19. Quinton
QUINTON
Arrasamos en el primer partido de las vacaciones de invierno, y el segundo de esta noche no ha sido distinto. Estoy eufórico: he conseguido mi primer hat-trick de la temporada y, para colmo, el entrenador me ha llamado a su despacho después del partido para hablarme de representantes.
Concretamente, de los que han preguntado por mí. Era algo que esperaba que sucediera tarde o temprano, pero, ahora que ha pasado... Sinceramente, no me lo puedo creer.
Cuando salgo del despacho del entrenador, estoy tan en las nubes que ni me doy cuenta de que el vestuario está casi vacío.
«Mierda».
De forma automática, busco a Oakley con la mirada, como siempre últimamente, pero no lo veo.
«Puta mierda».
No tengo ni idea de cuáles son sus planes para esta noche, y mucho menos para los próximos días, hasta que empiece el nuevo semestre, pero me gustaría averiguarlo.
El único problema es que el entrenador me ha llamado a su despacho antes de que pudiera mencionar la posibilidad de quedar durante el resto de las vacaciones.
Y quiero verlo. Sobre todo esta noche. Celebrar otra victoria bien merecida.
Tomar un par de copas en un bar o algo así.
Quizá incluso contarle lo de la reunión con el entrenador, cuando me ha mencionado a los agentes que han preguntado por mí.
Saco el móvil de la taquilla y le envío un mensaje rápido.
Quiero verte. Sigues aquí?
Pasan un par de minutos hasta que termino de desnudarme, pero cuando vuelvo a mirar el móvil, no hay respuesta.
Es posible que esté conduciendo, claro, pero dudo que le haya dado tiempo a ducharse, cambiarse y salir de aquí mientras yo estaba en el despacho del entrenador. No pueden haber pasado más de diez minutos.
Por otra parte, la mitad del equipo ya se ha ido, seguramente para volver con sus familias y disfrutar del resto de las vacaciones.
Me envuelvo la toalla alrededor de la cintura, listo para ir a las duchas, cuando Camden dobla la esquina y empieza a guardar sus cosas en la bolsa de deporte que está en el banco de enfrente. Estoy bastante seguro de que, aparte de mí, solo queda él.
Y, aunque puede ser arriesgado, si hay alguien a quien puedo preguntarle por Oakley, es a él.
Espero.
«Solo hay una forma de averiguarlo...».
Me aclaro la garganta, miro al portero y hago todo lo posible por actuar con normalidad.
—Hola, Cam.
Me mira desde su sitio en el banquillo, con el pelo rubio oscuro cayéndole sobre los ojos.
—Hola, tío. ¿Qué pasa?
—¿Has visto si Reed ya se ha ido?
Por un segundo, frunce el ceño, pero enseguida domina la expresión.
—No lo creo. La última vez que lo he visto, iba hacia las duchas. Eso ha sido hace unos cinco minutos. ¿Por qué?
—Solo quiero hablar con él de algo antes de que volvamos del descanso. Nada serio.
«Mentiras, mentiras, mentiras».
Se toma un momento para calibrar mis palabras antes de ponerse en pie para responder mientras se echa la correa de la bolsa al hombro.
—Estoy casi seguro de que se ha metido en el último cubículo. Si ya no está allí, no puede haber llegado más lejos que al aparcamiento.
—Vale, genial. Gracias —digo, torpe.
—De nada. Que tengas un buen día. Y, por cierto, gran partido el de esta noche.
Asiento con la cabeza.
—Sí, tú también has estado muy bien, tío.
Y, después de eso, coge las llaves y sale por la puerta.
Echo un vistazo discreto al vestuario mientras me dirijo a las duchas y me doy cuenta de que aún quedan más chicos de los que pensaba. Quizá cuatro o cinco.
Y, cuando veo que la única ducha en la que corre el agua es la del fondo, la que Camden ha dicho que era la de Oak, siento como si me hubieran inyectado adrenalina.
Ni siquiera necesito verlo. Solo imaginarlo desnudo, rodeado de vapor. Empapado, cubierto de jabón y, Dios, tengo que controlarme antes de hacer alguna estupidez. Como meterme ahí con él. Recorrer con las manos cada centímetro de su cuerpo pecaminoso.
Pero eso es justo lo que quiero.
Lo deseo tanto que ni siquiera pienso en las consecuencias de que alguien me vea entrar en su cubículo o, peor aún, de que ni siquiera sea su ducha.
Tardo solo dos segundos en decidir que la suerte está de mi parte, echar un vistazo para comprobar que no hay moros en la costa y tirar de la manilla de la puerta de cristal opaco.
«Gracias a Dios que no han puesto cerrojos en estas mierdas».
Y la suerte está de mi parte, porque, cuando entro y cierro la puerta sin hacer ruido, veo a Oakley bajo el chorro de agua. Aunque esté de espaldas, sé que es él. A estas alturas, reconocería en cualquier parte ese culo y esos pequeños hoyuelos sobre cada nalga.
Cuelgo la toalla en el gancho que hay junto a la suya y me meto bajo el agua detrás de él.
—¿Qué...?
Le tapo la boca con la mano para ahogar el «¿qué coño?» que está a punto de soltar. En voz alta. No he hecho todo este esfuerzo para que no nos vean como para que ahora él nos delate.
