19. Quinton #2
Desplaza la boca y va dejándome besos provocadores entre los omóplatos mientras se aprieta más contra mí.
La longitud de su polla me presiona el culo, deslizándose entre las nalgas, mientras me rodea por delante y me agarra con el puño.
Ya estoy duro como una piedra solo con sus provocaciones, pero con su mano sobre mí y su polla ahí mismo, contra el culo, es un milagro que no me haya corrido ya.
Me vuelvo un poco, lo justo para verle la cara. Y eso es un error, porque, cuando el agua le resbala por las mejillas en pequeños regueros y le cae en cascada por la mandíbula... Creo que nunca he visto nada más impresionante.
Estoy seguro de que por eso mi voz sale desgarrada.
—¿Qué ha pasado con las reglas?
Se lame el agua de los labios entreabiertos.
—Que les den.
Su voz suena áspera y grave, cargada de suficiente lujuria como para ahogarnos, cuando sus labios se estrellan contra los míos.
Me mete la lengua en la boca mientras se balancea detrás de mí, moviendo las caderas al ritmo de cada pasada que da con la mano sobre mi polla.
Me acaricia despacio, con movimientos largos y perezosos, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, y me lanza oleadas de placer que me recorren el cuerpo a toda velocidad.
Es una mezcla que nunca había experimentado: el hambre y la necesidad con que me besa, combinadas con la lentitud de sus caricias.
Enciende algo dentro de mí hasta que me envuelven las llamas y ardo vivo.
Y disfruto de cada segundo.
Echo la mano hacia atrás, le enredo los dedos en el pelo mojado y tiro de él para que siga. Nuestras lenguas luchan entre sí, se azotan y se empujan al ritmo de sus caderas, hasta que ambos nos perdemos en la sensación del otro. Pero no es suficiente.
Lo quiero dentro de mí. Y lo quiero ya, joder.
Se me escapa un gemido cuando me acaricia la parte más sensible de debajo de la polla con el pulgar, y él se aparta, volviendo a mi piel mientras continúa torturándome con una mano que me recorre entero y con cada seductor movimiento de sus caderas.
—Te deseo —murmuro cuando me muerde en la unión entre el cuello y el hombro—. Te deseo mucho, joder.
Sé que él también me desea. Lo noto por cómo se balancea contra mí y desliza su erección entre mis nalgas.
Se frota contra mí con embestidas largas y medidas que me arrancan una súplica de los labios.
Más contacto, más calor, más fricción.
Más caricias largas, besos voraces y mordiscos bruscos.
Todo mi cuerpo lo reclama y, con cada sabor adictivo y cada caricia abrasadora, me desmonta un poco más. Me manosea, me agarra, me vuelve loco de deseo como no lo ha hecho nadie.
—¿Cuánto? Porque... Joder, Quinn. —Suspira, con la frente apoyada entre mis omóplatos—. No me digas eso cuando me tienes pendiendo de un hilo.
—Nunca he necesitado algo tanto en toda mi vida.
¿La idea de que me folle? Me da miedo, sí. Quizá más que cualquier otra cosa en este puto mundo. Y, sin embargo, también me produce una emoción que nunca había sentido.
Es nueva, es intensa, y quiero que lo haga.
Su aliento sale en bocanadas calientes que me rozan la piel mientras vuelve a mover las caderas. No hace más que presionar contra mi entrada, pero ya noto cómo me abre. Como si bastara una sola embestida suave para hundirse dentro de mí.
Oakley me ha familiarizado de sobra con mi próstata durante las semanas previas a las vacaciones, pero solo con los dedos. Y ahora no puedo pensar en otra cosa que en la punta de su polla rozando ese botoncito de placer mientras me folla.
Estoy temblando de expectación, esperando a que lo haga. Si lo hiciera, ni siquiera podría enfadarme, porque lo deseo más que el próximo aliento. Más de lo que deseo demostrarles mi valía a mis padres.
Joder, lo deseo más que ese estúpido trofeo al final de la temporada, y eso es una locura.
Debería bastar como motivo para no acostarme con mi compañero de equipo, que está bueno de cojones. El tío me pone tan cachondo ya no sé ni qué pensar ni quién soy. Pero, lo que es seguro, es que hetero no.
Pero da igual.
—Por favor —jadeo, empujándolo más contra mí—. Acaba con mi sufrimiento. Te lo ruego, joder.
—No tengo condón.
—Sabes que los dos estamos limpios —respondo, sabiendo que no hay motivo para no hacerlo sin él. Sobre todo, con lo desesperados que estamos.
—Es verdad. Y estoy seguro de que metértela a pelo sería el cielo. Pero tampoco tenemos lubricante. —Me da un beso en la nuca—. No voy a follarte por primera vez con gel. Esa mierda te escocerá una barbaridad.
El corazón me late con fuerza en el pecho, golpeándome las costillas, y, si no estuviera tan cachondo, recuperaría el sentido común lo justo para decir algo distinto de lo que digo a continuación.
—Solo la puntita. Dame algo. Joder.
Suelta una risa ahogada y el calor de su aliento contra mi piel me provoca un escalofrío que me recorre la espalda.
—¿Solo la puntita? ¿Eso es lo que solías decirles a todas esas pucktillas?
Lo miro por encima del hombro.
—En realidad, tú serías el primero.
