Más allá del hielo 34. Quinton
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34. Quinton

QUINTON

AbrIL

—Es esto, chicos. —Miro a mis compañeros, apiñados a mi alrededor, pendientes de cada una de mis palabras antes de salir al hielo—. Esto es por lo que hemos estado trabajando toda la temporada. La oportunidad de traer la Frozen Four a Leighton.

Una energía nerviosa flota en la sala, en todos y cada uno de los que estamos aquí, incluido el entrenador, que me observa mientras hablo con el equipo.

Lleva ahí desde que subimos al autobús para hacer el trayecto de Chicago a Indianápolis, y su intensidad no ha hecho más que aumentar a medida que se acercaba la hora del partido.

Ahora lo llena todo.

Incluido a mí.

Sin embargo, cuando mi mirada se cruza con la de Oakley al otro lado del grupo, me doy cuenta de que el zumbido que me recorre las venas no se debe solo al inminente partido.

—Somos fuertes siempre que recordemos que somos un equipo.

Ganamos como uno solo, perdemos como uno solo.

No es momento de lucirse ni de montar un espectáculo.

Sé que probablemente haya ojeadores y agentes aquí, y que quizá queráis causar buena impresión, pero ahora mismo eso no importa. Solo importa este momento.

Se oyen murmullos y asentimientos en la sala; todos están de acuerdo.

—Es hora de darlo todo. Jugad con el corazón, pero, sobre todo, jugad con inteligencia.

—Eso hace que algunos de mis compañeros intercambien miradas de duda, y yo suelto una risita—.

Sé que suena raro viniendo de mí. Pero, si jugamos duro y somos listos, no hay razón para que no volvamos a casa con ese trofeo.

Creo en nosotros, y vosotros también deberíais hacerlo.

Es verdad. Tengo fe en que, siempre que seamos listos, el título será nuestro. No importa que no seamos el equipo favorito en esta batalla o que esta sea la prueba más grande a la que nos enfrentaremos esta temporada. Nada parece imposible ahora mismo, ni siquiera llevarnos esta victoria a casa.

Claro, tiendo a ser optimista por naturaleza, pero es más que eso. Es una sensación que llevo arraigada. Una sensación que se ha intensificado desde que firmé con Louis hace un par de semanas. Una fe en este equipo y, lo que es más importante, en mí mismo.

Y los chicos... se están contagiando de ello.

Rugen a mi alrededor, aplauden, corean y animan para motivarse mientras nos preparamos para salir del vestuario hacia el hielo.

Algunos de mis compañeros incluso me dan empujoncitos, palmadas en las protecciones y sacudidas para que me venga arriba tanto como ellos.

Funciona, aunque no necesite esa descarga de adrenalina. Estoy listo para darlo todo, sin parar hasta que tengamos el trofeo de la Frozen Four en nuestras manos.

Cuando el entrenador nos llama para salir al hielo, decido no ir el primero, sino quedarme atrás un segundo para... respirar.

Al parecer, no soy el único al que se le ha ocurrido, porque, una vez que la mayoría de los chicos salen a la pista, veo que Oakley sigue merodeando a la izquierda de las puertas.

—Bonito discurso, capitán.

El chico que era hace solo seis meses habría oído veneno y sarcasmo en esas palabras, aunque no los hubiera. Pero ahora las interpreto tal y como son, y son sinceras.

—¿Qué puedo decir? He hablado desde el corazón.

Acorto la distancia entre nosotros. Me mira con tanta intensidad que noto cómo se me acelera el pulso. Espero que me detenga cuando llego a las puertas, pero, en lugar de eso, las mantiene abiertas y camina a mi lado hacia el hielo.

—Así que esto es todo, ¿eh? Es la última vez que jugamos juntos.

Su observación me hace vacilar en el siguiente paso, porque, hasta que lo ha dicho, ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Solo he estado pensando en el equipo, no en mí mismo.

«Vaya. Tal vez de verdad estoy hecho para esta mierda del liderazgo».

—Supongo que sí —murmuro, mientras el peso de la realidad me golpea como un saco de ladrillos—. Así, que hagamos que valga la pena y salgamos a patear algunos culos.

Sonríe.

—Pero intenta que no sea literalmente.

Y ahí está.

¿Pero qué he descubierto sobre las pullitas de Oakley desde que empezó toda esta historia entre nosotros? Que, en realidad, ya no me molestan. Ya no me sacan de quicio ni me enfurecen como antes.

Normalmente me hacen sonreír o reírme con él.

Y esta vez no ha sido diferente.

Los primeros cincuenta minutos de partido pasan volando, como si fueran un solo segundo, y, cuando salgo al hielo para otro cambio, todo el estadio parece vibrar con una emoción desenfrenada.

