Más allá del hielo 20. Quinton
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20. Quinton

QUINTON

He visto a Oakley hace menos de una hora en el entrenamiento, pero, para un adicto que está pasando por el síndrome de abstinencia de su droga preferida, los minutos se hacen eternos.

Eso es lo que me pasa con Oak.

Soy adicto a él y ansío desesperadamente otra dosis suya.

Lo que pasó la otra noche en las duchas no hizo más que reforzar esa idea en mi mente, y ahora daría mi brazo izquierdo por revivir cada uno de esos gloriosos minutos.

Oakley Reed me atrae más de lo que pensaba.

Y, en el momento en que llama a la puerta, me invade una oleada de adrenalina. Hasta el punto de que casi saco la puñetera puerta de las bisagras para llegar hasta él.

—Hola —me saluda con una sonrisa en la cara, colgándose la bolsa al hombro.

En mis labios también se dibuja una sonrisa.

—Hola.

«Dios, ¿ahora qué tengo, doce años?».

Ni siquiera me da tiempo a abrir del todo para dejarlo entrar; simplemente me agarra de la camiseta y tira de mí hacia él. Sus labios se posan sobre los míos un segundo después, lentos y seductoramente dulces, y luego vuelven a desaparecer, y él pasa a mi lado para entrar en el apartamento.

Desde que me besó el día que patinamos en el centro, siento que algo ha cambiado en él. En la forma en que me mira, en la forma en que quiere seguir comportándose cuando estamos juntos.

En la forma en que me demuestra cariño sin pensárselo dos veces.

Incluso cuando estamos en el hielo, algo ha cambiado.

Es casi como si él...

Intento sacudirme las locuras que se me pasan por la cabeza, porque eso es lo que son, ¿no? Ideas completamente descabelladas.

Pero, ¿de verdad lo son?

Él fue quien rompió las reglas; primero con el beso y luego otra vez la semana pasada, en la ducha. ¿Es tan descabellado pensar que las cosas están cambiando para él de la misma manera que para mí?

Me lanza una mirada rápida por encima del hombro, con esa sonrisa ridículamente sexi tan suya.

—¿Estás listo para darlo todo en...?

—¿Con qué vamos a darlo todo? —pregunta Hayes de repente.

Los dos nos giramos al oírlo y lo vemos apoyado contra la encimera de la cocina, con las cejas oscuras arqueadas por la curiosidad. Da un largo sorbo al vaso de agua que tiene en la mano, sin apartar los ojos de mí ni un momento.

No tengo ni idea de cuánto tiempo lleva ahí, pero es muy probable que nos haya visto besarnos en la puerta antes de que Oakley entrara. Y, aunque sé que no dirá nada delante de Oakley, eso me deja con muchas explicaciones que dar más tarde.

«Quizá no lo haya visto».

—Economía —termina Oakley antes de levantar el libro de texto—. Quinn la cursó hace un par de semestres y me dijo que me ayudaría si me hacía falta. Llevo menos de una semana en la asignatura y aquí estoy, pidiéndoselo.

—Oh, estoy seguro de que Quinn la cursó. —Si cabe, la expresión de Hayes se vuelve aún más pícara. Da otro sorbo de agua antes de añadir—: Ya sabes, son créditos obligatorios para Quinn.

«La madre que te parió, Hayes».

Oakley me mira, claramente consciente de su metedura de pata. Eso no hace más que avivar la diversión de mi mejor amigo y aumentar mi irritación.

—Sí —dice Oakley despacio—. Exacto.

—No te lo tomes a mal ni nada, pero ¿no tienes una casa donde podáis hacer eso? ¿O te has mudado aquí y yo no me he enterado?

«Sí, definitivamente nos ha visto».

Me muerdo el labio inferior mientras fulmino con la mirada a mi mejor amigo.

—Muy gracioso, Hayes.

—Eso pensaba. —Una sonrisa burlona le asoma en la cara y levanta su vaso medio vacío a modo de brindis—. Bueno, entonces os dejo a lo vuestro.

