11. Oakley
OAKLEY
El cuerpo me vibra de pura tensión cuando deslizo la tarjeta por la cerradura de la habitación del hotel después de la derrota contra Fall River esta noche.
En el fondo no es una noche distinta de cualquier otra fuera de casa, pero estoy nervioso.
Y el motivo salta a la vista: Quinton está detrás de mí, esperando pacientemente a que lo deje entrar en la habitación.
Una situación de mierda sobre la que no tengo ningún control.
Cuando el entrenador anunció el reparto de habitaciones al principio de la temporada y me emparejó con Quinton en lugar de con Braxton, como había hecho el año pasado, me enfadé muchísimo.
No solo por la razón más obvia (De Haas y yo no nos soportamos), sino porque ser un jugador abiertamente gay y tener que compartir habitación con otro tío puede incomodar a algunos.
Desde primero siempre me habían puesto con Braxton o con Camden.
Así que no entiendo a qué coño viene el cambio de esta temporada.
Quizá era otra maniobra para intentar que estrecháramos lazos y superáramos nuestra rivalidad en el hielo, aunque fuera una idea poco acertada.
Como es mi tío, habría sido bastante fácil pedirle que me cambiara otra vez con Brax, o incluso con Cam, y asunto arreglado.
Pero lo último que quiero es dar pie a que todos esos rumores sobre favoritismos tengan algo de verdad.
Así que me aguanto y me conformo con compartir habitación con mi archienemigo.
La puerta se cierra de golpe a nuestra espalda en cuanto entramos, y yo dejo la llave sobre la cómoda que hay junto a la televisión.
La habitación es la típica de cuando jugamos fuera: dos camas de matrimonio, un baño y una puerta comunicante con la habitación de otros dos compañeros. Camden y Rossi, si no recuerdo mal.
Quizá me pase por allí y me quede un rato si esta situación me agobia demasiado.
Dejo la bolsa sobre una de las camas y me quito el traje para ponerme algo más cómodo.
Por el rabillo del ojo percibo movimiento y veo a Quinton revolviendo en silencio en su bolsa para hacer lo mismo.
Un segundo después saca unos pantalones de chándal grises y los deja caer sobre la cama antes de desabrocharse el cinturón.
Siento cómo se me calienta la nuca y, enseguida, me giro para darle un poco de intimidad.
Porque claro, ningún tío heterosexual quiere que su compañero de equipo gay se quede mirándolo mientras se cambia. Mucho menos si están solos. Aunque, después de lo que pasó en la fraternidad, ya no tengo tan claro que «heterosexual» sea la palabra adecuada para Quinton. Tal y como él mismo dijo.
Aun así, cojo mis pantalones de chándal negros y el neceser antes de meterme en el baño para darle todavía más espacio. Y, con un poco de suerte, para ordenar mis pensamientos antes de tener que dormir a metro y medio del objeto de todo mi odio... y, por desgracia, también de mi deseo.
Unos minutos después salgo del baño y escucho el inconfundible sonido de «Sleeping With Sirens» saliendo del altavoz de su móvil y, al doblar la esquina, lo veo guardándolo todo otra vez en la bolsa después de haberse cambiado.
Está tenso. Lleva así desde que salimos del hielo al terminar el partido, con esa expresión cerrada que tiene plantada en la cara. Dos cosas poco habituales en él. Y, llámalo instinto de líder, pero odio ver a mis compañeros hundidos después de una derrota.
Sobre todo si ha sido una derrota complicada.
Todos hemos visto lo cerca que hemos estado de ganar, o al menos de forzar el empate, pero Johnson, el extremo derecho de Fall River, dejó atrás a Quinton y le coló el puck a Camden por debajo para marcar en el último minuto. Era lo único que necesitaban para asegurarse la victoria.
Y, en realidad, no fue culpa nuestra. Fue un disparo afortunado y una gran jugada de Johnson.
Eso lo sabemos todos, incluidos Cam y Quinton.
Al menos, Quinton debería saberlo.
—Has... —empiezo a decir y luego me aclaro la garganta—. Has jugado bien.
No puedo evitar que esa frase me arrastre de golpe al instituto. A aquella noche en que me empujó contra la pared y yo le estampé un puñetazo en la cara.
Espero que no vuelva a pasar, aunque, a juzgar por cómo se queda quieto donde está, no parece que vaya por ahí. Así que espero, por si solo he conseguido cabrearlo más.
Ni siquiera sé por qué he roto el silencio para decir eso. No es que necesite mi aprobación ni mis halagos. Joder, se ha pasado tres putos años sin ellos y no le ha ido nada mal, así que ¿qué sentido tiene ahora?
Pero, cuando la rigidez de sus hombros se afloja en vez de endurecerse, dejo escapar un suspiro silencioso, aliviado.
—Gracias —dice en voz baja—. Tú también.
—Gracias —respondo, en el mismo tono.
La conversación muere ahí y yo me meto en la cama mientras él termina lo que estaba haciendo. Poco después se tumba en la suya con el móvil en la mano, absorto en lo que sea que esté mirando. Y, lo que es más importante, sin darse cuenta de que yo me he quedado observándolo.
