28. Oakley
OAKLEY
Dos manos firmes me agarran por la cintura mientras intento abrir la puerta principal de casa, lo que hace que todos los nervios de mi cuerpo se pongan en alerta.
Incluidos los que controlan mi polla, porque, sumado a la forma en que siento la de Quinn contra mi culo, me estoy poniendo muy cachondo.
Llevo así toda la noche, ya que este tío es el mayor provocador que he conocido.
Llevo deseando traerlo a casa desde que terminó el entrenamiento; quiero tenerlo desnudo debajo de mí más de lo que deseo sostener el trofeo de la Frozen Four al final de la temporada.
Sin embargo, echó por tierra mis planes al pedirme que fuéramos a cenar en lugar de dejarme disfrutarlo como plato principal.
Pero la comida nunca viene mal y, cuando mencionó un pequeño restaurante mexicano del que había oído decir que tenía los mejores tacos al pastor de toda el área metropolitana de Chicago, me convenció.
Lástima que apenas pude disfrutar de la comida con él allí delante de mí, lo bastante cerca como para oler su gel almizclado, pero demasiado lejos como para tocarlo.
Lo único que podía hacer era devorarlo con la mirada desde el otro lado de la mesa.
Cosa que él consideró necesario mencionar. Más de una vez.
Como no soy de los que se quedan de brazos cruzados, en cuanto pagamos y nos metimos en el coche, prácticamente lo arrastré a mi regazo para una sesión de besos y magreo.
Solo duró unos veinte minutos antes de que no pudiera aguantar más y me viera obligado a poner rumbo a casa, porque, si no, corría el riesgo de follármelo en el asiento trasero de mi coche.
Por eso estamos en mi casa y no en la suya, como solemos hacer.
Ahorrarme diez minutos de trayecto significa metérsela diez minutos antes.
Ha acabado con el noventa y cinco por ciento de mi autocontrol. Y estoy listo para comérmelo entero.
Si tan solo pudiera abrir la puñetera puerta...
—Joder —me quejo entre dientes mientras sigo forcejeando con la cerradura y la llave—. Estás haciendo que esto sea mucho más difícil de lo que debería.
—Mmm —murmura, seductor, mientras su lengua recorre la unión entre mi mandíbula y mi garganta—. Pero ¿no es ese el objetivo?
Para reforzar su argumento, me agarra el rabo, que es ya una rabiosa erección, a través de los vaqueros. Estoy duro como una piedra desde que terminamos de cenar gracias a sus provocaciones, y la presión que noto en los huevos se está convirtiendo en una cuestión de vida o muerte.
No bromeo: si no me corro en los próximos veinte minutos, podría morirme de verdad.
Gracias a Dios, por fin consigo meter la llave en la cerradura, abrir la puerta con cuidado y encontrarme con la tranquila oscuridad del salón.
Como es lógico, ya que es casi la una de la madrugada de un día entre semana.
El único de mis compañeros de piso al que se le ocurriría estar despierto a estas horas es a Theo, pero, por suerte, está a dos pisos de distancia de mi habitación.
Quinn sigue tocándome a través de los vaqueros y yo dejo escapar un gemido antes de girarme hacia él.
Le rodeo el cuello con un brazo y le doy la vuelta antes de empujarlo con fuerza contra el marco de la puerta.
Lo aprieto contra la madera, despacio, pego mi cuerpo al suyo, y él deja caer la bolsa de deporte en el escalón del porche.
—Intentas matarme —murmuro, más como una afirmación que como una pregunta. Porque no hay forma de que pueda soportar mucho más el tormento que está desatando.
—Créeme —me susurra—, ese no es el objetivo.
Me agarra de la barbilla y me atrae hacia él para darme un beso apasionado; su lengua roza la mía mientras me abre los labios.
El corazón me da un vuelco extraño en el pecho cuando me alza la mandíbula y me acaricia la piel con los dedos.
Es una especie de presión palpitante, como si lo tuvieran agarrado en un puño y lo apretaran mientras lucha por encontrar un ritmo constante.
He tenido esta sensación en más de una ocasión, las primeras veces después de las vacaciones. Pero últimamente ese puto músculo lo ha estado haciendo mucho más, sobre todo desde que se lo presenté a mis padres, hace ya casi dos semanas.
No sé muy bien qué pensar al respecto, ni por qué coño está pasando esto. Aunque estoy seguro de que tiene algo que ver con la facilidad con la que se ha colado en mi día a día.
No solo en lo obvio, como el hockey.
Me refiero a que es la primera persona de la que espero un mensaje por la mañana, o a cómo crece mi expectación al poner un pie en el estadio, sabiendo que estoy a punto de verlo durante la próxima hora o las dos siguientes.
Se ha convertido en la emoción que busco a todas horas y, con ello, se ha integrado en mi vida casi a la perfección.
Pero, por muy bien que encaje en mi vida, todavía hay una cosa que no hemos hecho.
Nadie en este planeta, excepto Hayes, sabe que estamos juntos.
