Más allá del hielo 29. Quinton
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29. Quinton

QUINTON

—¿Qué? —pregunto, sin estar seguro de haberlo oído bien. Porque juro por Dios que Oakley, que podría ser el tío más activo que he conocido en mi vida, acaba de pedirme que...

—Fóllame, Quinn.

Sí, eso.

«Hostia puta».

Lo miro boquiabierto desde mi sitio en la cama, sin saber muy bien cómo responder, ya que esto nunca había estado sobre la mesa para él. No es algo de lo que hayamos hablado y, sinceramente, me había parecido bien mantener las cosas como estaban.

Pero, al parecer, el tío al que no hay nada que le guste más que seguir las reglas está dispuesto a saltárselas todas esta noche, dejándome atónito y sin palabras.

No espera a que le responda, coge el lubricante del otro lado de la cama y me lo echa en la polla. Un suave suspiro se me escapa cuando me acaricia desde la base hasta la punta, poniéndome increíblemente duro antes de subirse encima de mí y sentarse a horcajadas sobre mi cintura.

Y así, de repente, vuelvo a la realidad. Me invade una energía nerviosa y lo agarro de la mandíbula, obligándolo a mirarme a los ojos.

—¿Alguna vez has...?

—Una —es todo lo que dice antes de llevarse una mano hacia atrás, mientras apoya la otra en mi pecho para mantener el equilibrio.

Un breve destello de dolor cruza su rostro cuando desliza uno o dos dedos más allá del borde.

Me duele el pecho al verlo. Pero pronto el placer se adueña de sus facciones antes de que se detenga de golpe para colocar mi polla en su entrada.

Por la tensión de su mandíbula, sé que está a punto de metérsela dentro sin pensárselo dos veces, pero lo detengo antes de que lo haga.

Mis manos se aferran a su cintura, manteniéndolo suspendido sobre mí.

—¿No deberíamos hablar de esto?

Niega con la cabeza.

—No, Quinn. Te lo prometo, es lo que quiero.

Hay algo en su expresión que no consigo interpretar, pero hay una cosa de la que estoy absolutamente seguro. Está diciendo la verdad.

De verdad quiere hacerlo. Quiere hacerlo conmigo.

Y que me lleven preso si le niego una sola cosa, joder.

—Vale —susurro, y le suelto las caderas.

Se lo toma como permiso para continuar y, sin pensárselo dos veces, se deja caer sobre mi polla, ensartándose media longitud de golpe. Y no da señales de detenerse hasta que estoy completamente dentro de él.

—Joder —sisea entre dientes. La mano que descansa sobre mi pecho se cierra en un puño mientras detiene todo movimiento, adaptándose a mi intrusión.

—¿Estás bien? —le pregunto, aunque no sé muy bien por qué. Yo mismo apenas puedo contenerme aquí abajo, con la estrechez de su culo apretándome y aprisionándome la polla, hasta el punto de que casi me corro en ese mismo instante.

Suelta un suspiro brusco y asiente. Mueve la pelvis, se alza y vuelve a hundirse sobre mí una y otra vez.

—Oh, joder —murmuro—. Vas a matarme si sigues así.

Se pasa la lengua por el labio inferior, con una mirada sensual y poderosa en los ojos.

—Ahora sabes lo que siento cada vez que estoy dentro de ti.

Que si lo sé, joder. Es como morirse e ir directo a mi propio y obsceno paraíso. Encuentra el ritmo deprisa y cada movimiento de sus caderas me provoca más placer, hasta que ya no puedo más.

—Mierda, cariño, mírate. Lo bien que te mueves... —murmuro, mirando cómo se ensarta en mi longitud. Verlo es tan erótico que probablemente se me quedará grabado en la cabeza el resto de mi puñetera vida.

No puede evitar sonreír de esa forma tan sexi cuando paso el puño por la punta de su pene, y echa la cabeza hacia atrás como si estuviera mirando las estrellas.

Excepto que las únicas que está viendo ahora mismo están detrás de sus párpados mientras yo me impulso hacia él al mismo tiempo que él se deja caer sobre mí.

—Hazlo otra vez —exige, arqueando las caderas hacia delante en busca de más contacto.

Hago lo que me pide, girando la muñeca alrededor del glande, prestándole atención mientras él acelera el ritmo.

