Más allá del hielo 30. Quinton
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30. Quinton

QUINTON

Se me revuelve el estómago cuando leo la etiqueta del bote una, dos, cincuenta putas veces.

Y cada vez que leo esa palabra, el miedo atroz se transforma un poco más en ira. Da vueltas y se retuerce hasta que, al final, ya no puedo seguir callado.

—¿Qué coño es esto?

Oakley se da la vuelta, con el ceño fruncido por la confusión al verme con el frasco de pastillas en la mano.

Y entonces, durante un breve instante, su rostro se descompone.

Se recompone enseguida, casi lo suficiente como para que no perciba el titubeo en su expresión.

Joder, si no lo conociera tan bien como lo conozco ahora, probablemente no me habría dado cuenta.

Pero lo he visto.

Lo he pillado.

—¿Qué coño es esto? —repito, esta vez con más énfasis. Al apretar el bote con fuerza, el tapón de plástico se me clava en la piel, haciéndome daño, igual que este descubrimiento me clava un cuchillo en el corazón.

O, más bien, por la espalda.

Cruza la habitación hasta donde estoy y me quita el bote de las manos. Traga saliva y lee la etiqueta antes de mirarme a los ojos.

—Son de cuando me rompí la clavícula. ¿Te acuerdas? ¿En el partido contra Waylon la temporada pasada?

Ignoro su pregunta y le hago otra.

—¿Por qué las sigues teniendo?

—Supongo que nunca las tiré.

«Supongo que nunca las tiré».

Conveniente de la hostia.

—O quizá sigues usándolas —murmuro, mientras las piezas del rompecabezas encajan en mi cabeza—. Y el día de la analítica intercambiaste las muestras. La tuya por la mía, para que tú la pasaras y yo no.

—¿De qué estás hablando? —pregunta, inclinando la cabeza hacia un lado—. Ni siquiera diste positivo por narcóticos. Fueron esteroides.

—No —gruño, apretando los dientes mientras le quito el bote de las manos—.

Solo te dejé creerlo porque no le veía el sentido a discutir contigo sobre en qué había dado positivo.

—Levanto el bote entre nosotros y le enseño la etiqueta—.

Y era esto. Que, por cierto, no consumí, joder.

Siempre he estado limpio y siempre lo estaré, hostia.

Oakley entreabre la boca mientras frunce el ceño, y puedo ver cómo le da vueltas la cabeza.

—Espera... ¿diste positivo por narcóticos?

—¡Deja de actuar como si no lo supieras! —grito, y lanzo el bote al otro lado de la habitación, donde golpea la pared antes de caer al suelo con un ruido sordo—. He visto la cara que has puesto cuando las he encontrado. Lo sabías, joder. Tenías que saberlo.

Me mira como si hubiera visto un fantasma, sacudiendo la cabeza de un lado a otro a cámara lenta. No sé si forma parte de su negación o si está tratando de procesar lo que sucede, pero, en cualquier caso, no me sirve de nada. No me da ninguna respuesta.

—Mírame a los ojos y dime que no lo sabías —le exijo, despacio—. Si vas a mentir, mírame a la puta cara.

—Quinn, por favor...

—Tú solo responde a la pregunta —espeto, interrumpiendo cualquier súplica que estuviera a punto de soltar—. ¿Lo sabías? Es lo único que quiero saber.

Oakley cierra los ojos y siento un ligero desgarro en el pecho. Porque la expresión de su rostro... es respuesta suficiente. Hasta el punto de que podría marcharme y ahorrarme el problema.

Pero, aunque no hagan falta palabras, sigo queriendo oírlas.

Quiero la verdad salida de su boca de puto de mentiroso.

—Sabía que algo había pasado. Braxton dijo algo raro y le pregunté directamente qué había hecho, pero lo único que dijo fue que estaba cuidando de mí o alguna gilipollez por el estilo. Yo no... —Se calla, frotándose la nuca mientras niega con la cabeza—. No tenía ni idea de que lo había hecho.

—Pero tenías sospechas.

—Sí, pero...

