28. Oakley #2
No se puede negar que lo que dice es cierto, pero hay una cosa con la que no estoy de acuerdo. Yo no le odio. Y, con la forma en que han cambiado las cosas entre nosotros, tan rápida y fácilmente, me pregunto si alguna vez le odié de verdad.
En él no hay nada que grite «enemigo».
Ya no.
Vuelve a posar la boca sobre la mía mientras empuja la pelvis hacia abajo. Nuestras pollas se rozan y chocan, piel contra piel, con una fricción deliciosa mientras él me besa y me lame desde la mandíbula hasta la garganta y el pecho.
—¿No te preocupa ni un poco que nos oigan? —Sus labios bajan un poco más, desde mis pectorales hasta mis abdominales, en un camino inequívoco hacia mi rabo—. Ya sabes, suponiendo que esa sea la razón por la que nunca venimos aquí.
—Pensé que a Hayes le vendría bien un descanso de tus balbuceos incoherentes mientras te follo —digo con una risa, y mis abdominales se tensan bajo su lengua mientras recorre sus hendiduras.
—¿Y te parece mejor que nos oigan todos?
—Por mí, pueden pegar la oreja a la puerta y escuchar todo lo que quieran; no es nada que yo no oiga a través de sus paredes.
—Cosas que no necesitaba saber —comenta y, cuando bajo la mirada, veo que frunce la nariz con disgusto—. Supongo que es otra razón por la que debería estar agradecido de que Hayes no suela traerse a nadie.
—¿De verdad quieres seguir hablando de la vida sexual de nuestros compañeros de piso? —le respondo, con la mano anclada en la parte posterior de su cabeza—. Porque prefiero que participes de forma activa y ruidosa en la nuestra.
Una sonrisa descarada se dibuja en su rostro y vuelve a la tarea que tiene entre manos: volverme completamente loco con esa boca suya, que no hace más que provocarme.
Sigue bajando por mi cuerpo, mordiendo, lamiendo y besando hasta llegar a mi erección, solo para desviarse y continuar por la cara interna de mi muslo.
Me arqueo en la cama, desesperado, queriendo su boca, su mano, algo que follarme.
Cualquier cosa sería mejor que esta tortura a la que me está sometiendo ahora mismo.
Pero no se mueve.
Por eso ni siquiera ha tenido ocasión de envolverme la polla con sus labios antes de que yo me haya cansado de sus jueguecitos.
—No vamos a seguir así —gruño, agarrándolo por los hombros y empujándolo para apartarlo de mí.
Queda boca abajo en la cama cuando me doy la vuelta y me deslizo entre sus piernas, detrás de él.
Le presiono la columna con una mano, manteniéndole el culo en alto mientras le acaricio el pliegue con un dedo.
—Alguien se está impacientando —bromea, pero no hay nada divertido en la tortura que va a recibir como venganza.
Con lo mucho que se arquea ante mi caricia cuando la yema de mi dedo recorre su anillo, está él como para hablar.
—No te conviene jugar conmigo ahora mismo, cariño —le susurro, inclinándome para darle un beso en una nalga y luego en la otra—. Te lo prometo.
Suelta una risita que enseguida se convierte en un jadeo cuando lo sorprendo hundiendo la cara entre sus nalgas y lamiéndole el sensible pliegue.
Clavo la lengua en su ano sin preámbulos y se arquea sobre la cama mientras un gemido gutural se le escapa de la garganta.
Saber que está disfrutando de lo que le estoy haciendo me excita aún más.
Lo agarro de la cadera con la mano izquierda manteniéndolo inmóvil mientras continúo con mi tormento. Deslizo la derecha entre sus muslos, le cojo la polla y la acaricio despacio, con movimientos largos y lentos mientras le muerdo y le pellizco el culo.
Una respiración entrecortada y agitada se le escapa mientras le estimulo el ano con la lengua antes de que vuelva a apartarme, sin darle nunca lo suficiente para su gusto mientras me lo como.
—Hostiaputa —gime, presionando su culo contra mi cara.
—Te dije que no querrías jugar conmigo —gruño, hincándole los dientes en una nalga antes de darle una palmada en la piel suave. Se estremece otra vez y noto el revelador movimiento de su polla en mi puño.
«Le encanta».
