10. Quinton
QUINTON
«Esto es una gilipollez».
Esas cuatro palabras no dejan de repetírseme en la cabeza mientras camino por el pasillo que lleva a la entrada trasera del vestuario. Llevo veinte minutos esperando a Oakley y ahora me pregunto si aceptó quedar conmigo para luego dejarme plantado porque le parecía divertido.
Te lo digo yo: no lo es.
Pero seguía allí después de que yo me duchara. Estaba hablando con el entrenador en su despacho. Así que aún cabe la posibilidad de que lo esté reteniendo por lo que sea que tengan que tratar. Por eso sigo esperando otra media hora, hasta que por fin sale del vestuario.
Levanta la vista, y la expresión curiosa pero cansada que le veo en la cara me deja claro que no esperaba encontrarme todavía por allí a esas horas.
—Vaya, sigues aquí —comenta antes de pasar a mi lado y dirigirse hacia la salida.
—Te dije que teníamos que hablar —le recuerdo, poniéndome a su altura.
—Pues habla.
«Compórtate. Si le arrancas la cabeza, ni siquiera se lo va a plantear».
Sería mucho más fácil proponérselo si supiera que me está escuchando. Si me mirara a los ojos y viera lo en serio que voy, por muy descabellado que pueda sonar.
Le agarro del brazo antes de que llegue a las puertas que dan al aparcamiento y tiro de él en dirección contraria.
—¿Qué coño...?
—Vamos a un sitio más privado —le digo entre dientes, arrastrándolo por un pasillo desierto que lleva a saber dónde. Pero estoy la hostia de seguro de que es menos probable que alguien nos escuche aquí abajo que en la salida principal.
Cuando llegamos a la mitad del pasillo vacío, me detengo y me vuelvo hacia él.
—¿Es esto lo bastante privado para ti? —pregunta con un sarcasmo casi palpable.
Aprieto los dientes. Otra oleada de irritación me recorre el cuerpo y me doy cuenta de que esto va a ser mucho más difícil de lo que pensaba. Viendo la facilidad con la que nos lanzamos a la yugular el uno del otro, puede que hasta sea imposible.
Además, no sé cómo sacar el tema si no es soltando mi teoría de golpe y rezando para que no salga mal. Lo cual, teniendo en cuenta mi historial, no invita precisamente al optimismo.
—Dios, esto es de locos —murmuro, más para mí mismo que para él.
Se mueve y se recuesta contra la pared, y al levantar la vista me topo con su ceño fruncido.
—No es precisamente la mejor manera de empezar una conversación, De Haas.
—Tenemos que liarnos más.
Hago una mueca en cuanto las palabras salen de mi boca, en una espectacular muestra de verborrea antes de tener la oportunidad de encontrar la forma de expresarlo bien.
Y créeme, desde que entró en la sala de musculación esta mañana, he pasado cada minuto intentando ordenar mis pensamientos lo suficiente como para plantearle esta idea a Oakley.
Y esta no era la forma en la que esperaba hacerlo.
«Sutil de cojones. Normal que no pueda resistirse».
Oakley parpadea un par de veces mientras me estudia. Yo hago todo lo posible por no perder la seguridad cuando me mira, pero cuesta no sentirse completamente desnudo en un momento así.
Después de unos segundos más, sonríe y niega con la cabeza.
—Casi cuela, De Haas.
Joder. Me imaginaba que se reiría en mi cara, pero porque daba por hecho que le parecería una idea tan delirante como lo es en realidad. O porque no me soporta ni en sus mejores días.
Lo que no se me pasó ni por la cabeza es que pensaría que no lo digo en serio. Y eso me toca bastante los cojones.
—No estoy bromeando. No es exactamente como pensaba proponértelo, pero supongo que...
—Joder —me corta, levantando una mano—. ¿Qué ha pasado con nuestro acuerdo de hacer como si no hubiese pasado?
Cierro los ojos y suelto un suspiro.
—En ese momento estaba de acuerdo. Pero eso fue antes de que ganáramos nuestro primer partido de la temporada.
La confusión que se apodera de su expresión desaparece, y veo el instante exacto en que comprende por dónde van los tiros y lo mucho que me está costando ponerlo en palabras.
—¿Crees que... que me la chuparas tuvo algo que ver con que ganáramos?
«Sí, eso creo».
—No estoy seguro —respondo, esquivando la afirmación mientras me muerdo el labio—.
Lo único que sé es que, hasta entonces, parecíamos una panda de inútiles sobre el hielo.
Tú y yo íbamos cada uno por nuestra cuenta, dentro y fuera de la pista, y te juro que algunos de esos tíos jugaban como si fuera la primera vez que cogían un stick .
Y entonces pasó lo del baño y, de repente, todo dio un giro de ciento ochenta grados.
Se queda callado un segundo y luego dice:
—Lo que pasó no tendría por qué influir en cómo jugó el resto.
—No, pero sí en cómo jugamos nosotros —replico—.
Sabes tan bien como yo que, cuando uno falla dentro de una línea, se nota en el resto.
Bueno, tú y yo estábamos teniendo una temporada de mierda hasta que te puse los labios alrededor de la polla.
En el hielo estábamos completamente desincronizados, y eso el resto lo nota.
Resopla y se echa a reír.