—¿Intentando dominar incluso siendo el pasivo, Oak? —jadeo, perdido en la forma en que se mueve sobre mí. Me tiene completamente hechizado.

Otra sonrisa aparece en sus labios, esta vez más juguetona.

—Técnicamente, eso es lo que estoy haciendo.

«Bueno, no podemos permitir eso, ¿no?».

Llevo una mano a su nuca y, con la otra, lo agarro de la cadera con más fuerza antes de darnos la vuelta sin previo aviso, sin sacar la polla de su interior. Su espalda golpea el colchón con un ruido sordo y un gemido grave retumba en lo más profundo de su pecho.

—¿Estás bien?

Me aparto para buscar en su rostro algún signo de dolor, pero me responde con un asentimiento mientras se aferra a mi bíceps con todas sus fuerzas.

—Joder, sí. Esto es la hostia de perfecto —susurra mientras vuelvo a mover las caderas contra él.

La nueva posición no me permite penetrarlo tan a fondo, pero, a juzgar por la expresión de euforia de su rostro, tiene que estar rozándole la próstata justo en el punto adecuado. Tiene los labios entreabiertos y los ojos nublados, como si estuviera borracho de placer.

—Bien. Entonces tócate, cariño. No voy a aguantar mucho más.

Curva los dedos alrededor de su miembro después de mi orden, masturbándose al ritmo de cada embestida.

Observo su rostro mientras va elevándose cada vez más, acercándose a la promesa del clímax.

Cada embestida de mis caderas le arranca un suave jadeo, que se convierte en un grito ahogado cuando la punta de mi pene le roza un poco más la próstata, encendiéndolo por dentro.

Verlo así me vuelve loco.

Agarro la parte superior del cabecero mientras me empujo contra él, sujetándolo de la cintura con la otra mano.

Lo mantengo inmovilizado mientras se entrega a todo lo que tengo para darle y él no se resiste.

No protesta cuando tomo las riendas. Y es una locura ver cómo el tipo al que le encanta tener el control de todas las situaciones, con sus normas y reglas, me lo cede sin pensárselo dos veces.

Es confianza y respeto, y ganarme esas cosas de él es una sensación incomparable.

—Dios, no puedo esperar a sentirte tensarte a mi alrededor cuando te corras —gruño, moviendo las caderas con más fuerza mientras encuentro el ritmo—. Va a ser increíble, joder.

Ya es increíble. Todo en este momento es absolutamente perfecto y, aunque estoy cada vez más desesperado por correrme, tampoco quiero que termine nunca.

Podría quedarme aquí, así, dentro de él para siempre.

—Oh, joder. Ahí —murmura cuando vuelvo a rozarle la próstata. Se muerde el labio inferior mientras sigo penetrándolo, y el ritmo de su mano se vuelve más apresurado y errático.

Está gozando debajo de mí. Dejándose llevar de una forma que nunca pensé que vería.

Y nunca ha sido tan perfecto.

La necesidad de besarlo se vuelve abrumadora, y acorto la distancia entre nosotros, apoderándome de sus labios del mismo modo en que me apodero de su cuerpo. Metódicamente. Hasta el fondo. Sin dejar una sola parte intacta.

—Córrete para mí, cariño —le susurro, rozándole los labios con los míos—. Córrete.

La boca de Oakley se estrella contra la mía en respuesta a mi orden, luchando una vez más por imponerse, sin renunciar al control. Una punzada de dolor me lanza una descarga de lujuria directa a la polla cuando sus dientes se hunden en mi labio inferior hasta hacerme sangre.

Es despiadado y carnal, sí.

Pero también somos nosotros.

Recorro la herida con la lengua; el sabor metálico me inunda la boca mientras la suya se sumerge más allá de mis labios para volver a saborearlo.

Invade todos mis sentidos mientras nos restregamos, nos empujamos, luchamos y follamos.

Puede que sea yo quien esté dentro de él, pero podría ser él quien explora cada centímetro de mí.

—Joder —murmura en un gemido torturado, con la cabeza contra la almohada, mientras llega al punto de no retorno.

Aprieta la mandíbula y se acaricia más rápido, más fuerte, hasta que se corre, cubriendo de semen su mano y mi estómago.

