Más allá del hielo 3. Quinton
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3. Quinton

QUINTON

Se oyen golpes secos y el chocar de cascos y protecciones al caer sobre los bancos de madera mientras el equipo se cambia después del entrenamiento.

Hemos estado preparándonos para nuestra primera serie de partidos fuera de casa, nada menos que contra nuestra universidad rival, la Universidad de Blackmore, que también está en el área de Chicago, y, a pesar de los contratiempos en nuestros dos primeros partidos en casa, tengo buenas sensaciones sobre cómo va encajando el equipo.

Al menos, en su mayor parte.

Salvo cuando Oakley y yo coincidimos sobre el hielo.

Nuestra compenetración sigue siendo inestable, en el mejor de los casos, y normalmente parecemos más Bambi sobre patines que dos atletas universitarios de primer nivel que llevan años en el mismo equipo.

Pero estamos mejor que hace unas semanas, así que me conformo con cualquier avance.

Si soy sincero, no creo que el entrenador haya meditado bien todo esto. Aunque, en teoría, juntarnos sobre el hielo pueda parecer una buena idea, está claro que, en la práctica, no funciona. Ni en sentido literal ni figurado.

Hay una razón por la que hemos pasado la mayor parte de nuestra carrera universitaria en dos alineaciones distintas.

Sencillamente, así funciona mejor. Hay menos fricciones entre nosotros, porque los dos tenemos nuestro momento para brillar.

No tenemos que cruzarnos más de lo necesario y rendimos mejor con otros compañeros.

El único problema es que esos compañeros se graduaron la temporada pasada y, por ahora, solo nos tenemos el uno al otro.

La mayoría de los chicos se desvisten rápido, listos para meterse en la ducha antes de irse. Pero entonces el entrenador sale de su despacho y, casi de inmediato, el equipo se paraliza.

—Muy bien, chicos —dice el entrenador con una autoridad y un aplomo que se perciben claramente en la voz.

Y se nota, porque todos guardan silencio y todas las miradas se vuelven hacia él—.

Parece que, a nivel administrativo, existe cierta preocupación por el uso de esteroides y otras sustancias para mejorar el rendimiento en el deporte universitario.

En otras dos universidades de la NCAA, varios jugadores dieron positivo en los controles de sus equipos de hockey y fútbol americano.

Estoy convencido de que vosotros estáis limpios, pero tenemos que asegurarnos.

Así que —levanta un recipiente de plástico que tendríamos que estar ciegos para no reconocer— vamos a hacerlo rápido y luego cada uno podrá seguir con su día.

Ya había oído hablar de esto la semana pasada.

Tanto el equipo de hockey de Lincoln Center como el de fútbol americano de Blackmore tenían jugadores que dieron positivo en controles antidopaje.

Al principio casi no me lo creí, pero uno de mis amigos del instituto estudia en Blackmore y me confirmó que era verdad.

Al parecer, muchos de esos jugadores quieren recurrir la decisión alegando falsos positivos, pero aún no se sabe si eso es cierto.

Pero, si esto es lo que hay que hacer para demostrar que ninguno de nosotros hace trampas, por mí, perfecto. Así que hago exactamente lo que me pide el entrenador. Me ducho, hago mis cosas, entrego mi muestra al técnico de laboratorio que espera junto a la puerta y sigo con mi día.

—De Haas, a mi despacho. Ahora.

La voz del entrenador retumba en el vestuario mientras me preparo para el partido contra Blackmore de esa misma semana. Aún no me he quitado la ropa de calle, así que me abro paso entre innumerables atletas a medio vestir hasta llegar a la puerta de su despacho.

Llamo dos veces antes de entrar, por cortesía, y, en cuanto abro y veo a los tres entrenadores dentro, deduzco que debe de haber alguna información sobre el equipo al que vamos a enfrentarnos que quieren compartir conmigo.

O que se ha muerto alguien, pero apostaría por lo primero.

—¿Quería verme? —pregunto, apoyándome en el marco de la puerta.

—Sí. Cierra la puerta y siéntate.

«Enigmático. Vale».

Frunzo el ceño, pero sigo sus instrucciones, aunque no entienda qué pasa, y me dejo caer en la silla de enfrente.

Él se recuesta, entrelaza los dedos y me mira fijamente.

No dice ni una palabra para explicarme por qué coño estoy aquí cuando debería estar vistiéndome y concentrándome en mi rutina previa al partido.

Pasan treinta segundos. El silencio ya es casi insoportable, así que lo rompo yo.

—¿Solo quería ver mi cara bonita antes de que salga ahí fuera a dar caña?

Baja las manos y se inclina hacia delante sobre el escritorio. Coge la hoja de papel que tiene sobre una carpeta y que no había visto al entrar.

—Al contrario. Estás aquí porque has dado positivo en el control antidopaje.

No creo haberlo oído bien, porque parece que ha dicho...

—¿Qué? Eso es imposible.

El entrenador desliza la hoja por el escritorio.

—Entonces, ¿cómo explicas esto?

Echo un vistazo al papel, donde mi análisis da positivo en...

