Más allá del hielo 1. Quinton
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1. Quinton

QUINTON

OCTUbrE

CUATRO AÑOS DESPUÉS

—De Haas. Llegas tarde.

El entrenador me mira fijamente en el momento en que irrumpo en el vestuario tras cruzar el campus corriendo como un loco para evitar justo esta situación. Pero me da que mis esperanzas de colarme sin que me vea, en lugar de quedar en evidencia, son en vano.

Joder.

—No volverá a pasar —murmuro, mirándolo a los ojos con el remordimiento que espera ver. Lo justo para que no me eche una bronca antes del primer partido de la temporada.

Como capitán del equipo y la persona de la que se espera que dé ejemplo al resto, mentiría si dijera que no esperaba una reprimenda en toda regla. Aunque esta temporada he mejorado mucho en la gestión del tiempo.

Hasta hoy, claro.

Hoy, los dioses del hockey han decidido que me quedara dormido una hora, lo que ha hecho que llegue tarde y tenga que correr como alma que lleva el diablo por el campus para no perderme el primer partido de la temporada.

Una forma de empezar la mañana de puta madre.

Es la única razón por la que espero, con mucha paciencia, a que me caiga la bronca del siglo.

Sin embargo, me sorprende recibir un gesto de asentimiento en lugar de gruñidos.

Como a caballo regalado no se le mira el diente, paso por delante de él y me dirijo a mi taquilla para prepararme. Al fin y al cabo, llegar tarde significa que solo tengo cinco minutos para vestirme antes de salir al hielo a calentar.

El vestuario está muy animado y un murmullo flota en el aire, como siempre ocurre antes de un partido.

Lo atribuyo a la mezcla de emoción y nerviosismo que desprendemos todos los que estamos aquí dentro.

Pero el murmullo solo me genera ansiedad y, por eso, hago todo lo posible por concentrarme mientras me coloco la parte inferior de la equipación.

Hasta que una voz me sobresalta.

—Creo que en mi puta vida he estado tan ansioso por salir a un partido.

Levanto la vista de donde estoy atándome los patines y veo a McGowan, uno de nuestros defensas de segundo año, completamente preparado, sentado en el banco frente a mí.

Todavía es un novato y apenas tuvo tiempo de juego durante su primera temporada con el equipo.

Pero este año, tras demostrar su valía estas últimas semanas y ganarse un puesto como titular, está en mi línea. Y hoy se estrena.

Así que, en esta situación, estar tan emocionado puede significar varias cosas.

—¿En el buen sentido o...? —pregunto, arqueando una ceja.

Esboza una sonrisa tímida, con el pelo rubio cayéndole sobre la frente.

—A ver, me siento como David, preparado para darle una paliza a Goliat. Pero también quiero vomitar todo lo que he comido en las últimas doce horas. Así que... ¿ambas?

Suelto una carcajada, sin sorprenderme lo más mínimo.

—No vomites sobre el hielo, a menos que quieras ser tú quien lo limpie. —Hago una pausa—. Pero lo de David machacando a Goliat hasta hacerlo papilla me gusta. Canaliza esa energía, Danny.

Asiente, pero juraría que se pone aún más pálido.

—Canalizarla. Vale. Eso puedo hacerlo.

Que conste que no parece que pueda, precisamente. Pero sonrío, le pongo una mano en la hombrera y le doy unas palmaditas.

He tenido a McGowan bajo mi ala desde que llegó la temporada pasada como novato.

Así es como la Universidad de Leighton organiza muchos de sus programas deportivos; algo parecido a lo que hacen las fraternidades con los hermanos mayores y los pequeños, solo que con dos años de diferencia en lugar de uno.

Se supone que esto ayuda a estrechar lazos y permite a los más jóvenes contar con un veterano que los mantenga en el buen camino y les proporcione las herramientas necesarias para triunfar a nivel universitario.

Así que Danny es... Bueno, supongo que es mi hermano pequeño.

¿Por qué cojones alguien confiaría en mí para ayudar a que otra persona tenga la cabeza bien amueblada cuando apenas puedo tenerla yo en mi mejor día? No tengo ni idea. Pero aquí estoy, con Danny buscando mi apoyo.

Y, aunque no creo que sea muy bueno en eso (soy más bien un tío de mano dura que uno cariñoso), no puedo evitar querer ayudarlo a mantener la compostura en lugar de perder el control. Así que le doy las únicas palabras de ánimo que soy capaz de ofrecer.

—Yo te cubro las espaldas ahí fuera, D. Todos lo hacemos.

Baja la mirada hacia el suelo y asiente.

—Gracias, capi.

Y así, sin más, se marcha. Probablemente esté avergonzado, aunque no sé por qué debería estarlo, teniendo en cuenta que es de los pocos miembros del equipo que de verdad me caen bien.

Quizá se haya ido a vomitar a uno de los baños.

Me inclino por lo segundo mientras me río y sacudo la cabeza. Hay algo en lo que ha dicho que me deja una sensación cálida y agradable en el vientre.

«Capi».

De capitán.

Han pasado meses desde que me eligieron capitán al final de la temporada pasada, pero todavía no termino de asimilar el título. Quizá sea porque he intentado que no se me suba demasiado a la cabeza, pero no puedo evitarlo. Y, sinceramente, no hay ninguna razón para no permitírmelo, al menos hoy.

Porque esto es lo que hay.