—Shhh —le susurro al oído—. Soy yo.
Le retiro la mano de la boca y la deslizo por su hombro antes de apartarme. Él se gira para mirarme, con los ojos muy abiertos y una expresión a medio camino entre la severidad y el enfado dibujada en la cara.
—¿Estás loco? ¿Qué haces aquí?
No es exactamente la respuesta que esperaba, aunque no sé muy bien por qué debería ser otra distinta.
—Ser imprudente —contesto con una sonrisa burlona.
Se aparta el agua de la cara y niega con la cabeza, con una mezcla de irritación y pánico en la expresión.
—Alguien podría haberte visto.
—Tranquilízate —le digo, bajando la voz—. Me he asegurado de que nadie nos viera. La mayoría ya se ha ido y, para cuando termine de ducharme, se habrán marchado todos.
Me lanza una mirada recelosa, que deja claro que no me cree.
—Te prometo que todo irá bien. Solo tienes que bajar la voz y nadie se dará cuenta.
Tarda un segundo, pero, por una vez, asiente. La tensión que le cargaba los hombros se desvanece y deja escapar un suspiro.
—Me has dado un susto de muerte —dice con la voz ronca, apenas un susurro.
Se me escapa una risita y me acerco a él, con las manos hormigueándome por las ganas de tocarlo.
—No tenía ni idea.
—Ya, claro, listillo.
Sonrío aún más cuando coge el gel de baño y me lo pasa. Me observa un segundo mientras me echo jabón en las manos antes de salir de debajo del chorro. Pensando que está a punto de secarse y marcharse (lo cual no tiene mucho sentido si le preocupa que nos descubran), me doy la vuelta.
—Quédate. Así hay menos posibilidades de que nos pillen —digo, sin permitirme cuestionar ese razonamiento. Porque, por muy cierto que pueda ser, lo único que quiero es estar cerca de él. Sentir la electricidad que vibra entre nosotros cada vez que estamos así de juntos.
Ya soy tan adicto a esa sensación como a estar sobre el hielo.
—¿Crees que voy a perderme este espectáculo? —Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios mientras sus ojos recorren mi cuerpo desnudo de arriba abajo—. Ni lo sueñes, De Haas. Solo me apartaba para tener mejores vistas.
Mi polla reacciona al deseo que rezuma su voz y, al instante, me cabreo por culpa de los otros chicos que siguen merodeando por el vestuario.
Aunque estuviera vacío, tampoco es que fuéramos a hacer el tonto.
Oakley ha sido muy estricto con esto de acostarnos y, como mañana no tenemos partido, ninguno de los dos va a correrse. Al menos con el otro, porque sé que él no va a tocarme esta noche. Aunque le suplicara que me la acariciara con la mano o con la boca, no lo haría.
Pero, por la forma en que siento su mirada mientras me enjabono el pecho con su gel, está claro que voy a tener que arreglármelas solo cuando llegue a casa, más tarde. Le pongo a mil con solo dejar que me mire.
Observándome como un voyeur .
Y, al parecer, le gusta, porque se empalma cuando bajo las manos hasta la entrepierna y me enjabono la polla. Lucho contra la tentación de empezar a acariciármela, aunque solo un poco.
Las oleadas de deseo y ansia me recorren a una velocidad vertiginosa. Con tanta fuerza que tengo que apartar los ojos de él para aclararme; para no ver la necesidad reflejada en su rostro ni la forma en que su polla, dura y erecta, parece esperar a que me arrodille.
Cierro los ojos e intento controlarme.
«Me cago en todo».
Me cago en él por ser tan... irresistible.
Hasta el punto de que ya no sé ni por qué me molesto...
—Estoy obsesionado con esto —murmura, interrumpiendo mis pensamientos. Sus dedos recorren las líneas del tatuaje que me cubre casi toda la espalda con un roce ligero como una pluma—. Es supersexi.
Una sonrisa burlona se apodera de mi rostro al instante, aunque él no pueda verla.
No es la primera vez que pillo a Oakley mirándome los tatuajes, ni mucho menos (me ha preguntado por muchos de ellos), pero nunca antes había dicho en voz alta lo que piensa. Y, llámame creído, pero me gusta.
Dos grandes manos se deslizan por mi piel mojada, bajando por ambos lados hasta llegar a mis caderas, dejando a su paso un rastro de calor que no tiene nada que ver con la temperatura del agua.
—¿No ibas a limitarte a mirar? —le señalo.
—Sin tocarte no podría.
Me desliza los labios por el hombro, los sube por el cuello y lame el agua que me resbala por la piel. Cada lametón es una sacudida perversa que me enciende y me convierte la sangre en fuego líquido corriéndome por las venas.
Desde aquel día que pasamos en el centro, me muero por tocarlo cuando y como quiera; por besarlo no una, sino dos veces, cuando nuestro acuerdo no lo exigía. Pero eran circunstancias totalmente distintas. Fue solo... un momento. De esos que se presentan y no puedes evitar aprovechar.
Todo mi ser desea que este también lo sea.
—Dios. Me vuelves loco —gimo cuando me muerde el cuello y luego calma el dolor con la lengua.
—El sentimiento es más que mutuo.