—¡Pero nada! —grito—. ¡¿En qué coño estabas pensando, Oakley?! ¿Cómo no dijiste nada si pensabas que...?!

—¡Porque es uno de mis mejores amigos y no lo sabía al cien por cien!

Y entonces todo encaja. Tiene sentido. Y, sobre todo, me cabrea no haberlo visto antes.

No haberme dado cuenta de que me habían estado tomando el pelo todo este tiempo.

—Es tu mejor amigo... y yo soy tu rival. Tu enemigo. El único obstáculo que se interpone en tu camino para ser capitán. El compañero de equipo insufrible al que no soportas.

Me paso la lengua por el interior de la mejilla y trato desesperadamente de mantener el control. Necesito que la rabia afloje un poco, lo justo para poder soportar el dolor que me recorre entero por su traición.

Pero esa es la cuestión. Para él no fue una traición.

Todo formaba parte de un plan.

—Entonces, qué, ¿él estaba al tanto de todo? —pregunto, urgando en las mentiras y el engaño—. ¿Es él la razón por la que cambiaste de opinión con todo este puto tema? ¿Lo nuestro? ¿Lo de quedar?

«¿Es él la razón por la que cometí el error de enamorarme de ti?».

—No, Quinn. Yo nunca... —Se interrumpe y niega con la cabeza, frenético—. Ni hablar. He seguido las reglas. Nadie lo sabe.

—Has seguido las reglas —repito, mofándome—. Bueno, me alegra saber que al menos algunas cosas son sagradas. Pero, por lo que parece, el hockey no lo es tanto. Lo cual tiene su gracia, teniendo en cuenta la situación.

Lo fulmino con la mirada mientras la agonía me desgarra por dentro. Me corta y me atraviesa, haciendo que me resulte casi imposible respirar, y me deja ahogándome, desangrándome en el suelo, a sus pies.

—Querías diferenciarte del entrenador y de tu padre, ¿verdad? Pues enhorabuena. Lo has conseguido, Oak —le gruño, con una frialdad glacial en la voz—. Porque ninguno de los dos habría sido capaz jamás de hacer la mierda que tú has hecho. Deberías estar orgulloso.

Se me rompe la voz en cuanto las palabras salen de mis labios, junto con mi corazón, mientras le lanzo veneno y odio, intentando, a la desesperada, hacerle el mismo daño que él me ha hecho a mí. Le clavo cuchillos en el pecho, navajas en el alma, y lo veo sangrar igual que yo.

Pero el problema de amar aquello que odias es que te destruye cuando intentas devolver el golpe.

Y, mientras mis palabras atraviesan su armadura, siento cada corte y cada herida como si también me atravesara a mí.

—No puedo creer que me permitiera ena... —interrumpo las palabras cuando empiezan a resquebrajarse con más verdades. Verdades que él no merece oír.

La desazón me tiñe la voz hasta que ya no suena como la mía, y las palabras brotan de mi garganta con una angustia palpable.

—Pero eso es precisamente lo que se hace, ¿no? Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.

Cierra los ojos.

—Lo siento, Quinn. Por favor, escúchame. Lo siento mucho.

Eso es lo único que repite. Esas dos palabras, «lo siento», como si significaran una puta mierda.

Me clavo los dientes en la parte blanda de la mejilla hasta que noto el sabor a sangre mientras cuento hacia atrás desde diez.

Luego desde veinte.

Después desde cincuenta.

Porque, por muy cabreado que esté ahora mismo, no tengo ningún interés en darle una paliza por esto. Prefiero que tenga que vivir con las consecuencias, deseando que se la hubiera dado.

Y funciona. Una ola de calma y serenidad me invade, aunque solo sea por un breve instante.

Lo suficiente para que se active mi instinto de supervivencia y empiece a actuar por pura inercia. Le doy la espalda, cojo mis vaqueros del suelo y me los pongo.

—¿Qué haces?

—¿A ti qué te parece? —le respondo con dureza, buscando los calcetines y la camiseta. Pero es muy difícil cuando mi corazón lucha por seguir latiendo en el pecho, después de que él lo haya destrozado en mil pedazos.

—No quiero que te vayas.

