Más allá del hielo 27. Quinton
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27. Quinton

QUINTON

—¿Qué haces?

Levanto la vista del espejo que estaba usando para anudarme la corbata y miro hacia donde está Oakley, de pie en la puerta de mi habitación, vestido con... vaqueros.

«Joder, me cago en mi puta estampa».

—Cambiarme, claro está —murmuro, quitándome la corbata y cogiendo unos vaqueros y una camiseta térmica del armario. Lo único peor que ir mal vestido para una ocasión es ir demasiado arreglado.

—¿Tan elegante para una simple cena? —dice Oakley mientras entra en mi habitación y cierra la puerta detrás de él.

—¿Has olvidado el mundo del que vengo? —le pregunto, arqueando una ceja por encima del hombro mientras me desabrocho la camisa y la cuelgo en una percha—. Llevar traje y corbata para cenar era lo normal en mi vida cuando era pequeño.

Arruga la nariz de una forma que me encanta.

—Suena la hostia de horrible.

No estuvo tan mal. Al menos, no en lo que respecta a la ropa. A veces está bien vestirse de punta en blanco. Lo que no me gustaba era la compañía.

—¿Cómo has entrado aquí? —le pregunto, cambiando de tema mientras me quedo en calzoncillos. Siento la mirada penetrante de Oakley sobre cada centímetro de piel expuesta, y eso me provoca un escalofrío por todo el cuerpo.

—Hayes —es todo lo que dice. Y, cuando levanto la vista, lo veo cruzar la habitación y sentarse en mi cama. Hay algo pensativo en su expresión antes de añadir—: La verdad es que no parecía muy sorprendido de verme.

Este es el momento que tanto temía, y no tiene nada que ver con los nervios por conocer a su familia durante la cena.

—Seguramente sea porque... lo sabe.

La reacción de Oakley no es la que esperaba. Estaba casi seguro de que se enfadaría y lo cancelaría todo. Justo lo último que quiero, por eso he tardado tanto en decírselo.

Pero no se enfada. De hecho, sonríe un poco y niega con la cabeza.

—Se ha dado cuenta, ¿verdad?

Asiento mientras me pongo unos vaqueros oscuros.

—Nunca le he dicho nada, obviamente, pero te ha visto mucho por aquí estos últimos meses. Supongo que, de algún modo, ató cabos. Dijo que, si vamos a seguir follando como animales a todas horas por la noche, tendremos que llevarnos la fiesta a tu casa de vez en cuando.

Omite la parte en la que Hayes nos pilló besándonos hace unas semanas, algo que quedó claro cuando mencionó que sabía que Oakley y yo nos acostábamos. Y la única razón por la que no había dicho nada era porque quería que yo se lo contara primero.

Pero luego le impedimos dormir demasiadas veces y ya no pudo seguir callándose.

Oak suelta una risa aguda e incrédula.

—Joder.

Me meto los brazos en una camiseta limpia y me la paso por la cabeza.

—¿No te molesta que lo sepa?

Si soy sincero conmigo mismo, a mi me alegra que alguien lo sepa. Lo hace un poco más real. Pero sé lo que piensa Oakley sobre mantener esto en secreto, solo entre nosotros.

Por eso me sorprende que niegue con la cabeza.

—Nos estábamos engañando al pensar que nadie acabaría enterándose. Y, si confías en que él sabrá guardar el secreto, a mí me parece bien. —Hace una pausa, jugueteando con la gorra que lleva puesta al revés—. Mejor eso a que se enteren todos mis compañeros de piso, ¿no crees?

Sí, estoy seguro de que a Braxton, en particular, le encantaría saber que su mejor amigo se acuesta conmigo de todas las maneras posibles.

Muevo los dedos, nervioso, mientras me arreglo el pelo delante del espejo, un poco irritado. Claro, tenía que cambiarme de ropa y dejármelo fatal cuando lo tenía perfecto.

«Joder».

—¿Estás nervioso? —me pregunta Oakley, llamando mi atención.

Debe de estar interpretando mis gestos como un tic nervioso.

Y no se equivoca. Porque sí, estoy nervioso.

Nervioso de la hostia, y no solo porque el padre de Oakley fuera delantero estrella de la NHL durante años.

Es porque se trata de su familia y, por mucho que lo intente, soy consciente de que su primera impresión significa mucho para mí.

Mucho más de lo que probablemente debería, dadas las circunstancias.

Si la forma en que la expresión de Oakley se suaviza significa algo, mi falta de respuesta debe de haberme delatado.

Se levanta de la cama y acorta la distancia entre nosotros. Me aparta el mechón rebelde con el que estaba peleándome antes de pasar a acariciarme la nuca.

—Solo es una cena, Quinn. No te preocupes.

Trago saliva y esbozo una sonrisa.

—No estoy nervioso.

Frunce el ceño y me suelta la nuca.

—Déjate de tonterías.

—¿De qué estás hablando?

—De esto —dice, levantando la mano y rozándome los labios con el pulgar—. De la sonrisa falsa que pones cuando estás enfadado, incómodo o mintiendo.

Abro un poco la boca, sorprendido de que se haya dado cuenta de algo... que ni siquiera yo había advertido.

Se le tensan los labios en una línea firme y se saca el móvil del bolsillo trasero.

—Vamos a cancelarlo y pedimos una pizza.

