Más allá del hielo 13. Oakley #2
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13. Oakley #2

Ambos gemimos cuando presiona las caderas contra mí y el grueso bulto de su polla roza mi propia erección. La presión, combinada con el calor de su boca a un suspiro de distancia, hace que me arda todo por dentro.

—Y, por lo que noto —vuelve a mover las caderas contra las mías—, a ti también.

«¿Que si me parece bien?».

Pues sí. Repitiendo sus palabras: me parece la hostia de bien.

—Esto se te da de puta madre —le susurro, mordisqueándole el cuello, porque me trae por la calle de la amargura—. ¿Cómo puede ser? Solo llevas cinco minutos interesado en los tíos.

—Mmm, sí, que tú sepas —bromea, pellizcándome un pezón por debajo de la camiseta.

Y, una vez más, ese pequeño gesto va directo a mis huevos—.

Pero el sexo es sexo, Reed. No necesito experiencia con un tío para saber cómo liarme con uno.

Sé lo que me gusta, así que es muy probable que a ti también te guste.

Me aparto lo suficiente para mirarlo a los ojos, sorprendido por lo que acaba de decir.

—¿Y has aplicado la misma teoría a las mamadas?

Me mira, avergonzado.

—Sí, ¿me equivoco?

Me río y niego con la cabeza, atrayéndolo hacia mí para darle otro beso intenso y volver a deslizar las manos por dentro de su sudadera.

Aferrándome a sus músculos firmes, dejo que mis dedos bajen un poco más mientras él me mete la lengua en la boca con más insistencia.

Espero que se estremezca o se aparte cuando mi dedo le roza apenas la entrada, pero lo único que hace es gemir y besarme con más hambre.

Así que sigo adelante.

Habíamos dejado claro que nada de anal, y me parece bien.

Como alguien que es activo la mayoría de las veces, puedo respetarlo.

Pero quizá esté dispuesto a jugar con la puerta de atrás sin que mi polla entre en escena.

Despacio, presiono con el dedo contra el estrecho anillo, masajeando un poco la abertura mientras empujo con suavidad para abrirme paso.

—Joder —gime, apartando la boca de la mía. Le arden los ojos de lujuria mientras jadea—. Tú. Yo. Habitación. Ya.

Me relamo los labios y sonrío, sobándole el culo con la palma de la mano.

—¿Crees que aquí eres tú el que manda, De Haas?

Nuestras miradas se cruzan, desafiantes, como suele pasar cuando estamos a punto de enzarzarnos en una de nuestras discusiones. La sonrisa que le curva la boca es lasciva, cargada de promesas deliciosamente pecaminosas.

—Hasta que me demuestres lo contrario, sí, eso creo.

No me da ni un segundo para responder: me agarra de la muñeca y me arrastra por el pasillo hacia su habitación.

—Hay quien no sabe lo que es la paciencia.

En cuanto cruzamos el umbral, cierra la puerta de una patada y me empuja hacia la cama.

Tiene los labios en carne viva por el beso, el cuello enrojecido por donde la sombra de mi barba y mis dientes le han arañado la piel, y el pelo revuelto por culpa de mis dedos, que se han enredado una y otra vez en sus mechones largos y suaves.

Jamás ha estado más sexi.

—Nunca he dicho que fuera una de mis virtudes, Reed. Ahora quítate la ropa.

Se me forma un nudo en el estómago cuando se quita la camiseta y la tira al cesto de la ropa sucia que hay en el armario.

Quedan al descubierto unos músculos firmes y una piel suave cubierta de tatuajes y, al instante, los pocos nervios que me quedaban desaparecen por completo.

En su lugar, al verlo semidesnudo, una descarga de adrenalina me va directa a la polla.

Recorro con la mirada y memorizo cada centímetro de su cuerpo, deteniéndome en los tatuajes que le cubren la espalda y los brazos, intentando decidir cuál quiero explorar primero.

Algo que nunca había imaginado hacer con él, igual que tampoco había imaginado las imágenes obscenas que ahora mismo me atraviesan la cabeza.

Pero, mientras nos mantengamos dentro de los límites de este acuerdo, nada me impide hacer todo lo que me dé la gana.

Me quito la camiseta y la dejo caer al suelo, a los pies de la cama. Me llevo las manos al cinturón con prisas, mientras el deseo me recorre el cuerpo y lucho por sacar la correa de cuero de la hebilla.

Quinton ya se ha quedado en calzoncillos y me observa divertido mientras yo me las veo y me las deseo.

—¿Te ayudo?

El tono burlón de su voz me pone de los nervios y hundo los dientes, casi sin darme cuenta, en la parte blanda del interior de la mejilla, en un intento de no dejar que me saque de quicio cuando sé que, en realidad, no pretende fastidiarme.

La risa grave de Quinton flota por la habitación mientras me aparta las manos para desabrocharme el cinturón, ignorando la mirada poco amistosa que le lanzo. Pero a él no le afecta; no se deja intimidar.

Sus movimientos son lentos, pero metódicos, y, joder, no sabía que tener a alguien desnudándome podría resultar tan seductor. Pero la forma en que me recorre con la mirada aviva la lujuria bajo mi piel desnuda y, para cuando me deja expuesto ante él, ya estoy ardiendo.