Está siendo un enfrentamiento de la Frozen Four para el recuerdo, con dos equipos dándolo todo en la batalla por el campeonato. Y vaya si nos han puesto a prueba los chicos de la Universidad de Ransom durante los últimos dos tiempos y medio, sin ceder ni un ápice por mucho que lo intentáramos.

Su portero, Henderson, está jugando un partido estelar, bloqueando un tiro tras otro. Tanto Oakley como yo hemos conseguido colarle uno, pero parece que, cada vez que se enciende la luz del marcador para nosotros, ellos contraatacan y hacen lo mismo.

Como ahora mismo, cuando su centro estrella, O’Rourke, aparece de la nada y lanza el puck por encima de Cam, directo a la portería.

«Me cago en todo».

El marcador está empatado a dos y todos estamos desesperados por encontrar un hueco en la defensa de Ransom.

Sobre todo, en la de O’Rourke, ya que ha marcado los dos goles de su equipo.

Pero Cam sigue siendo un hacha en la portería y detiene muchos más lanzamientos de los que se ha permitido encajar.

No creo que haya hecho tantas paradas en un solo partido esta temporada como las que ha hecho esta noche.

Se quita el casco, con el pelo empapado pegado a la frente. Patino hasta detenerme a su lado, cojo la botella de agua de la parte superior de la red y se la entrego.

—El tío es una bestia —murmura, con la mirada clavada en O’Rourke mientras le da un trago a la botella—. Me sorprende haber parado la mitad de los puck s que me ha lanzado.

—Porque tú también eres una bestia —le digo—. Tú puedes, tío. Sacúdete las malas vibras.

Sus ojos azules se posan en mí, con el rostro completamente impasible.

—¿Me haces un favor? La próxima vez empújalo un poco más fuerte contra la valla. Desestabilízalo un poco. Dame algo de ventaja.

Me alejo de la portería con una sonrisa burlona en los labios.

—¿Recuerdas lo que te dije sobre jugar limpio?

Frunce el ceño.

—¡No es momento de reformarse, De Haas! —exclama.

Weston y McGowan ya se han unido a Rossi en el centro del hielo para el saque inicial, y yo me deslizo hacia la izquierda del círculo para colocarme en posición. Oakley está frente a mí, ya concentrado y esperando a que caiga el puck .

En cuanto lo hace, Rossi se lo quita al centro de Ransom y me lo pasa para que arranque. El disco cambia rápidamente de manos después de eso: pasa de mí a Oakley, de vuelta a Rossi y, al final, otra vez a mí para un tiro a puerta.

Henderson lo para.

«Mierda».

El entrenador pide un cambio y me coloco entre Oakley y McGowan mientras esperamos nuestro turno en la rotación.

Sin embargo, es desesperante quedarse mirando y esperar, sobre todo en circunstancias como estas.

Cada descanso fuera del hielo me parece una eternidad y, cuando miro a Oakley, me doy cuenta de que él siente lo mismo.

Para él, con su obsesión por el control, supongo que es aún peor.

Pero lo entiendo. Cuando no estoy jugando, atrapado detrás de la valla y esperando mi turno, me pongo muy nervioso.

Por suerte, nos queda una oportunidad más sobre el hielo y, cuando llega el momento, los cinco miembros de nuestra línea salimos disparados del banquillo en busca del puck .

Ransom tiene la posesión. Un defensa pasa el disco a O’Rourke, que acaba de empujar a Weston contra la valla antes de dirigirse directamente hacia Cam y la portería. El miedo me invade mientras patino tras él, con Oakley a mi lado, pero da igual. Es imposible que lleguemos a tiempo.

Se me corta la respiración cuando O’Rourke lanza a puerta y el disco se dirige directamente hacia nuestra red...

Y Cam lo para.

Me invade una oleada de alivio mientras patino alrededor de la portería, esperando a que Cam vuelva a poner el disco en juego. Se lo pasa a Rossi, que patina hacia la portería contraria como alma que lleva el diablo.

Los dos defensas de Ransom se echan encima de él, acorralándolo contra la valla cerca del centro del hielo, hasta que McGowan y Oakley consiguen liberar el puck . Una vez que lo logran, sale disparado hacia el otro lado del hielo, directo a las sucias manitas de O’Rourke.

Le arrebato el puck , empujándolo contra la valla en el proceso. Es un golpe limpio, me he asegurado de ello, y la ausencia de un silbato de penalización lo demuestra. Pero al menos le he devuelto un poco el favor a Cam.

Se la paso rápido a Oakley y miro el marcador.

Veinte segundos.

Me gustaría evitar que esto llegue a la prórroga, pero tenemos que encontrar la forma de esquivar a Henderson.

McGowan bloquea a uno de los delanteros de Ransom, lo que permite a Oakley librerarse y realizar una escapada perfecta, quedando uno a uno con el portero, sin defensas de nuestros rivales que se interpongan.

Yo voy justo con él; la adrenalina hace que el corazón me lata más deprisa y que las piernas me empujen para seguirle el ritmo.

