Más allá del hielo 21. Oakley #2
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21. Oakley #2

Se me acelera el corazón, el sudor me humedece las manos, mientras nuestra góndola va girando hasta detenerse en la plataforma de embarque. Después de que las personas que iban dentro se bajen (todas sanas y salvas, según observo), Quinn entrega nuestros billetes.

El empleado nos indica que subamos y Quinn me mira a los ojos.

—Confía en mí —murmura, tendiéndome la mano.

Me sorprende descubrir que... sí, confío en él. Así que le agarro la mano y dejo que me arrastre a la pequeña cabina de la noria de la muerte.

Entonces me sorprende descubrir lo grande que es. Tiene unos pequeños bancos de cuero a ambos lados y capacidad para al menos media docena de personas. No es lo que esperaba.

Me siento a su lado, sin soltarle la mano.

—Esto... no está tan mal.

Excepto que la cosa elige justo ese momento para ponerse en marcha e iniciar su ascenso balanceándose en el aire, y estoy a punto de tragarme mis palabras.

Quinn me mira, atento a cualquier signo de incomodidad. Estoy seguro de que hay muchos, pero no deben de ser suficientes como para preocuparlo de verdad.

—¿Quieres que te bese arriba del todo si te pones demasiado nervioso? —dice con tono burlón—. ¿Como en esas comedias románticas cursis?

—Ni siquiera creo que follarte mientras esta cosa da vueltas consiguiera ponerme menos nervioso.

Se inclina hacia mí y el aliento en mi cuello me hace estremecer.

—Si quieres, eso puede arreglarse. —Su voz es un susurro grave y ronco—. Pero tendríamos que darnos prisa. El viaje dura menos de quince minutos.

Suelto una carcajada; sus payasadas ridículas me ayudan a relajarme.

—Lo harías, ¿verdad?

Una sonrisa cómplice se dibuja en esos labios pecaminosos.

—Quizá no sexo anal completo. Pero te la chuparía si necesitas una forma de relajarte y desconectar.

Tengo un sarcástico «mi héroe» en la punta de la lengua, pero se me atasca en la garganta cuando nuestra góndola asciende lo suficiente como para que la puesta de sol brille a través de cada pequeña grieta y recoveco del horizonte de Chicago.

—Vaya —murmuro, mirando por el ventanal.

—Este es mi lugar favorito de toda la ciudad —susurra y, cuando lo miro, veo que él también está contemplando la vista—. Te lo juro, es como estar en la cima del mundo.

—Creo que te refieres al Everest —le digo, aunque, por cómo me sigue latiendo el corazón a mil por hora, bien podría estar en la cima de la montaña más alta del planeta.

Da igual a cuántos metros estemos, sigue siendo alto de cojones.

—Hoy estás muy sabelotodo, ¿no?

—Habla el miedo.

—No, definitivamente hablas tú —dice sonriendo, y empiezo a darme cuenta de que no tengo la fortaleza necesaria para soportar la visión de esos malditos hoyuelos en sus mejillas. Me siento atacado.

Se gira hacia mí cuando la noria inicia su primer descenso, permitiéndome verlos en todo su estúpido y atractivo esplendor.

—Cuando era pequeño y tenía entrenamiento o partido de hockey en la pista de Grant Park, le rogaba a Marta que me trajera aquí después. Poder subir a la noria siempre era mi recompensa por jugar bien.

—¿Marta? —pregunto, porque doy por hecho que no llama a su madre por su nombre de pila.

Su sonrisa se vuelve un poco triste.

—Fue mi au pair cuando era pequeño. Ahora forma parte del personal de casa como una de las empleadas domésticas.

Me invade la confusión.

—Pensaba que tu padre te llevaba. Al hockey, quiero decir.

—Solo al principio. Pero, cuando empezó a resultarle demasiado incómodo, Marta se encargó de llevarme.

—¿Y tu madre? —Hago una pausa al darme cuenta de algo—. Espera, ¿tus padres están casados?

—Si deberían seguir estándolo o no, eso ya está por ver, pero sí, lo están.

—Entonces, ¿por qué no te llevaba ella? —pregunto despacio.

Se encoge de hombros, indiferente.

—No lo sé. Probablemente estaba demasiado ocupada acostándose con cualquier socio júnior de la empresa que le gustara esa semana.

Casi me atraganto con mi propia saliva.

—Estás de coña.

La única respuesta que me da es un lento movimiento de cabeza.

—¿Ni siquiera iban a tus partidos?

Vuelve a negar mientras la noria empieza a subir otra vez.

—Por lo general, no. Recuerdo que en mi último año de instituto hubo una noche de padres para ver un partido.

Se lo dije con semanas de antelación, se lo recordé, lo apunté en los calendarios de sus móviles y les envié correos electrónicos.

Era tan importante para mí que incluso fui a ver a sus asistentes personales para asegurarme de que tuvieran toda la información.

—Sus ojos azules brillan, y no solo por el resplandor del atardecer—.

Seguro que ya imaginas cómo termina esta historia.

Una punzada de angustia me revuelve el estómago, provocándome más ganas de vomitar de las que jamás podría darme esta atracción.

—Ninguno de los dos apareció —susurro. No es una pregunta, porque sé que solo puede ser así.

Se muerde el labio inferior y asiente.

—Pero Marta estaba en las gradas, como siempre. Así que le llevé directamente la rosa que se suponía que debíamos entregar a nuestras familias. Ella fue mi madre aquella noche. —Suelta una risa suave y amarga—. En realidad, lo fue la mayoría de las noches.

