Más allá del hielo 14. Oakley
38%

14. Oakley

OAKLEY

DICIEMbrE

Así que, a pesar de haber salido corriendo como un gilipollas después de nuestro primer polvo, la teoría de Quinton funciona.

No debería sorprenderme, ya que yo también creo bastante en las supersticiones, al menos en lo que se refiere al hockey. Pero sigo completamente en shock cuando, al final del partido contra Fall River, el marcador muestra que hemos ganado. Y por goleada.

Y, más tarde, esa misma noche, después de disculparme varias veces por mi huida precipitada de la noche anterior, volvimos a poner a prueba la superstición. Solo que esta vez me tocó a mí recorrer con la lengua cada centímetro de la polla de Quinton.

Al día siguiente ganamos el partido por cuatro a uno, y yo marqué un puto hat-trick .

Al principio pensé que era una coincidencia, que tal vez el equipo por fin estaba empezando a funcionar como una unidad cohesionada y a jugar bien en conjunto, y que no tenía nada que ver con el pequeño pacto que Quinton y yo habíamos hecho.

Pero, a medida que pasa el tiempo y seguimos ganando, sé que ha llegado el momento de creer en esta pequeña superstición.

Hemos sumado seis victorias más en las últimas tres semanas y podemos decir con seguridad que nuestro plan le ha dado la vuelta por completo a la temporada.

Incluso tenemos a toda la NCAA pendiente de nosotros y, por suerte, ya no tiene nada que ver con acusaciones de dopaje o de esteroides.

No; ahora nos llaman «los chicos de la remontada», y todo el equipo lo está disfrutando y aprovechándolo como combustible para seguir dándolo todo.

En este punto de la temporada solo quedan unos pocos partidos antes de que empiecen las vacaciones de invierno y, aunque me resulte raro admitirlo, estoy un poco preocupado.

Con la racha que llevamos, me aterra que podamos perder este impulso al entrar en el nuevo año y en la segunda mitad de la temporada.

Pero aún nos queda una semana y media de clases, entrenamientos y partidos, así que me niego a darle vueltas al asunto.

En vez de eso, me concentro en el presente y en el hombre desnudo que tengo delante, a punto de vestirse después de nuestro último revolcón entre las sábanas.

Recorro con la vista los músculos cincelados de su espalda, cubiertos de tatuajes intrincados, hasta llegar a su culo desnudo y terso.

Todavía puedo distinguir la leve marca de mi mano, donde le he agarrado con fuerza una de las nalgas mientras me follaba la boca.

«Sí, sin duda voy a echar de menos estas vistas».

Un efecto secundario típico del sexo de verdad. De ese sexo alucinante, de primera, que solo ocurre cuando la química entre dos personas es perfecta. Todo lo relacionado con la otra persona se vuelve adictivo.

Además, esta pequeña teoría ha hecho que seamos mucho más espontáneos el uno con el otro, tanto dentro como fuera del hielo. Justo lo que pensábamos: estamos descargando toda nuestra agresividad en la cama y ahora nos llevamos más o menos bien.

Pero solo más o menos.

—Siento que me miras como si fuera un trozo de carne —me suelta Quinton, sin siquiera volverse, mientras se pone unos pantalones cortos de deporte, sin ropa interior.

Es algo que hace a menudo, y resulta mucho más sexi de lo que debería.

O de lo que sería justo, cuando se da la vuelta y veo cómo le cae la cinturilla baja, dejando al descubierto esa puta V que nunca falla a la hora de ponérmela dura.

Y los tatuajes.

Esos. Putos. Tatuajes.

Nunca me han gustado los chicos tatuados, al menos no tanto como Quinton, que los lleva por todo el cuerpo.

De hecho, antes pensaba que le daban aspecto de delincuente, lo que no hacía más que reforzar su actitud temeraria y su forma de ser.

