Más allá del hielo 19. Quinton #3
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19. Quinton #3

—Vuelve a pedírmelo y paro ahora mismo.

«Me cago en la puta».

Una sonrisa maliciosa se dibuja en su rostro ante mi silencio antes de rozarme los labios con los suyos, y ya no sé si eso hace que me entren más ganas de que me folle a fondo o de borrarle esa sonrisa de satisfacción de la cara de una bofetada.

Pero no pienso abrir la boca para decir nada ni loco, porque cada embestida de sus caderas me lanza descargas de deseo por todo el cuerpo y no estoy preparado para que esto termine.

La mano libre de Oakley sube de mi cintura a mi garganta y me la aprieta un poco.

—Vuelve a burlarte de mi autocontrol, De Haas. Te reto. Porque al final, el que va a sufrir eres tú.

Estoy a punto de decirle que ya es demasiado tarde, que ya estoy sufriendo por la necesidad imperiosa de que me folle y me llene lo antes posible, pero las palabras se me mueren en los labios cuando vuelve a rozarme la próstata y se me escapa un gemido gutural.

Las pelotas se me tensan, la polla me palpita y me duele de ganas de correrme mientras jadeo en su boca.

—Estoy cerca —murmura contra mis labios, apretando un poco más la mano con la que me rodea la garganta mientras acelera el ritmo de las embestidas.

Apoyo la nuca en su hombro y cierro el puño sobre el suyo, ayudándole a masturbarme como necesito para llegar al clímax yo también. Una liberación inminente me recorre la columna y, cuando Oakley se aparta y me empuja contra la pared de la ducha, pierdo por completo el control.

Apenas tengo tiempo de seguir donde él lo ha dejado antes de que el semen me empape los dedos, caiga al suelo y se vaya por el desagüe a mis pies. La cabeza de Oakley aterriza en el hueco de mi cuello, sus dientes se me clavan en el hombro y sé que él tampoco anda lejos.

—Córrete —jadeo, con la frente apoyada en las baldosas frías.

Y lo hace segundos después, derramándose sobre la parte baja de mi espalda.

Marcándome. Quizá incluso reclamándome.

Por mucho que me apetezca disfrutar de este momento y no moverme en horas, sé que es muy probable que alguien venga a comprobar cómo están las duchas antes de irse a casa. Y también sé que hay un cien por cien de posibilidades de que Oakley no quiera que nos pillen aquí juntos.

Así que me aparto y me giro para aclararme el semen de la espalda.

Él se apoya en la pared de enfrente para recuperar el aliento, y yo aprovecho para mirarlo con descaro. Sin la menor vergüenza, además.

—Supongo que no se nos da muy bien seguir nuestras propias reglas —comento, riéndome mientras los restos de su orgasmo desaparecen por el desagüe a mis pies—. Porque estoy bastante seguro de que acabamos de romperlas todas.

Cuando levanto la vista, Oakley me mira con curiosidad.

—¿Qué? —pregunto, de repente un poco más cohibido.

—Yo... —Se ríe—. No puedo creer que vaya a decir esto, pero no bromeaba. Que le den a las reglas. Deberíamos mandarlas a la mierda.

No era lo que esperaba. Ni de coña. Pero, joder, estoy dispuesto a repetir lo que acaba de pasar en esta puta ducha. Tanto, que todo el cuerpo me vibra otra vez de deseo.

«Dios, la polla de este tío me vuelve tan loco que no puedo ni pensar».

Es una frase que nunca imaginé que diría, pero aquí estamos.

—¿Incluso la parte de no contárselo a nadie?

Durante un segundo, se muerde el labio inferior y juraría que está a punto de decir que sí. Sin embargo, no tarda en negar con la cabeza.

—Creo que es mejor mantener esa. Pero... Joder, me da igual hacerlo cuando sea y como sea. A la mierda la regla de «solo antes de los partidos».

—Esa idea me gusta. Sobre todo, si implica más sexo.

