Más allá del hielo 21. Oakley
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21. Oakley

OAKLEY

El móvil vibra sobre la mesita de noche y desvía mi atención de los libros que tengo esparcidos por la cama mientras intento estudiar para el puto examen de Economía que tengo a finales de semana. Lo cual es una locura, teniendo en cuenta que solo llevamos dos semanas de clase.

Así es la universidad: llenarnos la cabeza de toda la mierda humanamente posible antes de lanzarnos al mundo para que seamos miembros funcionales de la sociedad.

Como señaló Hayes, con bastante acierto, hace tan solo unos días, Quinton ya cursó esta asignatura hace un par de años como una de las obligatorias de su carrera.

Lo cual es una suerte para mí. No porque aún conserve los apuntes ni nada que pueda servirme.

Estamos hablando de Quinn. Pero conoce la asignatura y aún puede ayudarme si me hace falta, lo cual es más que suficiente.

Y, hablando del rey de Roma, es exactamente quien me ha escrito.

Qué haces?

Estudiar eco. Quieres venir a ayudarme?

Podemos dejarlo para mañana?

Sonrío burlón a la pantalla de mi móvil. Desde la noche en que rompimos las reglas, no nos hemos preocupado por volver a obedecerlas. Ahora, apenas pasan veinticuatro horas sin que Quinn y yo nos toquemos.

Me estás haciendo un «olvidona», De Haas? Quieres que anteponga tus necesidades sexuales a mi educación?

No te estoy escribiendo para echar un polvo, aunque me hace gracia que lo diga el mismo que anoche me pidió que fuera a su casa para poder correrme encima de ÉL

Se me pone dura al pensar en lo que hicimos Quinn y yo anoche.

Fue como una repetición de la primera vez que nos liamos oficialmente, solo que esta vez era él quien mandaba.

Fue distinto a lo que estoy acostumbrado: tener a alguien encima de mí así, empujándome contra el colchón y masturbándonos hasta corrernos los dos, mientras yo le metía un dedo en el culo.

Pero, por raro que fuera, me encantó. Me encantó cada segundo sucio y sudoroso.

Y, por la forma en que me besó después, con dientes, lengua y deseo, diría que él también lo disfrutó mucho.

Eso fue muy sexi. Si me lo recuerdas más, no podré salir sin que mi rabo salude a todos los que me cruce al salir por la puerta

Entonces, eso es un sí? Así de fácil? Ni siquiera sabes a qué estás accediendo, señor «Cíñete al plan»

Y lo dice el tipo que se ha propuesto como misión en la vida conseguir que me relaje y me divierta un poco.

Tengo que saber todos los detalles? A menos que planees matarme, cortarme en pedacitos y tirar mis restos al lago Michigan, creo que no hace falta

Qué coño? Cómo cojones has pasado de una cita sexual a un desmembramiento?

No, déjalo. Creo que no quiero saberlo

Mi sonrisa aparece al instante. Descolocarlo, aunque sea lo más mínimo, siempre consigue que sonría o me ría. Probablemente porque, según he aprendido en los últimos meses, no resulta fácil.

Dime cuándo y dónde nos vemos para la cita que puede que sea o no mi asesinato planeado

Eres lo peor. Te recojo en diez minutos. Trae ropa para cambiarte

No habías dicho que no era una cita para follar?

Tú solo tráete tus cosas, Oak. Antes de que te convierta en comida para peces

Hago lo que me pide y, fiel a su palabra, Quinton se detiene frente a nuestra casa en su llamativo BMW diez minutos más tarde. Está a medio camino de la puerta cuando salgo a escondidas, sin querer que llame y correr el riesgo de que alguno de mis compañeros de piso responda. Sobre todo Brax o Cam.

O Holden.

Quinn está guapísimo con su chaqueta de cuero marrón oscuro desgastada, su camiseta térmica gris carbón y sus vaqueros oscuros.

Lleva un gorro de punto en la cabeza e intento no sonreír al ver que hoy vuelve a llevar gafas.

Últimamente se las pone mucho más a menudo y una parte de mí se pregunta si es porque le he comentado un par de veces que me gustan.

—Hola —me saluda, cogiéndome la bolsa y tirándola al maletero junto a la suya—. Gracias por aceptar venir.

Parece emocionado. Está eufórico, casi rebosante de energía, mientras se dirige a la puerta del conductor y se sube al coche.

—Estás de buen humor —comento, deslizándome en el asiento del copiloto de su lujoso coche—. ¿Hay alguna razón en particular?

Levanta ambas cejas, con la diversión pintada en el rostro.

—¿No puedo estar contento sin más?

—Por supuesto que no —respondo serio—. Prefiero que estés triste.

Al captar mi sarcasmo, una lenta sonrisa se dibuja en su rostro y deja escapar una risa grave y profunda. Me invade como si fuera whisky con miel, y la siento hasta en los dedos de los pies.

— Touché , cariño. Sé lo que se siente.

Conducimos en silencio durante un rato; el único sonido

procede del rugido del motor y del zumbido grave y seductor de «THE DEATH OF PEACE OF MIND», de Bad Omens, que sale por los altavoces.