Me duele por él, porque no puedo imaginar cómo debió de ser crecer así.

Mi padre pasaba mucho tiempo fuera, claro, y mi madre tenía que criarnos sola a Logan y a mí durante seis meses seguidos, pero nunca nos faltó amor, apoyo ni, sencillamente... tiempo de calidad en familia. Aunque fuera para ir a ver uno de los partidos de papá, al menos estábamos todos juntos.

—Pero ahora tus padres vienen. —Una vez más, no es una pregunta, sino una observación evidente por la conversación entre Quinn y su padre que oí a principios de temporada.

Vuelve a resoplar, riéndose.

—Solo porque les interesa. Normalmente, para aparentar que son los padres cariñosos que nunca supieron ser, apoyando a su hijo atleta universitario, cuando mi padre desprecia el deporte simplemente porque me hace feliz.

—Estoy seguro de que esa no es la razón.

—Podría serlo. Cualquier cosa que no encaje en su pequeño plan sobre cómo debería ser mi vida tiene que desaparecer de inmediato.

En ese plan solo hay sitio para hacerse cargo de la empresa, una esposa de la alta sociedad, coches y casas de lujo e hijos a los que dejarles cantidades absurdas de dinero. Aunque ese nunca haya sido mi plan.

—Esa es... una versión bastante distinta de lo que tú tienes en mente.

Su respuesta es un asentimiento solemne, y es entonces cuando por fin entiendo lo que quiere decir.

Mis padres siempre me han apoyado y estuvieron a mi lado cuando salí del armario.

Es quien soy, no algo que haya elegido. Pero tendría que estar ciego o ser idiota para no ver que la imagen que tenían de mi vida (con una esposa, dos hijos y una casa con valla blanca) se hizo añicos cuando les dije que me gustaban los chicos.

Y estoy seguro de que, al principio, les costó aceptarlo.

Pero nunca me dijeron que lo que yo quería estuviera mal. Nunca.

—¿Quieres que te vean tal como eres? Entonces haz que te vean así. En cada momento, coge la versión de ti mismo que ellos quieren y tírala por la ventana para que desaparezca para siempre. Porque no hay nada más importante que ser la persona que quieres ser.

Suspira.

—Podría decirte lo mismo a ti, ¿sabes? Don «tengo que seguir con el legado».

Sonrío con aire burlón.

—Sí, pero no estamos hablando de mí, ¿verdad?

Al menos eso consigue arrancarle una pequeña sonrisa, y me alegra poder aliviar aunque sea una pizca de la carga que lleva sobre los hombros. Nunca pensé que haría algo así por él.

Joder, si alguien me hubiera dicho que acabaría cogiéndole cariño a Quinton de Haas, y mucho menos que me gustaría, lo habría llamado mentiroso de mierda en el acto.

Sin embargo, de algún modo, los muros que he levantado para mantener fuera de mi vida a tipos como él se están derrumbando, ladrillo a ladrillo.

Sé que no tengo tiempo para el rompecorazones divertido y sexi con corazón de oro, ni para cualquier otra tontería que la gente escribe en las novelas románticas para hacer suspirar a las chicas.

No es para eso para lo que estoy en Leighton.

Estoy aquí por el hockey, para aprobar las asignaturas y sacarme la carrera.

Quizá incluso para buscar trabajo si no recibo ninguna oferta de un equipo de la NHL, aunque papá y Louis Spaulding, el antiguo agente del entrenador, ya llevan tiempo insistiéndome con lo del contrato.

Todo esto viene a decir que tengo cosas mucho más importantes que hacer que preocuparme por mi vida sentimental. No es que Quinton y yo estemos saliendo, ni mucho menos, aunque ahora mismo pueda parecerlo.

Porque aquí estoy, haciendo cosas que haría con un novio (patinar sobre hielo, subir a una noria y mantener conversaciones profundas y significativas) cuando lo único que somos es amigos con derecho a roce.

En algún momento entre aquella noche en el baño de la fraternidad y ahora, las líneas se han difuminado. Al menos para mí, porque, en mi cabeza, lo que estamos haciendo ya no tiene sentido.

Y, sin embargo, soy incapaz de ponerle freno.

—¿Adónde te has ido? —pregunta, interrumpiendo mis pensamientos.

Me ha pillado.

—A ninguna parte.

La expresión de su cara me dice que no me cree.

—Oak, puede que no lo sepas, pero mientes fatal.

—Es solo que... Las vistas son muy bonitas. Eso es todo.

Sus ojos vuelven a posarse en el horizonte mientras nos balanceamos por tercera y última vez.

—Lo son. Sean como sean mis padres, tuve suerte de crecer aquí. —Levanta el brazo y señala uno de los rascacielos a unas manzanas de distancia—. Justo ahí. Un ático en el centro de Chicago. Es más de lo que la mayoría de los niños podrían soñar, ¿verdad?

Asiento y le doy un apretón en la mano.

—Entonces, ¿por qué parece que hay un pero rondándote por la cabeza?

Niega.

—No hay peros. Nunca me faltó nada. No en lo básico.

Tenía un techo sobre mi cabeza y siempre estaba bien alimentado, por lo general con una comida de cinco platos que preparaba nuestro chef, y llegaba puntualmente todos los días a mi elegante colegio privado gracias a mi chófer personal.

—Hace una pausa y repite—: Nunca me faltó nada.

Excepto que, por la forma en que lo dice, hay una cosa que sí le faltó. Y que, por lo visto, la deseaba con desesperación.

Amor.

Y eso me rompe el corazón en mil pedazos.