Más allá del hielo 25. Oakley #2
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25. Oakley #2

—¿Quieres montar un espectáculo, cariño?

—Ni siquiera me da tiempo a responder. En lugar de eso, se baja los pantalones de chándal por los muslos y deja al descubierto la polla.

Larga, empalmada y gruesa, con una gota de líquido preseminal en la punta que me hace salivar.

Y me doy cuenta, otra vez, de que va sin calzoncillos.

—Sin ropa interior —digo, pensativo, mirándolo otra vez a los ojos—. Sabías lo que querías cuando has venido.

Sonríe, inclinándose de nuevo hacia mí.

—Tenía esperanzas.

Parece que no soy el único que se ha vuelto insaciable desde la primera vez.

Mis ojos se dilatan cuando sus labios vuelven a mi polla a la vez que se envuelve el miembro en un puño, dándole un lento tirón.

«Sí».

—Déjame ver cuánto te pone que te folle la boca.

Vuelve a sonreír, esta vez alrededor de mi erección, y se masturba mientras me la chupa. La imagen es obscena y erótica, y enseguida todos mis sentidos empiezan a saturarse de la mejor manera posible.

Una manera que me acerca cada vez más al clímax.

Con la mano que tengo libre, le agarro la muñeca y le levanto el brazo.

Sus ojos se clavan en los míos, con una pregunta silenciosa en esas profundidades azules, mientras no deja de trabajar con la boca.

En lugar de contestarle, sonrío y le lamo los dedos índice y corazón antes de metérmelos entre los labios.

Él gime alrededor de mi miembro mientras hago girar la lengua alrededor de sus dedos, mojándoselos bien para lo que tengo planeado.

Cuando termino y lo suelto, ni siquiera tengo que decirle lo que quiero. Él ya se lleva una mano hacia atrás y empieza a meterse los dedos. Noto el instante en que atraviesan la entrada; otro gemido pecaminoso vibra alrededor de mi polla, ahogado en lo más hondo de su garganta.

—Eso es, Quinn. Ábrete para mí —le pido con voz ronca y baja mientras empujo las caderas hacia delante.

Estoy dividido entre dejar caer la cabeza hacia atrás y permitir que el placer me anegue los sentidos o mantenerme alerta y memorizar cada detalle de este encuentro para más tarde.

Grabarlo en el cerebro para no olvidarlo jamás.

Al final, gana el placer.

¿Cómo no, si cualquier cosa que haga me hace sentir así de bien?

No importa que me esté volviendo tan impulsivo y temerario como él. Pero, joder, me siento más vivo que nunca. Y, si vamos a ser temerarios, si vamos a follar en público, vamos a hacerlo de verdad.

No bromeaba cuando dije que quería estar dentro de él antes de que esto terminara.

Le aparto para sacármelo de la boca, lo pongo en pie de un tirón y le doy la vuelta para dejarlo de cara a las estanterías. No tenemos mucho tiempo antes de que alguien pase por aquí, y quiero dejarlo lleno de mí mucho antes de que eso ocurra.

Me escupo en la palma y mezclo mi saliva con la suya sobre mi polla antes de alinearla con su culo, satisfecho al notar que ya está empujando hacia atrás, pidiendo más.

—Agárrate a la estantería —le ordeno en voz baja, y él obedece enseguida—. Y haz todo lo posible por no hacer ruido.

Cuando veo que se mantiene firme, empujo lo justo para empezar a penetrarlo. Había pensado hacerlo con delicadeza, sobre todo sin lubricante, pero él echa las caderas hacia atrás en la segunda embestida y me deslizo hasta el fondo.

—Oh, Dios. Joder, joder, joder —gime, clavando las dos manos en la madera con tanta fuerza que podría astillarla.

—Shhh —le susurro al oído, retirándome apenas un centímetro antes de volver a hundirme en él—. Si no puedes callarte, voy a tener que parar. Y eso es algo que ninguno de los dos quiere.

Sé que le estoy pidiendo mucho, porque es muy escandaloso en la cama.

