La última huida
La caída desde la ventana del primer piso fue un impacto seco.
Daniela aterrizó sobre el césped húmedo del jardín trasero del hospital, amortiguando la caída con un giro que sus instintos dictaron antes que su pensamiento.
Una costilla le protestó con una punzada aguda, pero la ignoró.
Ya no era Elena Varela; era un animal herido buscando el refugio de su madriguera.
Sin mirar atrás, se fundió con la maleza del perímetro.
Sabía que había sensores de movimiento y que estaban vinculados a la seguridad privada de Marco, por lo que los evitó.
Se movió con la fluidez de una sombra, saltando la verja exterior por un punto que había identificado como un "punto ciego" en la vigilancia.
San Cristóbal dormía bajo un manto de neblina.
Daniela evitó las avenidas principales, donde las cámaras de tráfico habrían captado su silueta.
En su lugar, utilizó los callejones traseros y las rutas de reparto comercial, moviéndose con una cadencia errática que impedía cualquier seguimiento lineal.
Su mente funcionaba como un cronómetro: cada giro, cada atajo, cada segundo ahorrado era una ventaja sobre los hombres de Marco.
Llegó a su apartamento, un pequeño estudio en la periferia, casi una hora después. Entró por la puerta trasera, usando la llave que siempre mantenía en su bolsillo. El lugar estaba exactamente como lo había dejado: impersonal, limpio, casi estéril.
No hubo sentimentalismo. Se dirigió al armario y empujó el fondo falso que ella misma había instalado al mudarse.
De allí extrajo una pequeña caja metálica.
Contenía su pasaporte real, una cantidad considerable de dinero en efectivo que había logrado reunir durante tres años de privaciones, y un teléfono desechable que solo se encendía una vez al año.
Se deshizo de la ropa de la guardería, quemándola en el fregadero de metal y observando cómo las cenizas se deshacían bajo el agua fría.
Se vistió con una sudadera oscura, pantalones tácticos y una chaqueta de cuero que le daba un aspecto andrógino.
Se soltó el cabello y lo cortó a la altura de la nuca con un cuchillo de cocina; era un sacrificio necesario.
Cuando terminó, se miró en el espejo: la mujer que devolvía la mirada era dura, curtida y, sobre todo, invisible.
El siguiente paso era el más peligroso. Tenía una cita en los muelles industriales, un lugar donde el aire olía a salitre, óxido y negocios ilícitos.
Caminó durante cuarenta minutos, cruzando el puente viejo. En una vieja bodega de cargamento, la esperaba Elías, un hombre cuyo rostro parecía una cicatriz mal curada. Era el único contacto que le quedaba de su vida anterior, un proveedor de identidades que no preguntaba por el pasado.
—Llegas tarde, Daniela —dijo él, sin mirarla mientras terminaba de manipular un lector de tarjetas.
—El hospital estaba más vigilado de lo que pensaba —respondió ella, entregándole el dinero.
Elías guardó los billetes con una parsimonia que le revolvió el estómago. Sacó un sobre y lo deslizó por la mesa.
—Aquí tienes. Pasaporte, licencia de conducir, registros de seguridad social. Todo impecable. Tu nuevo nombre es Lucía Méndez. Tienes una vida en la otra punta del país. No intentes contactar a nadie de tu pasado. Si usas esto, no existes.
—No planeo volver —respondió Daniela, guardando el sobre con manos firmes.
—Lo sé —dijo Elías, con una nota de algo parecido a lástima—. Marco De la Vega no es un hombre que olvida, pero al menos, con esto, no podrá encontrarte en un sistema digital.
Ella no respondió. El tiempo era oro. Salió de la bodega y se adentró en la zona de las estaciones de servicio, lejos del centro de la ciudad.
Para llegar a la estación de autobuses, eligió la ruta más improbable: atravesar la zona de carga ferroviaria.
Caminó entre vagones de mercancías y vías muertas, manteniendo una distancia segura de las luces de los reflectores.
Se mezcló con un grupo de trabajadores nocturnos, manteniéndose en el centro del círculo, con la cabeza baja, hasta que los muros de hormigón de la terminal principal se alzaron frente a ella.
La estación de autobuses era un enjambre de sombras. Daniela se movió hacia el andén más alejado, donde un autocar de larga distancia, con destino a un pueblo fronterizo, estaba arrancando sus motores.
Se acercó a la ventanilla, entregó el pasaporte falso que Elías le había proporcionado y compró el billete con el nombre de "Lucía Méndez". La cajera no levantó la vista; en este lugar, la gente pasaba como fantasmas, sin nombre ni historia.
Daniela caminó hacia el andén número cuatro, donde el autobús de largo recorrido esperaba, con el motor apagado y las luces internas tenues. Subió al vehículo, que estaba casi vacío, y se dirigió directamente al último asiento, junto a la ventana.
Se dejó caer en la butaca de terciopelo desgastado.
Se ajustó la chaqueta y apoyó la cabeza contra el cristal frío, observando el reloj de la estación a través de la ventana.
Faltaban veinte minutos para la partida.
Fuera, el mundo seguía su curso, ajeno a que una de las piezas más importantes del juego acababa de salir del tablero.
Se quedó allí, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre su regazo, esperando el momento en que el motor se encendiera y la carretera la alejara de todo lo que había construido, de todo lo que temía y de todo lo que, en el fondo, sabía que nunca podría olvidar.