10. Quinton #2
Ignora mi comentario y sigue hablando, como si no hubiera oído nada.
—... pero en toda esta propuesta tuya hay más cosas en juego de las que has tenido en cuenta. Para empezar, es la receta perfecta para el desastre y va contra todas las reglas que me he impuesto.
Se me pone la piel de gallina solo de pensar en hacer que Oakley rompa sus propias reglas. Podría ser incluso más entretenido que sacarlo de quicio.
—Las reglas están para romperlas —le recuerdo, y él me fulmina con la mirada. Es evidente que sigue sin estar seguro de mi idea de locos.
—Tú lo ves así, pero yo no. —Oakley se cruza de brazos antes de recostarse otra vez contra la pared—.
No me enrollo con compañeros de equipo, De Haas.
Ni con novatos en esto de la bisexualidad.
Es una situación demasiado complicada para mi gusto.
Y teniendo en cuenta que nuestra relación ya es difícil de por sí. ..
Deja la frase en el aire, entre nosotros, lo que solo consigue tensar aún más el ambiente cargado del pasillo.
Por mucho que odie admitirlo, lo entiendo. Seguramente, lo nuestro equivalga a plantar una bomba de relojería en medio del hielo y confiar en que no salga volando todo el estadio por los aires.
Sigo cabreado incluso mientras lo miro a los ojos, rogándole en silencio que me diga que sí.
Pero ni siquiera eso basta para que deje de querer que acepte.
—Tus argumentos tienen sentido y, aunque los respeto, esto es más importante que tú y yo.
Alza una ceja oscura y esboza una media sonrisa.
—¿Por qué no me sorprende que no sepas aceptar un no por respuesta?
Porque me niego a asimilar esa palabra. No entra en mis malditos planes. Algo que estoy seguro de que Oakley ya habrá notado en todos estos años.
Igual que yo lo conozco lo bastante bien como para saber que no va a dejar que me olvide de esta mierda. Puede que no se enfade ni me eche en cara haberlo propuesto, pero sé que lo usará como munición en lo que, con toda probabilidad, serán otros seis meses de discusiones, pullas y peleas.
«¿Te acuerdas de aquella vez que intentaste liarte conmigo y te dije que no?».
Es como si ya pudiera oírlo.
Pero, si hay algo que sé de él, es que no lo haría delante de todo el mundo. Nunca sacaría a nadie del armario. Será un capullo integral, pero no un cabrón sin alma.
Me rasco el cuello antes de imitar su postura contra la pared de enfrente.
—Los dos sabemos que esto puede salir mal y explotarnos en la cara. Supongo que pensé: «¿qué perdemos por intentarlo?». Si nos enrollamos y la cosa sigue funcionando, todos salimos ganando. Disfrutamos y seguimos sumando victorias.
—Y yo perderé la poca dignidad que me queda acostándome contigo.
«Así que era eso. ¿Por eso tantas reticencias?».
Su comentario hace que me hierva la sangre, y estoy a punto de mandarlo a la mierda con sus tonterías sobre no acostarse con compañeros de equipo o con «novatos en bisexualidad», cuando en realidad el problema es que soy yo.
Estoy seguro de que, si fuera cualquier otro chico del equipo quien le propusiera esto, no se lo pensaría ni un segundo.
Aprieto los dientes y contengo el temperamento que pugna por salir.
—No parecía importarte demasiado cuando la otra noche me arrodillé delante de ti.
Se pasa el pulgar por el labio inferior y sonríe con aire burlón.
—Digamos que fue un desliz.
Joder.
No puedo evitar fulminarlo con la mirada.
—Aun así, si tuviera que apostar mi último dólar, diría que es la mejor mamada que te han hecho en la vida. Me atrevería a decir que también fue el orgasmo más intenso que has tenido.
Su sonrisa se ensancha.
—La respuesta sigue siendo no.
«Me cago en todo».
Separándome de la pared, acorto la distancia entre nosotros hasta quedar justo delante de él. Apoyo las manos a ambos lados de sus hombros, contra la pared, mientras lo miro a los ojos y me acerco lo bastante para que nuestros muslos se rocen.
Eso basta. Ese pequeño contacto es suficiente para que su determinación empiece a resquebrajarse.
Una inhalación brusca hace que sus pectorales rocen los míos, e incluso a través de la fina tela de nuestras camisetas, el calor de su piel sigue incendiándome por dentro.
Y lo veo en sus ojos. Exactamente lo mismo que siento yo.
Deseo. Necesidad. Ansia.