Ahora lleva unas gafas negras de montura cuadrada, de esas que a Henry Cavill le quedan indecentemente bien cuando hace de Clark Kent, y caigo en la cuenta de que ni siquiera sabía que Quinton usaba gafas fuera del hielo.
Supongo que será porque nunca coincidimos si no es en la pista, y para jugar lleva lentillas.
Una parte de mí se odia por darse cuenta de lo bien que le sientan.
Aparto la vista de su cara y la deslizo por el cuerpo, fijándome en cómo la camiseta se le levanta un poco y deja al descubierto una franja de piel lisa y bronceada entre el dobladillo y la cinturilla de esos pantalones de chándal grises.
Y joder, esos pantalones. Se le ciñen a los muslos potentes como si se los hubieran cosido encima.
Joder, ¿sabiendo la pasta que tiene? No me extrañaría que fuera así.
Los tatuajes que lleva en los brazos asoman por debajo de las mangas de la camiseta; la tinta oscura se enrosca en sus bíceps y baja por la parte alta de los antebrazos.
Es una tinta que he visto cientos de veces, porque llevo tres años compartiendo vestuario con él.
Pero, una vez más, nunca me había tomado la molestia de observarla ni de fijarme en ella.
El hecho de que sea un auténtico gilipollas hizo que fuera muy, muy fácil ignorar todas las cosas que ahora reconozco que lo hacen increíblemente sexi. Es el auténtico chico malo y sexi del hockey que pretende ser.
Y darme cuenta de eso hace mucho más difícil no pensar en la ridícula idea que me propuso: enrollarnos para ganar partidos.
Y eso es exactamente lo que es: ridículo.
«¿Verdad?».
Por no hablar de que volver a sacar el tema solo empeoraría aún más las cosas entre nosotros.
Añadiría más leña a esa mezcla rara de enemistad y tensión sexual que flota cada vez que coincidimos en la misma habitación.
Pero, mientras sigo mirándolo, se me ocurre que quizá esa sea justo la forma de rebajar al menos parte de esa tensión y, de paso, ayudar al equipo.
Sería una situación en la que todos saldríamos ganando. Sobre todo si funciona, como él dijo.
«¿De verdad estoy planteándome otra vez esa estupidez suya?».
Sí. Sí, eso estoy haciendo.
No puedo seguir por este puto camino, encadenando una derrota tras otra. Solo llevamos una cuarta parte de la temporada y, si esta mierda sigue así, prefiero cortarme las venas con los patines antes que volver a atármelos para jugar.
Y tampoco quiero seguir sintiéndome como si anduviera pisando cristales a su alrededor.
Que es exactamente lo que ha pasado desde aquella noche en el baño.
No tengo nada que perder, y eso es lo que me repito mientras abro la bocaza para retomar una conversación que jamás habría imaginado tener hace un par de semanas.
—Creo que deberíamos... —empiezo, y me paso una mano por la cara.
«Joder, esto es mucho más difícil de lo que pensaba».
Quinton arquea una ceja y deja el móvil sobre el regazo.
—¿Crees que deberíamos qué, Reed?
Nuestras miradas se cruzan mientras me siento en el borde de la cama, frente a él. Los nervios que sentía antes no han hecho más que multiplicarse con el paso de los minutos, y no parece que vayan a desaparecer pronto.
Lo odio.
Esta falta de control es nueva, y no me siento nada cómodo con la forma en que, últimamente, consigue hacerme un nudo en el estómago sin esfuerzo alguno.
—Deberíamos hacerlo.
Sus labios se curvan, claramente divertido.
—¿Hacer qué, exactamente?
«Joder. La madre que lo parió».
Lo fulmino con la mirada.
—No te hagas el tímido conmigo, De Haas. Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No, creo que no. Porque parece que, después de todo, quieres creer en esa superstición. Lo cual sería una locura, teniendo en cuenta que dijiste que... —se interrumpe y se da unos golpecitos en la pierna con la mano—. Ah, sí. Que no pasaría ni de puta coña, ¿no?
—Quinton.
—Oakley.
La sonrisa burlona que lleva plantada en la cara empieza a sacarme de quicio. Aunque tampoco puedo culparlo por restregármelo, cuando fui yo quien le dijo que no sucedería jamás. Y ahora aquí estoy, volviendo a él para pedirle que se replantee su oferta.
Cierro los ojos y suspiro.
—Creo que deberíamos hacerlo. Quiero decir... creo que, al menos, probar tu teoría no puede hacernos más daño del que ya nos está haciendo esta temporada.
Como no responde enseguida, abro los ojos y me lo encuentro observándome con un brillo divertido en la mirada, esperando a que me explique. Y eso hago.
«Aunque solo sea por el bien del equipo».
—Que nos enrollemos, probar esa teoría tuya —digo entre dientes—. Así que, si sigues interesado, podemos intentarlo.
Una de las comisuras de sus labios se curva en una sonrisa pecaminosa, dejando ver un hoyuelo en un lado de la boca que no sabía que tenía. Parece extrañamente fuera de lugar. Demasiado inocente y bonito para alguien tan irascible como él.
Se incorpora, se sienta al borde de la cama y se desliza hacia delante hasta quedar justo frente a mí.