El alivio inunda mi cuerpo cuando la puerta de su habitación se cierra detrás de él, dejándonos a solas otra vez.

Tengo que admitirlo: Hayes tiene razón. Oakley viene tan a menudo que podríamos darle la llave de repuesto para que entrara y saliera cuando quisiera. Pero tampoco es que se quede a dormir ni nada por el estilo. Siempre se va a casa después de pasar el rato o de enrollarnos.

La única vez que dormimos en la misma cama fue por accidente, y aun así compartíamos habitación de hotel.

—¿Debería irme? —pregunta Oakley, con un deje de preocupación en esos ojos marrones.

Niego con la cabeza.

—Solo es Hayes siendo Hayes.

—Siendo un capullo.

Esbozo una sonrisa burlona.

—No sería mi mejor amigo si no lo fuera.

—Dios los cría y ellos se juntan.

—Exacto —confirmo antes de empujarlo hacia mi habitación y cerrar la puerta de un portazo detrás de nosotros—. Y por eso te gusto tanto.

Pone los ojos en blanco con tanta fuerza que me sorprende que no se le queden así.

—Claro. Lo que tú digas.

—El mundo no se acabaría si admitieras que te gusto. Aunque solo sea como persona. Por favor, dime que al menos lo sabes.

Su expresión se suaviza y una mano me recorre el costado. Siento el calor de su piel a través de la camiseta y, cuando sus dedos pasan por cierto punto, se me pone la piel de gallina. Otro de sus nuevos efectos sobre mí.

—Creo que es más seguro fingir que no.

Lo sé. El problema es que ojalá no fuera así. Igual que sé que para mí es un follón verlo desde una perspectiva completamente distinta de la que tenía hace un par de meses.

De hecho, ya casi me cuesta recordar por qué éramos enemigos al principio.

Con los sentidos de Hayes en alerta máxima en lo que respecta a lo nuestro, cualquier tipo de sexo queda descartado, al menos mientras sepa que Oakley está aquí.

Eso significa que saca su manual de Economía de verdad y se pone a estudiar, desparramando libros de texto y fichas por mi cama como si fuera un escritorio gigante.

Una pena para mí, teniendo en cuenta que esperaba desnudarme y acabar debajo de él esta noche.

Joder, me conformaría con pasar el rato.

Ver una película. Escuchar música. Cualquier cosa menos abrir otro puñetero libro de texto e ignorarnos mutuamente durante horas.

Pero, teniendo en cuenta que la universidad no es ninguna broma, sobre todo para un estudiante deportista, quizá sea buena idea que empecemos a adelantar trabajo para el semestre.

Abriéndome paso entre el desastre que ha esparcido sobre mi cama, con uno de mis manuales de Economía Avanzada en la mano, me acurruco a su lado y me recuesto contra la pared. El movimiento de la cama hace que Oakley se mueva y se recoloque el hombro antes de volver a acomodarse.

Lo cual no sería un problema, pero es el hombro que se lesionó la temporada pasada, junto con la clavícula rota. Y he notado que últimamente se lo toca mucho más.

—¿Estás bien?

Frunce el ceño.

—¿Por qué no iba a estarlo?

Alargo la mano y le acaricio con los dedos índice y corazón desde la clavícula hasta el hombro.

—No sé. Has estado haciéndolo mucho durante los entrenamientos. Y hace un minuto has vuelto a hacerlo. Así que quería asegurarme de que estabas bien.

—Ah —es lo único que dice, con el ceño todavía fruncido—. Supongo que lo he hecho sin darme cuenta.

Me muerdo el labio inferior, cada vez más consciente de que le presto mucha más atención de la que pensaba. O de la que debería, para el caso.

Por la forma en que me mira, con la confusión dando paso a la comprensión, él también se está dando cuenta.

—¿A qué viene esa mirada?

Inclina la cabeza hacia un lado.

—¿Qué mirada?

—Dímelo tú. Tú eres quien la está poniendo.

