Más allá del hielo 13. Oakley #3
36%

13. Oakley #3

Un gemido que me apresuro a cortar, robándole el aire directamente de los pulmones. Eso solo hace que vuelva a gemir contra mi boca, y yo me lo trago entero.

Su lengua se cuela entre mis labios y lucha contra la mía mientras seguimos elevándonos, cada vez más cerca del clímax inminente.

Hago girar la palma alrededor de las puntas en el movimiento ascendente, recogiendo el líquido preseminal que se nos escapa y extendiéndolo a lo largo de ambos.

Sus caderas se mueven por reflejo, follándose mi mano mientras nos masturbo de abajo arriba y de arriba abajo.

Jadea, persiguiendo su propio clímax, mientras yo me pierdo en la sensación de su polla deslizándose contra la mía.

Balanceo las caderas contra las suyas, respondiendo a cada embestida mientras jadea contra mis labios.

—Estoy muy... Estoy muy cerca —murmura—. Voy a correrme.

Yo también, al borde del éxtasis, me inclino y le recorro el cuello con la lengua.

—Pues córrete —le susurro al oído y le muerdo el lóbulo.

Noto cómo le palpita la polla en la palma de mi mano y contra la mía y, sin previo aviso, me muerde en el hombro. Deja escapar un gemido grave y me hinca más los dientes. Con tanta fuerza que podría llegar a hacerme sangre y seguro que me dejará otra marca.

Pero no me importa, porque los sonidos que emite al correrse lo valen. Esos gemidos obscenos y eróticos se me quedarán en la cabeza durante todos los días que pasen entre un encuentro y otro.

La corrida se escurre entre mis dedos y se mezcla con el lubricante que cubre nuestras pollas mientras sigo moviendo el puño sobre ambas, acercándome al orgasmo.

No tardo en correrme justo después de él, y el dolor que me provoca su mordisco me catapulta al vacío.

Me retuerzo y me sacudo en la caída mientras el orgasmo se apodera de mí y me corro con más intensidad que en toda mi vida.

Me suelta el hombro y se deja caer sobre el colchón, satisfecho y agotado. Apoyo la cabeza en el hueco de su hombro, me deslizo hasta desplomarme sobre su cuerpo y quedamos pegados de la cabeza a los pies por el semen pegajoso que nos une.

—No te estoy aplastando, ¿verdad? —murmuro. La pregunta es más una cortesía que otra cosa, porque, aunque lo estuviera haciendo, dudo que pudiera moverme ahora mismo.

—No —jadea. De él se escapa una risa entrecortada y sin aliento—. Joder, y esto ni siquiera ha sido sexo propiamente dicho, pero, aun así, eres, sin duda, la follada más increíble de mi vida.

Sí, tengo que darle la razón. Y eso es un problema. Por mucho que haya disfrutado de lo que acaba de pasar, sé que hay muchas posibilidades de que la única razón por la que estamos liándonos (una superstición de los cojones) no vaya a durar.

Lo que significa que no quiero correr el riesgo de acostumbrarme demasiado.

Me aclaro la garganta; la repentina opresión en las vías respiratorias me dificulta encontrar una respuesta. Responder simplemente «tú también» debería ser bastante fácil, sobre todo porque ha dado de lleno en la química que hay entre nosotros, pero las palabras no me salen.

En su lugar, digo otra cosa.

Algo peor.

—Tengo que irme.

Me levanto de golpe en cuanto lo digo y enseguida intento arreglarlo.

Pero me detengo cuando la expresión de Quinton capta mi atención.

El breve destello de dolor que le asoma en el rostro basta para que me arrepienta al instante.

Aun así, sigo cavando mi propia tumba, hundiendo el cuchillo cada vez más.

—Eh... Ya hemos cumplido con la superstición o con lo que sea esto.

Al menos, supongo que con esto basta. Así que me voy a casa.

A dormir. Mañana tenemos un partido importante, ¿sabes?

—Tropiezo con las palabras y casi me atraganto con ellas, deseando darme una patada a mí mismo con cada frase amarga que me sale.

Más aún cuando veo cómo la neblina del posorgasmo desaparece de su cara y la sustituye una máscara de indiferencia.

«Dios, soy un capullo».

Lo peor de toda esta situación es que sigo completamente desnudo y cubierto de nuestro semen, lo que no hace sino aumentar la vulnerabilidad que siento. Así que recojo los calzoncillos del suelo, donde la había tirado, y me la pongo antes de buscar el resto de la ropa.

—Sí —dice Quinton despacio, y detecto una mezcla de irritación y decepción en su voz. Los ojos le arden con ambas emociones mientras me pongo la camiseta y me subo los vaqueros. Me observa en silencio, y eso me hace sentir como si siguiera completamente desnudo ante él.

—Vale, genial. —Hago una pausa, buscando los zapatos, solo para darme cuenta de que están en el sitio más obvio: junto a la puerta, donde me los quité al llegar.

«Por el amor de Dios, aguanta cinco segundos más».

«Coge los zapatos y lárgate».

—Oakley —me llama, interrumpiendo mis pensamientos.

Se me tensa la espalda, pero lo ignoro y me dirijo hacia la puerta de la habitación.

Tengo ya los dedos en el pomo cuando una mano se posa en mi hombro, dejándome clavado en el sitio.

Aprieto el pomo con tanta fuerza que casi podría arrancarlo, pero soy incapaz de moverme.

De respirar. De hacer otra cosa que no sea quedarme quieto y esperar a que hable.

Un momento después, me suelta, y el aire fresco que me roza la piel donde ya no está su tacto hace que me vuelva hacia él.

Al instante, desearía no haberlo hecho. Porque, en lugar de la ira que esperaba, encuentro en su rostro el dolor persistente del rechazo.

Él también debe de saber que se le nota, porque aparta la mirada cuando nuestros ojos se cruzan.

—Buena suerte mañana —susurra antes de alejarse de mí—. Aunque no te va a hacer falta.