26. Oakley
OAKLEY
Quinton y yo estamos tumbados en el sofá de su salón, viendo una comedia en la tele, en una de las primeras noches que hemos pasado juntos en toda la semana.
Este semestre tenemos unos horarios muy ajetreados, ni siquiera coinciden lo suficiente como para comer o cenar juntos, como hacíamos el semestre pasado.
Quitando los entrenamientos, ni siquiera lo he visto.
Hemos estado demasiado ocupados como para hacer mucho más que mandarnos unos cuantos mensajes de tonteo, ahora que las clases están en pleno apogeo.
Y, si nuestro polvo en la biblioteca me enseñó algo, es que ni siquiera estudiar juntos es la opción más segura si lo que de verdad queremos es estudiar.
Pero esta noche nos hemos tomado un descanso de tanto empollar y, tengo que admitirlo, me alegro. Me alegro de estar aquí, en este rinconcito con él, donde podemos relajarnos y simplemente... estar.
Se ríe de algo que dice uno de los personajes en la pantalla, y ese sonido decadente me llega directo al órgano que tengo en el pecho mientras sus dedos suben y bajan por la piel desnuda de mi brazo.
Últimamente no deja de tocarme. No de una forma sexual, sino simplemente buscando el contacto.
Presiona el muslo contra el mío cuando nos sentamos juntos en el autobús para ir a los partidos fuera de casa, o se roza conmigo en el vestuario cuando entramos y salimos.
Siempre que puede, alguna parte de su cuerpo busca enlazarse con la mía.
Y prefiero mil veces más estos roces a lo que teníamos antes: golpes bruscos y empujones furiosos cada vez que los insultos que nos lanzábamos no bastaban. Y luego está aquella vez que le di un puñetazo, algo que ninguno de los dos olvidará fácilmente. Aunque ya hayan pasado cuatro años.
El recuerdo invade mi mente y me doy cuenta de que, aunque hemos hablado de algunos detalles del altercado, sigo sin entender del todo cómo empezó.
—¿Puedo preguntarte algo?
Su mano deja de moverse sobre mi piel mientras me mira, con el ceño fruncido por mi tono de voz.
—Claro.
—¿Cuánto recuerdas de aquella noche? La del instituto. —Hago una pausa para escoger bien las palabras—. Algunas de las cosas que dijiste... sonaban a delirio. ¿Que mi padre sobornó a los árbitros para que ganáramos?
Deja escapar un suspiro profundo y se hunde en los cojines de cuero.
—Sé que seguramente parecía que estaba sufriendo una especie de brote psicótico delante de ti...
—La mayor verdad del siglo. —Sonrío y le llevo la mano a la cara para alisarle con el pulgar la arruga que aparece en su ceño fruncido—. Pero sigue.
Se muerde el labio inferior.
—Tienes que entenderlo... Vengo de un mundo en el que la gente miente, engaña y traiciona por diversión. Controlan a todo el mundo y todo lo que la rodea, y siempre lo han hecho. A mí también. Y, si no obedezco, me amenazan con cortar cualquier relación conmigo.
—Eso es...
No tengo palabras para describir lo que es.
—Sí. Y en Navidad me soltó ese ultimátum de mierda.
—Inhala hondo antes de exhalar despacio.
Me he dado cuenta de que es su forma de mantener la calma—.
Así que tengo que ir a casa todas las semanas para esas cenas de los lunes por la noche, con la excusa de que quieren parecer unos padres decentes, cuando en realidad no es más que una oportunidad para que mi padre me presione un poco más para que deje el hockey, o para que mi madre intente emparejarme con otra niña bien de la alta sociedad a la que no soporto.
Todo para que dentro de quince años yo pueda convertirme en una pequeña copia de mi padre.
Arrugo la nariz, horrorizado por lo que me está contando.
—¿En serio?
Suspira hondo y me mira.
—Ojalá fuera una broma.
Suelto un largo suspiro y me hundo en el sofá, asimilando el peso de su situación. No me puedo creer que haya esperado hasta ahora para contarme las amenazas de su padre.
Odio que haya cargado con todo eso él solo durante casi dos meses.
—Menuda mierda.
Su expresión se vuelve pensativa un instante y vuelve a fruncir el ceño levemente.
—Mira, sé que te he contado muchas cosas horribles sobre mis padres, pero no quiero que lo que diga sobre ellos influya en tu opinión. Al fin y al cabo, son mis padres, y...
Entiendo lo que intenta decir, de verdad. Pero todo lo que me ha contado, sumado a las gilipolleces que oí decir a su padre después de nuestro partido de principios de temporada, ya me ha dejado bastante clara mi opinión. No necesito darles la oportunidad de cambiarla.
Porque, a diferencia de Quinton, a algunos libros sí se los puede juzgar por la portada.
—Están intentando moldearte para que seas algo que no eres. Y decirte que te desheredará si vas en contra de sus deseos es... repugnante.
Se encoge de hombros, haciendo todo lo posible por aparentar indiferencia.
—Pero es lo que hay. No puedo hacer nada.
