Más allá del muro La caza del fantasma
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La caza del fantasma

La mansión de los De la Vega, una estructura de piedra y cristal que desafiaba la gravedad sobre los acantilados de la costa, parecía esa noche más un mausoleo que un hogar.

Marco caminaba por el salón principal, sus pasos resonando contra el suelo de mármol con una cadencia que, para quienes lo conocían, era el preludio de una tormenta.

Julián, su jefe de seguridad, estaba encorvado sobre una mesa táctica rodeada de pantallas. El aire estaba cargado de ozono, el sonido de los ventiladores de los servidores era el único ruido constante.

—Señor, estamos cruzando datos de todas las cámaras de seguridad en un radio de diez kilómetros del hospital —informó Julián, con las manos temblorosas sobre el teclado—.

Hemos detectado un patrón de movimiento inusual en las rutas de carga industrial, pero ella sabe cómo evitar los sensores térmicos.

Es como si conociera el diseño de nuestra red de vigilancia.

Marco se detuvo frente a una de las pantallas. Sus ojos, inyectados en sangre, escaneaban cada punto muerto, cada callejón. La humillación de haber sido engañado por una mujer a la que él mismo había protegido ardía en su pecho. No era solo rabia; era una profunda intrusión en su soberanía.

—No puede haber desaparecido por combustión espontánea —gruñó Marco—. Busca en los registros de transporte privado, en los contactos de dudosa reputación de la zona portuaria. Si ella tenía una vida, debía tener una salida.

Fue entonces cuando unos pasos pequeños y vacilantes rompieron el ambiente tenso.

Ángelo, en pijama, se acercó al salón, con sus ojos grises todavía nublados por el sueño, pero con una lucidez impropia de un niño de su edad.

Había escuchado los gritos, el movimiento de los hombres armados en el pasillo, y sabía que el nombre de Elena flotaba en el aire como una sentencia.

—Papá —llamó el niño, su voz apenas un susurro que se perdió en la inmensidad del salón.

Marco no se giró. —Vete a la cama, Ángelo. Esto no es asunto tuyo.

El niño avanzó, ignorando la orden, y se situó al lado de su padre. —Ella es buena. Elena no es mala. Ella me protegió cuando los hombres llegaron al patio. Ella no quería irse, ella tuvo que hacerlo porque tú la estabas buscando.

Marco finalmente se giró. Sus ojos, habitualmente carentes de piedad, se posaron sobre su hijo con una severidad que dolía. —No entiendes nada, Ángelo. Esta mujer es una amenaza, una mentirosa que se infiltró en nuestras vidas bajo una falsa piel. Nadie es lo que parece.

—Tú siempre dices que el ruido es peligroso —replicó Ángelo, con una firmeza que hizo que Julián dejara de teclear—. Pero ella era el silencio. Ella era lo único que no me daba miedo. ¡No la hagas daño!

Marco le dio la espalda, un gesto de rechazo que cortó cualquier intento posterior del niño. —Julián, saca al niño de aquí. Y si vuelves a escuchar una palabra sobre esa mujer, asegúrate de que el personal entienda las consecuencias.

Julián asintió, visiblemente incómodo, y escoltó a un Ángelo que, por primera vez, no lloraba, sino que miraba a su padre con una decepción gélida que Marco, en su ceguera, decidió ignorar.

La búsqueda continuó durante horas. El reloj marcaba las 03:45 de la madrugada cuando una alerta roja parpadeó en una de las pantallas auxiliares.

—Señor... —Julián señaló una terminal—. He encontrado un registro de compra en la estación central.

Alguien compró un billete bajo el nombre de "Lucía Méndez" hace menos de una hora.

El sistema de reconocimiento facial de la estación es deficiente, pero he cruzado la silueta de la cámara de seguridad exterior con el perfil físico de ella.

Es ella. El autobús tiene programada la salida a las cuatro.

Marco no esperó a una confirmación adicional. Agarró su chaqueta, su arma reposando en la cartuchera bajo el brazo, y salió hacia los vehículos que esperaban en la entrada.

La noche era un túnel de sombras mientras los coches negros rasgaban el pavimento.

Marco iba en el asiento trasero, con la mandíbula apretada, su mente repasando cada palabra que ella le había dicho en el hospital.

No tengo una agenda oculta. El mentiroso siempre se convence a sí mismo de su propia verdad, pensó él, y el odio que sentía por ella se mezclaba con una extraña urgencia por volver a verla, por confrontar esa mirada que se negaba a doblegarse.

A las 03:58, el convoy de Marco irrumpió en la estación de autobuses. Los neumáticos chirriaron al frenar, dejando marcas negras sobre el hormigón. Hombres armados saltaron de los coches, bloqueando las salidas, creando un perímetro de acero alrededor del andén número cuatro.

Daniela estaba allí, sentada en el último asiento, viendo cómo el minutero del reloj de pared se arrastraba hacia la hora crítica.

Faltaban dos minutos. El motor del autobús, que había comenzado a calentar, vibraba bajo sus pies, un sonido que era su promesa de libertad.

Sus manos, apretadas en su regazo, estaban blancas de tensión.

De repente, el estruendo de los coches de Marco rompió el silencio de la terminal.

Daniela se puso en pie con la calma de quien ha aceptado su destino.

Miró por la ventana y vio a Marco saliendo del vehículo principal.

La luz de los reflectores lo iluminaba como a un dios oscuro, con los hombres a su espalda desplegándose como una manada de lobos.

La puerta del autobús se abrió con un silbido hidráulico.

La luz del andén bañó el interior del vehículo, revelando la silueta de Daniela, solitaria y serena, en el asiento del fondo.

Ella la miró, a través del cristal y el espacio que los separaba, mientras Marco caminaba hacia ella, sin prisas, sabiendo que ya no tenía dónde escapar.

Faltaba un minuto para las cuatro, pero para Daniela, el tiempo acababa de detenerse por completo.