—¡No me había dado cuenta!

Entonces los dos nos reímos, y la tensión del momento se rompe.

Es genial reír y bromear con él, e incluso convivir en paz de una forma que no sabía que podíamos hacer. Como dos personas que por fin han encontrado puntos en común y, al final, eso era todo lo que necesitábamos para entendernos.

Por eso no me sorprenden en absoluto sus siguientes palabras.

—Es solo que no eres como esperaba.

Siento cómo se me arrugan los ojos al sonreír.

—Eh, ¿gracias?

Vuelve a reírse.

—Te prometo que no te lo digo en mal sentido. Es solo que eres... —Se queda callado y niega con la cabeza—. No sé cómo decirlo de otra manera. Es algo que no esperaba.

—Pues intenta explicarlo. —Cierro el libro de texto y lo dejo caer por el borde de la cama, pero me estremezco al oír el golpe seco que da al caer al suelo.

—Hayes va a pensar que estamos follando —dice, arqueando las cejas.

Le dedico una sonrisa pícara mientras me tumbo boca arriba.

—Bueno, podríamos estar haciéndolo, pero...

—Ni lo sueñes.

Me río entre dientes, me giro hacia un lado y me apoyo sobre un codo.

—¿A qué te referías con que no soy como pensabas?

Pone los ojos en blanco ante mi torpe cambio de tema y se coloca igual que yo.

—Supongo que, cuando estamos en el hielo, siempre he tenido una imagen tuya en la cabeza: el chico malo y temperamental del equipo, que se mete en más peleas que Muhammad Ali y Rocky juntos.

Imprudente y temerario. Un rebelde, por así decirlo.

Así que supongo que pensé que eso también se reflejaría en tu personalidad fuera del hielo.

Le sostengo la mirada durante un instante.

—¿Y ahora me estás diciendo que no es así?

Niega con la cabeza y se recuesta en la cama, con la vista clavada en el techo.

—No, sí lo eres. Pero también eres más que eso. Claro, sigues siendo un grano en el culo el noventa y ocho por ciento del tiempo, cuando montas el caos en el hielo...

—Ya no hago eso.

—... pero, en los últimos meses, he empezado a ver cómo tu arrogancia y tu actitud se han convertido en confianza en ti mismo y en tus habilidades, sin dejar que nadie te diga lo contrario. Y supongo que... admiro eso.

—Estoy lo bastante seguro de mí mismo como para acorralarte y chuparte la polla en medio de una fiesta —reflexiono.

Resopla y se ríe.

—Lo dices como si hubiera sido en medio de la multitud que bailaba abajo, cuando los dos sabemos que fue en un sitio mucho más privado. Una vez más, sorprendente, teniendo en cuenta tu reputación de picaflor.

Emito un ruidito con los labios.

—Oh, sí. A estas alturas ya deberías saber que avergonzarme por ser un putón no funciona conmigo, cariño. Acepto cómo soy, con mis defectos y todo.

Espero que me responda con alguna réplica ingeniosa, pero la forma en que sus ojos se vuelven cautelosos y distantes cuando termino de hablar me dice que he dicho algo que no debía. Solo tardo un segundo en darme cuenta de qué ha sido.

«Cariño».

Ya le había llamado así antes, ya fuera en tono de burla o en la cama. Pero nunca en lugar de su nombre. Nunca como... un apelativo cariñoso.

—Yo...

—No pasa nada —dice, moviendo la cabeza de un lado a otro contra el colchón—. Sé que no va en serio.

Excepto que ahí es donde se equivoca. Creo... que sí quería decirlo. Pero, en lugar de dejar que la ansiedad de esta revelación me afecte, la disimulo con una sonrisa y cambio de tema.

—Dime, ¿mañana por fin vas a probar a ponerte unos calcetines nuevos?

Una expresión divertida se le dibuja en el rostro. Creo que es una mezcla de humor y confusión.

—La verdad es que aún no lo había pensado. Simplemente elijo un par cada día. Lo que me apetece.

