Más allá del hielo 23. Quinton
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23. Quinton

QUINTON

FEbrERO

Este es el primer partido que jugamos desde que llevé a Oakley a casa de mis padres y también el primero en el que vamos perdiendo al empezar el último tiempo.

Y no puedo evitar pensar que eso tiene mucho que ver con el hecho de que nos hayamos cargado nuestro pacto de la suerte porque hemos follado.

Hemos tenido sexo de verdad, y alucinante, fuera de los límites de nuestra superstición.

Lo peor es que el hecho de que vayamos perdiendo no tiene nada que ver con cómo hemos estado jugando como equipo.

De hecho, este podría ser el partido más reñido que hemos disputado en toda la temporada.

Más bien ocurre que, cada vez que marcamos o tenemos un golpe de suerte, Wynnfield responde con otro.

Lo cual ya es frustrante de por sí, pero aún más cuando no puedo evitar pensar que, en parte, es culpa nuestra.

—¿En qué piensas ahora mismo? —me pregunta Oak, patinando a mi lado mientras nos dirigimos al centro del hielo para el saque inicial del tercer tiempo.

—En que no podemos perder este partido —murmuro, cruzando la mirada con la suya. Pero lo que no digo es que, aunque perdamos y, aunque sea por culpa nuestra, no me arrepiento de lo que pasó la otra noche. Ni siquiera un poco.

Solo espero que él pueda decir lo mismo, llegado el momento.

Oakley asiente, comprensivo, pero permanece en silencio mientras se coloca en su posición al otro lado del círculo.

Una vez que el árbitro deja caer el puck y el partido se reanuda, todos los jugadores, tanto compañeros como rivales, se lanzan a la jugada con un único objetivo en mente.

Meter el puck en la portería.

Y, por suerte, lo conseguimos a tres minutos del final del partido.

Todo gracias a la aguda visión de Oakley, que vio que estaba libre y me dio la asistencia para que pudiera marcar.

Ahora, con el empate a tres, solo agradezco que tengamos la oportunidad de, como mínimo, llevar el partido a la prórroga.

El puck vuelve a estar en juego y estamos a punto de hacer un cambio sobre la marcha cuando Oakley se acerca patinando por detrás de mí, con una enorme sonrisa de orgullo y respeto en el rostro.

—Buen tiro, De Haas.

Le devuelvo la sonrisa, a punto de darle las gracias por la ayuda, pero no tengo ocasión, gracias a uno de los idiotas de la defensa de Wynnfield, Jake Carter. Carter me embiste de la nada; el golpe inesperado me derriba y me lanza de cabeza contra la valla.

Tardo un segundo en recuperar el aliento; el ángulo del impacto me ha dejado sin aire. Por cómo me duele el cuello, ya sé que voy a tener un latigazo cervical importante. Probablemente también un dolor de cabeza insoportable durante los próximos días.

El hecho de que los jugadores de ambos equipos me rodeen me deja claro que, además de pitarle falta a Carter, el juego se ha detenido para comprobar si estoy lesionado.

Un segundo después, tengo a Oakley frente a mí, con el brazo extendido para ayudarme a levantarme. Intento agarrarlo, pero no llego a hacerlo porque el defensa que me ha embestido empuja a Oakley.

—¿Qué cojones, tío? —Oak se yergue, con el ceño fruncido y fulminando con la mirada a ese capullo.

Pero este imbécil no tiene el menor interés en hablar: vuelve a empujarle, estampándolo también contra el cristal, antes de venir a por mí.

Me presiona el cuello con el brazo y me mantiene así, pegado a la valla.

Y, cuando se inclina y hace chocar su casco contra el mío, lo reconozco como uno de los muchos jugadores con los que me peleé la temporada pasada por irme de la lengua.

Mi puta bocaza, siempre metiéndome en problemas.

—No eres tan duro con la espalda contra las vallas, ¿verdad, De Haas?

—Chúpamela, Carter —gruño.

—No va conmigo. ¿Qué tal si, en vez de eso, te doy una paliza?

Ahora está furioso y me empuja con más fuerza contra la valla, sujetándome la garganta con el antebrazo y clavándomelo en la nuez.

