18. Oakley
OAKLEY
ENERO
Son las doce y cinco del mediodía del día de Año Nuevo. Dos manos me cubren los ojos, impidiéndome ver el Millennium Park y dándome un susto de muerte. Pero, en cuanto oigo la suave cadencia de la risa de Quinton, el miedo se transforma rápidamente en... irritación.
—¿Por qué eres así? —espeto, tirando de sus muñecas para apartarlas y poder volver a ver.
Cuando me giro para mirarlo, me cabrea aún más descubrir que está para comérselo con ese gorro, los vaqueros y la chaqueta larga negra. Un conjunto sexi a más no poder que le sienta bien se lo ponga cuando se lo ponga, pero hoy, llevando esas gafas, aún más.
Esboza esa sonrisa tan suya, con un hoyuelo en una de las mejillas.
—Vas a tener que ser un poco más concreto. ¿Por qué soy tan guapo? ¿Por qué siempre llego tarde? ¿Por qué...?
—¿Por qué te gusta tanto ser un grano en el culo? —termino por él, mirándolo con el ceño fruncido.
—Tú sabes mucho sobre lo que me gusta, ¿no?
Oh, claro que sí. Pero no es algo en lo que deba pensar en público. Y menos aún delante de niños.
—Increíble —murmuro entre dientes.
Se ríe, un sonido que antes me sacaba de quicio, pero que ahora quiero oír más.
—A veces me lo pones demasiado fácil...
Ahora se le marcan los dos hoyuelos. Últimamente me da la sensación de que aparecen más a menudo cuando estoy delante y, cada vez que los veo, siento algo extraño en el pecho. Una especie de... cosquilleo.
—Ya me arrepiento de haberte dicho de vernos.
—No serías tú si no lo hicieras —señala, cruzándose de brazos—. La verdad, me sorprendió que me lo propusieras.
—Como te dije, fue por pura caridad. No quería que sufrieras más de lo que ya estabas sufriendo.
Una sonrisa digna del gato de Cheshire se le extiende por la cara.
—Salvo que llevo en mi piso del campus desde el día después de Navidad.
—¿Qué?
—Solo te dije que estaba ocupado para ver cuánto tiempo aguantabas sin rogarme que cambiara mis planes. Por cierto, te felicito. Estaba seguro de que te rendirías antes.
Me muerdo el interior de la mejilla para evitar que los insultos salgan a borbotones delante de todos esos oídos impresionables. Sobre todo porque tiene razón. Estuve a punto de ceder muchas veces, con la esperanza de encontrar la manera de verlo antes de hoy.
Pero ni de coña voy a dejar que se me escape nada ahora.
«¿Por qué tiene que fastidiarlo todo?».
—Ya. Pues te vas a quedar con las ganas. Como te dije, solo quería sacarte de casa. Pero ahora que sé que estás perfectamente bien y, además, eres un mentiroso, me voy.
Intento alejarme, pero me agarra del brazo y tira de mí hacia él. Me empuja contra su pecho y nuestras bocas quedan a apenas unos centímetros de distancia.
—No vas a irte a ninguna parte tan pronto —murmura. El calor de su aliento me provoca escalofríos y me eriza la piel—. Porque sé que me has echado de menos.
—En tus sueños.
Otra sonrisa pecaminosa y con hoyuelos se dibuja en sus labios.
—En mis sueños hacemos muchas cosas, pero esa no es una de ellas.
El tono obsceno y seductor que emplea me hace entrar en calor. No de rabia, sino de deseo. Y, junto con la forma en que me sujeta, la cercanía de sus labios a los míos hace que resistirme resulte aún más difícil.
—Aquí hay niños —digo entre dientes, intentando controlar la erección que noto en la entrepierna. Algo de lo que, por la forma en que se aprieta discretamente contra mí, es muy consciente.
—Y yo que pensaba que eras un maestro del autocontrol. —Otro roce de su muslo me lanza una descarga de lujuria directa a las pelotas—. Más te vale controlar esa libido, Reed.
La tensión sexual entre nosotros se puede cortar con un cuchillo, aunque él parece ajeno a ella. Pero a mí eso no me basta. Quiero, no, necesito que esté tan cachondo y alterado como yo. Así que hago lo más obvio tratándose de un pulso con Quinton de Haas.
Combatir el fuego con más fuego.
—Espero que sepas cuánto vas a arrepentirte de esto la próxima vez que te tenga en la cama.
Se le dilatan las fosas nasales y la intensidad de su mirada se multiplica mientras me observa a través de los cristales de las gafas. Lo suficiente como para hacerme pensar que he ganado esta pequeña batalla que él ha empezado.
Pero entonces da un paso más y deja que sus labios me rocen al hablar.
—Oh, créeme. Cuento con ello.
Hundo los dientes en mi labio inferior para no morder el suyo y me aparto.
—Esta ronda es tuya, De Haas.
Una sonrisa burlona le parte prácticamente la cara en dos.
—Una forma fantástica de empezar el día. —Aplaude, irradiando una alegría casi infantil—. Ahora, ¿qué tienes pensado?
El parque Maggie Daley está a un paseo tranquilo de cinco minutos del lugar donde he quedado con Quinton.
Es donde está el Ice Skating Ribbon. Una de mis actividades favoritas en familia cuando era niño era venir aquí a patinar o a la pista que está justo debajo del Bean.