Ahora, después de ver de cerca cada una de esas obras de arte y de haber recorrido con la lengua cada línea de tinta que le cubre la piel, me doy cuenta de que estaba equivocado y de que los tatuajes se han convertido en mi nuevo fetiche. Al menos cuando se trata de él.

El cráneo de carnero que lleva en la parte alta de la espalda y en los hombros es una barbaridad de sexi. Tiene un estilo casi de boceto, con trazos descuidados, pero el sombreado y la profundidad son impecables. Y, en cuanto a por qué un carnero... Bueno, es porque es Aries.

A veces es así de sencillo.

Quizá por eso me gustan: porque puedo ver pequeños fragmentos de quién es a través de las obras de arte que lleva en el cuerpo. Atisbos de cómo es, tatuados en la piel para que todo el mundo los vea.

De todos, mi favorito es el que lleva en el muslo. Es un reloj antiguo roto, de esos con números romanos. Todo el mecanismo interno, los engranajes y la maquinaria, asoman entre los huecos de las piezas rotas, y los fragmentos parecen perforarle la piel.

Nunca le he preguntado qué significa, pero cada vez que lo toco o lo recorro con los dedos, sé que encierra algo.

De repente, un calcetín me da en la cara, interrumpiendo el festín visual.

—No soy un trozo de carne —repite, aunque el tono juguetón de su voz me deja claro que le importa un comino que lo mire con deseo. Por cómo aprieta el culo, diría que, en realidad, lo está disfrutando.

—Mmm —murmuro, con un gruñido que me sale de lo más hondo del pecho—. Una pena, porque estás para comerte.

—Me alegra saber que te atraigo. —Se ríe entre dientes—. Por un momento, me había preocupado.

Frunzo el ceño mientras lo sigo con la mirada por la habitación.

—¿Qué? Claro que me atraes. ¿Por qué ibas a pensar lo contrario?

Me mira desde donde está, agachado para recoger una camiseta del suelo, y me lanza una de esas miradas de «vamos, Reed, no me jodas», con las cejas arqueadas y todo.

—No es que hayas puesto las cosas fáciles con todo este.

.. —agita los brazos— panorama. En todo caso, los papeles deberían haberse invertido y tú tendrías que haber sido quien me persiguiera, que ya sabías que te gustaban los tíos.

Al menos, así pasa en las películas y en todas esas mierdas.

El chico gay que se enamora del amigo hetero. ..

—Nadie se está enamorando y no somos amigos.

Su expresión se endurece un poco antes de soltar el comentario sarcástico.

—Ah, claro. Tienes razón. ¿Ves? Esto es exactamente a lo que me refiero. ¿Por qué ibas a mostrar algo de cariño cuando puedes seguir siendo un capullo?

Sonrío burlón y asiento con la cabeza.

—Ahora lo vas pillando.

Pone los ojos en blanco.

—Como te decía... Prácticamente tuve que rogarte para que te acostaras conmigo, e incluso cuando aceptaste, casi te echaste atrás en el último momento.

—Hace una pausa, se pone la camiseta y se deja el pelo revuelto, desordenado y sexi—.

Pensé que quizá no te atraía. Ya sabes, eso de «no está tan interesado en ti».

—Claro que no era eso. —Me recuesto contra la pared, sonriendo—. Supongo que solo necesitaba que me convencieras un poco.

Una sonrisa burlona se le dibuja en los labios, y resulta obscena.

La mirada le arde cuando avanza con sigilo hacia donde estoy tumbado, en su cama, y no se detiene hasta montarse sobre mí y sentarse a horcajadas sobre mi cintura.

Al instante, se me endurece con la nueva postura y, aunque no han pasado más de veinte minutos desde que me he corrido sobre el pecho de Quinton, está claro que no me importaría repetir antes de irme a casa.

Lástima que seguramente eso vaya contra las reglas. Mis reglas, pero reglas al fin y al cabo.

—O —dice, apoyando las palmas en la pared a ambos lados de mi cabeza—, solo querías que me lo ganara.

