Más allá del hielo 2. Oakley
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2. Oakley

OAKLEY

Me quedo mirando la espalda de Quinton mientras se aleja, todavía enfadado por la discusión en la que me ha metido. O puede que esta vez haya sido yo quien la ha empezado. La verdad es que ya no lo sé, porque cada conversación de mierda con él lleva a otra.

Ojalá supiera cómo ignorar sus estúpidos comentarios. Pero, de alguna manera, cada vez que abre la boca consigue que me hierva la sangre y me obliga a contestar.

Es la única persona capaz de sacarme de mis casillas.

Cualquiera pensaría que, después de cuatro años jugando juntos, ya sería inmune. A las burlas, a las bromas, a los insultos. Pero no, le siguen funcionando. Quizá ahora, al tener que pasar tanto tiempo juntos, hasta le resulte más fácil.

No tengo ninguna intención de pasar más tiempo del necesario con él.

Acabar en el mismo equipo estaba tan lejos de mis planes para la universidad que resulta casi ridículo.

Así que imagina la puta gracia que me hizo verlo entrar por la puerta mientras yo me preparaba para el primer día de entrenamiento de mi primer año.

Si fuera una persona violenta, habrían rodado cabezas.

Pero hemos llegado a un punto en esta estúpida disputa en el que lo único que quiero es que llegue un día en el que no nos peleemos.

Quién sabe, quizá hoy sea ese día. Empezando... ahora mismo.

«Hay que tener esperanza, ¿no?».

Necesito canalizar esta frustración en algo mucho más útil, así que me dirijo a la pista tras ese capullo, sabiendo una cosa con certeza:

Me sentiré mejor cuando esté sobre el hielo. Siempre es así.

En lo que respecta al primer partido de la temporada, no puedo quejarme del rendimiento del equipo en conjunto. Hay buena química y la mayoría de las alineaciones funcionan a la perfección, tanto en ataque como en defensa.

El problema es Quinton... y yo.

No encajamos en el hielo. Parece que nunca estamos en sintonía y, a veces, da la impresión de que ni siquiera llevamos los mismos colores. Con todo el tiempo que hemos pasado como rivales en lugar de como compañeros, supongo que es un poco complicado cambiar eso.

Lo único que puedo hacer es esperar que los problemas se resuelvan a medida que avance la temporada. O que encontremos la forma de no interferir en el juego del otro cuando coincidimos sobre el hielo. Y, de hecho, eso parece estar funcionando bien.

Salvo por un detalle: la forma que tiene Quinton de no molestarme consiste en actuar como si yo no existiera.

Y, al hacerlo, también me ignora cuando estoy libre para lanzar a puerta y en su lugar lo hace él mismo, lo que suele acabar en una parada del portero, o hace que el puck acabe en posesión del otro equipo antes siquiera de que tengamos una oportunidad real.

En cualquier caso, perdemos la ocasión de marcar.

Algo bastante importante para, no sé, ganar.

Y no ocurre solo una vez. Se repite en múltiples ocasiones durante los primeros cuarenta minutos de juego y, para cuando nos retiramos del hielo en el segundo descanso, estoy cabreado hasta decir basta.

«Y yo que pensaba que a estas alturas los jugadores de hockey ya habían aprendido a dejar de acaparar el puck ...».

Pasa por mi lado patinando detrás del resto del equipo y hago algo completamente irracional a causa de la mala leche que llevo encima. Lo agarro del brazo para detenerlo en seco.

—¿Qué? —espeta, clavando sus fríos ojos azules en los míos.

«Respira hondo. Mantén la calma. No lo mandes a tomar por culo, solo hazle una sugerencia».

Habría sido buena idea, pero lo que me sale suena más a ataque que a sugerencia.

—No eres el único jugador del equipo que puede marcar, De Haas. Lo sabes, ¿verdad?

Arruga la nariz y me lanza una mirada que parece decir: «¿Eres gilipollas o qué?».

—Pues claro. No soy un crío, Reed. Sé compartir.

Casi me echo a reír. «Supongo que tendremos que admitir que estamos de acuerdo en no estar de acuerdo».

—Pues pasa el puto puck si ves que estoy libre.

Me sostiene la mirada un segundo más y luego se aleja patinando hacia el vestuario con el resto del equipo, sin decir nada más.

«Vale...».

No tiene sentido discutir con él ahora, así que me callo y lo sigo al vestuario. Pero, para mi satisfacción, veo al entrenador apartarlo a un lado cuando salimos para el tercer tiempo y echarle una bronca por no pasar el puck cuando Rossi y yo estábamos desmarcados.

«Ahora eres un líder —espetó el entrenador—. Y los líderes saben que, a veces, hay que dejar que otros participen».

Aunque el comentario mordaz del míster me produjo cierta satisfacción (al fin y al cabo, yo le había dicho lo mismo a De Haas quince minutos antes), también fue como un inesperado puñetazo en el estómago.

