargo, conocía los puntos ciegos.
Durante años, ese búnker de cristal y piedra había sido su campo de juegos, y los conductos de ventilación, sus túneles secretos.
Con una linterna de pequeño tamaño y una determinación que le pesaba en el pecho, Ángelo se arrastró por el estrecho conducto que comunicaba el ala este con el sótano.
El metal estaba frío y vibraba con el zumbido de los sistemas de aire acondicionado.
Sus movimientos eran torpes, pero cuidadosos.
Finalmente, llegó a la rejilla que daba a la estancia blindada.
Abajo, Daniela estaba sentada en el centro del cono de luz, con la cabeza gacha. La privación de alimento y agua empezaba a pasar factura; su rostro estaba pálido, casi translúcido bajo el foco.
—¿Daniela? —susurró el niño, pegando los labios al metal de la rejilla.
Ella levantó la vista lentamente. Al ver al pequeño, sus ojos, antes vacíos de esperanza, se encendieron con una mezcla de horror y ternura.
—¿Ángelo? ¿Qué haces aquí? —dijo ella, con la voz quebrada por la sed—. Vete de inmediato. Si te encuentran, te castigarán por mi culpa.
—He traído agua —dijo él, ignorando su advertencia mientras empujaba con cuidado un pequeño recipiente a través de la rejilla, que Daniela logró atrapar con sus manos atadas—.
Voy a ayudarte a salir. Conozco el código de la puerta principal.
Si esperas a que cambien el turno de guardia, podré abrirte desde la consola central.
Daniela sintió que una lágrima, la primera en años, le quemaba el rostro. Aquel niño, el único vestigio de inocencia en aquel lugar podrido, estaba arriesgándolo todo por ella.
—Ángelo, escúchame bien —dijo ella, con una autoridad que no admitía réplicas—.
No vas a hacer nada de eso. No puedes meterte en estas cosas de adultos.
No te corresponde a ti cargar con esta guerra.
Yo no tengo nada por lo que sentirme culpable, pero tú.
.. tú eres solo un niño. Tienes que preocuparte por jugar, por crecer, por ser feliz.
Prométeme que volverás a tu habitación y que no volverás a buscarme.
—Pero te van a matar, papá está muy enfadado —insistió el pequeño, con la voz temblando—. No quiero que te pase nada.
—Lo que me pase a mí no es tu responsabilidad —respondió ella, suavizando el tono—. Eres valiente, Ángelo, pero la valentía más grande es saber cuándo no es tu turno de luchar. Por favor, vete. Es una orden.
El niño sollozó en silencio, un sonido que apenas llegó a los oídos de Daniela. Se alejó arrastrándose por el conducto, dejando a la mujer sumida en una soledad aún más amarga que antes.
Lo que ni el niño ni Daniela sospechaban era que el sistema de vigilancia de Marco no solo grababa imágenes, sino que amplificaba cada susurro dentro de los conductos.
En la sala de mando, Marco escuchaba la conversación a través de sus auriculares.
Sus dedos, que normalmente se movían con la agilidad de un pianista sobre los teclados, estaban entrelazados con fuerza, tensos hasta que los nudillos se tornaron blancos.
La voz de Ángelo, cargada de una lealtad pura y desesperada, y la respuesta de Daniela, firme, protectora y exenta de cualquier rastro de manipulación, chocaron con los muros de acero de su mente.
Durante años, Marco había vivido bajo la convicción de que nadie actuaba sin un interés propio.
El egoísmo era la moneda de cambio de su mundo.
Y, sin embargo, allí estaba: una mujer que, bajo tortura y aislamiento, prefería rechazar la ayuda de un niño para proteger su inocencia.
Se quedó allí, solo en la sala iluminada por el resplandor verde de los monitores, con los auriculares apretados contra sus oídos.
Aquellas palabras no cuadraban. ¿Cómo podía ser una infiltrada fría y calculadora si su instinto era proteger al hijo de su enemigo?
¿Por qué rechazar una oportunidad de fuga si era realmente la asesina que él creía?
La confusión le nubló el juicio durante unos segundos, una fisura en su armadura de hierro. Sin embargo, su naturaleza no se quebró. Se puso en pie, ajustándose la chaqueta, y recuperó su fachada de piedra.
—Julián —llamó, con la voz más fría que nunca—. Asegura los conductos de ventilación. Y lleva al niño a su habitación bajo vigilancia estricta.
—¿Señor? ¿Va a cambiar algo en el protocolo de la prisionera?
Marco miró hacia la pantalla, donde la figura de Daniela seguía inmóvil en el cono de luz. Una sombra de duda cruzó su rostro, pero la enterró bajo capas de cinismo y años de desconfianza.
—No —respondió—. El hecho de que sea capaz de proteger a un niño no la hace menos peligrosa para mí. Al contrario: la hace capaz de usarlo. Si Ángelo la quiere tanto, eso la convierte en una herramienta aún más peligrosa. No cambies nada.
Salió de la sala, dejando tras de sí el eco de sus pasos, convencido de que, aunque su mente estuviera confusa, sus principios seguían siendo los correctos.
En la mansión, el juego se tornaba más oscuro; mientras la lealtad del niño se convertía en una carga, la determinación de Daniela se volvía una fortaleza inexpugnable. El asedio continuaba.