El rastro borrado
El despacho de Marco no era una oficina; era un búnker de caoba, acero y tecnología de vigilancia.
Desde su escritorio, las pantallas mostraban no solo el flujo financiero de su imperio, sino cada rincón de la ciudad.
Sin embargo, tres días después del incidente en "Luz del Sol", la única imagen que parpadeaba en el monitor principal era la de una mujer joven con el cabello recogido en una trenza práctica: "Elena Varela".
Marco se reclinó, el cuero crujiendo bajo el peso de su tensión.
No le gustaba el vacío. Y el expediente de Elena era un abismo.
Había despachado a sus mejores rastreadores, hombres cuya lealtad se pagaba en oro y cuyo silencio era absoluto.
Su orden había sido simple: Desmontad su vida.
Quiero saber qué desayunaba a los diez años y por qué no hay rastro de ella antes de hace tres años.
La respuesta era un silencio ensordecedor.
—Nada, señor —dijo Julián, su jefe de seguridad, mientras entraba en la sala con una tableta.
Se notaba el sudor en su frente—. La mujer es un espejismo.
Tiene una partida de nacimiento en un pueblo de la sierra que ardió hace dos años; los registros digitales se perdieron en el incendio.
Su historial escolar fue "destruido" por una inundación en el archivo central.
Siempre paga en efectivo, vive en alquileres temporales y no tiene redes sociales.
Es como si hubiera nacido hace tres años en una estación de autobús.
Marco se levantó y caminó hacia el ventanal, encendiendo un cigarrillo. El humo se arremolinaba, oscuro y denso.
—Nadie es un fantasma, Julián. El rastro de un pago, un error en una suscripción, un familiar lejano.
.. Todos dejamos huellas. ¿Me estás diciendo que una mujer que reaccionó a un tiroteo con la formación táctica de un francotirador no tiene pasado?
He visto cómo se posicionó detrás del banco para minimizar el ángulo de tiro.
Eso no es instinto de civil. Es entrenamiento de élite.
—Lo sabemos, señor. Pero los interrogatorios a su entorno en la guardería dan cero resultados. La Sra. Halloway insiste en que es la empleada perfecta. Paciente, invisible, competente. Es... inquietantemente normal.
Marco soltó una carcajada seca.
—La normalidad es el mejor escondite, pero nadie es tan perfecto. Sigue buscando. Quiero que revises las cámaras de tráfico de todas las ciudades en las que vivió. Si ella existe, ha tenido que cometer un error. Y yo encontraré esa grieta.
Esa tarde, Marco se dirigió al hospital. Quería verla. Quería ver si, bajo presión, la "educadora" revelaba algún tic, algún indicio de que sabía que estaba siendo cazada.
Al entrar en la habitación, el silencio era absoluto.
Daniela estaba sentada en la cama, mirando por la ventana con una inmovilidad que habría inquietado a cualquiera.
Al verlo entrar, no se sobresaltó, pero sus pupilas se dilataron apenas una fracción de segundo.
Fue un reflejo imperceptible para cualquiera que no fuera un depredador acostumbrado a leer la presa.
—Señor De la Vega —dijo ella, con una voz suave, casi incolora.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Marco, acercándose hasta quedar justo frente a ella—. Podrías haberte escondido en la zona interior. Tu reacción fue demasiado calculada para ser la de una maestra de guardería.
Daniela lo miró fijamente. Sus ojos no buscaron el suelo; se mantuvieron firmes, fríos, desafiantes.
—El deber no entiende de cálculos, señor —respondió ella, con una calma que a Marco le provocó una punzada de sospecha—. Solo soy una persona que valora la vida de Ángelo. No busque fantasmas donde solo hay una empleada que intenta hacer su trabajo.
Marco la observó durante largo rato. Buscaba una mentira, un titubeo, pero ella era un muro. Al salir, sintió un frío glacial. Había visto a hombres romperse ante su presencia, pero ella le devolvía una mirada de acero.
Mientras tanto, en la habitación, el aire pareció cambiar. En cuanto la puerta se cerró tras Marco, la expresión de Daniela se transformó. La calma se esfumó, sustituida por una urgencia febril. Sus manos, que antes estaban quietas, comenzaron a moverse con una velocidad mecánica.
Ella sabía lo que significaba la insistencia de Marco. Él no se iba a detener. Si él seguía tirando de la cuerda, terminaría encontrando el nombre que ella había enterrado hacía tres años. La curiosidad de un hombre como Marco De la Vega era una sentencia de muerte.
"Me está cazando", pensó, mientras su mente diseñaba su última ruta de escape.
No podía permitirse ser encontrada. Su vida, su nueva identidad, su "paz" en la guardería, todo era un castillo de naipes que acababa de colapsar ante la mirada del magnate.
Con un movimiento fluido, Daniela se puso en pie, ignorando el dolor de sus costillas.
Se acercó a la mesa de noche, tomó su teléfono —que ya no volvería a usar— y lo hizo pedazos contra el suelo.
Se vistió con la ropa que el hospital le había proporcionado, se puso una chaqueta que encontró en el armario y, en lugar de llamar a la enfermera, se dirigió a la ventana.
No había rastro de pánico, solo una frialdad quirúrgica. Se aseguró de no dejar ni una huella dactilar, ni un objeto personal, ni un rastro de su ADN. Dejó la habitación impecable, como si nadie hubiera ocupado esa cama nunca.
Cuando Marco volvió a entrar diez minutos después, acompañado por un médico, la habitación estaba vacía. La ventana estaba entornada, dejando entrar una brisa nocturna que movía las cortinas como fantasmas.
—¿Dónde está? —rugió Marco, lanzándose hacia el baño y registrando el armario.
—Señor... la paciente ha desaparecido —dijo el médico, atónito.
Marco se acercó a la cama. No había rastro de fuga violenta. Solo la ausencia. Elena Varela, o quien fuera que se ocultara tras ese rostro amable, se había esfumado.
Marco salió al pasillo, con la mandíbula apretada. Había cometido el error de subestimar el instinto de una presa que, en realidad, nunca había dejado de ser una cazadora. Sabía que ella no se había ido porque estaba asustada; se había ido porque sabía que él la estaba encontrando.
Julián se acercó corriendo, con el teléfono en la mano.
—Señor, hemos encontrado algo... una base de datos antigua que acabamos de recuperar de los archivos de la sierra. No hay rastro de una Elena Varela. Pero hay un expediente de una mujer desaparecida hace tres años, una mujer que encaja perfectamente con su perfil físico...
Marco lo miró, y por primera vez en años, sintió que el juego se le escapaba de las manos.
—Dímelo —ordenó.
—Su nombre real no es Elena, señor. Es Daniela. Y, por lo que dice este archivo, no es una educadora. Es la hija del hombre que orquestó la guerra sucia contra su familia.
Marco se quedó helado en medio del pasillo. El hospital bullía a su alrededor, pero él solo escuchaba el eco de su propia incredulidad. Había salvado a la hija de su peor enemigo, y ahora, ella se había desvanecido en la noche, llevándose consigo el secreto de quién era realmente.
La partida no había terminado. Acababa de empezar. Y ahora, el cazador tenía una nueva obsesión: encontrar a Daniela antes de que ella lo encontrara a él.