12. Quinton
QUINTON
Esta semana, la expectativa ha ido creciendo dentro de mí hasta alcanzar niveles absurdos, y no solo por los partidos contra Fall River de los dos próximos días.
Esa debería ser la razón por la que se me revuelven las tripas mientras me ato los patines para el entrenamiento de esta tarde, pero no lo es.
Es la mirada que noto clavada en el culo al inclinarme lo que me recorre el cuerpo con un cosquilleo traicionero.
Subo un poco el hombro y miro por debajo del brazo, justo a tiempo para pillar a Oakley con la vista fija en mi trasero. Sin duda, está pensando en todas las guarradas que va a hacerme más tarde. Y yo estoy haciendo exactamente lo mismo con él.
Mis labios se curvan en una sonrisa burlona en cuanto se da cuenta de que lo he pillado mirándome, y un leve rubor le sube a las mejillas antes de apartar la vista a toda prisa.
Pero no me basta.
Quiero verle la cara encendida de vergüenza después de pillarlo mirándome con lascivia en el vestuario, con todos nuestros compañeros delante.
Eso le añade otra capa a esta rivalidad que tenemos, al menos en mi cabeza.
En lugar de ver hasta qué punto puedo cabrearlo, veré cuánto puedo hacer que se sonroje.
No me malinterpretes: sigo notando el odio con el que me mira, junto con lo que sin duda es una dosis malsana de animadversión. Pero ahora hay algo más.
Interés, tal vez.
Tensión sexual, desde luego.
Cualquier otra cosa aparte de eso solo complicaría aún más esta nueva relación que hay entre nosotros. Incluso si se trata de una relación de amigos con derecho a roce. O de enemigos.
Por eso sé que esto podría acabar de dos formas.
Esta podría ser la mejor idea que he tenido nunca, y podríamos seguir aprovechando esta racha (y la boca del otro) hasta llegar a la Frozen Four. O esto podría empeorar aún más las cosas entre nosotros, posiblemente volviéndolas más incómodas, y podría hacer que todo se viniera abajo.
En cualquier caso, la expectación es mayor que la de un porreta que está a punto de fumar.
Una mano se posa sobre mi hombro mientras intento sacar las llaves de entre el caos de mi bolsa.
Me sobresalto y casi me muero del susto, porque pensaba que era el último aquí.
Contaba con eso para darle tiempo a Oakley para dejar sus cosas antes de venir a mi apartamento, para que no tuviera que rondar por allí mientras esperaba a que apareciera.
La espera está siendo un suplicio.
Pero cuando me doy la vuelta y lo veo plantado ahí, me pega un susto de muerte y me doy cuenta de que mi plan se ha ido a tomar por culo, y no precisamente en el buen sentido.
Cuando el corazón deja por fin de latirme a mil por hora, lo miro con las cejas arqueadas.
—¿No habíamos quedado en mi casa?
Se mete las manos en los bolsillos de la sudadera y se encoge de hombros. Parece avergonzado, en consonancia con la expresión de culpabilidad que tiene pintada en la cara. Me pone los pelos de punta. Noto un cosquilleo en la nuca.
Noto cómo empiezo a enfadarme.
Me cruzo de brazos.
—Dilo de una vez.
Cierra los ojos marrones y suspira.
—No creo que sea una buena idea.
No debería sorprenderme. En cierto modo, sabía que esto iba a pasar. Que nunca pasaría de la fase de planificación. Pero eso no atenúa mi decepción... ni mi frustración.
Ninguna de las dos tiene mucho sentido, pero ahí están.
Me tiembla la mandíbula de puro cabreo mientras me echo la correa de la bolsa de deporte al hombro.
—Te estás echando atrás.
No lo pregunto, porque no es una pregunta. Es la pura verdad, y se le nota en la cara. En la vacilación de su mirada, en la forma en que sus labios se curvan hacia abajo en una mueca.