—¿Opioides? —pregunto, atónito—. Entrenador, nunca he probado esa mierda. Ni siquiera cuando me sacaron las muelas del juicio en el instituto y me recetaron Dios sabe qué medicamento para el dolor tomé nada más fuerte que Tylenol.

Pero, por la mirada cautelosa que me lanza antes de volverse hacia los dos entrenadores asistentes, sé que mi protesta no servirá de nada. Los resultados son los que son, y ninguno de nosotros puede cambiarlos. Se me revuelven las tripas y creo que voy a vomitar.

—No puede ser. No es mío, lo juro, entrenador. El laboratorio debe de haber confundido mi muestra con otra.

Asiente.

—Quiero creerte, Quinton. Eres muchas cosas, incluido el tío más impulsivo que he entrenado en mi vida, pero nunca te acusaría de algo así. Te importa demasiado tu futura carrera como para meterte en esta clase de líos.

—¡Por eso no lo he hecho! —exclamo con sinceridad, poniéndome en pie, presa del pánico. La mirada se me va de uno a otro de los tres hombres antes de volver al entrenador—. Lo juro por mi vida, no he tomado nada. Tiene que haber algún tipo de error. Decidme que se puede hacer algo.

La mirada que me dirige el entrenador, junto con las arrugas que le surcan la frente, me indican que ya ha intentado encontrar una salida. Probablemente mucho antes de llamarme. Y la única razón para haberme hecho venir es que no la ha encontrado.

—Esto no es algo que yo pueda pasar por alto porque te crea, De Haas. Por supuesto, hemos pedido al laboratorio que comprobara qué opioide era, ya que dentro de esa categoría entra una droga como la heroína...

«¡¿Heroína?!», estoy a punto de gritar.

—... pero ha resultado ser hidrocodona. Oxicodona.

«Oh».

Bueno, supongo que podría haber sido mucho peor.

—Mira, Quinton. Puede que la oxicodona no sea heroína, cocaína o metanfetamina, pero los narcóticos recetados siguen considerándose sustancias prohibidas si no existe una excepción médica presentada ante la NCAA.

.. —continúa parloteando sobre las políticas y los estatutos aprobados tanto por la universidad como por la liga, de los que estoy perfectamente al tanto, porque, a diferencia de algunos, yo no soy de los que tiran por la borda una oportunidad por la que se han dejado la piel, mientras intento averiguar cómo cojones ha podido pasar esto.

Cuanto más lo pienso, la única posibilidad, aparte de que hayan etiquetado mal los resultados del laboratorio o los hayan intercambiado por error con los de otra persona, es que haya tomado algo sin saberlo.

«¿Podría haber algo mal etiquetado en el botiquín de mi apartamento?».

Teniendo en cuenta que ahora mismo no estoy tomando ningún medicamento, es muy poco probable.

Nunca me han recetado nada así, salvo aquella vez de hace años que acabo de mencionar.

También dudo que Hayes, mi compañero de piso, tenga nada.

Es de lo más recto que hay. Aun así, me lo apunto mentalmente para preguntárselo cuando. ..

—... y por eso no tengo más remedio que suspenderte.

Sus palabras me devuelven de golpe a la realidad y es como si el suelo se abriera bajo mis pies. Esto es justo lo que temía. Y aquí estoy, con el corazón en un puño, escuchando las consecuencias.

—¿Me suspende por algo que no he hecho?

Aprieta los labios y suspira.

—Tengo que hacerlo hasta que podamos demostrar que no has consumido, De Haas. Tengo las manos atadas. Tienes que entender que mi puesto también está en juego, sobre todo ahora que la NCAA está endureciendo las medidas después de lo ocurrido en Blackmore y Lincoln Center.

Vuelvo a mirar a los tres, sin saber qué hacer. Pero, a juzgar por las expresiones solemnes que me devuelven, no me queda más remedio que aceptar el castigo.

Tiene que haber alguna manera. La que sea.

Estoy a punto de ponerme de rodillas y suplicar. Porque mi carrera en el hockey no puede acabar así. Ningún equipo de la NHL se arriesgará a ficharme si esto sale a la luz y me suspenden por consumo de drogas. Unas drogas que ni siquiera he consumido, joder.

Pero eso les dará igual. Será una mancha en el expediente que llevo construyendo desde la primera vez que me calcé unos patines, cuando era un crío.

Hundido, me llevo las manos a la cabeza.

—Pero... —dice, sin terminar la frase.

Esa sola palabra me devuelve un poco de aliento y levanto la cabeza.

—Por favor, dime que es un «pero» de los buenos y no de esos que lo empeoran todo.

El entrenador suelta una carcajada y la mirada se le suaviza.

—Podemos hacer que te repitan la prueba.

Hoy mismo, antes de empezar a hablar de una suspensión total.

Al fin y al cabo, si fueras un consumidor habitual, la sustancia seguiría en tu organismo.

Y, si eso no funciona, presentaremos un recurso en tu nombre.

Como te he dicho, no creo que lo hayas hecho.

Lo último que quiero es que te castiguen por el error de otra persona, si es que eso es lo que ha pasado.

—Nadie quiere esto —interviene el entrenador Davis, uno de los ayudantes.