Vuelvo a cubrirlo con la boca, lamiéndole el aro fruncido hasta que la saliva se desliza por la raja y gotea sobre la cama. Sus caderas se mueven hacia delante en busca de la fricción que le proporciona mi mano antes de presionar un poco más contra mi lengua.
—Dios. Así, cariño —jadea, sujetándome por ambos lados.
Me encanta cuando no se avergüenza de tomar lo que quiere de mí para darse placer. Me encantan muchas cosas de Quinn, en realidad, pero esta es una de mis favoritas.
El rumbo que toman mis pensamientos me hace vacilar una fracción de segundo; me detengo un momento antes de volver a la normalidad.
Un dolor punzante me oprime las pelotas y me doy cuenta de que esto me excita tanto como a él. Estoy tan tenso que la necesidad de estar dentro de él me está matando.
Me aparto, cojo el lubricante de la mesita de noche y enseguida me lo echo en la polla. Él me mira por encima del hombro, con el culo todavía en pompa y necesidad y lujuria en los ojos, lo que solo consigue que lo desee aún más.
Sin ninguna delicadeza, me coloco en su entrada, deslizándome con facilidad por el borde y penetrándolo hasta el fondo.
Un suave gemido se le escapa al mismo tiempo que yo dejo escapar un suspiro de alivio.
Por muy bueno que sea el sexo con él, apasionado y explosivo, una de mis partes favoritas es cuando lo penetro hasta el fondo. Los suspiros que se le escapan, la forma en que su culo me aprieta y se contrae a mi alrededor mientras se adapta a mi tamaño. No hay nada igual.
A veces, casi desearía ser yo quien recibiera.
Y ahí está otra vez, otro pensamiento que hace que mis movimientos se vuelvan torpes, solo que esta vez sigo adelante, penetrándolo como si fuera lo último que voy a hacer en la vida.
—Sí, sí, sí —grita Quinton mientras embisto con fuerza; mi pelvis choca contra su culo una y otra vez. Los golpes de nuestros cuerpos al encontrarse se unen a sus gemidos y mis jadeos, creando una mezcla perfecta y embriagadora que quiero reproducir en bucle en mi cabeza.
Por la forma en que se abandona a mi longitud cuando la punta le roza la próstata, me da la impresión de que está a punto, listo para estallar. Está a punto de arrastrarme al límite con él.
—Joder, cariño. Sigue apretándome así y esto no durará mucho más.
—Cuento con ello —dice con otro gemido, clavando los dedos en el edredón—. Lléname con tu semen, cariño. Quiero hasta la última gota.
«Joder».
Quiero casi tanto esa puta boca suya como le quiero a él.
La revelación me golpea como un tren de mercancías, cambiando por completo mi mundo. Lo bastante como para hacerme frenar en seco, a medio camino de penetrar el cuerpo tembloroso de Quinn, para poder rebobinar hasta las últimas palabras que casi habían pasado desapercibidas por mi mente.
Le quiero.
Dos palabras, por sencillas que sean, que lo complican todo en cuanto pasan por mi cabeza. Porque, ahora que me he dado cuenta... no puedo ignorarlo. No puedo fingir que todos los secretos y los momentos robados ya no significan nada para mí.
Por muchos problemas que me traiga esto, lo es todo, joder.
Y, al instante, todas las piezas encajan.
—¿Qué haces? —casi grita, con los ojos encendidos por la ira de que me haya echado atrás justo cuando estaba a punto de correrse.
Pero tenía que parar si quiero que esta noche salga como yo esperaba. Algo que, hasta este momento, ni siquiera sabía que deseaba.
Las revelaciones son algo curioso.
—Vamos a parar —jadeo, secándome con el dorso de la mano la gota de sudor que me resbala por la mejilla.
—Eso ya lo veo —dice entre dientes, con la mandíbula apretada—. La pregunta es: ¿por qué?
Me separo de él y le indico que se dé la vuelta y se tumbe boca arriba debajo de mí.
Debe de pensar que quiero cambiar de postura, por la sonrisa lasciva que esboza, pero cuando me aparto al ver que va a agarrarme la polla, vuelve a fruncir el ceño.
—¿Qué pasa, Oak?
Respiro hondo y pronuncio una frase que nunca pensé que diría.
—Quiero que me folles.