22. Quinton #2
No, no debería.
Lo estoy.
En realidad, estoy que me subo por las paredes: el miedo, la adrenalina y la ansiedad se entremezclan en una potente y temeraria combinación de la que sé que debería mantenerme muy, muy lejos.
Pero la acepto de todos modos; la necesidad desesperada de tenerlo dentro de mí es más fuerte que la de respirar.
—En mi bolsa. En el bolsillo lateral —murmuro, empujándolo para que coja el lubricante.
Apenas han pasado diez segundos cuando vuelve a deslizar su cuerpo entre mis muslos, repartiendo besos por toda mi piel.
Por cada centímetro que encuentra. En las caderas, en el vientre.
En los pectorales, en la garganta, en los labios.
.. Tomándose su tiempo para explorar cada curva y cada músculo como si no quisiera hacer otra cosa en el mundo.
Los nervios me retuercen y se anudan en mi estómago; la mezcla de expectación y un poco de miedo me dispara el pulso cuando abre el bote de lubricante y se extiende una cantidad generosa por los dedos. Observarlo no hace más que avivar el calor que me recorre y ponerme la piel de gallina.
En el momento en que un dedo frío y resbaladizo se desliza por mi raja, todos mis sentidos entran en acción. Los nervios desaparecen y solo quedan la necesidad y el deseo mientras me prepara.
Me masajea la entrada con dedos hábiles, con la misma destreza que desmuestra para sujetar el stick , arrancándome gemidos torturados mientras lo hace.
Jadeo cuando el primer dedo me penetra y se hunde en mi interior.
La forma en que me toca y me folla con la mano hace que el corazón me rebote contra las costillas con tanta fuerza que creo que podrían rompérseme.
Cuando otro dedo se desliza más allá del anillo fruncido de músculos, mi necesidad se intensifica con el ardor. Lo agradezco. Hasta lo ansío.
Mis labios se separan en un suspiro mientras sigue estirándome y, cuando curva los dedos contra la próstata, veo todas las estrellas de la galaxia.
—Mierda, mierda, mierda, mierda —susurro, apretando el culo contra su mano.
Es una sensación que no sé describir. Estoy tan lleno que podría estallar, pero también tengo una necesidad desesperada de más. Y, Dios, quiero más.
No quiero parar hasta saber cómo es que me destroce. Que me desmonte pieza a pieza hasta que no sea más que un montón de extremidades que solo él pueda volver a recomponer.
Entonces su boca desciende sobre mi polla dolorida y la sensación de eso, sumada a la de sus dedos, me pone todos los sentidos en alerta máxima. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo es plenamente consciente de dónde me toca, me folla y me posee.
Me pierdo en él; la cabeza se me va hacia atrás contra la almohada mientras me quita tanto como me da. Pero no pasa mucho tiempo antes de que ni siquiera eso baste, y aparto la polla de su boca, desesperado y a punto de correrme.
Y me niego a dejar que eso ocurra antes de tenerlo enterrado muy adentro.
Como si pudiera leerme la mente, cambia de posición y se embadurna la polla con lubricante. El dolor que siento en las pelotas se intensifica al verlo y empeora cuando se coloca frente a mí, con la punta roja e irritada apretándose contra mi culo.
Y así, sin más, los nervios y la ansiedad vuelven de golpe, a toda velocidad.
Oakley también debe de leérmelo en la cara, porque su expresión se suaviza al levantar la vista desde donde estamos casi unidos hasta mi rostro.
—Quinn... no tenemos por qué hacerlo.
—Vamos a hacerlo —le digo. Porque no hay otra opción. No hay otra persona con la que quiera hacer esto. No quiero compartir esto con nadie más.
Asiente, como si me leyera la mente. Como si viera exactamente lo que tanto deseo.
—Si me dices que pare, pararé.
Sé que lo hará, igual que sé que hará todo lo que esté en su mano para asegurarse de que no tenga que pedírselo. Aunque eso signifique deslizarse dentro de mí milímetro a milímetro.
Empuja las caderas hacia delante con un movimiento delicado, permitiendo que la punta de su polla se deslice más allá de la entrada.
Y, al igual que cuando me ha metido los dedos, cada terminación nerviosa parece estar en llamas.
Me palpita el culo allí donde me está penetrando, apenas dentro todavía.
Late con una necesidad dolorosa que solo él puede satisfacer.
—Oh, Dios, joder —murmuro, clavándome los dientes en el labio inferior.
—¿Puedes más? —pregunta al cabo de un segundo.
Veo que está haciendo todo lo posible por mantener el control. A juzgar por el ceño fruncido y la mandíbula apretada, está a punto de perderlo y empujar con toda su fuerza.
—Mmm —gimo entre dientes, sin atreverme a articular una sola palabra completa. Y con razón, porque lo único que me sale es un jadeo ahogado cuando echa las caderas hacia delante y se hunde unos centímetros más en mí.
—Joder, Quinn. ¿Estás bien? Necesito que me digas algo.
Sé que necesita una respuesta, pero no puedo respirar, y menos aún hablar, así que me limito a asentir y a clavarle los dedos en las caderas con tanta fuerza que casi le dejo marca. Una señal para que siga.
La expresión de su rostro es cautelosa, en el mejor de los casos, pero continúa y avanza otro centímetro. Otro centímetro insoportable y placentero a la vez.
—Respira —murmura, rozándome los labios con los suyos—. Relájate, cariño.
