18. Oakley #2
Sé que no. Pero esa es la mitad del problema.
Porque Quinton tiene ese algo que hace casi imposible no sonreír o reírse cuando estás con él.
A veces es como... un puto rayo de sol. O cualquier otra cursilería poética de esas que dice la gente.
Lo cual tiene muchísima gracia, teniendo en cuenta que parece la peor pesadilla de cualquier padre, con los tatuajes, el cuero y esa actitud de «me la suda todo» que suele llevar puesta como una coraza.
Pero me ha dejado ver otra parte de sí mismo que dudo mucho que otros hayan visto. Esa parte que, pese a su fachada, sí se preocupa. Por muchas cosas. Por la gente.
Quizá incluso por mí.
Y quizá por eso acepto otra de sus locuras.
—¿Y qué se lleva el ganador de esta pequeña exhibición de testosterona? —murmuro, después de soltar un suspiro.
Los hoyuelos se le marcan aún más.
—El ganador decide qué quiere.
—Eso son palabras mayores.
Se relame los labios.
—Pues no pierdas.
Por desgracia para Quinton, perder no está en mi ADN.
Lo demuestro al ganar nuestra pequeña carrera con holgura, cruzando la improvisada línea de meta dos segundos antes que él.
Lo frena un grupo de niños, que resulta ser el obstáculo perfecto, pero, aun así, una victoria es una victoria.
Y, cuando gano a Quinton, siempre sabe mucho mejor.
—Putos niños —murmura cuando nos apartamos a un lado, dejando pasar a los que vienen detrás—. Habría ganado si no se hubieran puesto en medio.
—Lo que te ayude a dormir esta noche sabiendo que soy mejor que tú, tanto sobre el hielo como en la cama.
Se recuesta contra la barandilla frente a mí, con una pequeña sonrisa pícara en los labios.
—Aun así, hoy sigo ganando yo. Lo sabes, ¿verdad?
—¿Te importaría explicarte?
—Te estás divirtiendo.
Ni siquiera me molesto en mentir; me limito a encogerme de hombros en señal de asentimiento.
—Me lo estoy pasando bien.
Su sonrisa es instantánea.
—¿Por qué parece que te sorprende? Soy todo un experto en diversión.
Tengo que hacer un gran esfuerzo para no poner los ojos en blanco.
—Más bien pensaba que me ibas a tocar las narices el ochenta por ciento del día y que acabaría deseando no haberte propuesto quedar.
Asiente antes de arquear una ceja.
—Pero...
—Como he dicho —murmuro—, me lo estoy pasando bien. Así que, supongo que... gracias por aceptar quedar conmigo.
Su sonrisa se ensancha todavía más.
—Eh, tú tampoco estás tan mal. Al menos, la mayor parte del tiempo.
Joder, esos putos hoyuelos. Le hacen algo absurdo a mi cerebro. Como si cortocircuitara o algo así. Además, esa sonrisa y su risa juntas son una combinación letal que poca gente podría soportar.
O tal vez sea simplemente... él.
Todo en él.
Hasta el punto de que las ganas de besarlo pueden conmigo de la forma más estúpida. Y, aunque sé que no hay ninguna razón para dejarme llevar, salvo el puro deseo, sigo queriendo hacerlo.
Me muero de ganas.
Y eso es todo lo que me hace falta.
—A la mierda —murmuro.
Le rodeo la nuca con una mano y acerco su boca a la mía en un beso apasionado. Uno que... joder, solo consigue que lo desee aún más. Y de todas las formas en que sé que no debería.
Desliza la lengua entre mis labios y lucha con la mía de una forma que me hace encoger los dedos de los pies dentro de los patines. Aprieto el cuerpo contra el suyo, empujándolo contra la barrera de la pista para que quedemos pegados.
Incluso a través de las chaquetas y de toda la ropa, siento sus músculos, fuertes y poderosos, pegados a los míos. Sube los brazos para rodearme el cuello; desplazo las manos hasta su cara y le inclino la barbilla para tener mejor acceso. Para profundizar el beso, porque nada parece bastarme.
Me estoy ahogando en él. Tanto, que me da igual si esto va contra las reglas. También me importa una mierda besarlo en público, donde cualquiera puede vernos, juzgarnos o sentir la necesidad de taparle los ojos a sus hijos.
No es como si estuviéramos follando allí mismo, en la pista. Es solo un beso.
Uno que no he podido evitar robarle cuando se me ha presentado la ocasión.
Y, si cualquiera de ellos conociera a Quinton de Haas como yo empiezo a conocerlo, entendería por qué.
Me aparto antes de que las cosas se caldeen demasiado y no podamos salir de allí patinando sin montar más espectáculo del que ya hemos dado. Apoya la frente contra la mía, y el aire que sale de nuestras bocas se mezcla en una sola nube.
