13. Oakley
OAKLEY
No soy de los que se ponen nerviosos por algo como el sexo, pero cuando Quinton abre la puerta de su apartamento, se me revuelve el estómago con el mismo nerviosismo de antes, cuando intenté echarme atrás y mandar a la mierda todo este plan.
Solo que ahora nace de una mezcla de expectación y ansiedad.
No sé qué tiene que me pone así de nervioso.
Quizá sea porque, cuando salgo con un chico, casi siempre soy yo quien da el primer paso. Me acerco a él, me lo ligo en un bar o en una discoteca. Le envío el primer mensaje si busco un rollo rápido en Toppr, una aplicación para ligar pensada para la comunidad gay.
Así es como me siento más cómodo: al mando, con el control, llevando la iniciativa.
¿Pero esto? ¿Planificar un polvo? ¿Decidir el cuándo y el dónde, y hacerlo además según las condiciones de otra persona? ¿Dejar que sea otro quien dé el primer paso? Y, para colmo, ¿que ese otro sea Quinton?
Me ha descolocado. Y no de esa forma divertida, nueva y emocionante.
Se parece más bien a esa sensación extraña que tienes cuando estás a punto de follar por primera vez: más expectación de la que resulta saludable y, aunque sepas lo que haces gracias a la cantidad obscena de porno que has visto, se te olvida todo en el momento en que os quedáis a solas.
—Hayes se ha ido el fin de semana —comenta Quinton, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Hayes? —La vista se me va hacia la mano con la que está echando el pestillo, y mi cuerpo se estremece aún más.
—Mi compañero de piso.
«Ah, claro».
Pensé que viviría solo, ya que la familia De Haas tiene más dinero que nadie y prácticamente posee media Chicago. Entonces, ¿por qué iba alguien a querer un compañero de piso en la universidad si puede permitirse vivir solo?
Lo añadiré a la lista de cosas en las que estaba completamente equivocado sobre Quinton de Haas.
Me cuesta tragar saliva cuando levanto la vista y me encuentro con sus ojos.
Cuando se acerca y se planta frente a mí, el calor que desprenden es abrasador, igual que antes del entrenamiento.
Sus labios siguen enrojecidos e hinchados por mi beso en el vestuario y, por cómo me mira la boca, los míos no deben de estar mucho mejor.
—Bueno, no... —empiezo a decir, y me aclaro la garganta—. No creo que necesitemos todo el fin de semana.
Sus labios se curvan en una sonrisa ladeada y le marcan un hoyuelo a un lado.
—¿Las escapadas de fin de semana no van contigo? Tomo nota.
—No es lo que acordamos.
—Y tú siempre eres muy estricto con las reglas, ¿no?
«¿En comparación contigo? Siempre».
—Yo...
Su sonrisa se ensancha y el brillo pícaro de sus ojos me deja claro que está tomándome el pelo. O eso creo, porque, aunque no es nada nuevo que Quinton bromee, que lo haga conmigo me hace sentir como si estuviera en una realidad alternativa.
O como si me hubiera vuelto loco.
Por otra parte, este acuerdo al que hemos llegado podría ser una prueba de que, por mucho que nos excite, los dos hemos perdido la cabeza.
—Estás nervioso —murmura mientras se acerca más a mí. Es una afirmación, no una pregunta—. Por eso intentaste echarte atrás después del entrenamiento.
Una vez más, igual que aquella noche en el baño, me alejo de él y de esa aura embriagadora que desprende, hasta que ya no puedo retroceder más.
Mis muslos golpean el sofá y acabo sentado en el reposabrazos de cuero frío.
Quinton me arrincona contra él. Apoya una mano a cada lado de mi cuerpo, muy cerca de mis caderas, y el calor de esa casi caricia me dispara el pulso.
Me odio por querer que me toque con ellas en lugar de sentir el tacto del cuero. Quiero que me empuje hacia atrás y cubra mi cuerpo con el suyo, desnudo o no, mientras nos devoramos una y otra vez.
«Dios, tengo que frenar».
Porque, por mucho que esté preparado para lo que sea que estemos a punto de hacer, eso no cambia lo mucho que lo detesto. Lo único que consigue es aumentar el nerviosismo que él ya ha notado.
Trago saliva, lo miro a los ojos y hago todo lo posible por desviar la atención.
—¿Entiendo que tú no lo estás?
Me observa, parpadea y ladea la cabeza. Ese hoyuelo de los cojones se le marca aún más y, joder, ¿por qué los hoyuelos tienen que ser tan atractivos?
—Estás nervioso.
Me muerdo el labio inferior e intento pensar en una negación mínimamente convincente. Lo último que quiero es ser un libro abierto cuando yo apenas puedo leerlo a él. Por desgracia, no se me ocurre ninguna.
—Sí, lo estoy —admito, aunque a regañadientes—. Pero supongo que soy el único.
Se echa un poco hacia atrás, mirándome a los ojos.
—Estás de coña, ¿verdad?
—No, lo digo en serio. ¿Esto? ¿Tú y yo? Es una locura. —Respiro hondo—. Una parte de mí siente que ha perdido la cabeza solo por haber aceptado. Y que tú parezcas tan cómodo con todo es...
—Te equivocas —me interrumpe. Aparta las manos del cuero para posarlas en mis muslos, y bajo la mirada para ver cómo sus largos dedos se extienden sobre mis vaqueros mientras se coloca entre mis piernas. El calor se filtra a través de la tela justo donde me toca e, instintivamente, busco más.