Cualquier tensión, sexual o de cualquier otro tipo, que antes irradiaba de él en oleadas ha desaparecido, dejando a su paso... esto. Lo que sea.
¿Arrepentimiento, quizá?
¿Pero arrepentimiento de qué? ¿De haber cortado esto de raíz? ¿O de haber dejado que llegara tan lejos?
De todos modos, no quiero saberlo.
—Mira, yo...
—Ahórratelo. —Suspiro y me pellizco el puente de la nariz para no perder los papeles con él—. De verdad que no quiero oírlo.
Pero no me escucha. Claro. Porque es el puto Oakley, y Dios no permita que escuche una sola palabra de lo que digo.
—Es mejor así. Para todos.
—No, Oak. Solo es mejor para ti. Porque así no tienes que romper ninguna de tus reglas de mierda. —La ira me arde ya con toda su fuerza y, en lugar de contenerla, la avivo aún más—. Es eso, ¿verdad? ¿A eso va a reducirse todo? ¿A tu incesante necesidad de tenerlo todo bajo control?
Su mirada se endurece y pasa de ser chocolate fundido a convertirse en piedra: fría y dura.
—Que te den por culo, Quinton.
—Ese era el plan. —Me encojo de hombros, burlón—. Pero has decidido ser un gallina.
El comentario hace que también se le encienda la mecha y, un instante después, lo tengo justo delante, prácticamente pegado a mi cara y cabreado como una mona.
—No estoy siendo un gallina; se llama pensar bien las cosas. Sopesar las consecuencias —me dice furioso—. Algo que sé que no se te da muy bien, señor Primero los puños.
Un rápido empujón en el pecho me hace retroceder unos pasos y me da la distancia que necesito. Porque sí, el apodo que me puso es más que acertado. Mi mal genio me ha metido en líos más veces de las que puedo contar y sí, primero golpeo y luego pienso.
Pero esto no es una decisión arbitraria sobre el hielo ni una jugada sucia por la que quiera desquitarme.
Es mucho más que eso.
Y que él insinúe que se trata de algo parecido es una puta mierda.
—¿Cómo puedes decir que no me lo he pensado bien?
—grito, levantando los brazos—. ¿Crees que me he levantado un día y he decidido ser gay por una temporada?
¿Para ver si me gusta más la otra acera?
¿Porque pensé que sería divertido estar en el mismo equipo durante un tiempo?
¿Tienes idea de lo ridículo que suena eso?
—Me paso los dedos por el pelo, sin cuidado—.
Joder, creo que he pensado más en lo que significa esto que a qué universidad ir o qué carrera estudiar, que era un camino que básicamente ya estaba decidido.
Aprieta los labios, como si sopesara mis palabras y su valor. Como si tuviera derecho a decidir si son verdad o no. Otra sarta de gilipolleces. Pero, al cabo de unos segundos, cede.
—Quizá, pero ¿has pensado en lo que pasará si esto no sale según tu escenario ideal?
—Se acerca y juraría que está provocándome para que le dé un puñetazo—.
Porque aquí hay muchas cosas que pueden salir mal.
¿Y si odias que te toque otro tío? ¿Y si te das cuenta de que no te gusta?
¿Y si la gente se entera? —dice, encadenando una pregunta tras otra a un ritmo vertiginoso mientras las cuenta con los dedos—. ¿Y si no hay química entre nosotros?
Podría reírme de la última, pero que la utilice como argumento no hace más que cabrearme.
—Imposible —gruño, en voz baja y cargada de rabia—.
Y tú sabes que no es eso. Porque tú también lo has sentido, igual que yo.
En la habitación del hotel, cuando aceptaste hacerlo.
En el pasillo del vestuario, donde pude notar el efecto que tengo en ti.
Y no olvidemos la noche en que empezó todo este lío.
Su rostro es una máscara, indescifrable, cuando me hiere aún más.