No, él no puede cambiar quiénes son sus padres, igual que yo tampoco puedo hacerlo. Pero querer cambiar la esencia de una persona es distinto a desear otro apellido.
—Mi mundo no es así. —Niego con la cabeza, sintiendo cómo el odio hacia dos personas a las que ni siquiera conozco amenaza con subir a la superficie—.
Entiendo por qué piensas así, por cómo te criaste.
Pero, por muy exitosos que hayan sido mi padre y el entrenador en la NHL, mi familia.
.. nosotros no somos así. Engañar y robar no va con nosotros.
Tampoco obligarte a ser alguien que no eres.
—Ahora lo sé. —Sus ojos se suavizan.
—Bien, porque no me gustaría tener que volver a darte una paliza.
Eso hace que los pequeños hoyuelos aparezcan en sus mejillas.
—Tomaré nota.
Sigue acariciándome la piel distraídamente, con la atención puesta de nuevo en la pantalla de la tele, como si no acabara de romperme el corazón otra vez. Igual que hizo aquel día en la noria, cuando me contó que lo más parecido a una madre que había tenido en toda su vida era su puñetera au pair .
No debería ser así.
Quiero que sepa lo que es una familia de verdad. Se lo merece.
Se merece muchas cosas. Mucho más de lo que le han dado.
—¿Quinn?
Vuelve a mirarme y, cuando me sonríe, noto un cosquilleo en el estómago.
—¿Sí?
—No quiero asustarte ni nada por el estilo.
.. —empiezo, sin tener del todo claro si debería dejarme llevar por el impulso sin consultarlo antes con mi familia.
Pero lo que siento en el pecho pesa más que la advertencia de mi cabeza, y sigo adelante de todos modos—.
Mañana por la noche voy a cenar con mis padres y mi hermano. ¿Te gustaría venir?
Es imposible no notar cómo se le tensa la espalda.
—¿Quieres que conozca a tus padres? ¿A tu hermano?
Lo dice como si fuera la cosa más loca que ha oído en su vida. Y entonces caigo en la cuenta de que la propuesta suena muchísimo a algo que haría un novio, no solo... lo que sea que seamos.
—Sí —digo despacio—. Pero no es nada, solo es una cena.
La expresión de su cara sigue siendo de absoluta incredulidad, ahora mezclada con un deje de incertidumbre.
Me sostiene la mirada y me doy cuenta de que está intentando entender qué me ha llevado a proponerle algo así.
Por qué iba a complicar aún más las cosas y a desdibujar otra vez los límites y las reglas cuando antes parecían funcionar a la perfección.
Y, a juzgar por su ceño, que sigue presa entre sus cejas, no está encontrando ninguna respuesta.
Se me forma un nudo en la garganta y me humedezco los labios antes de apartar la mirada, sintiéndome de repente demasiado expuesto para mi gusto.
—Es una mala idea, ¿no?
—No, es... —Sus palabras se desvanecen.
—Olvida lo que he dicho. En serio.
Niega con la cabeza.
—Oak, no. Quiero ir, de verdad. Solo estoy un poco confundido con cómo sería todo.
Y ahora soy yo el que se queda confundido.
—¿Qué quieres decir?
—Tus padres no están ciegos, como los míos. Llevan años viéndonos pelear, discutir y llegar a las manos. ¿Y esperas que se sienten a cenar conmigo sin más?
Empiezo a entenderlo y, aunque sus preocupaciones son válidas, hay una cosa importante que parece haber olvidado.
—Ya no somos esas personas, Quinn.
—Eso ya lo sé, ¿pero lo saben ellos? —Hace una pausa y suelta una carcajada—. ¿Y qué? ¿Me llevarías como... tu amigo con derecho a roce por culpa de una superstición? Seguro que a tus padres les encantaría.
Sé que ha rematado la frase con la opción más absurda por una razón. Así que lo corrijo, dejándole espacio para que complete él mismo el vacío y sepa exactamente cuál es mi postura.
El problema es que no sé cuál es.
O tal vez el verdadero problema sea que sí lo sé, pero alterar el statu quo es lo último que deberíamos hacer. No ahora, cuando las cosas entre nosotros van bien.
«Tal vez, al final, sí sea una mala idea».
Pero no escucho los pensamientos que se me cuelan en la cabeza y sigo adelante.
—Puedo presentarte como tú quieras. Mi rival. Mi compañero de equipo. Mi amigo. —Sus ojos azules se alzan hasta encontrarse con los míos y se muerde el labio. Es la vez que más vulnerable lo he visto, pero me niego a dejar que eso me eche para atrás—. Solo Quinn también serviría.
Se queda en silencio, sopesando las opciones en su cabeza. Pero, cuando pasan treinta segundos y sigue sin decir nada, me invade una oleada de ansiedad.
—Es tu familia —dice al final—. Debería ser como a ti te haga sentir más cómodo.
Una vez más, lo deja en el aire y me permite llenar los huecos. Dejando todo el control de esta relación en mis manos.
Y empiezo a darme cuenta de que es justo ahí donde no quiero que esté.