—¿Y eso a qué ha venido? —pregunta, un poco sin aliento. Cuando se aparta, sus ojos azules brillan con una mezcla de diversión y deseo—. ¿Y cómo coño consigo más?
—Era... una forma de darte las gracias —susurro, decidiendo que esa es la mejor manera de describirlo.
—¿Por dejarte ganar?
Se me escapa una risita, porque he ganado limpiamente.
—Por hacerme vivir un poco. Soltarme. Todas esas tonterías que tú crees que son tan importantes.
—Bueno, me alegro de que hayamos descubierto que sabes cómo hacerlo —me dice, con una sonrisilla en los labios.
Vaya si lo hemos descubierto. Creo que nunca había sonreído ni me había reído tanto como hoy, y eso que esto no ha hecho más que empezar.
Es como si pasar tiempo con él fuera del hielo me hubiera aligerado de alguna forma el alma, permitiéndome tomar distancia y respirar.
Disfrutar, aunque solo sea por un momento, en lugar de sentirme aplastado por todas las presiones a las que me someto.
Así que seguimos patinando, riéndonos y divirtiéndonos, dejándonos arrastrar por una situación en la que no somos enemigos, rivales ni compañeros de equipo. En la que no estamos metidos en esto más de la cuenta.
Durante una tarde, solo somos dos chicos intentando vivir un poco.
Cuando el día llega a su fin, el sol ya se ha puesto y el aire frío de la noche nos llena los pulmones, descubro que no estoy preparado para que esto termine. No estoy preparado para decirle adiós.
Y, por la expresión de sus ojos, cuando salimos del parque, él tampoco.
Abro la boca, a punto de proponerle ir a cenar y alargar un poco más lo inevitable, pero él se me adelanta.
—Seguramente tengas que volver con tus padres, pero... gracias. Necesitaba esto más de lo que pensaba.
Quinton se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y se balancea sobre los pies y, por primera vez en todo el día, una sensación de incomodidad se instala entre nosotros. Lo cual me sorprende, teniendo en cuenta lo fácil que ha sido todo durante horas.
Pero entonces reconozco ese remolino en el estómago: expectación. La misma que sentí la primera vez que nos enrollamos después de lo del baño de la fraternidad.
La misma que se siente al final de una primera cita, cuando sabes que, en teoría, deberías besar a la otra persona, pero no estás seguro de si ella quiere que lo hagas. Entonces te quedas clavado.
Y eso es exactamente lo que me está pasando.
Salvo que... después de lo que ha pasado hoy, no sé muy bien por qué.
—Sí, eh, de nada. Como he dicho, yo también me lo he pasado bien. —Me aclaro la garganta antes de añadir con torpeza—: Conduce con cuidado de vuelta al campus.
—Lo haré. ¿Nos vemos mañana? —pregunta, tras asentir.
Estoy a punto de decir que no cuando caigo en que tiene razón. Mañana por la tarde tenemos un entrenamiento a última hora para volver a ponernos a punto para los dos partidos de estas vacaciones. El primero es dentro de dos días.
La expectación de antes se convierte enseguida en deseo al pensar que mañana, a estas horas, estaremos en su cama haciéndonos cosas ridículamente obscenas. Y no veo el momento, joder.
—Sí —murmuro, esbozando una pequeña sonrisa—. Nos vemos allí.
Intento no pensar demasiado en la leve decepción que se me instala en el pecho cuando echo a andar en dirección contraria. Después de todo, ir a cenar o darle un beso de buenas noches sería pedir demasiado, y ya la he cagado al besarlo hoy.
Además, «más» no es lo que acordamos. «Más» solo complicaría aún más las cosas, que ya son bastante complicadas por culpa de esta superstición. Y «más» podría llevarnos a un punto en el que entraran en juego sentimientos, algo que dudo que ninguno de los dos quiera o esté preparado para afrontar.
Pero saberlo no basta para evitar la decepción.
Estoy a punto de cruzar Michigan Avenue cuando una mano se posa en mi antebrazo y me detiene en seco. No tengo ni un segundo para asimilar lo que está pasando, porque Quinton tira de mí hacia él y, sin dudarlo, me besa.
Es el segundo beso del día, pero este es completamente distinto al primero.
Es dulce, tierno, y me acelera el corazón con un solo roce. Es un beso que nunca pensé que fuera capaz de dar y, sin embargo, no sé cómo, pero es el mejor de todos los que hemos compartido hasta ahora.
Y la forma en que me revuelve el estómago y me lo pone a dar volteretas como si fuera un puto gimnasta me dice que estoy bien jodido.