—Ojalá pudiera olvidarlo.
Sus palabras ni siquiera son un golpe para mi ego. Es más bien como si me cortaran las alas antes de darle una oportunidad a esto.
Porque, aunque me convencí de que todo este plan tenía que ver con el hockey y con el bien del equipo, no se trata solo de eso. Hacer esto, pasarlo bien, también era una forma de aprender cosas sobre mí mismo. Mis gustos sexuales, por ejemplo.
Y es una putada tener las respuestas a tus preguntas al alcance de la mano, justo delante de ti, y no poder alcanzarlas.
—No lo dudo, ya que ni siquiera puedes mirarme.
Pero, como el mundo no funciona así, decides hacer esta gilipollez.
—Curvo los labios en una mueca de desprecio—.
Por despecho, nada menos. Porque fingir que no pasó y que esto no existe te resulta más fácil que admitir que te gustó. O peor aún, que en realidad te gust...
No tengo ocasión de terminar lo que estaba diciendo antes de que ocurra lo impensable. Oakley me agarra por la nuca y estampa su boca contra la mía.
Una mezcla de sorpresa y excitación me recorre el cuerpo, y mi cerebro, frustrado y cegado por la lujuria, tarda un segundo en procesar el beso. ¿Y cuando por fin lo hace?
Se desata el infierno.
Agarro el cuello de su sudadera, enrollo los cordones alrededor del puño y tiro de él para acercarlo más a mí.
Su lengua se abre paso entre mis labios en busca de la mía y, en el instante en que la encuentra, toda la lujuria y la agresividad reprimidas que he estado sintiendo por él prenden de golpe.
Porque esto es lo que he estado esperando. Lo que he estado deseando desde aquel baño en la fiesta.
Que se rindiera ante mí y ante esa química cuya existencia se empeñaba en negar.
Que admitiera que lo que hay entre nosotros es real. Tangible.
Pero una confesión a través de los actos solo llega hasta cierto punto. También quiero oírla, porque ahora... no hay forma de negarlo.
Aparto la boca de la suya, a punto de pedirle precisamente eso, cuando él me interrumpe antes de que pueda siquiera empezar.
—Tú ganas —dice entre jadeos y gruñidos—. Ahora cállate, Quinton.
En lugar de discutir, sigo su ejemplo y le respondo con otro beso apasionado. Uno que deja claro que ya no hay vuelta atrás.
Ahora solo hay guerra.
Una guerra que se libra con labios y lenguas en lugar de con disparos, pero guerra al fin y al cabo.
Y una guerra que pienso ganar.
Sin embargo, no me lo está poniendo fácil y, mientras luchamos por imponernos el uno al otro (empezando por quién le mete la lengua en la boca a quién), pronto me doy cuenta de que quizá haya dado con la horma de mi zapato.
Nuestras manos se aferran con más fuerza de la necesaria mientras se deslizan bajo la camiseta del otro, en busca del calor del contacto piel con piel, como si eso bastara para impedir que acabemos destrozándonos.
Él se restriega contra mí y yo me aprieto contra él, y nos arañamos como dos animales salvajes.
El deseo puro y carnal alimenta esta batalla, y ninguno de los dos está dispuesto a perder.
Esto es un caos brutal y tremendamente adictivo, que saca a la superficie toda su agresividad reprimida y también la mía.
Creo que podría borrar todo su odio con un beso.
Acercándome aún más a él, lo empujo un poco hasta dejarlo pegado a la puerta del despacho del entrenador. Sin embargo, no me deja llevar la voz cantante durante mucho tiempo, porque invierte nuestras posiciones y me empuja a mí contra la puerta. Con tanta fuerza que me deja sin aliento.
—¿Te gusta un poco brusco, Reed? —le susurro, lamiéndole la comisura de los labios antes de apartarme otra vez—. Porque a mí sí.
