35. Oakley #2
Se me dibuja una sonrisa en la cara, ya que su provocación me recuerda a otra parecida que hizo en otro pasillo. Uno lleno de universitarios borrachos y música dance a todo volumen, en lugar de trofeos de hockey.
Voy a por él, pero es rápido, se escabulle fuera de mi alcance y corre hacia la salida antes de que tenga la oportunidad de recuperar el equilibrio. Pero la puerta supone un obstáculo, así que no me cuesta alcanzarlo.
Le rodeo la cintura segundos después de que crucemos las puertas y lo atraigo hacia mí antes de que pueda volver a escapar. Estamos pecho contra pecho cuando lo empujo hacia atrás, inmovilizándolo contra la pared de fuera del estadio.
—Me has pillado —jadea, sin aliento—. ¿Y ahora qué vas a hacer conmigo?
—Siempre provocando —gruño antes de pegar mi boca a la suya.
Me siento como si me hubieran inyectado todo tipo de estimulantes, porque estoy en la cima del mundo mientras nuestras lenguas se enredan y forcejean.
Su pelo se desliza entre mis dedos mientras intento atraerlo aún más hacia mí, con la necesidad de apoderarme de todo lo que esté dispuesto a darme.
Que no es mucho. El muy cabrón se resiste.
Hasta que restriego mi polla, cada vez más dura, contra la suya.
Entonces se le escapa un gemido y también se balancea contra mí.
Podría devorarlo allí mismo, sin importarme lo más mínimo estar a la vista de cualquiera. Estoy eufórico por la victoria. Por la vida. Por él.
En este momento, todo me parece puro éxtasis.
Le agarro ese culo duro y firme que tiene. Uno en el que tengo toda la intención de hincar los dientes en cuanto me sea humanamente posible.
—¿Quieres que nos arresten o algo así? —me susurra entre jadeos antes de volver a buscarme.
—No pasa nada —le susurro, mordiéndole el labio—. Nadie tiene el rabo fuera. Y son casi las tres de la madrugada.
—Puede, pero seguimos dando la nota para cualquiera que pueda...
Alguien carraspea detrás de mí, interrumpiendo a Quinn en mitad de la frase.
Pero me alegra descubrir que no me invade el pánico al pensar que alguien pueda pillarnos juntos.
Aunque mentiría si dijera que no estoy un poco avergonzado porque me hayan sorprendido con una erección de campeonato en público. Sobre todo si puede ser de mi tío.
Lo cual, gracias a Dios, no pasa. Pero tampoco es exactamente quien esperaba que fuese.
—¿Tienes un minuto, Reed? —pregunta Louis Spaulding.
Miro a Quinn y a Louis, sin saber muy bien qué necesita que no pueda esperar hasta mañana.
—Sí, ¿qué pasa?
—Tengo algo para ti.
Me entrega una carpeta que contiene un montón de papeles y frunzo el ceño.
—¿Qué es esto?
—Tu contrato. El que esperaba entregarte delante de tus padres en Indianápolis, pero subiste al autobús y te fuiste antes de que tuviera oportunidad de hacerlo —dice con naturalidad antes de intercambiar una sonrisa cómplice con Quinn—. No eres el único que sabe cómo cerrar un trato.
Abro la carpeta y echo un vistazo a la primera hoja para ver que, efectivamente, es un contrato con mi nombre como parte representada.
Joder, menuda sorpresa.
—Pensaba que te había fichado —le susurro a Quinn—. Y Louis solo iba a aceptar a un cliente este año.
—Solo firmé con la condición de que también te representara a ti —me explica Quinn, mirando el documento por encima de mi hombro—.
Sé que tal vez no nos ayude a que nos seleccione el mismo equipo ni nada por el estilo, pero pensé que, al menos.
.. no sé... conservarías intacta esa parte de tu legado.
Cierro la carpeta, me la coloco bajo el brazo y lo miro fijamente. A este hombre increíble y hermoso que ama con cada centímetro de su ser. Que me ama a mí con cada fibra de su ser.
—¿Te he dicho hoy que te quiero?
Frunce un poco el ceño, fingiendo pensárselo.
—Quizá una o dos veces —responde.
—Ajá.
—Vosotros dos vais a ser un grano en el culo, ¿verdad?
—Solo Oakley —responde Quinton con una sonrisa enorme en la cara—. Yo soy un grano en el culo reformado. Ya no me meto en peleas. Pero este de aquí —me señala— tiene una vena rebelde que no hay quien pare.
Le lanzo una mirada incrédula.
—Hace veinte minutos me has amenazado literalmente con reventarme la cabeza con un trofeo.
—Sí, pero la diferencia entre nosotros es que yo no llevo a cabo las estupideces que digo.
Oh, esta me la va a pagar después. Y la mirada que le lanzo se lo deja claro.
—Dicho esto, me voy a casa. —Louis asiente mirando la carpeta que llevo bajo el brazo—. Ya sabes qué hacer con ella. Devuélvemela cuando puedas.
Los dos le deseamos buenas noches y nos despedimos de él con la mano mientras entra en su sedán y se marcha.
En cuanto nos quedamos solos, me vuelvo hacia Quinn.
—Tú —le digo entre dientes, cogiéndolo en brazos y haciéndonos girar antes de volver a dejarlo en el suelo— estás en un buen lío.
Pongo las manos a ambos lados de su cara y me inclino para darle otro beso, listo para retomar las cosas donde las habíamos dejado.
Por desgracia, se aparta demasiado pronto y yo sigo besándole el cuello.
—¿Sí? No me había dado cuenta.
—Mmm. Claro que sí, puto listillo —murmuro, dándole otro beso en el cuello antes de volver a sus labios.
Dios, nunca dejaría de besarlo, pero, por alguna razón que desconozco, sigue apartándose de mí. Otra cosa más por la que pagará pronto.
Pero esta vez, cuando se aleja, la sonrisa pícara que le veo me deja claro que su mente ha ido en la misma dirección maravillosamente obscena que la mía.
—¿Te importaría enseñarme lo grande que es ese lío?
Asiento y respondo a su sonrisa traviesa con otra igual.
—¿A quién vamos a dejar sin dormir esta noche?