Más allá del hielo 35. Oakley
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35. Oakley

OAKLEY

El autobús llega tarde al campus. Mucho más de lo que cualquiera de nosotros esperaba y, para entonces, la mayoría del equipo ya ha dejado atrás la euforia. De hecho, la mitad, Quinn incluido, está profundamente dormida cuando el autobús se detiene frente a nuestro estadio.

Pero yo no.

Estoy demasiado ocupado reviviendo la que bien podría ser la mejor noche de mi vida, y no solo por el trofeo que llevamos en la parte delantera junto al entrenador. Tiene mucho que ver con eso, pero el chico que duerme profundamente con la cabeza apoyada en mi hombro es la razón principal.

Mejor que descanse. Se ha dejado la piel esta noche y tengo planes para que no pegue ojo una vez nos encerremos en una habitación.

Me la suda de quién sea y quién nos oiga.

Por supuesto, todavía tenemos mucho de lo que hablar, aunque él no quiera que le pida perdón cada dos por tres durante los próximos veinte años por todo lo que Braxton y yo hicimos para provocar su suspensión. Pero espero que eso llegue después de que lo celebremos un poco.

El conductor enciende las luces del autobús, y se oyen una serie de quejidos.

Miro hacia abajo a tiempo de ver cómo Quinn arruga la nariz y cierra los ojos con fuerza para protegerse de la luz antes de hundirse aún más en mi hombro. Lo único que consigue con eso es que se le caigan las gafas de la cara y acaben en su regazo.

Nunca en mi vida había pensado en la palabra «adorable» al mirarlo, pero no puedo evitar que esa imagen me encoja el corazón.

—Ya hemos llegado —le susurro, dándole un beso en la cabeza.

Abre sus preciosos ojos azules y parpadea rápido antes de volver a colocarse las gafas sobre el puente de la nariz.

—¿Qué hora es?

—Poco más de las dos.

Vuelve a arrugar la nariz.

—Uf, deberíamos habernos quedado una noche más en el hotel.

No le falta razón, pero nunca diré que no a dormir (o follar) en mi propia cama. O en la de Quinn. Me da igual cuál sea.

El entrenador se levanta en la parte delantera del autobús y nos mira a todos desde el pasillo.

—Estoy orgulloso de cada uno de vosotros por cómo habéis jugado.

Como ha dicho Quinton, esta noche habéis ganado como un equipo.

Ningún jugador es más importante que otro.

—Asiente hacia Quinn, que le devuelve un gesto sutil—.

Como ya sabéis, todavía tenemos trabajo por delante.

Pero aprovechad el resto del fin de semana para descansar y recargar las pilas.

Disfrutad de la celebración y volved el lunes por la mañana listos para levantar pesas.

Algunos de mis compañeros lanzan gritos y vítores al mencionar la celebración de la victoria, y creo que oigo a un par de los defensas más jóvenes, delante de nosotros, hablar de una fiesta que da Delta en honor a la gran victoria.

A estas alturas, me he dado cuenta de que las fraternidades de Leighton solo buscan una excusa para montar una fiesta salvaje. Y esta resulta ser la ocasión perfecta.

El entrenador nos hace callar, agitando las manos hacia abajo antes de continuar.

—Por favor, tened cuidado esta noche, tanto si salís como si os vais a casa. Pero los que salgáis, tomad buenas decisiones. No hagáis nada que os haga acabar en la cárcel o...

—En su despacho —terminamos por él al unísono.

Sonríe y da unos golpecitos en el respaldo del asiento.

—Parece que ya sabéis cómo va la cosa. Ahora, fuera de aquí.

Quinn y yo esperamos a que se vacíe casi todo el autobús antes de levantarnos del asiento. Nuestras bolsas ya están fuera y, al bajar, el entrenador nos espera de pie junto a ellas y con el trofeo en la mano.

Agarro la bolsa de Quinn y se la entrego antes de cargar con la mía.

—Te queda bien el trofeo.

—Sin duda, pero quedará aún mejor ahí dentro. —El entrenador nos mira a los dos—. Aunque supongo que debería ser el capitán del equipo quien lo llevara. Pero dejaré que vosotros dos discutáis quién debe hacerlo. Solo os pido... no lo rompáis. Y devolvedme la llave el lunes.

En lugar de entregárnoslo a uno de nosotros, lo deja en el suelo junto con la llave de la vitrina de trofeos y se dirige a su todoterreno, aparcado en la zona de los jugadores.

No me cabe duda de que hace seis meses nos habríamos peleado por esa puñetera cosa. Pero ahora solo miramos el trofeo y luego nos miramos el uno al otro, como si hasta nos diera miedo tocarlo.

—Deberías llevarlo tú —dice él primero, rompiendo el silencio. Levanto la mirada y lo miro a los ojos mientras continúa—. Tú has sido el capitán durante la mayor parte de la temporada, no yo.

—Deberías haberlo sido tú toda la temporada si yo no hubiera... —empiezo a decir, pero no termino la frase.

Lo recoge del suelo y me lo tiende.

—Vale, pero si no fuera por tu lesión del año pasado, el puesto habría sido tuyo desde el principio y los dos lo sabemos.

«¿Qué?».

—Eso no tiene nada que ver. Ni siquiera fue culpa tuya —le digo, devolviéndoselo.

—Iban a por mí; tú solo te interpusiste en su camino. —Entonces vuelve a plantarme el trofeo entre los brazos y me doy cuenta de que estamos a punto de jugar al tira y afloja más absurdo del mundo por esta mierda.