Siempre he hecho todo lo posible por encarnar lo que significa ser un líder y un jugador que trabaja en equipo, no solo jugando bien y cumpliendo con mi papel en el hielo, sino siendo alguien a quien el resto del equipo pudiera tomar como ejemplo. Eso es lo que debe ser un capitán.

Y está claro que Quinton no representa nada de eso.

Por mucho que me joda admitirlo, el chaval tiene talento.

Podría llegar muy lejos, y me refiero a la NHL, si no fuera tan impulsivo.

O tan gilipollas. Pero su costumbre de usar los puños en lugar de la cabeza lo convierte más en un lastre que en una ventaja.

No tiene madera de capitán, y pensé que mi tío sabría verlo.

Supongo que me equivoqué.

Si no fuera por el golpe que recibí al final de la temporada pasada, que me provocó una fractura de clavícula y un desgarro en el hombro, probablemente sería yo quien estaría al frente de este equipo.

Joder, todos los miembros de este puto equipo saben que debería ser yo.

Sin embargo, aquí estamos, con el título que tanto he codiciado en manos de la única persona que no debería tenerlo.

Mi archienemigo.

Pero, al menos, Quinton parece tomarse en serio las instrucciones del entrenador y juega mucho más como alguien que juega en equipo que como un jugador solitario al comienzo del tercer tiempo. Incluso me pasa el puck en una jugada de contraataque, lo que me permite patinar con él y...

De repente, uno de los defensas me empuja contra la valla y el impacto me provoca un dolor intenso en el hombro.

Me quedo paralizado, y el defensa se lleva el puck como si nada, dejándome con las manos vacías y al borde del pánico mientras el dolor sordo sigue extendiéndose por toda la zona.

Tarda un par de minutos en remitir, así que sé que seguramente el golpe me ha provocado un tirón muscular o algo parecido, pero eso no lo hace menos angustioso.

Lo último que necesito es volver a lesionarme en la temporada más importante de mi carrera.

—¿Te paso el puck y haces esa mierda? —gruñe Quinton—. Bravo. Imbécil.

Lo veo alejarse por el hielo, intentando evitar que Trenton College marque, mientras la irritación me vibra en el pecho.

La incapacidad de Quinton para mantener la puta boca cerrada cuando está en el hielo es la misma razón por la que me lesioné.

En lugar de concentrarse en jugar, estaba demasiado ocupado provocando a uno de los defensas de Waylon durante los playoffs de la temporada pasada.

Durante todo el partido. Hasta que al final el otro se hartó de sus tonterías.

Por desgracia, aquello ocurrió en mitad de una jugada rápida y, en lugar de empujar a Quinton contra la valla y romperle la clavícula, me tocó a mí.

El muy cabrón incluso dijo que iba a por De Haas, pero el movimiento de nuestros jugadores hizo que se distrajera un segundo y... bueno, el resto es historia.

Un par de días después me operaron y pasé todo el verano yendo al fisioterapeuta varias veces por semana. No volví a sentirme al cien por cien hasta unas semanas antes de que empezaran los entrenamientos de esta temporada.

Y nada de eso habría pasado si De Haas hubiera sabido cerrar el pico. Otra razón más que añadir a la lista, cada vez más larga, de por qué este tío es un puto grano en el culo.

Estoy a punto de patinar de vuelta hacia donde el resto de los chicos ayudan a Cam a defender la portería, cuando los delanteros de Trenton lanzan una ofensiva agresiva.

Es entonces cuando el centro de Trenton, un tal Adams, empuja a Quinton contra la valla.

Con fuerza. Con mucha más de la necesaria.

Mientras tanto, el puck sale disparado hacia el otro extremo de la pista.

Mi instinto me dice que vaya tras él, pero el silbato del árbitro me hace volver la vista hacia Quinton, que yace desplomado sobre el hielo.

El silencio se apodera del estadio mientras todos contienen la respiración, algo que siempre ocurre cuando un jugador cae al suelo.

«Mierda».

—Dejadle espacio —ordena uno de los árbitros, apartando a los demás mientras Quinton se quita el casco.

Cuando levanta la cabeza, lo veo. El fuego en sus ojos arde con más intensidad, igual que cuando está a punto de...

Quinton se incorpora de un salto y agarra a Adams por la cintura. Ambos caen rodando sobre el hielo y De Haas le arranca el casco a Adams mientras lo inmoviliza debajo de él.

Sé lo que va a pasar y, por la expresión de Adams, él también lo sabe.

Y, con el primer puñetazo de Quinton, la pista de hockey se convierte en un cuadrilátero.

Se desata el caos mientras Quinton sigue golpeando a Adams. Los banquillos se vacían y todos saltan al hielo, ya sea para detener la pelea o para empezar otra.

Los árbitros hacen todo lo posible por impedir que nadie se acerque y un par de nuestros chicos intentan evitar que De Haas utilice al centro de Trenton como saco de boxeo.

Adams también debe de haberle dado un puñetazo a Quinton porque, cuando Cam y Rossi logran apartarlo, tiene la ceja abierta y la sangre empieza a correrle por la cara.