Algo en mi respuesta le prende una llama en los ojos. Arden con una intensidad que solo le he visto sobre el hielo.
—¿Quieres jugar a «solo la puntita» conmigo, De Haas? —Oakley arquea una ceja en mi dirección mientras presiona la punta de su polla contra mi culo. Lo suficiente para que vuelva a sentir cómo se me estira el ano y, joder, agradezco hasta el escozor.
—Aceptaré lo que sea. A menos que tu infame autocontrol no pueda soportarlo. —El pulso me late con tanta fuerza en la garganta que creo que la arteria me podría reventar—. Pongámoslo a prueba.
Me desliza los dientes por el hombro antes de hundírmelos en el músculo. El dolor agudo me lanza una descarga de deseo directa al rabo, haciendo que ansíe más. Su boca, su mano. Su polla dentro de mí. Cualquier cosa sería mejor que esta tortura a la que me está sometiendo.
—Provocarme no funciona. Ya deberías saberlo.
Ya, claro, eso es una mentira como una casa, y he oído pocas tan gordas, pero a ese juego podemos jugar los dos.
—Mmm. Pero un chico puede soñar.
Y puede que no sea un sueño en absoluto. Porque, hasta cierto punto, está funcionando. Estoy casi seguro de ello cuando oigo el sonido inequívoco de que escupe justo antes de sentir sus dedos allí, mientras aprieta el glande contra mi agujero.
—Tenemos que revisar tus prioridades si que te follen está entre tus principales aspiraciones. Ahora relájate y déjame entrar.
Me aprieta la polla, pasándome el pulgar por el nervio justo debajo de la punta, y eso basta para que me afloje. El ardor empeora cuando aprieta un poco más antes de entrar.
Siento como se me cierra el culo a su alrededor con fuerza.
—Fóllame —susurro en voz baja.
—Mmm —murmura con suavidad—. Quizá en otra ocasión.
—O ahora mismo —respondo, intentando echarme hacia atrás para buscar más. Pero sus manos ya están sobre mis caderas, un paso por delante de mí, impidiéndome tomar más de él.
—No te muevas. —Su tono no deja lugar a debate—. Si empiezas a moverte, me quito.
—Eres un puto sádico.
La mano con la que me rodea la polla vuelve a apretar, esta vez con tanta fuerza que roza más el dolor que el placer, y lo fulmino con la mirada. Pero él ya me la está devolviendo, con unos ojos marrones que arden con algo más que lujuria.
—¿Quieres que sea un sádico? ¿Quieres que te haga daño? ¿Que te torture? ¿Que te folle tan fuerte que después no seas más que músculos temblorosos sobre las putas baldosas? Porque eso es exactamente lo que pasaría si te empotrara con la fuerza que me estás pidiendo.
—Ya me estás torturando —jadeo, echándome hacia atrás otra vez, solo para toparme de inmediato con la firmeza de su abrazo.
—No estás preparado —murmura—. Pero haré que la espera merezca la pena.
Me penetra despacio, estirándome con la cabeza gruesa de su polla antes de volver a retirarse. Cada vez suplico en silencio que pierda el control y me la meta un poco más hondo. Sinceramente, no me da ninguna vergüenza pedirle que me empotre contra la pared de la ducha; estoy cachondísimo.
Me importa una mierda un poco de sangre y dolor. Hace que el placer sea aún mejor.
Pero, fiel a su palabra, no lo hace. No me toma como los dos queremos que lo haga, y eso me cabrea. Solo una vez se desliza un poco más y la sensación de ardor vuelve. Sin embargo, tiene que ser uno de los dolores más placenteros que he sentido.
Ojalá me penetrara más.
Se me escapa un gemido de frustración, más de irritación que de otra cosa. Pero enseguida se transforma en otro muy distinto cuando la corona de su polla me roza ese punto mágico que tengo dentro.
La próstata.
También conocida como la clave para provocarme un orgasmo que me envíe a otra puta dimensión.
Y, joder, lo hace.
Cada vez que Oakley toca esa cosa de los cojones, me corro a chorros. A litros, incluso, y más fuerte y durante más tiempo que con cualquier otra persona. Ya estoy ahí, y solo la ha rozado un puto instante. No puedo volver a conformarme con sus dedos después de sentir esto.
—Joder, ahí —gimo otra vez cuando vuelve a rozarla, con la cabeza echada hacia atrás sobre su hombro—. Más, Oak.
Sigue hundiéndose en mí despacio mientras yo me deslizo por su puño, sintiendo una presión exquisita que al mismo tiempo me llena y me aprieta. Es abrumador, y no hace más que acercarme al borde de un precipicio del que estoy desesperado por saltar. Uno que lleva directo al nirvana.
Los sonidos que consigue arrancarme del pecho son animales. Como si ya no quedara nada humano en mí, solo una pura necesidad carnal.
—Dios, escúchate —dice con voz ronca, con la cadencia profunda de su tensa voz—. Estás muy cachondo y apenas te he dado nada.
Tiene razón. Si esto es lo que puede hacer solo con la punta, no me cabe duda de que me reducirá a un manojo de jadeos y gemidos el día que me la meta entera. Y, si mis reacciones sirven de algo, estoy seguro de que disfrutaré de cada segundo.
—Más. —Giro la cara, le muerdo el labio inferior y tiro de él—. Métemela toda.
—Ni lo sueñes.
—Oak...