Íbamos casi todos los años, salvo cuando papá estaba fuera por los partidos.
Bueno, hasta que Logan empezó a decir que no le gustaba y dejamos de venir cuando yo estaba en los últimos años del instituto.
No he vuelto desde entonces, pero pensé que no había mejor momento que este.
—Estoy bastante seguro de que esta es la primera vez que me pongo unos patines para algo que no sea hockey —comenta Quinton mientras se ata los patines de alquiler que hemos cogido en el puesto junto a la pista.
Levanto la cabeza de golpe, de donde estaba atándome los míos, para mirarlo.
—¿Me estás diciendo que nunca has patinado sobre hielo? ¿Solo por diversión?
Quinton sigue atándose los cordones y niega con la cabeza.
—No. Nunca había tenido a nadie que me llevara. La primera vez que me puse unos patines fue el día que mi padre me llevó a mi primer entrenamiento de la liga juvenil, cuando tenía ocho años. Y la única razón por la que me llevó fue porque quería que dejara de hablar del tema.
—¿En serio?
—Sí —responde antes de ponerse de pie—. Estoy seguro de que pensó que sería un paquete y lo dejaría en las primeras semanas. Pero, para su desgracia, aprendí muy rápido... y desde entonces he sido la pesadilla de su vida.
La comprensión me invade mientras nos dirigimos a la pista y pisamos la superficie lisa. En ese momento, es como si nada más existiera. Claro que hay gente deambulando por ahí, aunque no tanta como cabría esperar en plenas vacaciones de invierno, pero apenas la noto.
Solo estamos nosotros, y no lo cambiaría por nada.
Uno al lado del otro, damos una vuelta lenta por la pista con forma ovalada, deslizándonos sobre el hielo como los profesionales curtidos en los que nos hemos convertido a base de esfuerzo.
El silencio se prolonga entre nosotros, pero es agradable, no agobiante ni incómodo como lo habría sido hace un par de meses.
Joder, hace un par de meses me habría descojonado ante la idea de pasar tiempo juntos. Pero aquí estamos, dos archienemigos, patinando sobre hielo el día de Año Nuevo como si fuéramos una especie de... pareja.
Darme cuenta de eso me provoca un cosquilleo extraño e inesperado en el vientre.
Reprimo ese sentimiento, recuerdo algo que dijo antes y dejo que mi mente se aferre a ello.
—Cuando dices que aprendiste rápido, ¿de qué rapidez estamos hablando? ¿Unos dos meses?
—Bueno... —Patina delante de mí y se gira, avanzando de espaldas frente a mí—. Al final del segundo día ya me sentía lo bastante cómodo como para patinar con un stick en la mano. Pero, obviamente, por entonces no hacía gran cosa con él. Solo... patinaba.
Pongo los ojos en blanco.
—Presumido.
Sabía que tenía razón cuando le dije que poseía un talento natural. A mí me llevó varios meses dominar el patinaje sin stick . Mientras tanto, Quinton acaba de decir que hizo las dos cosas a la vez en su primera semana sobre el hielo.
Es cierto que empezó a jugar unos años después que yo, cuando seguramente ya tenía mucha más estabilidad y equilibrio, pero aun así.
Reprime una sonrisa, mordiéndose de manera sutil el labio inferior. Como si supiera exactamente lo que estoy pensando.
—Creo que te gusta que sea un presumido.
Arqueo las cejas.
—¿Ah, sí?
—Sí. Creo que te pone estar con alguien tan bueno como tú. Con alguien que incluso podría ser... mejor.
La arrogancia de este hombre no deja de sorprenderme.
Pero en una cosa tiene razón. La seguridad tranquila que desprende sobre el hielo cuando está concentrado es más que sexi.
Sabe que es bueno, sí, quizá incluso mejor que yo, pero lo demuestra con su rendimiento.
Lo que me saca de quicio es que se ponga a fanfarronear.
—Eres muchas cosas, De Haas. Pero mejor que yo no es una de ellas.
—¿Te atreves a demostrarlo?
Esta vez soy yo quien esboza una sonrisa burlona.
—Creo que ya lo he demostrado de sobra. Los calcetines que me regalaste lo confirman.
El calor le aflora en los ojos.
—Estamos hablando de lo que pasa sobre el hielo, Reed. No entre las sábanas.
No soy de los que se echan atrás ante un reto, y menos aún si viene de Quinton. Aunque hayamos desarrollado una extraña especie de amistad desde que empezamos con su teoría de las supersticiones, sigue siendo mi rival.
—¿En qué estabas pensando?
—En una carrera. El primero en completar una vuelta a la pista gana.
Echo un vistazo a mi alrededor y veo que hay demasiada gente y muy poco espacio para que compitamos como solemos hacerlo. Podríamos doblar una esquina y llevarnos por delante a un niño con muchísima facilidad, y esa es la última forma en la que quiero empezar el año.
—No creo que sea buena idea.
Alza las cejas.
—¿Te da miedo perder?
—No, es que...
—Oh, te da miedo —dice, sin dejar de pincharme.
—Hay demasiada gente y no quiero fastidiarle el rato a nadie comportándome como un loco...
—Dios, a veces eres superaburrido —me interrumpe, con el humor bailándole en esos ojos azul hielo—. Vive un poco. Sonríe. Ríete. El mundo no se va a acabar por eso, te lo prometo.