Sin embargo, eso no parece afectarle, porque aparta a nuestros chicos de un empujón y vuelve a lanzarse sobre Adams, que acaba de ponerse en pie.

«Vale, ya basta».

Me acerco patinando a ese idiota impulsivo, lo agarro por el cuello y lo aparto de Adams.

—¿Qué coño haces? —espeto entre dientes y lo empujo contra el cristal.

Por el rabillo del ojo, veo que Rossi y uno de los extremos de Trenton sujetan a Adams y hacen todo lo posible por evitar que ambos se lancen a una tercera ronda.

Mientras tanto, Quinton sigue enfurecido bajo mi agarre.

Está que echa espuma por la boca como un perro rabioso, ansioso por clavarle los dientes a Adams.

—Se lo ha buscado —gruñe Quinton, con los ojos aún convertidos en dos furiosas bolas de fuego azul. La llama más intensa que existe.

—Puede ser, pero no hace falta que empeores las cosas —le susurro, empujándolo con más fuerza contra la valla mientras él se revuelve entre mis brazos—. Puede que nos hayas hecho perder el puto partido con esta mierda.

Una mueca de desprecio se le dibuja en el rostro.

—No, Reed. Tú eres el que no quiere jugar en equipo, el que necesita ser el centro de atención.

¿Le has dicho al entrenador que nunca te paso el puck ?

Y, cuando por fin lo hago, ¿lo pierdes? Eso no es jugar en equipo.

—Se burla—. Si esta noche salimos de aquí con una derrota, la culpa será tuya. No mía.

Me está tomando el pelo, ¿verdad? ¿Soy yo el que no quiere jugar en equipo? ¿Soy yo el que va a hacer que esto nos cueste la victoria?

—Estás como una cabra.

Arquea las cejas como preguntando: «¿Y tú no?».

Mi voz suena como un gruñido.

—Tú eres el que manda en el hielo. No yo. Así que, en lugar de preocuparte por lo que hago, ¿por qué no empiezas a demostrar alguna de las cualidades de un verdadero líder?

Frunce el ceño y arruga la nariz con disgusto.

—Creo que ya va siendo hora de que superes el hecho de que tu apellido no bastó para conseguir este puesto.

«Vaya. Ya estamos con eso. Otra vez».

—Eres increíble, De Haas. Tienes la misma puta clase de siempre. —Asiento hacia la pecera—. Disfruta viéndome llevar a este equipo a la victoria mientras estás en tiempo muerto.

Me mira con cara de pocos amigos, limpiándose la sangre de la ceja con el dorso de la mano.

Espero que recibir un puñetazo en la cara le sirva de lección, pero, si algo ha demostrado su historial, es que no servirá de nada.

—Madera de capitán, y una mierda —murmuro entre dientes mientras lo veo patinar hasta el banquillo de penalización y dejar caer allí su culo temperamental.

Por desgracia, tengo que tragarme mis propias palabras después de decir que llevaría al equipo a la victoria.

La realidad es justo la contraria: nos machacan durante los cinco minutos de power play por culpa de la mala leche de Quinton. Y, para empeorar aún más las cosas, su ausencia sobre el hielo permite que Trenton College marque no uno, sino dos goles.

Y se llevan la victoria.

El ambiente en el vestuario después del partido oscila entre pésimo y deprimente, sobre todo porque el equipo llevaba años sin perder un partido inaugural en casa. Desde, bueno, mucho antes de que ninguno de nosotros llegara a jugar en Leighton.

Después de la reprimenda del entrenador en la charla posterior al partido, la mayoría nos quedamos en silencio, ya sea metiéndonos en la ducha o sumergiéndonos en baños de agua helada para asearnos, como si eso bastara para quitarnos de encima el hedor de la derrota.

Braxton, uno de mis compañeros de piso, se acerca a mí mientras me cambio. Los dos somos conscientes de que De Haas está dando puñetazos a su taquilla como si fuera un crío malcriado, incapaz de dominar la rabia, aunque hacemos todo lo posible por ignorarlo.

Es vergonzoso.

—¿De verdad estoy viendo esto? —murmuro, más para mí que para nadie, pero, por la forma en que Braxton asiente, sé que me ha oído.

—Ojalá no tuviéramos que verlo. —Hace una pausa y nos miramos—. Tenemos que hacer algo, tío. O nos espera una temporada muy larga.

—¿Como qué? No es que podamos echarlo ni nada por el estilo. El hockey no es una democracia.

—Joder, pues debería serlo.

«Tiene razón».

Me siento impotente con este asunto, igual que, seguramente, la mitad del equipo. Porque esto no se parece en nada a cómo debería actuar un capitán, ni sobre el hielo ni fuera de él.

—Si siguiéramos en el instituto, bastaría con meterle marihuana o alcohol en la taquilla y estaría acabado. —Suspiro mientras me calzo los zapatos—. Ojalá ahora fuera así de fácil.

—Ya te digo —refunfuña Braxton, poniéndose a mi lado mientras volvemos a casa—. Pero lo echaremos. De una forma u otra.