Apenas puedo respirar, y mucho menos hablar, cuando Oakley lo agarra por sorpresa justo cuando va a arrancarme el casco de la cabeza, seguramente para soltarme un puñetazo en la cara.

—Suéltalo —le espeta, empujando al defensa para apartarlo de mí.

Pero eso solo consigue que nuestro rival se enfurezca todavía más.

Ahora va a por Oakley mientras se desata el caos en el hielo y todos los jugadores y árbitros hacen lo posible por detener a Carter.

Pero es inútil, porque es un animal sediento de sangre.

Solo que, cuando le arranca el casco a Oakley y levanta el puño, me doy cuenta de que ya no es mi sangre la que quiere.

Le suelta un puñetazo en el pómulo a Oakley antes de empujarlo contra el cristal. Y, cuando lo veo doblarse bajo el agarre de Carter, que lo sujeta por el hombro (el puto hombro que tiene mal), lo veo todo rojo.

Y algo dentro de mí se rompe.

Mi lado más salvaje se desata cuando rodeo a Carter por la cintura con los brazos y lo aparto de Oakley. Estoy listo para darle una dosis de su propia medicina. La rabia que llevo dentro está a punto de estallar.

Puede venir a por mí todo lo que quiera si tiene alguna cuenta pendiente, pero que deje a mis compañeros fuera de esto. Nadie más tiene que salir herido por mi culpa. No otra vez.

Así que, si lo que quiere es pelear conmigo, voy a darle guerra, joder.

Excepto que ni siquiera llego a tener ocasión de hacer nada, porque Oakley está ahí para poner fin a la pelea de una vez por todas.

—Eh, para. No merece la pena. —Presiona contra mis protectores pectorales con la palma de la mano mientras dos jugadores de Wynnfield se esfuerzan por separarme de Carter. Pero ni la distancia ni que me sujeten logran frenar mis ganas de partirle la cara a este imbécil.

Y eso es lo único que quiero ahora mismo, porque ¿cómo se atreve, joder?

Pero Oak presiona un poco más fuerte.

—Quinn, no merece la pena —repite, suave pero firme.

La sangre que me hierve en las venas exige una vía de escape, pero, aunque no pueda sentirlo directamente a través de los protectores y el uniforme, mi rabia se apaga cuando me inclino hacia el contacto de Oakley.

Se enfría hasta quedar reducida a un hervor tenue y, al final, eso basta para que aparte la mirada de Carter y centre toda mi atención en él.

Le brota un poco de sangre del corte que tiene debajo del ojo y, por la postura en la que está, con el brazo levantado hacia el pecho de forma torpe, me doy cuenta de que, de alguna manera, este imbécil le ha jodido el hombro a Oak. Eso me enfurece más.

Aun así, la mano de Oakley y su mirada suplicante bastan para mantenerme con los pies en la tierra y evitar que la rabia se apodere de mí.

—Tienes razón —gruño, fulminando a Carter con la mirada—. No merece la pena.

Y entonces hago algo que nunca antes había hecho durante un enfrentamiento sobre el hielo.

Me doy la vuelta y me alejo patinando.

La verdad es que me sorprende que me dejaran jugar los últimos minutos, pero, como fue Carter quien provocó claramente la pelea y no yo, él fue el único que acabó en la pecera. Lo cual fue una experiencia extraña para mí, dadas las circunstancias.

Las cosas se pusieron de cara después del altercado en el hielo y, gracias al power play del que dispusimos el resto del partido, acabamos ganando a pesar de todo el caos.

Rossi, McGowan y yo supimos aprovechar que Wynnfield tenía un jugador menos y marcamos a falta de unos treinta segundos para el final.

Es mi tercer gol de la noche, así que termino el partido con un hat-trick y la victoria.

Pero la celebración se ve interrumpida en el vestuario cuando el entrenador se lleva a Oakley a una sala aparte para que le echen un vistazo a su hombro antes incluso de que tenga tiempo de ducharse.