Entonces se quita la última prenda y deja al descubierto una erección larga, gruesa e impresionante, y siento que me abraso vivo.

—Ven aquí —le ordeno con la voz ronca.

Lo agarro por la nuca y arrastro su boca hacia la mía. Nos fundimos en un beso apasionado mientras se tumba sobre mí en el colchón. Cada movimiento de sus caderas y cada jadeo contra mis labios me llevan al borde de la locura por el deseo que siento.

No recuerdo haber deseado a nadie tanto como deseo a Quinton en este momento.

Hundo las yemas de los dedos en su culo y lo atraigo hacia mí antes de cambiar nuestras posiciones para quedar encima. Al mando. Justo donde me gusta estar.

—Mmm, ahí está —me susurra con voz ronca antes de morderme el labio—. Sabía que había un luchador ahí dentro.

Quinton aprovecha ese momento para volver a apretar las caderas contra las mías, frotando su erección desnuda contra la mía.

—¿Lubricante? —le pregunto con voz ronca, inclinándome hacia la mesita de noche antes de que pueda confirmarme que lo tiene ahí.

Y así es, de modo que enseguida desenrosco el tapón y me echo el líquido en la mano, sobre la erección dolorida.

Él se queda mirando cómo me ocupo de ello y, donde esperaba encontrar miedo, arrepentimiento o incertidumbre, lo único que veo es deseo.

Deseo y una curiosidad feroz.

Cuando le envuelvo la polla con la mano, con el lubricante deslizándose entre mis dedos y a lo largo de toda su extensión, inhala de golpe.

—Dios, me encanta sentir tu mano encima.

Cuando vuelvo a colocarme sobre él, sonrío al pensar que, si esto le gusta, lo que viene a continuación le va a parecer de otro mundo.

Pero que me maten si antes no consigo que me suplique.

Me tomo mi tiempo para cubrirlo bien, provocándolo y burlándome de él con cada caricia. Aprendo cómo le gusta, cómo quiere que lo toque. Archivo en la memoria cada respiración entrecortada y cada gemido torturado, como si no fueran a quedarse grabados ahí para siempre cuando todo esto termine.

—Eres muy escandaloso en la cama —murmuro, inclinándome para morderle la clavícula cuando deja escapar otro gemido de placer.

—Tan observador como siempre.

—Mmm —murmuro, frotando mi rabiosa erección contra su cadera mientras sigo masturbándolo—. ¿Por qué no me sorprende?

Gira la cabeza y me roza la piel con los labios.

—¿Eso va a ser un problema? —jadea.

¿Un problema? Claro que no, joder.

Mi pareja favorita en la cama es la que se expresa.

Sobre lo que le gusta y lo que no, claro.

Pero lo que de verdad me gusta es oír lo bien que estoy haciendo sentir al otro.

Hay algo poderoso y estimulante en tener el control suficiente para hacer que lo pierda por completo. Es algo que, literalmente, me pone.

Así que no, no me molesta que sea escandaloso en la cama. Esta puede ser una de las pocas veces en que disfrute de verdad de la necesidad constante de Quinton de hablar y balbucear como un idiota.

Niego con la cabeza y me acerco a su boca, dejando que mis labios rocen los suyos.

—En absoluto. Solo quería que lo supieras.

—Oh, sé que lo soy. —Se ríe, hundiéndome una mano en la nuca—. ¿Por qué crees que te he traído aquí? Sabía que Hayes no estaba y que podía hacer todo el ruido que quisiera.

En lugar de responder, sigo explorando su cuerpo mientras lo acaricio, y mi propia erección continúa frotándose contra el hueco de su cadera como si fuera un animal en celo.

—Oh, joder. —Se le escapa un gemido entrecortado y ansioso; está tan excitado y tan salido como yo.

Ahora mismo no hay rivalidad. No hay odio ni enemistad entre nosotros. Todas las cosas horribles que nos hemos dicho dejan de existir en esta habitación cuando estamos excitados, desnudos y sudorosos, persiguiendo un placer que solo el otro puede darnos.

Y lo perseguimos, joder. Vaya si lo hacemos.

Sus manos están por todas partes: en mi espalda, apretándome el culo, agarrándome del pelo con tanta fuerza que podría arrancármelo... Se mueven, arañándome la piel, buscando sujetarse a mí mientras yo lo masturbo de abajo arriba. No deja de marcarme ni un segundo mientras se entrega por completo.

A mí. A mi tacto. A nosotros, juntos, así.

Y no lo culpo, porque yo estoy haciendo exactamente lo mismo.

Pero por mucho que me haga disfrutar con su cuerpo pegado al mío, no es suficiente. Quiero más. Quiero que se retuerza debajo de mí, que me suplique correrse mientras yo lo llevo cada vez más cerca. Quiero su aliento contra mis labios y su lengua peleando con la mía.

Quiero la fricción. La presión. Incluso la agresividad y la ira. Algo más que esto.

Así que lo tomo.

Me muevo para envolvernos a los dos en mi puño, sintiendo el calor de su polla contra la mía mientras acaricio ambas a la vez antes de apretar un poco más. Es exactamente lo que buscaba, la fricción que quería. Y esa presión me lanza una descarga de lujuria por todo el cuerpo.

—OhDiossantojoder —gime de una sola vez.