Menuda tontería.

—¿Qué quieres decir con «por fin»? —pregunta un momento después.

—Porque he estado comprobando si ya te los habías puesto, y no lo has hecho.

Obviamente. No es que me cuele en su habitación y revise su ropa sucia.

—Has estado comprobándolo —repite.

—Claro que sí —le digo con una sonrisa—. Intento comprobarlo antes de cada partido, mientras te vistes. Tengo que asegurarme de que sigues tan comprometido con la causa como yo, capi.

—Odio que me llames así —refunfuña, apartando la cabeza de mí para mirar hacia la pared.

—¿Por qué? Chris Evans está bueno que te cagas.

Se le escapa una risa más profunda y sonora.

—Eres increíble. —Pero entonces se detiene, se vuelve hacia mí, serio, y me mira a los ojos. Irradia sospecha y, por un segundo, me preocupa haber dicho o hecho algo mal—. ¿Me miras mientras me visto?

Mis labios se curvan hacia arriba y me inclino hacia él, con la boca a pocos centímetros de la suya.

—No. Te miro desvestirte.

Él sonríe aún más.

—Vaya —murmura—. Estás fatal.

—Quizá. O tal vez deberías sentirte halagado por ser el único chico del equipo que me ha llamado la atención.

El arqueo de sus cejas me indica que no está de acuerdo.

—Con que halagado, ¿eh? ¿Eso es lo que vamos a decir?

—Pues claro. Hace falta algo más que un buen culo para llamar mi atención.

Intenta contener una sonrisa, incluso cubriéndose la cara con el antebrazo, pero no lo consigue. Es un intento lamentable. Al principio, creo que está intentando ocultar la vergüenza. Entonces empiezan las risas y le aparto el brazo de un tirón.

—¿Te estás riendo de mí?

—Lo siento —se disculpa entre risas—. Pero estás de broma, ¿verdad? Eres el tipo del equipo con el que nadie dejaría salir a su hija. Un auténtico ligón. ¿Y ahora quieres decirme que hace falta algo más que un buen culo para llamar tu atención?

Me pongo encima de él, inmovilizándolo contra el colchón con todo mi cuerpo. Entrelazo mis dedos con los suyos antes de sujetárselos por encima de la cabeza, y noto que la posición en la que lo tengo lo está poniendo nervioso. Le arden los ojos mientras me mira.

—Bueno, entonces supongo que me he explicado mal —murmuro, inclinándome y rozándole la mandíbula con los labios—. Hace falta algo más que un buen culo para mantener mi atención.

Es su turno de hacernos rodar, así que es él quien me inmoviliza contra el colchón, simulando que me folla con cada movimiento lento de sus caderas. Un solo movimiento rápido, y estoy listo para empezar con un espectáculo que no será apto para todos los públicos.

—Pero no me malinterpretes, sigues estando muy bueno —le susurro, rodeándole con el brazo para apretarle el culo—. Nunca en toda mi vida imaginé que te diría algo así, pero aquí estamos. No te lo tomes a pecho.

—Creo que te refieres a ti mismo. Yo sé cómo controlar mi ego. A diferencia de alguien que conozco, que se ha vuelto muy arrogante desde que probó una polla por primera vez.

—¿Qué puedo decir? Tengo un talento superior para las mamadas.

—Una vez más —susurra contra mi boca—, esos calcetines que me compraste dicen lo contrario.

Suelto un gemido de frustración y dejo caer la cabeza sobre la almohada.

—Estoy empezando a arrepentirme de habértelos comprado.

Apoya la cabeza en mi hombro y suelta una risa suave y ronca que... joder. Me vuelve loco. Me fríe el sistema nervioso, me hace perder la cabeza lo suficiente como para que nuestra rivalidad parezca cosa del pasado.

Porque quiero volver a oírla. Justo así.

En la curva de mi cuello, flotando sobre mi piel como si fuera seda.

Entrecortada y ronca, solo para mí.

Y eso es peligroso de cojones.