Lo había dejado en el banquillo el resto del partido tras el incidente con Carter, porque quería que lo examinaran antes de que terminara el encuentro. Pero Oakley no estaba de acuerdo y dijo que podía esperar hasta que acabara el tiempo, para disgusto tanto del entrenador como mío.

Sin embargo, la forma en que se estremecía al menor movimiento no hace más que confirmar que sacarlo del hielo fue la decisión correcta.

Algunos de los chicos siguen todavía por aquí, pero más de la mitad del equipo ya se ha duchado y se ha ido a casa.

Yo también estoy a punto de marcharme cuando Oakley aparece, va a su taquilla y deja caer las protecciones dentro antes de quitarse la ropa y envolverse una toalla alrededor de la cintura.

La piel de su espalda, allí donde sobresale el omóplato, está roja e inflamada, probablemente a causa del examen médico, pero por lo demás parece moverse mejor que sobre el hielo.

Sin embargo, la tira de aproximación que lleva en la cara para cerrar la herida de la mejilla casi me hace perder los nervios y me precipita a otra espiral de rabia.

Cierro la mano en un puño, presa de la ira y la impotencia. Siento el impulso de acariciarle la mejilla con el pulgar, pero también de aplastarle el cráneo a Carter por atreverse a ponerle una mano encima.

Al final no hago ninguna de las dos cosas; aprieto los puños y los mantengo pegados al cuerpo mientras sigo observándolo desde el otro lado de la sala.

—Noto que me miras —murmura antes de fijarse en mí.

Tengo tantas cosas que decir, tantas preguntas que hacer, pero sé que no es el momento ni el lugar. Así que me conformo con la única información que necesito ahora mismo.

—¿Estás bien?

Me dedica una pequeña sonrisa, pero enseguida se le transforma en una mueca de dolor cuando va a colgar las protecciones.

—Sí, creo que solo está inflamado. El entrenador está convencido de que no es otra fractura ni nada grave. Solo un tirón. Con hielo y reposo un par de días debería estar como nuevo.

Por alguna razón, eso no me hace sentir mejor.

—Vale —es lo único que puedo decir mientras la culpa me invade.

Después de todo, si no fuera por mis comentarios de mierda de los últimos años, Carter no habría venido a por mí y tampoco habría metido a Oakley en esto. Si no fuera por mí, Oakley tampoco habría salido lesionado en el partido contra Waylon la temporada pasada.

Como si me leyera la mente, Oakley interrumpe mis pensamientos.

—No es culpa tuya.

«Y, aun así, sé que sí lo es».

—Vale —repito, porque no tengo fuerzas para discutir con él. Lo único que quiero es meterme en la cama y olvidar que este día ha existido. Solo, porque esta noche no soporto la compañía—. Cuídate. Por favor.

Él asiente.

—Claro.

No puedo quedarme sin que resulte completamente evidente para los pocos chicos que aún rondan por aquí que estoy colado por él. Lo que probablemente haría saltar unas cuantas alarmas yendo en contra de la estúpida regla de que nadie puede enterarse, una regla que he llegado a detestar.

Así que cojo mi bolsa, me la cuelgo al hombro y me dirijo a casa para pasar allí la noche. Estoy a punto de salir por la puerta trasera del vestuario cuando alguien me llama.

—Quinn.

Me giro y veo a Oakley mirándome con esa intensidad tan suya. Esa que me provoca un cosquilleo en la piel cada vez que noto que va dirigida a mí.

—¿Sí?

Se humedece los labios y esboza una pequeña sonrisa antes de pronunciar cuatro palabras que nunca pensé que saldrían de su boca.

—Estoy orgulloso de ti.

Por cómo lo dice, sé que no se refiere a haber marcado el gol de la victoria, que nos ha permitido mantener la racha ganadora (y la superstición). Es porque hice algo que nunca antes había hecho.

Alejarme de una pelea.

El corazón me golpea con fuerza contra las costillas ante su aprobación. Es algo que nunca imaginé que obtendría de él y, ahora que sé lo que se siente al ganármela, ya no deseo otra cosa.

Quiero seguir haciendo que se sienta orgulloso. Siempre.

Esbozo una sonrisa al mirarlo.

—Yo también estoy orgulloso de mí.