Deslizo los dedos por la cinturilla de sus pantalones de chándal y tiro de él hacia mí.
Aún me saca una buena cabeza, sigue erguido en toda su estatura y, por primera vez, me siento muy pequeño.
Y no solo por la diferencia de altura. La mera presencia de Quinton es más grande que la vida misma, y me ha arrastrado a su órbita.
«Joder, ¿dónde tengo la cabeza?».
Alzo el mentón para encontrarme con su mirada.
—¿En qué?
—Voy a contarte un pequeño secreto —susurra, paseando los dedos arriba y abajo por la tela de mis vaqueros—. Y, si se lo cuentas a alguien, lo negaré hasta el día en que me muera. Pero, Reed... ahora mismo estoy muy lejos de sentirme cómodo.
Arqueo las cejas ante su intento de tranquilizarme, porque seguro que está mintiendo.
Prácticamente rezuma seguridad y confianza, por no hablar de ese atractivo sexual desmedido.
Esto último resulta demasiado tentador como para no perderme en ello, sobre todo teniendo aún muy presente el recuerdo de su cuerpo pegado al mío, sus músculos duros y la piel suave que podía tocar a mi antojo y. ..
—Sé que quizá no me creas, ya que todo esto ha sido idea mía —murmura, deslizando una mano desde mi muslo hasta el costado—, pero te aseguro que estoy tan nervioso como tú.
—Tienes razón —digo con voz ronca, mucho más grave de lo que me gustaría—. No te creo.
«Ni por asomo».
Niega con la cabeza.
—Al menos tú ya has hecho esto antes. Con otro chico, quiero decir. Mi nivel de experiencia con una polla que no sea la mía se limita a todo lo que hemos hecho juntos.
—Ya es mucho más que el de la mayoría de los bisexuales novatos.
—Otra vez con ese puto término. —Se ríe entre dientes, y el sonido me recorre el cuerpo como una descarga eléctrica—. Hace que me sienta como si volviera a ser virgen.
Esbozo una sonrisa, igual que la que él lleva dibujada en los labios desde hace unos minutos.
—¿Alguna vez has besado a un chico? Aparte de, eh...
«¿Aparte de mí?».
La seguridad de Quinton vacila un poco ante mi pregunta y lo veo tragar saliva antes de negar con la cabeza.
—¿Te sientes cómodo? —le pregunto, desviando la mirada hacia su boca—. Debería habértelo preguntado antes, pero...
Esperaba palabras. Un simple sí o no como respuesta. Pero, en lugar de eso, se inclina hacia mí y acorta la distancia entre nosotros de un solo movimiento, hasta que nuestros labios se encuentran por segunda vez esa noche.
La acción en sí me sorprende, pero no tanto como la caricia suave y arrebatadora de su boca. Su beso es lento y vacilante, cuando yo esperaba algo más descarado, más acorde con la osadía que he llegado a asociar con Quinton.
Es justo lo contrario de cómo nos comportamos el uno con el otro en el vestuario.
Pero la dulzura y la delicadeza no duran ni treinta segundos antes de que me pida más.
Una mano se enreda en mi pelo y me inclina la cabeza hacia atrás, antes de recorrer el contorno de mis labios con la punta de la lengua. Se me entreabren automáticamente y el primer roce de su lengua contra la mía es como una descarga eléctrica directa a las pelotas que me pone en marcha.
Todos mis nervios desaparecen en cuanto pruebo su lengua y le rodeo la cintura con un brazo para atraerlo aún más hacia mí.
Cada vez más cerca, hasta que no queda ni un centímetro de espacio entre nuestros cuerpos.
Hasta que mi espalda cae sobre el cojín de cuero, arrastrándolo conmigo y haciendo realidad la fantasía de antes.
Hasta que su contacto, su sabor, me consumen. Solo él.
Mis manos se cuelan bajo su camiseta y recorren arriba y abajo la suave extensión de su espalda. Se estremece bajo mi tacto, se le pone la piel de gallina y, por alguna razón, esa pequeña muestra de vulnerabilidad me resulta todavía más sexi.
La lengua de Quinton se enreda con la mía al ritmo de sus caderas, mientras me recorre la línea de la mandíbula con el pulgar, con un roce leve como una pluma.
A pesar de la ferocidad con la que me besa, sigue habiendo en él un punto de dulzura, y me doy cuenta de que es precisamente eso lo que me ayuda a relajarme.
No tengo ni idea de cómo sabe que eso va a servirme para no perder los nervios y salir corriendo, o si tal vez no sea más que una coincidencia.
Sea como sea, me acelera aún más el corazón.
Nuestras bocas siguen pegadas mientras retomamos lo que dejamos a medias hace un rato. La ropa lo complica todo, obligándonos a conformarnos con meternos mano por debajo de la cinturilla de los pantalones del otro, tocándonos el culo y explorándonos sin disimulo todo lo que podemos.
Pero para mí no basta.
Y, por la forma en que los ojos de Quinton arden como dos llamas azules cuando aparta la boca de la mía, para él tampoco. Ni mucho menos.
—Por si mi respuesta no ha sido lo bastante clara, no me molesta que me beses —me dice, jadeando contra mis labios—. Me parece la hostia de bien.