Lujuria.
Todo está ahí, claro como el agua, en esos iris marrones tan profundos.
Cuando hablo, la voz me sale ronca.
—¿Estás seguro?
La cabeza de Oakley se apoya contra la pared detrás de él y le noto un asentimiento apenas perceptible. Pero también le veo latir el pulso en la garganta y siento el corazón desbocado contra mi pecho, y eso me cuenta una historia muy distinta.
Y luego está la forma en que la polla se le endurece dentro de los pantalones, contra la mía, y me alegra descubrir que lo que dice no es más que una mentira.
Saber que mi cercanía le afecta tanto como a mí la suya resulta emocionante. Incluso embriagador. Me hace querer más.
¿Más qué? No lo tengo del todo claro.
¿Más tiempo suyo? ¿Más atención? ¿La forma en que me está mirando ahora mismo?
Quizá solo quiero más de esta sensación que me corre por las venas.
—¿Ni siquiera por el bien del equipo? ¿Para llegar a la Frozen Four? ¿Para levantar ese trofeo y llevarnos a casa un campeonato que sé que los dos queremos? Porque eso es lo que está en juego ahora mismo, Reed.
Se muerde el labio inferior, rosado y tentador, y joder, mi polla también se da cuenta.
«Cálmate, joder. Aún no ha dicho que sí».
Pero esa palabra está ahí. Lo sé. La tiene en la punta de la lengua, tan cerca que casi puedo saborearla.
Si hay algo en lo que Oakley y yo coincidimos, es en que este equipo es una de las cosas más importantes de nuestras vidas.
Puede que por motivos distintos, y puede que tengamos objetivos diferentes a largo plazo, pero eso ahora da igual.
Lo único que importa es el próximo partido.
Y el siguiente. Y todos y cada uno de ellos hasta que levantemos ese trofeo por encima de nuestras cabezas.
Lo cual es más que posible. Lo único que tiene que ocurrir para conseguirlo es que Oakley diga una sola palabra.
«Sí».
Estoy segurísimo de ello.
Tengo que hacer que lo vea. Que entienda las cosas como yo las veo y, teniendo en cuenta nuestro historial, voy a necesitar todas las armas de mi arsenal para convencerlo.
Saco la lengua y Oakley sigue el movimiento cuando me humedezco los labios.
«Di que sí, Reed. Vamos».
Me inclino aún más hacia él. Todo lo que me atrevo.
—Me parece que estás frustrado. Créeme, yo también.
Me vuelves la hostia de loco y la mayoría de las veces no es en el buen sentido.
Pero ¿qué mejor forma de arreglar las cosas?
Incluso dejaré que te corras tú primero.
Lo que tú quieras. —Le recorro con los labios la vena de la garganta donde le noto el pulso, paso justo por debajo de la mandíbula y sigo hasta la oreja—.
Apuesto lo que quieras a que te gustaría follarme la boca, esta vez de verdad.
Y puedes hacerlo. Si dices que sí, me arrodillo delante de ti aquí mismo. Ahora.
Deslizo la boca por su piel hasta dejarla a la altura de sus labios, con apenas una lámina de aire entre nosotros. Seguimos demasiado lejos, pero lo bastante cerca como para rozarnos cuando susurro:
—Tú solo di que sí, Oak.
Su aliento me golpea los labios, caliente, en jadeos entrecortados, como si acabara de correr una maratón. Yo me siento igual, aunque también estoy tenso y listo para empezar. Listo para él y para lo que quiera darme. Espero que empiece por acortar la distancia entre sus labios y los míos.
Cuando me agarra por la nuca, estoy convencido de que va a hacerlo.
Pero, en lugar de eso, aprovecha el agarre para cambiarnos de posición y estamparme contra la pared.
Me inmoviliza, igual que he hecho yo con él, dominándome con su presencia.
Y hay algo en la forma en que me ha tratado, sin el menor asomo de delicadeza, que hace que me muera por volver a sentirlo.
La sangre me hierve de deseo y necesidad como nunca antes.
Ni siquiera hace falta que mueva las caderas para notar su polla rozándose con la mía, y eso me dispara las ganas de arrancarnos la ropa. Ya.
Pero, tan pronto como llegan, el calor y la fricción que ansío con desesperación desaparecen.
En su lugar, el hombre al que ahora me gustaría no haber deseado nunca me lanza un jarro de agua fría.
—No va a pasar, De Haas —murmura, echándose hacia atrás para mirarme a los ojos antes de dar un paso y alejarse de mí—. Ni de puta coña.