Pero hay una línea muy fina entre divertirse un poco siendo imprudentes y acabar detenidos por exhibicionismo.

Y lo segundo es justo lo que pasará si no es capaz de cerrar la boca.

Aunque no puedo decir que lo culpe. La presión que ejerce alrededor de mi polla es exquisita, me aprieta de una forma que hace casi imposible contener la sarta de palabrotas que se me agolpa también a mí en los labios.

Se mantiene en silencio cuando pruebo con una embestida cautelosa, así que le doy otra, y luego otra, deslizándome cada vez más hasta volver a estar completamente dentro. La tensión le toma los hombros mientras se esfuerza por no hacer ruido cuando acelero y empiezo a moverme con más fuerza.

Lo rodeo con los brazos y le agarro el rabo con el puño, solo para descubrir que está húmedo de líquido preseminal y suplicando atención.

Algo parecido a un gemido, o tal vez un jadeo ahogado, se le escapa en cuanto empiezo a masturbarlo al ritmo de mis embestidas, y veo cómo se muerde el puño para no gritar.

—Así, Quinn —le susurro con pasión en la nuca—. Ahora relájate. Yo me encargo.

Entonces se relaja para mí, no solo los hombros, sino por completo.

Se vuelve dócil y me deja guiarnos en el ascenso hasta la cima, listos para precipitarnos juntos al vacío.

Pero no le basta con cederme el control y, al poco, empieza a impulsar las caderas contra las mías con una fuerza implacable.

Se me ensarta con una profundidad imposible y embiste contra mi mano cada vez que se la retiro.

Busca, necesita, ansía más de lo que le estoy dando.

La estantería a la que se aferra traquetea con sus movimientos frenéticos, y tengo la sensación de que va a acabar volcándola antes de que esto termine.

Cuando aparta la boca del puño, se le escapa un jadeo con forma de gemido.

—Joder, cariño. Más. Necesito más. Por favor.

Le estoy dando todo lo que tengo mientras me lo follo a un ritmo salvaje.

Con cada embestida potente de mis caderas, sigue echándose hacia atrás contra mí, provocando un golpe sordo cada vez que me hundo hasta el fondo.

Los gemiditos que le salen de la garganta son cada vez más frecuentes y más altos.

Está tan necesitado... Se entrega tanto a todo lo que le hago...

Pero también es muy, muy imprudente y, sobre todo, ruidoso.

—Oh, jod...

Aparto la mano que tenía en la cadera y le tapo la boca para obligarlo a callar otra vez.

—Cada sonido que haces mientras te follo me pone muchísimo, pero no si nos descubren —le gruño, apretándole la polla con el puño a modo de aviso—. Muérdeme si te hace falta, pero tienes que estarte callado.

Su boca se mueve bajo la palma de mi mano; sus dientes se hunden en la carne bajo mi pulgar mientras empujo hacia delante a un ritmo implacable.

Incluso con los dientes clavándoseme en la piel, con tanta fuerza que casi llegan a desgarrármela, sigo percibiendo todos los gemidos ahogados detrás de mi mano.

El potente olor a sudor y a sexo impregna el aire que nos rodea, y hace que la lujuria se apodere de mí.

La necesidad se convierte en desesperación mientras le penetro y le arranco tanto como le doy.

Sigue acumulándose más y más líquido preseminal, y lo extiendo a lo largo de su miembro mientras lo masturbo desde la base hasta la punta.

El deseo de probarlo se apodera de mí, pero también la necesidad de llenarlo.

De marcarlo con mi semen y dejar claro que es mío.

Saco la lengua y le lamo una gota de sudor que le resbala por el cuello. El sabor salado de Quinn me estalla en la lengua, y le muerdo el cuello para pedir más, lo que solo consigue arrancarle otro gemido. El sonido vibra contra mi palma con tanta fuerza que juraría que alguien puede oírnos.

Pero, llegados a este punto, ni siquiera me importa que nos descubran. Joder, ahora mismo no importa nada más que Quinn, esto y nosotros.