Continúa masturbándose mientras lo hace, con su culo apretándose a mi alrededor y haciéndome caer en mi propia espiral de placer.

Caigo al vacío, con la tensión creciendo en la base de mi columna más y más hasta que llego al límite.

Y entonces exploto.

Me rompo.

Estallo en pedazos mientras me pierdo dentro de él.

El orgasmo me arrolla con una fuerza brutal, y mi polla se corre hasta llenarlo por completo. Oak se aferra a mí, exprimiéndome hasta dejarme jadeante y desmadejado sobre él.

El agotamiento se apodera de mí y me derrumbo sobre su cuerpo. Demasiado embriagado por el orgasmo y por él como para mantenerme en pie. Su semen se extiende por donde nuestros torsos se unen, mezclándose con el brillo del sudor que recubre nuestros cuerpos.

Lo beso una vez. Dos veces. Tres veces, antes de apoyar la frente contra la suya; nuestras respiraciones se mezclan en el pequeño espacio entre nuestros labios mientras flotamos de vuelta a la Tierra.

—Me acabas de descubrir un puto mundo —susurro contra su boca—. Lo sabes, ¿verdad?

Suelta una risa ronca.

—No te hagas ilusiones.

Oh, pero ahora estoy lleno de ilusiones. Después de eso, ¿cómo no voy a estarlo?

Pero con todas esas ilusiones vienen pensamientos equivocados.

Pensamientos que sé que no debería tener.

Ni después del sexo ni nunca. No cuando se trata de lo que siento por Oakley.

Porque no debería sentir nada por él. Y desde luego no debería sentir la emoción que ahora me recorre el torrente sanguíneo como si fuera una droga.

Dos palabras traviesas asoman a la punta de mi lengua, suplicando que las pronuncie. Esperando a que les dé vida y las deje escapar de la soledad de mi cabeza. Pero no puedo hacerlo.

Enamorarme no formaba parte del trato. Joder, fui yo quien le dijo que no se pillara de mí y, sin embargo, aquí estoy, haciendo justo eso. Enamorándome en una relación de amigos con derecho a roce, como si fuera un puto novato.

Y aunque hayamos roto todas las reglas, dudo que esto sea algo que podamos pasar por alto. No durante mucho tiempo, o correré el riesgo de que se me rompa el corazón por unos minutos de felicidad pasajera.

Así que mantengo esos pensamientos rebeldes y prohibidos bien guardados y hago todo lo posible por tirar la llave antes de que vean la luz del día.

Le doy un beso dulce y largo en los labios antes de separarme de él. Me cuesta un montón levantarme de la cama y alejarme, pero de alguna manera lo consigo. No tarda en seguirme, levantándose de la cama en busca de una toalla para limpiarse.

Y tengo que admitir que la imagen de mi semen saliéndole de dentro, goteándole por la pierna mientras se limpia el vientre, es... irreal de cojones.

—¿Piensas obligarme a que hagamos la cucharita? —pregunta.

Como no respondo de inmediato, se da la vuelta y me pilla mirándole el culo. Me lleva un minuto apartar la mirada del líquido blanco y cremoso que le mancha la piel y prestarle toda mi atención.

—Por supuesto —le digo, volviéndome a poner la ropa interior como si no me hubiera pillado contemplando mi obra—. No vas a librarte después de esto.

Él se limita a sonreír y a poner los ojos en blanco mientras sigue limpiándose.

Sigo preparándome para acostarme: apilo la ropa, la meto en la bolsa y luego quito las sábanas.

Al hacerlo, el bote de lubricante que aún está sobre la cama cae al suelo y lo recojo.

La mesita de noche de donde él lo había cogido antes sigue con el cajón un poco abierto, y estoy a punto de volver a dejarlo en su sitio cuando me fijo en algo que hay dentro.

Un bote de pastillas.

De los que solo se dispensan con receta, de color amarillo dorado, con quizá una o dos pastillas dentro.

Me tiembla la mano al sacarlo del cajón para leer la etiqueta.

Veo toda la información que suele aparecer en este tipo de envases: el nombre de Oakley, el de su médico (el médico del equipo, en realidad) y el del medicamento.

Oxicodona.

Que, por casualidad, sé que es... un opioide.