La verdad es que una pizza y una noche con Oakley en mi habitación suenan a gloria, pero cancelar en el último momento rara vez causa una buena primera impresión. Justo la que yo quiero dar con desesperación.

—Ni hablar. —Le quito el móvil antes de que pueda terminar el mensaje que estaba escribiendo y me lo guardo en el bolsillo de los vaqueros—. Esta noche vamos, pase lo que pase.

Los labios de Oakley dibujan una sonrisa divertida.

—Vale, entonces relájate. Solo son personas, incluido mi padre.

—Tú di lo que quieras, pero...

—Pero nada, Quinn. Les vas a caer bien. —Me agarra de la muñeca y tira de mí hacia él antes de besarme en la sien—. Vamos, ya llegamos tarde.

Aprieto los dientes cuando me recorre otra oleada de nervios.

«Fantástico».

La cena no es en un restaurante, como yo pensaba. Es en casa de sus padres.

La casa en la que creció Oakley, que resulta ser todo lo contrario a la mía.

Es una casa bonita y grande en las afueras, a unos cuarenta y cinco minutos del campus.

Básicamente, la imagen del sueño americano: garaje para dos coches, un patio trasero enorme para hacer barbacoas y un porche cubierto con mecedoras.

Con putas mecedoras.

Tienen dos hijos, y cuando les señalé que lo único que les faltaba era un perro, Oakley me corrigió diciendo que en su momento tuvieron uno, pero que su hermano resultó ser muy alérgico, así que no pudieron quedárselo.

«Oh, no, una imperfección en tu vida perfecta», murmuré, poniendo los ojos en blanco. Lo único que conseguí fue que Oakley se riera más.

Y, para rematar, ningún catering de lujo ni ninguna empleada doméstica se encargó de preparar la cena para los cinco. La hizo la madre de Oakley.

—Siento como si me hubieran metido en una realidad alternativa —le susurro a Oakley mientras nos sentamos uno al lado del otro a la mesa de la cocina. Cruzo la mirada con la suya—. ¿Estoy en Matrix o algo así?

Esboza una sonrisa.

—Eres idiota.

Estoy a punto de responder «pero soy tu idiota», salvo que... en realidad no lo soy. Al menos, no del todo. No en el sentido que parece sugerir todo esto de venir a cenar a casa y conocer a sus padres.

Ni en el sentido que transmite el hecho de que tenga la mano sobre mi muslo por debajo de la mesa.

La aparta a toda prisa en cuanto sus padres entran en el comedor.

Como nunca he sido el tipo de persona que va a casa de alguien a conocer a su familia (salvo la de Hayes, porque es mi mejor amigo), espero que todo esto salga mal. Muy mal. Hasta el punto de asumir que, después, no podré volver a hablar con Oakley nunca más.

Por eso me sorprende para bien que los tres me hagan sentir como si llevara toda la vida sentado a esta mesa.

La madre de Oakley, Janet, me pregunta por la universidad y por el sitio en el que crecí, y lo más raro es que sus preguntas no suenan superficiales.

No son como esas conversaciones de compromiso que se tienen en una cena con invitados, sabiendo perfectamente que no recordarás nada de lo que te han contado una vez se hayan ido.

De verdad quiere saber más sobre quién soy, de dónde vengo y hacia dónde espero ir.

Cosas... que no creo ni que mi propia madre sepa sobre mí.

Hasta Logan se suma a la conversación y se pone a hablar conmigo de anime, de mi moto y de otras cosas que las ovejas negras tenemos en común. Y Oak tenía razón: conectamos bastante bien.

Y luego está su padre.

Tiene la misma mirada penetrante que Oakley y que el entrenador, pero en él resulta todavía más intensa. Es como si pudiera ver a través de mi cráneo, descubrir cada uno de mis errores o pensamientos más oscuros y pasar de uno a otro como si hojease una puñetera revista.

Es inquietante.

Por eso se me revuelve el estómago cuando Janet se levanta para ir a la cocina a guardar las sobras y nos deja a los cuatro sentados a la mesa, hablando de hockey.

Y, como es el tema que menos soporta Logan, se queda callado, saca el móvil y nos deja a Oakley, a su padre y a mí hablando de la única cosa en el mundo que no aguanta.

—Esta temporada estáis jugando muy bien juntos. Teniendo en cuenta vuestro historial, me sorprendió que Travis mencionara siquiera la posibilidad de poneros en la misma línea.

«Vaya, qué raro oír a alguien llamar al entrenador por su nombre».

—Sí, nosotros también éramos bastante escépticos al respecto —digo, mirando a Oakley.

Él me dedica una pequeña sonrisa cómplice.

—Es el eufemismo del año.

Trevor se echa a reír.

—Ese entrenador vuestro debe de ver algo que el resto no vemos, porque probablemente haya sido lo mejor que podía hacer por el equipo. Quiero decir, sois imparables juntos.

—Estoy de acuerdo —digo, asintiendo—. No creo que hubiéramos llegado tan lejos si Oakley y yo no hubiéramos aprendido a... resolver nuestras diferencias y a llevarnos bien. Tanto dentro como fuera del hielo.

La mano de Oakley me aprieta el muslo por debajo de la mesa, y esa pequeña sonrisa que se me dibuja en los labios se convierte en una sonrisa imposible de disimular.