Una risa sarcástica se me escapa de los labios mientras me pongo los calcetines y los zapatos.

—Lo que tú quieras no es precisamente una prioridad para mí ahora mismo, Oak. Ya no.

Gracias a Dios, se queda callado mientras observa cómo me visto y me pongo la camiseta y la sudadera.

Sus ojos me queman, incluso a través de la ropa, y me cuesta mucho no mirarlo.

Porque sé que, en el momento en que lo haga, existe una posibilidad muy real de que mi determinación se desvanezca y lo escuche.

Pero no estoy de humor para escuchar más mentiras.

—¿Sabes? Pensaba que el chico de oro tenía que ser perfecto. Que nunca hacía nada malo —le digo apretando los dientes—. Ya era hora de que mostraras tu verdadera cara.

—Quinton, por favor...

—No. Que te jodan. —Hiervo de rabia y cruzo la habitación hasta plantarme justo delante de él.

Mi nariz roza la suya y esos labios mentirosos y traicioneros están a un milímetro de distancia—.

Confié en ti. Te entregué pedazos de mí en una puñetera bandeja de plata, y esto es lo que recibo a cambio.

Una puñalada por la espalda y mentiras más grandes que una casa.

La tristeza de sus ojos marrones debería bastar para detenerme, pero ya no puedo seguir escuchándolo. No puedo mirarlo, porque lo único que veo al hacerlo es todo lo que me he estado perdiendo en la vida, siéndome arrebatado por una decisión impulsiva.

Me aparto para poner distancia, para ganar el espacio que necesito con tanta desesperación, cuando Oakley hace lo único que ambos sabemos que no debería hacer, aunque sea lo que ambos anhelamos.

Me rodea la nuca con la mano y estrella su boca contra la mía.

Su lengua busca la mía, despertándola mientras nos hace girar y me empuja hacia atrás hasta que chocamos contra la superficie más cercana. Me levanta y me sienta sobre un escritorio antes de aplastar todo su cuerpo contra el mío. Como si eso bastara para retenerme allí.

Todas las emociones que recorren mi cuerpo se filtran en ese beso.

Ira, dolor, traición.

Esperanza, amor.

Odio.

Cada emoción brota de mí mientras su boca devora la mía, apropiándose una vez más de algo que no le pertenece. Suplicándome que me detenga, piense y escuche lo que su corazón le dice al mío.

Pero no es suficiente.

Nunca será suficiente.

Así que me separo de él y le doy un empujón. Me bajo del escritorio, me doy la vuelta para coger la bolsa, que había tirado al suelo, y salgo corriendo antes de que pueda hablar. O, peor aún, antes de que intente detenerme otra vez.

Pero no tuve en cuenta una cosa cuando dejé que la puerta de su habitación se abriera de golpe contra la pared.

Algo que ahora resulta evidente, porque me reciben cuatro pares de ojos muy abiertos, aunque somnolientos, al otro lado.

No estamos solos.

Y, por la expresión de sus compañeros de piso, parece que han oído más que suficiente de lo que acaba de pasar detrás de esa puerta.

—De puta madre —murmuro entre dientes antes de mirar por encima del hombro a Oakley. Parece un ciervo deslumbrado por los faros de un coche, con la mirada clavada en mí y a sus compañeros de piso al otro lado del umbral.

Una parte de mí casi siente pena por él, por que sus amigos se hayan enterado de esta manera, pero, sinceramente, estoy demasiado cabreado como para sentir compasión ahora mismo.

Vuelvo a centrarme en la multitud reunida en el pasillo, que bloquea eficazmente mi vía de escape.

—Se acabó el espectáculo, chicos. No os molestéis en quedaros para el número extra. No lo habrá.

Espero que se aparten, que se dispersen, que hagan algo, joder, en lugar de quedarse ahí plantados, mirándome fijamente. Como si fuera una especie de animal enjaulado en un zoológico, listo para abalanzarse sobre cualquiera que se acerque demasiado al cristal.

Me la suda.

¿Quieren quedarse ahí como pasmarotes? Perfecto.

Me abriré paso a puñetazos.

Igual que hizo su compañero de piso con mi corazón.