—Sigue sin contar —replico, dándoselo de nuevo.

—Bueno, entonces deberías llevarlo tú porque es tu legado —responde, empujándolo hacia mí.

—Quizá, pero tú te lo has ganado —insisto, volviendo a acercárselo—. Quinn...

Me interrumpe cuando me lo estampa en el pecho y da un paso atrás, dejándome a una distancia que no puedo salvar.

—Limítate a coger esa estúpida cosa, Oakley, antes de que la use para reventarte la cabeza.

Me río, sosteniéndolo frente a mí para comprobar si tiene algún desperfecto.

—Bueno, esa sería una forma estupenda de terminar la noche.

Con la llave en la mano, Quinn se dirige a la entrada y yo lo sigo.

—Y eso iría exactamente en contra de los deseos del entrenador de que no acabemos en la cárcel.

—Eh, yo pagaría la fianza.

Me burlo, abriendo la puerta para dejarlo pasar.

—Sé que tienes dinero y un ejército de abogados, pero no creo que puedan pagarte la fianza por cargos de asesinato.

—Ahí es donde te equivocas —dice mientras avanzamos por el pasillo hacia la vitrina de trofeos—. No tengo ninguna de esas cosas.

Sus palabras me hacen vacilar mientras esboza una sonrisa compungida. Y ni siquiera necesito preguntarle qué quiere decir. La respuesta, por mucho que la odie, es evidente.

Su padre ha cortado la relación con él. Tal y como amenazó con hacer durante las vacaciones.

—Quinn...

—Sabía que iba a pasar —me interrumpe, con los ojos un poco vidriosos—. Era solo cuestión de tiempo.

El odio que siento por esas dos personas repugnantes alcanza la estratosfera.

—¿Quieres hablar de ello?

—Ahora mismo no. —Quinn se aclara la garganta e intenta aligerar el ambiente otra vez—. Pero ahora ya sabes por qué no te mataría; solo te haría mucho daño.

Me da pena, sobre todo sabiendo que esto lleva tiempo afectándole. Pero, si quiere dejar lo más duro para más tarde, no pasa nada.

Tenemos mucho tiempo para hablar.

Si por mí fuera, tendríamos toda la puñetera vida.

—Bueno, me halaga que solo quieras mutilarme.

—Es un gran avance respecto a querer matarte hace unas semanas —señala, agachándose para abrir la vitrina antes de deslizar la puerta de cristal.

Sé que no pretendía ofenderme con ese comentario, pero no puedo evitar sentir una punzada de culpa.

Me muerdo el labio inferior mientras muevo uno de los otros trofeos para hacer sitio al nuestro y lo coloco en el hueco libre.

—No me quejo, pero ¿puedo preguntarte qué te llevó a...?

Al levantar la vista, veo que arquea las cejas mientras espera a que continúe. Como no lo hago, me ayuda:

—¿Perdonarte?

Me estremezco ante la naturalidad con la que lo dice.

—Sí. Eso.

Se encoge de hombros mientras vuelve a deslizar la puerta de la vitrina en su sitio y la cierra con llave.

—Me llegó tu regalo.

Frunzo el ceño, desconcertado, mientras me devano los sesos pensando en algo, pero no se me ocurre nada.

—¿Mi... regalo?

La sonrisa que aparece en su rostro es tremendamente pícara cuando pronuncia una sola palabra. Un nombre, en realidad.

—Louis.

Me echo a reír.

—Louis no es un regalo. Va a ser un auténtico grano en el culo si firmas con él. Pregúntaselo al entrenador o a mi padre.

—Pensaba que yo sería el grano en el culo y él sería quien limpiara todos mis desastres y meteduras de pata. ¿No se supone que ese es el propósito de un agente?

—Sí. —Me río entre dientes—. Pero también va a darte el coñazo con el entrenamiento, la dieta y con llegar puntual al estadio.

—Eh, que hace meses que no llego tarde ni a los entrenamientos ni a un partido —se queja, y yo levanto las manos.

—Lo sé, solo digo que para eso está él.

—Mmm. Pensabas que necesitaría una niñera el año que viene, ya que tú no estarás aquí.

La idea de no jugar con Quinn el año que viene, de no verlo todos los días, me revuelve el estómago y, una vez más, me doy cuenta de que esta noche puede haber sido la última vez que hayamos jugado juntos.

Y eso hace que me pare a pensar.

—Quería que tuvieras a alguien a tu lado que encontrara el mejor sitio para que tu talento y tu habilidad no solo encajaran, sino que brillaran. Porque, con lo duro que has trabajado, sé que te lo mereces.

Me sonríe como si le hubiera dado la puñetera luna.

—Vaya manera de ponerte sentimental, Reed.

—Vaya manera de joder el momento, De Haas —contesto, dándole un empujoncito a modo de broma—. Pero quiero que sepas que Louis no fue una especie de regalo de disculpa para compensarte por lo que pasó. Hablé con él mucho antes de que te enteraras...

—Lo sé. Me dijo que hablaste con él durante las vacaciones de invierno —dice con una risa irónica—. Yo te regalé unos calcetines chorra por Navidad y tú me regalas un puto agente de primera categoría. Vaya manera de superarme, aunque fuera con un par de meses de retraso.

—Bueno, soy el mejor novio que vas a tener en la vida.

—¿Quieres apostar, Reed? Quizá tengas que demostrarlo. ¿O lo dices solo de boquilla?