Diez segundos.

Dos jugadores de Ransom aparecen y se abalanzan sobre Oakley, cerrándole con eficacia el camino hacia la portería.

«Estoy libre, estoy libre», coreo en silencio.

Como si me leyera el pensamiento, Oakley me pasa el puck y todo encaja. Un pase rápido mío a Rossi, que acaba de aparecer por detrás de la portería, nos da la oportunidad que necesitamos.

Lanza y la luz se enciende... y, un instante después, suena la bocina que indica el final del partido.

El sonido resuena, fuerte y glorioso, haciendo que la multitud enloquezca por completo.

El estadio se llena de gritos y vítores en un rugido tan ensordecedor que ni siquiera puedo oír mi propia respiración.

El corazón me late con fuerza en el pecho, amplificado por la cadencia de los aplausos y retumbando en mis costillas a cien por hora.

Encuentro a Oakley al otro lado de Rossi y Cam, con los cascos, los stick s y los guantes tirados sobre el hielo mientras celebran la victoria.

Como si sintiera mi mirada, sus ojos encuentran los míos y yo me deshago del resto del equipo antes de acortar la distancia entre nosotros.

En cuanto estoy a menos de medio metro, me lanzo hacia él, solo para que esos brazos fuertes me sujeten contra su pecho.

Anclándome a él lo mejor que le permiten con estas putas protecciones de por medio.

—Lo hemos conseguido. —Le rodeo la nuca con una mano y acerco su frente empapada de sudor a la mía—. Lo hemos conseguido, joder.

Él asiente y su nariz roza la mía al hacerlo.

—Has jugado... increíble, Quinn.

Lo abrazo con más fuerza y más cerca de lo que lo he hecho en semanas. Y es la primera vez en todas esas semanas que me siento... completo.

¿Qué coño va a ser si no es...?

—Yo también te quiero —le digo, acercándole la boca al oído—. Te quiero muchísimo, joder.

Se aleja de mí, y los ojos marrón oscuro se le iluminan de una forma que no había visto en mucho tiempo. Y lo he echado más de menos de lo que pensaba.

—¿Estás seguro de que no es la euforia de la victoria la que habla?

—¿Después de todo lo que has hecho? —Me río—. Por supuesto que no. Es lo que siento, cariño.

Me acaricia la cara con la palma de la mano mientras me observa como un ciego que viera por primera vez. Lenta y minuciosamente, como si memorizara cada centímetro. Y como si yo fuera lo único que existe, a pesar del caos que nos rodea.

Asoma la lengua por la comisura de los labios y sus ojos adquieren un brillo triste.

—Sé que seguramente estés harto de oírme decir que lo siento, pero...

—Tienes razón. Lo estoy. —Cierro los dedos alrededor de su muñeca y esbozo una sonrisa torcida—. Así que más te vale que esta última vez merezca la pena.

El tono juguetón de mi voz debe de bastar para que se relaje e incluso esboce una pequeña sonrisa.

—Solo quiero que sepas... que pasará mucho tiempo antes de que me perdone a mí mismo por...

Niego con la cabeza y lo interrumpo una vez más, esta vez pegando mi boca a la suya.

Deslizo la lengua entre sus labios, le rodeo el cuello con los brazos y lo beso como nunca antes lo había besado: sin reservas y a la vista de todos, donde todo el puto mundo puede vernos.

Y, si cabe, el rugido de la multitud se hace aún más fuerte.

Porque, claro, no todos los días se ve a dos jugadores de hockey besándose sobre el hielo después de ganar la Frozen Four.

Para tomar aire, vuelvo a apoyar la frente contra la suya porque necesito que alguna parte de mi cuerpo esté en contacto con el suyo en todo momento. Para mantenerme anclado a un instante que parece demasiado perfecto para ser real.

—¿Me acabas de besar en la televisión nacional? —me susurra al oído.

Asiento.

—Seguías intentando disculparte. Tenía que hacer que te callaras.

Y entonces vuelvo a besarlo.

—¡Eh! ¡Vosotros dos! ¡Buscaos una habitación! —grita Rossi, lo que hace que nos separemos.

—Sí, pero mejor que se vayan a casa de Quinton —interviene Camden.

Levanto la vista a tiempo para ver a Rossi mirándolo con cara de «¿qué coño?

», y Cam me señala con un gesto antes de añadir, tímidamente—: ¿Qué?

El tío es un escandaloso cuando folla. Y lo digo literalmente; no me apetece tener que dormir con tapones esta noche.

Oakley se ríe y me da un beso detrás de la oreja.

—Mmm, justo como me gusta.

—Es bueno saberlo. —Sonrío, con un tipo diferente de adrenalina disparándome el pulso—. Porque hay que celebrarlo y, una vez volvamos al campus, tengo muy claro por dónde podemos empezar.