—Ah, claro. No pensaba convertirme en una de esas pucktillas que se acuestan contigo a la primera, solo por echar un buen rato.

—¿Por qué te empeñas en hacer que parezca un puto mujeriego?

Frunzo el ceño.

—Eh, ¿porque, en cierto modo, lo eres? La prueba es la forma en que te estás restregando contra mi polla como una stripper en un baile erótico.

Y así es. No me he dado cuenta de cuándo ha empezado a hacerlo, pero, en algún momento entre entonces y ahora, ha debido de notar que me estaba empalmando y ha decidido jugar conmigo. Su sonrisa diabólica lo confirma.

—No sé de qué estás hablando.

—Mmm, seguro que no —murmuro antes de empujarlo para recolocarme la erección—. Ahora tengo que esperar a que se me baje para poder irme.

Se ríe y enseña esos estúpidos hoyuelos al apoyarse contra la pared, a mi lado.

—Entonces cuéntame algo de verdad. Para matar el tiempo hasta que decida portarse bien.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Dices que a mí solo me interesan la diversión, el sexo y las superficialidades, pero tú tampoco me has dejado ver nada más allá de eso. —Se encoge de hombros—. Así que, si vas a darme lecciones, más te vale...

Ahora soy yo quien pone los ojos en blanco.

—Sí, sí. Lo pillo.

Pero la verdad es que no tengo claro que quiera hacerlo.

Se supone que esto es solo sexo. Sin sentimientos ni todas esas mierdas. Joder, quizá no debería haber empezado a quedarme después. Pero lo hice porque la forma en que me miró cuando salí corriendo de aquí la primera vez me hizo sentir como una mierda.

—Tierra llamando a Oakley.

Sacudo la cabeza para librarme de los pensamientos que me rondan y lo miro.

—¿Sí?

—Elige algo que contarme.

Uf.

—¿Para qué? Ya se me ha bajado. Puedo irme.

Me ignora y sigue empeñado en sonsacarme algo.

—Elige algo fácil. Por ejemplo... ¿por qué te importaba tanto ser capitán?

Arqueo las cejas.

—¿Y por qué querías serlo tú?

—Porque te cabrea —responde, con una sonrisa irónica en los labios—. Buena evasiva, por cierto. Te toca. ¿Por qué te importaba tanto ser capitán?

«Joder».

No me interesa entrar en esto. No es para lo que estoy aquí. Y estoy a punto de decírselo, para dejar claro que no tiene sentido que nos conozcamos a este nivel cuando no somos más que... enemigos con derecho a roce.

Pero entonces aparece esa expresión en su cara. La misma que vi la primera noche, cuando me marché, y vuelve a golpearme de lleno en el pecho.

Rechazo.

Y no puedo permitir que se sienta así. Ya no, y menos por mi culpa.

«Menuda mierda».

—Yo... —balbuceo, sin saber por dónde empezar—. Supongo que era algo que se esperaba de mí.

—¿Porque eres el sobrino del entrenador?

No hay odio ni sarcasmo en la pregunta, pero aun así se me eriza la piel.

—No en el sentido que tú crees. Mi padre y él llevan preparándome desde pequeño para ocupar el puesto de capitán y ser un modelo a seguir. Lo llevo en la sangre, literalmente; es un legado que quería continuar.

—Entonces, ¿era por ellos y no por ti?

—También era por mí, porque eso forma parte de quién soy. He construido mi carrera siendo el compañero que anima a los demás, anteponiendo el éxito del grupo al mío. —Niego con la cabeza—. Suena estúpido...

—No —dice, interrumpiéndome. Cuando lo miro a los ojos, veo sinceridad en ellos—. Te lo juro, no suena estúpido.

Su comprensión me anima a seguir hablando, a ir un poco más al fondo.