—¿Adónde vamos? —acabo preguntándole unos quince minutos más tarde, justo cuando Quinn se incorpora a la interestatal que bordea la parte este de Chicago. Recorre la orilla del lago Míchigan, con el sol poniente proyectando un resplandor sobre unas aguas relativamente tranquilas.

Me mira un segundo, con ironía, antes de volver a concentrarse en conducir el BMW entre el tráfico de la autopista.

—¿Te enfadarás si te digo que es una sorpresa?

No, pero puede que me irrite un poco más. Y estoy seguro de que él lo sabe de sobra.

—¿Por qué tengo la sensación de que de verdad estás a punto de convertirme en comida para peces?

Una sonrisa se dibuja en su rostro.

—Dímelo tú. Para empezar, fuiste tú quien me metió esa idea en la cabeza.

Riéndome, niego en un gesto falsamente exasperado y miro el agua. Muy pronto aparece ante nosotros el famoso Navy Pier de Chicago, una de las principales atracciones para los turistas que visitan la ciudad.

—¿Has estado aquí? —pregunta Quinn y, cuando dirijo la atención hacia él, señala el muelle.

Frunzo el ceño y...

—Creo que no —respondo, sorprendido ante la idea—. Al menos, no que yo recuerde. Tendría que preguntárselo a mis padres para estar seguro.

Me hago una nota mental para recordarlo, porque, al estar tan cerca de Millennium Park, sí he estado por esta zona varias veces.

Al menos, cuando mi hermano y yo éramos más pequeños.

Sigo perdido en mis pensamientos cuando Quinton sale de la autopista y toma la desviación hacia el muelle, deteniéndose unos minutos más tarde al entrar en un aparcamiento.

—¿Tenías pensado venir aquí desde el principio? No hace falta llevar una bolsa de viaje para dar un paseo por el muelle.

—Quizá el mundo nunca lo sepa.

—Eres la persona más irritante y ridícula que he conocido en mi vida.

Sus labios se curvan hacia arriba, intentando contener una sonrisa.

—Ya me lo has dicho una o dos veces.

Después de apagar el motor, me agarra de la mano y me lleva hacia la salida del aparcamiento que conduce a la planta principal del muelle.

Aunque quizá «arrastrar» sea un término más adecuado, porque, una vez más, noto la emoción que irradia en oleadas casi palpables.

Se me mete bajo la piel allí donde se tocan nuestras palmas y, al cabo de nada, empiezo a sentir la misma expectación que él.

Justo hasta que echa a andar por la plaza hacia la taquilla de la Centennial Wheel.

Me detengo en seco, casi arrancándole el brazo. Se gira y me lanza una mirada que dice «¿qué coño haces?», mientras yo miro hacia la noria. Cuando vuelvo a bajar la vista hacia él, me trago el orgullo y admito algo que muy poca gente sabe.

—Tengo miedo a las alturas.

La forma en que sus cejas casi se le suben hasta el nacimiento del pelo sería graciosa... si no estuviera hablando completamente en serio.

—Tienes miedo a las alturas —repite, y yo asiento.

—Decir que me dan un miedo de muerte quizá sea una exageración, pero no andaría lejos.

Espero que diga que podemos olvidarnos del tema y hacer otra cosa.

Quizá volver a patinar sobre hielo, ir a cenar, cualquier cosa.

Pero, en lugar de eso, una sonrisa maliciosa y burlona se dibuja en su rostro y me arrastra directamente a la taquilla, donde no hay cola porque estamos en pleno invierno.

En la Ciudad del Viento. En un muelle enorme.

Sobresaliendo sobre una inmensa masa de agua.

El pánico se apodera de mí y ya noto que una fina capa de sudor se me acumula en la frente, bajo el gorro.

—Has oído la parte en la que digo que tengo miedo a las alturas, ¿verdad?

—Claro que sí —responde, y pide dos entradas.

—No te preocupes, cariño —dice la mujer de mediana edad que está en la taquilla—. Dentro hay unas bolsitas para vomitar, por si te mareas.

—¿Y eso se supone que tiene que tranquilizarme? —murmuro, lo que solo consigue arrancarle una carcajada.

—Que paséis una buena tarde.

Quinn le da las gracias, se guarda la cartera en el bolsillo, coge las entradas y me da la mano.

—No te va a pasar nada, Oak —me tranquiliza, guiándome hasta la zona de embarque—. Te lo prometo. Y te cogeré de la mano todo el rato.

—No es tan malo como crees. No se parece en nada a las de las ferias —dice una niña que está delante de nosotros, a la que claramente nunca le han hablado del peligro de hablar con desconocidos.

Aunque, por otra parte, estoy dispuesto a apostar que la mujer de cuya mano va cogida es su madre, así que, en realidad, ¿qué peligro puede haber?

Sin embargo, tiene razón: no parece tan aterradora como esas norias precarias que van de feria en feria, de parque en parque. Pero también es unas ochenta y cinco veces más grande.

—¿Has oído? —dice Quinn, señalando a la niña y a su acompañante, que en ese momento se están subiendo a la góndola.

—No creo que eso baste para evitar que me dé un ataque de pánico a cientos de metros de altura en una noria —le digo a Quinn, sin apartar la vista de la puerta de la cabina, que se está cerrando.

«Dios mío».