Pero, mientras estoy aquí, en la puerta de casa, deseándolo con todas mis fuerzas, tampoco creo que haya razón alguna para seguir manteniéndolo en secreto.
Estoy harto de ocultarlo y de vernos a escondidas.
Es un coñazo y, lo que es más importante, me parece una gilipollez cuando ya hemos renunciado a todas las demás reglas que establecimos al principio.
Mantenerlo en secreto es la única que hemos respetado durante todo este tiempo.
Y creo que ha llegado la hora de que también desaparezca.
.. aunque tal vez pueda esperar hasta mañana, cuando los chicos no estén dormidos como troncos.
Lo último que querrán al despertarse es verme liándome con el tío que se supone que es mi enemigo mientras nos dirigimos a hurtadillas a mi dormitorio.
—¿Vas a invitarme a entrar? —ríe en voz baja contra mi cuello—. ¿O piensas dejarme aquí fuera, congelándome, toda la noche después de abalanzarte sobre mí en la puerta?
—Ahora que lo dices... —comento antes de recoger la bolsa de donde la ha dejado caer—. Pero no, tengo otros planes para ti que no incluyen provocarte una hipotermia.
Una expresión llena de picardía aparece en su rostro y se muerde el labio inferior mientras me quita la bolsa.
—Entonces, guíame.
Hago lo que me dice, lo cojo de la mano y lo arrastro hasta la puerta de entrada, hasta que ambos quedamos envueltos en la oscuridad.
La puerta se cierra sin hacer ruido detrás de nosotros y lo suelto para cerrar con llave.
Todo va bien y, justo cuando creo que no hemos despertado a nadie, Quinn tira un juego de llaves de la mesilla de la entrada con su bolsa de deporte.
—¡Shhh! —siseo—. Parece que quieras que nos pillen.
Susurra un «lo siento» en la oscuridad, y me guío por su voz hasta que la tenue silueta de su cuerpo aparece ante mí.
Enciendo la linterna del móvil a toda prisa, agarro la mano de Quinn otra vez y lo arrastro hacia las escaleras.
—Sígueme. E intenta no tirar nada más.
—No sé por qué no has encendido la linterna desde el principio.
—Porque conozco esta casa como la palma de mi mano y no me hace falta —le digo cuando llegamos a mi puerta. Rápidamente, la abro para evitar el fuerte crujido que hace a veces y lo empujo hacia la seguridad de mi cuarto.
Atravieso la habitación a oscuras hasta llegar a la mesita de noche, deslizo la mano bajo la pantalla de la lámpara y enciendo la luz. Esta proyecta un suave resplandor sobre la habitación e ilumina a Quinn mientras deja caer la bolsa al suelo junto a mi escritorio.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro cuando lo veo rebuscar en ella, sin detenerse hasta que encuentra su puck . Me devuelve la sonrisa cuando se da cuenta de que lo estoy mirando. Es una sonrisa más tímida.
Probablemente sea la expresión más inocente que le he visto nunca.
Se toma un momento para deslizar el puck debajo de la almohada y, cuando termina, lo agarro por la cintura y lo atraigo hacia mí.
—Una superstición menos —murmuro mientras mis labios recorren la línea de su cuello—. Quedan dos más.
La sonrisa con hoyuelos de Quinn ilumina la penumbra antes de sellar mi boca con la suya en un beso que me hace estremecer. De esos que le hacen toda clase de tonterías a mi corazón. Como doler y anhelar cosas que no tendría por qué desear.
Con la boca pegada a la mía, me empuja hacia la cama y solo interrumpe el beso para quitarme la camiseta por la cabeza. Se toma su tiempo para desnudarme del todo y recorrer la piel recién expuesta con las yemas de los dedos.
Su tacto, ligero como una pluma, enciende cada uno de mis nervios, que arden por él.
Cuando mis rodillas tocan el borde de la cama, me empuja hacia abajo. Caigo sobre el colchón, con él todavía de pie ante mí, completamente vestido.
—Bueno, esto no es precisamente justo —comento, acomodándome en el centro de la cama.
Una sonrisa maliciosa se adueña de su rostro mientras se quita la sudadera que lleva puesta muy despacio, dejándome ver unos abdominales marcados y kilómetros de tatuajes en la piel.
—¿Desde cuándo la justicia tiene algo que ver con esto?
A continuación, se quita los pantalones, seguidos casi de inmediato por los calzoncillos, y entonces queda desnudo. Verlo, empalmado y esperándome, es algo que ya se me ha quedado grabado a fuego en el cerebro. Pero eso no impide que siga robándome el aliento.
Se agarra el pene con una mano y realiza movimientos largos y lentos mientras me mira fijamente, tumbado y a su merced.
—Vale, esto sí que no es justo —me quejo, con la mirada clavada en su mano, que acaricia esa preciosa polla. Una polla que me gustaría tener entre las manos o en la boca antes de que todo esto termine.
Humedeciéndose el labio inferior, asoma la lengua y continúa masturbándose con movimientos pausados.
—Oh, cariño —murmura con una voz cargada de sexo y deseo mientras se coloca sobre mí—. Ya sabes que en el odio y en el hockey todo vale.