—Supongo que solo quiero seguir avanzando. No quiero seguir siendo el hijo de Travis Reed o el sobrino de Trevor Reed. Quiero hacerme un nombre propio, dejar mi huella en la liga como Oakley Reed, un pedazo de jugador de hockey. Con méritos y títulos ganados por mí mismo.

Me mira como si me hubiera salido un tercer ojo en medio de la frente, y eso me pone nervioso.

—¿Qué?

—Solo intento entenderte —se humedece los labios, claramente midiendo lo que va a decir. Es algo que he notado que hace mucho últimamente, y creo que es para no decir algo que pueda molestarme.

—Sigue —lo animo, aunque a regañadientes.

—Es solo que... —Hace una pausa—. Dices que no quieres todas esas cosas por tu familia, pero es precisamente por eso por lo que las quieres. Y resulta confuso.

—Las quiero si me las he ganado —lo corrijo—. Quiero sentir que todo lo que ocurra en mi carrera sea porque me lo he currado yo, no por mi apellido.

De pronto es como si se le encendiera una bombilla, y se incorpora un poco más.

—Dios mío. Por eso me pegaste cuando estábamos en el instituto, ¿verdad? Porque estaba burlándome de ti, diciéndote que solo habías llegado donde estabas por tu apellido, y eso es justo lo que menos soportas.

«Bingo».

—Más o menos, sí —confieso con un suspiro—. A partir de ahí no fue difícil seguir echando leña al fuego.

—Vaya, mierda. —Niega con la cabeza antes de soltar una risa irónica—. Esta boquita mía a veces me mete en más problemas de los que debería.

—¿Y eso lo descubres ahora?

Asiente.

—¿Cómo es eso que dicen? ¿Que el primer paso es darse cuenta?

—¿Y esperas que me crea que quieres cambiar? ¿En serio? ¿Tú?

—Oye, no me he peleado desde que empezamos con esta superstición —protesta.

Es verdad. Ha controlado mucho su temperamento en el último mes, aunque yo lo atribuiría a que ha tenido sexo más a menudo y ha saboreado la victoria, no a que sea un hombre nuevo. Pero sigo concediéndole el beneficio de la duda, aunque solo sea para que se quede tranquilo.

—Sí, sí. Ahora eres todo un pacifista, De Haas.

—Para reconocer a uno hay que serlo, ¿no?

No puedo evitar poner los ojos en blanco.

—Claro.

Juraría que le pone que le responda con sarcasmo o con brusquedad, porque siempre me sonríe como un idiota cuando lo hago. Con hoyuelos y todo.

Quizá sea porque le doy exactamente la reacción que anda buscando. Siempre está pinchándome.

Pero la sonrisa se le va borrando poco a poco mientras sigue mirándome, estudiándome como si fuera un libro de estrategias. No sé qué busca cuando hace eso; solo sé que debe de encontrarlo cuando una expresión solemne le ensombrece el rostro.

—¿Oak?

Intento que el apodo no se me clave en el pecho, pero lo consigue de todos modos, acomodándose detrás de las costillas.

—¿Sí?

—Solo quiero que sepas que... lo siento. —Hace una pausa y se aclara la garganta—. Ya sabes, por todas las tonterías que dije entonces.

El tono sincero que usa basta para ponerme nervioso. Porque esto no es lo nuestro: disculpas a media voz y conversaciones profundas con significado. Y precisamente por eso vuelvo a refugiarme en el tono burlón.

Donde me siento cómodo. Donde se supone que debemos quedarnos.

—¿Solo entonces? —pregunto, arqueando una ceja—. ¿No durante los últimos tres años?

Una sonrisa socarrona le curva los labios y deshace la tensión.

—Bueno, los dos sabemos que en parte te lo merecías.

Y así, cuando lo empujo por el hombro y casi lo tiro de la cama, volvemos a lo de siempre. Los dos nos echamos a reír.

—Pues acabas de perder tu oportunidad de que te pida perdón por haberte dado un puñetazo. Porque, desde luego, te lo merecías.