Su respiración se convierte en jadeos entrecortados bajo mi mano, que enseguida derivan en un grito ahogado de placer. Y sé que debo de estar tocando el punto exacto dentro de él. El punto que le hace ver estrellas por mí, y solo por mí.

Y eso basta para que me duelan las pelotas y me palpite el cuerpo entero por las ganas de correrme.

—Eso es, Quinn. Vamos —lo animo con voz ronca y entrecortada—. Córrete para mí.

Casi como si fuera una orden, se deshace sobre mí y su éxtasis me arrastra hasta mi propio orgasmo. El semen brota de mí mientras me hundo hasta el fondo de él y me quedo ahí. Su culo se aferra a mí con fuerza, me exprime el orgasmo con cada espasmo y cada apretón alrededor de la polla.

—Joder —murmuro mientras su semen me empapa los dedos y cae al suelo, a sus pies—. Joder, sí.

Sus dientes abandonan mi mano y, cuando la aparto para mirarla, veo un par de puntos en los que casi me ha perforado la piel.

—Lo siento —murmura, con la frente apoyada en las estanterías que tiene delante—. Era eso o gritar para que me oyera todo el edificio.

—Ni se te ocurra disculparte. Ha sido lo más excitante que he hecho en mi vida.

—¿Mejor que lo de la ducha?

La comparación me hace detenerme, porque lo de la ducha fue, sin duda, una de las experiencias más sensuales de mi vida. Un edging brutal.

Pero esta la supera. Y por mucho.

—Mejor que lo de la ducha —confirmo.

Y entonces caigo en la cuenta de que Quinn podría haber despertado en mí una especie de buscador de emociones oculto. La posibilidad de que nos pillen me pone. Y, por lo que parece, a él también.

Pero, incluso con esta nueva perversión recién descubierta, esto no es exhibicionismo de verdad y, desde luego, no quiero que nos pillen.

El orgasmo que iba persiguiendo ha hecho que me diera igual, pero ahora que el subidón empieza a disiparse, la idea ya no me parece nada atractiva.

Aunque haya merecido la pena por el alivio.

Así que, aunque lo que de verdad me pide el cuerpo es dejarme caer junto a él, cubierto de sudor y semen, y no moverme en horas, me aparto y empiezo a recomponerme.

Él hace lo mismo, claramente de acuerdo en que ya hemos corrido suficientes riesgos por hoy.

No hace falta sumar más minutos a las probabilidades de que nos descubran.

Cuando por fin volvemos a estar presentables, con las pollas guardadas y los pantalones subidos hasta las caderas, lo empujo contra las estanterías y lo beso.

Despacio, con delicadeza, como si fuera lo único que quisiera hacer en el mundo.

Y ahora mismo lo es.

Cuando me separo, jadeando de nuevo en busca de aire, tiene plantada en la cara una sonrisa tonta y eufórica.

—Tenemos que volver a hacerlo.

Me río y apoyo la frente en la suya.

—Quizá deberíamos asegurarnos primero de que esta vez hemos salido de aquí sin que nos pillen antes de empezar a planear la siguiente, ¿no crees?

—Puede que tengas razón —suspira con suavidad antes de añadir—: ¿Y por qué limitarnos a la biblioteca? Ya hemos estrenado el vestuario. Hay muchos otros edificios de la universidad en los que podemos follar.

Me echo un poco hacia atrás para mirarlo a la cara.

—¿Acabas de decir «follar» con toda la naturalidad del mundo?

Una sonrisilla asoma en la comisura de sus labios.

—¿Qué quieres que te diga? Igual me has follado contra estas estanterías con tanta fuerza que parte del conocimiento que contienen también se me ha metido dentro.

—Vaya —murmuro, sacudiendo la cabeza—. Eres increíble.

Se ríe y se inclina para besarme otra vez, pero le planto una mano en la cara y lo aparto.

—Te juro que a veces creo que te odio, literalmente.

En lugar de dejar que lo rechace, me agarra de la nuca, tira de mí hacia él y toma lo que quiere. Me besa con esa pasión que me hace encoger los dedos de los pies, antes de susurrarme al oído:

—No lo cambiaría por nada del mundo.