—¿Eso significa que tenemos que seguir haciéndolo? ¿Nos liamos por ahí? ¿Nos chupamos la polla en lugares semipúblicos hasta que termine la temporada?
—Sí. Supongo que sí.
—Estás como un cencerro.
Hundo los dientes en la parte interior de la mejilla para no soltarle algo peor, pero ni aun así consigo quitarle la dureza a mi voz.
—No, Reed. Soy supersticioso. Igual que muchos de los del equipo.
Igual que tú —le recuerdo—. Te la chupé la noche antes de un partido y luego ganamos.
Por primera vez en toda la temporada supimos lo que era una victoria.
Y los dos sabemos que, cuando algo funciona como rutina prepartido, no se toca.
Por eso creo que tenemos que seguir haciéndolo.
Entre nosotros cae un silencio largo y espantoso mientras Oakley me mira como si me hubieran brotado dos cabezas y estuviera decidiendo cuál de las dos arrancarme primero.
Solo con eso ya sé que no hay nada que hacer y que tendré que encontrar otra manera de seguir jugando bien el resto de la temporada.
Sé cuándo hay que cortar por lo sano, y sé que este es uno de esos momentos.
Me paso una mano por el pelo y suspiro.
—Mira, da igual. Olvida lo que te he dicho, ¿vale? Ya sabía que las posibilidades de que aceptaras eran mínimas, así que... —Dejo la frase colgando y niego con la cabeza—. Sigamos fingiendo que esto nunca pasó.
Hago ademán de darme la vuelta y largarme, pensando ya en otra forma de seguir a lo mío sin tener que recurrir a la idea descabellada de enrollarme con Oakley, cuando una mano firme me agarra de la muñeca y me detiene.
No hace fuerza para retenerme; ni siquiera aprieta más.
Como si supiera que el calor de su piel rozando la mía basta para inmovilizarme.
Ojalá no fuera así, pero es como si haberlo probado la otra noche hubiera bastado para despertar esa sensación estúpida, intensa y dolorosa que me provoca su presencia.
Cuando me vuelvo y me encuentro con su mirada, percibo algo parecido en su expresión. Pero no lo suficiente como para borrar del todo la desconfianza que también asoma en ella.
Me mira con los ojos entrecerrados, casi reducidos a dos rendijas.
—Lo dices en serio.
Parpadeo y asiento.
—Las supersticiones son casi lo único que me tomo tan en serio como el hockey. Y esta podría ser mi última temporada. La tuya también. Solo quiero terminarla lo más arriba posible.
«O abajo. Si él lo prefiere así».
Me lanza una mirada calculadora y luego suelta una risita de incredulidad.
—Tienes que entender que esto es lo más loco que he oído en mi vida. Sobre todo cuando nosotros —se señala a sí mismo y luego a mí— básicamente nos odiamos.
«Por decirlo suavemente».
—Yo no lo llamaría odio —protesto, escogiendo las palabras—. Más bien un rechazo profundo.
—Como si eso lo mejorara mucho —murmura, soltándome y cruzándose de brazos.
Me encojo de hombros.
—Quién sabe. Podría ser divertido.
«Y, para ser exactos, podría serlo muchísimo sin ropa».
—Creo que tú y yo tenemos ideas muy distintas de lo que es la diversión, De Haas. —Hace una pausa y se le escapa otra risa antes de convertirse en una tos incómoda—. Y, además, quizá no sea asunto mío, pero... pensaba que eras heterosexual.
Estoy a punto de decirle que lo soy, pero algo dentro de mí me obliga a replanteármelo. Me impide pronunciar la palabra que ha definido mi sexualidad durante casi veintidós años. Ahora ya no me parece tan exacta. Pero afirmar que soy otra cosa tampoco me encaja del todo.
Niego con la cabeza y se me escapa una risita por lo absurdo de la situación. Por supuesto que tenía que ser él en quien me fijara de repente: en la única persona que no soporto ni cuando estoy de buenas. O el motivo por el que jugamos como auténticas máquinas el fin de semana pasado.
«Supongo que lo mejor será ser sincero».
—Yo, eh... —Me aclaro la garganta, porque no tengo muy claro cómo decir esto—. Creía que sí. Pero ahora supongo que ya no estoy tan seguro.
Me sorprende ver que su mirada se suaviza, aunque solo sea durante un segundo. Casi como si lo entendiera, sin saber cuál es mi postura respecto a mi atracción por los hombres.
Puede que algunas personas sepan desde el principio cuál es su orientación sexual. La etiqueta les sale tan natural como respirar y no hay motivo alguno para ponerla en duda. Pero no todo el mundo tiene esa suerte, y la comprensión que veo en su mirada deja claro que él ya ha pasado por eso.
Y, pese a toda la animadversión que sigue circulando entre los dos, siento que por ese mismo motivo se está formando una especie de vínculo extraño entre nosotros. Lo cual solo hace que desee aún más que no vea esto tan descabellado como parece.
Que quizá diga que sí.
—Joder, tío. —Suspira con fuerza—. Me voy a arrepentir de decir esto, pero me gustó que me hicieras un favorcillo en la fraternidad. Fue genial...
Resoplo, riéndome.
—¿Un favorcillo? ¿Esto qué es? ¿1950? ¿O solo te da miedo decir que te la chupé?