Me clava los dientes en la mandíbula mientras sus caderas se aprietan contra mí, arrancándome un gruñido primitivo de lo más profundo del pecho al notar cuánto le gusta ser brusco conmigo.
El contorno de su erección roza la mía y hace que la adrenalina me corra por las venas, y me da igual la rivalidad, el equipo, las victorias o el estúpido trato que hemos hecho. Lo único que me importa es...
—Ni se te ocurra parar.
Suena casi a súplica, pero da igual. Porque Oakley empuja las caderas contra mí una y otra vez, frotando su polla contra la mía con la presión exacta para prender fuego a todo mi cuerpo.
O eso creía, hasta que desliza uno de sus muslos entre mis piernas, separándolas lo suficiente para que, cuando me levanta una y hace que le rodee la cadera, provoque. ..
—Oh, joder —gimo, con un suspiro entrecortado, porque ese nuevo ángulo añade fricción por todas partes. Mi polla está en un paraíso obsceno al frotarse contra su muslo, y las pelotas se me tensan al sumarse a la fiesta.
No han pasado ni cinco minutos y ya ha conseguido que me derrita por él.
—¿Qué te he dicho sobre cerrar la boca, De Haas? —gruñe contra mi cuello, y el tono ronco mezclado con el calor de su aliento me pone la piel de gallina. La mano con la que me sujeta el muslo se desliza sobre la tela de mis pantalones, subiendo y subiendo hasta agarrarme el culo.
—Mmm, entonces será mejor que...
Su boca se estrella contra la mía con una fuerza brutal y acalla mi provocación. Cachondo y hambriento, desliza la lengua entre mis labios y me devora por completo. Autoritario, pero aun así controlado, igual que en la pista de hielo.
Pero quiero verlo perder el control. Aunque solo sea un poco.
Deslizo las manos bajo su sudadera y le recorro los abdominales suaves y definidos.
Soy muy consciente de que tiene un cuerpo esculpido a la perfección, prueba de la dedicación que pone en mantenerse en plena forma.
Es difícil no darse cuenta, teniendo en cuenta que llevamos cuatro años compartiendo vestuario y viéndonos a diario con nada más que una toalla.
Pero, joder, quiero explorar cada curva, cada línea y cada hendidura de su cuerpo.
Quiero conocerlo con los labios y la lengua, seguir los caminos que ya han recorrido mis manos.
La mano que me agarra el culo aprieta con otra embestida y, por el gemido que le retumba en el pecho, juraría que me está leyendo la mente.
Que escucha cada pensamiento subidito de tono que me atraviesa el cerebro mientras me devora la boca con su lengua experta.
Seguimos así, tocándonos, saboreándonos y provocándonos el uno al otro durante vete a saber cuánto tiempo.
Pueden ser minutos u horas, pero da la impresión de que solo han pasado unos segundos antes de que vuelva a apartar la boca de la mía, dejándonos a los dos jadeantes y sin aliento.
—Tenemos que parar. —Suena más a súplica que a orden, y en un tono mucho más bajo de lo normal, más quebrado y ronco—. Si no lo hacemos, voy a correrme.
Sonrío contra su boca antes de morderle el labio inferior y tirar de él. Ya lo tiene hinchado, probablemente amoratado por lo bruscos que hemos sido el uno con el otro.
«Y esto solo es el principio».
No se me ocurre nada mejor que ver a Oakley derrumbarse aquí y ahora con unos besos desesperados y un manoseo brutal. Pero quiero verlo, sentirlo y, joder, quizá hasta saborearlo otra vez. Voy a devorar con ganas cualquier cosa que quiera darme este capullo y, seguramente, le pida más.
Lo que significa que tenemos que llevar la fiesta a un lugar mucho más privado.
—Espera —le susurro, con una voz ronca que delata todas las guarradas que pienso hacerle dentro de poco—. Al menos, hasta que lleguemos a mi casa.
Y aun así no será lo bastante pronto.