Hago todo lo posible por obedecer, pero, joder, cuesta mucho. Es como si me hubieran metido un puto palo de hockey, y ni siquiera lo tengo entero dentro.
Me rodea la polla con la mano y el lubricante que aún le queda en los dedos hace que se deslice con facilidad arriba y abajo por mi miembro.
Durante un instante, las caricias suaves se adueñan de todo y me permiten concentrarme en el placer que me recorre el cuerpo, en lugar de en el intenso dolor que siento allí, donde lo tengo, dentro de mí.
Oakley me cubre el cuello de besos, dándome caricias largas y lánguidas hasta que por fin me relajo de verdad.
—Dios —me susurra al oído, con una voz suave como la seda—. Me matas, Quinn.
Al instante, mi cerebro quiere analizar sus palabras y la emoción descontrolada que encierran al pronunciar mi nombre, quizá buscarles un doble sentido. Pero eso sería lo más estúpido que podría hacer, así que, en lugar de eso, le rodeo el culo con las piernas y tiro de él hacia mí.
El movimiento hace que se hunda más en mí y se me escapa otro gemido ahogado.
Uno que mezcla placer y dolor.
—Vas a matarme con esos sonidos —jadea, con la voz tensa.
—Y tú vas a matarme a mí si no empiezas a moverte.
A partir de ahí, se acaba toda conversación, y Oakley se concentra en ir deslizándose dentro de mí cada vez más hondo hasta que por fin está completamente dentro.
Y me sorprende gratamente descubrir que, una vez que lo está, el ardor punzante casi ha desaparecido del todo. En su lugar queda un doloroso y desesperado deseo de...
—Más —gimo, apretándole el muslo—. Joder, cariño, quiero más.
Inclina la frente hasta rozar la mía, y una gota de sudor le cae de la mejilla a mis labios. Me apresuro a lamerla y la sal me estalla en la lengua mientras la mano con la que me rodea la polla acelera el ritmo y empieza a masturbarme con movimientos rápidos y firmes.
Sus embestidas se vuelven más duras y castigadoras y, cada vez que la punta me roza la próstata, una sacudida me recorre el cuerpo. Puedo sentir cómo se acerca el momento: la señal inminente de que voy a correrme. Y la recibo con gusto. La necesito.
Es como si me estuviera consumiendo por completo.
Me siento poseído de una forma que nunca había experimentado.
—Así, Quinn. Eso es —me susurra, con la mano anclada a mi cadera mientras me embiste.
Mi cuerpo se ilumina como el perfil de la ciudad y la descarga me recorre la columna hasta que ya no puedo contenerla. Así que ni siquiera lo intento; dejo que me catapulte al espacio, subiendo cada vez más alto mientras las estrellas detrás de mis párpados se convierten en bolas de luz cegadoras.
Y estallo con ellas.
—Hostiaputasí.
La frase me sale como una sola palabra incoherente mientras me pierdo en el éxtasis. Voy mucho más allá de un lugar que ni siquiera sabía que existía.
Oak me lleva hasta el orgasmo con maestría, haciéndome disfrutar al máximo.
El semen brota de mi polla y me cae sobre el vientre y el pecho, cubriéndome con un líquido blanco y pegajoso mientras mi culo se contrae a su alrededor.
Cada espasmo, cada apretón, lo empuja más cerca del clímax hasta que por fin lo arrastro conmigo al límite.
—Sí, Quinn. Sí —gime con voz ronca, tan destrozado como yo me siento.
Noto cómo se corre; cada embestida me llena más con su semen hasta que ya no puede aguantarlo y se derrumba sobre mí.
Entrelazo los brazos alrededor de su espalda y me aferro a él como si fuera pegamento, incapaz de soltarlo. El corazón que me martillea en el pecho acaba acompasándose con el suyo mientras bajamos de nuestro éxtasis. Agotados, saciados y enredados el uno en el otro.
Nos quedamos así, con mis dedos recorriéndole la columna mientras nuestra respiración se ralentiza, no sé durante cuánto tiempo. Segundos. Minutos. Horas, quizá. Pero ninguna parte de mí quiere moverse y arriesgarse a romper la burbuja perfecta en la que hemos caído.
Al cabo de un rato, levanta la cabeza de mi pecho. Sus ojos marrones son casi imposibles de descifrar mientras le sostengo la mirada. Me pierdo en ellos y en las profundidades que esconden, como en cada cañón y cada grieta de la superficie de la Tierra.
Y él también me mira, como si me viera por primera vez.
Acorta la distancia entre nuestras bocas y sus labios rozan los míos en un beso leve como una pluma. Tan suave que apenas parece un beso. Y yo me hundo en él. En su inocencia pura. En su intimidad, hasta que me resulta imposible escapar del control que ejerce sobre mí.
Pero no quiero escapar. Ni ahora ni nunca.
Quiero recoger todo este momento en un solo latido y atesorarlo en toda su gloria. Porque, cuando llegue la luz de la mañana, solo puede pasar una de estas dos cosas:
Se despertará a mi lado y se arrepentirá de cada segundo de lo que acaba de ocurrir.
O no lo hará.
Pero, sea como sea, necesito hacerme con este momento. Archivarlo en mi memoria como algo puro y perfecto.
Algo que permanezca intacto, pase lo que pase mañana.
Y luego fingir que esto no cambia nada entre nosotros.
Aunque sé que es mentira.