Más allá del hielo 3. Quinton #2
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3. Quinton #2

—Vale. —Suspiro, aliviado—. Muy bien.

El entrenador asiente con la cabeza.

—Aun así, no podemos dejarte jugar hasta que tengamos los resultados de la segunda prueba, que esperamos que sea negativa, como mínimo. Eso podría tardar otra semana. Pero es mejor que nada.

—Es mejor que nada —repito, y noto cómo me prende en el pecho una chispa de esperanza.

«Todo va a salir bien. Daré negativo, el recurso saldrá adelante y todo volverá a ser como antes de que meara en ese puto vasito».

Estoy demasiado ocupado rezando en silencio para escuchar lo que discuten entre ellos. Después de todo, con la suerte que he tenido últimamente, voy a necesitar toda la ayuda posible. Sobre todo la de los dioses del hockey.

Pero el entrenador dice algo que me pone en alerta y se me eriza la piel.

—Trae a Reed, ¿quieres? —le dice el entrenador a Jacobson, que asiente y sale del despacho en silencio.

—¿A Reed? —El miedo vuelve a instalarse en mi estómago. Es la última persona a la que quiero ver o con la que quiero hablar ahora mismo—. ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

El entrenador suspira, como siempre que Oakley y yo estamos metidos en algún lío. No es que se lo hayamos puesto fácil estos últimos años y, sinceramente, estoy seguro de que está deseando perdernos de vista. Incluso aunque Oakley lleve su sangre.

—Necesitamos otro capitán sobre el hielo mientras dure tu suspensión temporal —dice justo cuando la puerta vuelve a abrirse y aparecen Oakley y el entrenador Jacobson.

—¿Suspendido? —pregunta Oakley, que claramente ha oído el final de la frase de su tío. Sus ojos se posan en mí mientras la puerta se cierra a su espalda—. ¿Qué está pasando?

—Asumirás la capitanía, Oakley. Con efecto inmediato —dice el entrenador con voz ronca, y vuelvo a mirarlo para descubrir que sigue observándome fijamente.

Me invade otra oleada de vergüenza, aunque sé que el entrenador está de mi parte en esto y, lo que es más importante, que no he hecho nada malo. Jamás se me ocurriría consumir drogas.

Oakley se adentra un poco más en la habitación y noto cómo su mirada me quema la cara, como si quisiera dejarme una marca al rojo vivo. Casi diría que me atraviesa. Como si yo fuera transparente.

Como sigo sin decir nada y no aparto la vista del entrenador, que nos observa como un halcón, Oakley suelta una carcajada.

—¿Qué has hecho ahora?

Intento no prestarle atención ni dejar que me saque de quicio, pero la naturalidad de su risa y el tono burlón que emplea prenden la mecha que llevo dentro. Es difícil evitarlo cuando a este imbécil le están regalando todo aquello por lo que yo me he dejado la piel, y sin ningún motivo de verdad.

Pero cedo y dejo que mi mirada se clave en la suya; nos taladramos el uno al otro con los ojos.

Sé que los míos deben de reflejar cada pizca de rabia y derrota que me corre por las venas, porque Oakley entrecierra los ojos, como si estuviera leyendo el silencio que hay entre nosotros para averiguar por qué. ..

—Has dado positivo —dice. No es una pregunta, solo una afirmación incrédula. Cuando no respondo, una sonrisa burlona se le dibuja en el rostro—. La hostia, De Haas. Sabía que eras imprudente, pero no que fueras tan idiota.

—Que te den —espeto entre dientes.

—No, gracias —responde antes de soltar otra carcajada—. Solo quiero saber por qué. Porque hasta tú deberías ser lo bastante listo como para saber que el dopaje te encoge la polla.

Los labios se me curvan en una mueca de desprecio.

—En realidad, lo que se encoge son los huevos, Reed, pero, en cualquier caso, agradezco tu interés por lo que tengo entre las piernas.

Oakley vuelve a abrir la boca, con un rubor en las mejillas por mi comentario involuntariamente relacionado con su sexualidad. Lo cual... admito que ha sido de mal gusto.

Pero ya es demasiado tarde para echarme atrás.

—Basta. Los dos —espeta el entrenador, y se lo agradezco.

Toda esta situación ya me tiene al límite, y Oakley, con esa bocaza suya, provocándome por diversión, no hace más que empeorarlo. Lo que podría meterme en más líos si dejo que mi temperamento se apodere de mí.

Morderme la lengua es la opción más segura, así que eso hago. Hasta el punto de llenarme la boca de sangre. Y, aunque me muera de ganas, no aprovecho el silencio que nos concede el entrenador para corregir las suposiciones de Oakley. Tal como están las cosas, no tiene por qué saber los detalles.

Tampoco es que se los merezca.

Los ojos del entrenador van del uno al otro, estudiándonos de una forma que me hace sentir casi desnudo. Y, a la vez, transparente.

«Supongo que es cosa de familia».

—Tenéis que dejar de discutir. No he dicho nada hasta ahora porque tenía la esperanza de que poneros en la misma línea esta temporada os ayudaría a llegar a un entendimiento.

Está claro que no está funcionando, así que necesito que encontréis la manera de resolver vuestros problemas. ¿Ha quedado claro?

Ni siquiera hace falta que formule una amenaza y la deje flotando sobre nuestras cabezas como la espada de un verdugo. El simple hecho de que nos eche la bronca por nuestras peleas basta para que ambos nos pongamos rectos y prestemos atención.

—Cristalino —murmuro.

—Sí, señor —dice Oakley al mismo tiempo.

Lucho contra el impulso de poner los ojos en blanco cuando llama «señor» a su propio tío, sin duda para ganarse su favor. Joder, creo que nunca le he oído dirigirse al entrenador de otra manera.

«Puto pelota».

—Entonces, ¿hemos terminado? —pregunto, mirando a los tres entrenadores. Cuando me dan el visto bueno, me levanto, listo para salir de allí cuanto antes.

—Vale, genial. Voy a vestirme y luego...

—No puedes ponerte la equipación, chico —me dice con expresión apenada—. Tendrás que verlo desde las gradas. Como espectador.

Oakley deja escapar una risa mal contenida y yo aprieto la mandíbula para no ponerme a gritar.

«Porque este día no podía ir a peor, ¿verdad?».