Los ojos le brillan con intensidad; me recorre el cuerpo con la mirada de arriba abajo antes de detenerse en el lugar donde me ha clavado los dientes en el hombro. No me cabe duda de que me ha dejado marca, igual que yo se la dejé a él en otra ocasión.

—¿Y ahora qué? ¿Admirando tu obra?

—No. En realidad, solo estaba pensando en que quiero volver a meterle mano a ese culo. La próxima vez, de verdad. —Hace una pausa antes de añadir—. Siempre que tú quieras.

—¿Que si quiero? —repito, cambiándole el sitio y saliendo de debajo del chorro de agua.

Cojo la toalla del gancho para secarme y lo miro, sorprendido al comprobar que... me lo está preguntando en serio.

Me cruzo de brazos.

—Literalmente te estaba rogando que me follaras, ¿y tú piensas que me voy a rajar y a decir «gallina el último».

Frunce el ceño mientras se aclara el vientre y la polla.

—¿En serio, Quinn? ¿Gallina el último? ¿Cuántos años tenemos, cinco?

No puedo evitar que se me dibuje una sonrisa al oír el apodo. Me despierta una ternura extraña. Incluso después de que acabe de insinuar que soy poco menos que un crío de preescolar.

Y él también debe de desconcertarse, porque me mira como si me hubieran salido dos cabezas.

—¿Por qué sonríes así? —Agita una mano delante de mi cara, y eso solo consigue que sonría más—. Dios, ¿te he roto o qué? Si solo la puntita te ha dejado así, no quiero imaginar cómo te quedarás cuando te folle de verdad.

Me río y niego con la cabeza.

—Créeme, puedo soportarlo. Es solo que... —Frunzo el ceño y humedezco los labios—. Me has llamado Quinn.

Frunce aún más el ceño.

—Es tu nombre, ¿no? —pregunta.

—No para ti. Tú solo me llamas De Haas. O Quinton, alguna vez.

Se queda callado un instante, y luego su risa me recorre entero.

—Pues..., supongo que tienes razón. Pero no te cortes, arruíname el subidón del orgasmo haciéndome pensar justo ahora. La próxima vez igual te llamo gilipollas.

Sonrío con ironía y me sacudo el pelo.

—Quinn me gusta.

—No, no. Ya se me ocurrirá algo mejor. Algo más creativo.

—Lo digo en serio...

—¿Qué tal soplapollas? Es un apelativo de lo más cariñoso, ¿no crees?

Suspiro y se lo repito, pensando que quizá esta vez sí me escuche.

—Puedes llamarme Quinn, ¿vale? Es que nadie lo hace.

—¿Me estás diciendo que nadie acorta tu nombre con la opción más obvia? ¿En serio?

Me encojo de hombros mientras me ajusto la toalla a la cintura.

—Sí. Siempre he sido deportista, así que casi todo el mundo me llama De Haas. O algunos amigos del instituto, como Hayes, me llaman Q.

Vuelve a soltar una risita detrás de mí, seguida de una lluvia de besos en la parte alta de la columna.

—Bien. No quiero llamarte como te llama todo el mundo. Le quita toda la gracia.

—Ah, ¿así que ahora sabes lo que es la diversión?

Me agarra por los hombros y me da la vuelta.

—Sí. Hace unos minutos me lo estaba pasando de maravilla.

—¿Así que eso era divertirse? Creía que te parecía una temeridad. O una locura.

—Te dije que estabas loco. Y lo sigues estando, porque te has colado en mi ducha —hace una pausa un segundo, y se le dibuja una sonrisa en la cara antes de añadir—, cariño.

Me echo a reír y apoyo la cara en su hombro.

—Por favor, cállate. Antes de que tenga que obligarte a hacerlo.

—Mmm. —Se ríe de nuevo, rodeándome el cuello con la mano—. Entonces quizá deberías besarme.

Y, cuando lo beso, no puedo evitar que el corazón se me acelere.