Es mi último primer partido de la temporada como miembro del programa de hockey de Leighton.

Y, sobre todo, quiero que esta sea la temporada en la que los Timberwolves se lleven a casa el trofeo de la Frozen Four.

Un título de campeonato, el primero en cinco temporadas, y conmigo liderando al equipo hacia la victoria.

Aunque hemos tenido algunos contratiempos en los entrenamientos y en los partidos de preparación, confío en nuestras posibilidades este año. Incluso tengo esperanzas.

Pero todas esas esperanzas se esfuman en el momento en que levanto la vista y veo al puto Oakley Reed caminando hacia mí. También conocido como la única persona de este puñetero equipo con la que no me llevo bien.

Aunque, por mucho que me duela admitirlo, la culpa de nuestro mal rollo recae directamente sobre mí.

Él fue el primero en soltar un puñetazo (algo muy poco habitual en él), pero fui yo quien inició la trifulca tras los campeonatos municipales del último año de instituto.

Y aquel momento quedó grabado a fuego en la mente de Reed, que desde entonces me considera su mayor rival. Quizá incluso su némesis.

En aquel momento no sabíamos que ocurriría lo impensable.

Que ambos nos quedaríamos en Chicago y acabaríamos aquí.

En Leighton.

Cuatro putos años.

Juntos.

—De Haas —murmura, ya vestido como el resto del equipo, salvo por el casco—. Parece que al final has decidido unirte a nosotros.

Intento que su voz no me saque de mis casillas, pero cuando Oakley aprovecha oportunidades como esta para lanzarme pullitas, es difícil no reaccionar.

Parece que por mucho que trabaje en ello y trate de controlar mi ira, nada funciona cuando él está cerca.

Por más que intente contenerme, siempre acaba colándose por las rendijas y sacando lo peor de mí.

Pero, ¿alguien puede culparme cuando me provoca tanto como yo a él?

—¿Y dónde quieres que esté? —le espeto, metiendo la bolsa de deporte en mi taquilla antes de incorporarme.

Una sonrisa falsa se dibuja en sus labios.

—Contigo nunca se sabe, sobre todo cuando eres el último en aparecer en día de partido.

Aprieto los dientes mientras cojo las hombreras, sin darme el lujo de caer en la trampa que me está tendiendo. Pero, tío, es difícil de cojones. Es la persona más irritante que he conocido nunca.

—¿No tienes cosas más importantes de las que preocuparte?

—Mis ojos tardan un segundo en evaluarlo, recorriéndolo desde su cabellera castaña con reflejos dorados hasta la punta de los pies antes de volver a subir.

Luego me inclino y me fijo en sus espinillas; incluso le doy unos golpecitos en esa zona—.

Como, por ejemplo, el hecho de que tus ridículos calcetines de la suerte se transparentan a través de la equipación.

¿Eso son gatitos? Estoy bastante seguro de que va en contra del reglamento.

Sinceramente, no veo nada más que la tela blanca y, aunque pudiera, las espinilleras me impedirían distinguir los calcetines extravagantes que lleva debajo. Pero eso no hace que sea menos divertido provocar a la bestia.

Creo que hasta le tiembla un párpado mientras hace todo lo posible por no mirar hacia abajo para comprobarlo.

—Me parto —dice con tono impasible, sin una pizca de diversión en esos iris color chocolate—. Pero deberías saber que no hay que burlarse del amuleto de otra persona. Trae mala suerte.

Eso es verdad.

Muchos atletas son muy supersticiosos durante la temporada, yo incluido, aunque eso es información confidencial que nadie más conoce. Y existe una regla no escrita: no hay que meterse en los rituales, las supersticiones, los amuletos o lo que sea de un compañero de equipo. Se lo carga todo.

Si no, que se lo pregunten a Justin Parsons, nuestro portero en mi primer año. Uno de los laterales titulares de aquella temporada intentó coger su stick de la suerte cuando se le cayó en el vestuario después de una mañana de entrenamiento.

Pero Justin tenía una regla: nadie podía tocar su stick de la suerte a menos que él se lo diera.

Puede sonar ridículo para alguien que no entiende a los deportistas y sus supersticiones, pero no bromeo cuando digo que el ochenta por ciento del equipo pilló una gastroenteritis un par de días después. Tuvimos que dar por perdidos no uno, sino dos partidos.

Y puedo decir con total sinceridad que nunca en mi vida he estado tan enfermo. Solo de recordarlo me dan escalofríos.

—Me arriesgaré —le digo, colocándome las protecciones y volviendo a lo mío. Pero el imbécil sigue aquí, buscando pelea.

—¿Por qué no me sorprende? Está claro que todo te importa una mierda si llegas una hora tarde.

Dejo lo que estoy haciendo e inclino la cabeza para mirarlo fijamente.

—Pareces muy pendiente de mí, Reed. ¿Intentas controlarme? ¿Me echas demasiado de menos cuando no estoy?

Las fosas nasales de Oakley se dilatan por el cabreo y frunce el ceño sobre los ojos entrecerrados. Es su típica mirada asesina. Una mirada que he recibido demasiadas veces como para que me dé miedo.

—Ni mucho menos, capitán. Solo pensaba que, ya que ahora estás al mando, tal vez te esforzarías por actuar como si este equipo te importara. Por convertirnos en una prioridad. Pero veo que me equivocaba. En cambio, planeas llevarnos directos al puto fracaso.

El veneno con que pronuncia la palabra «capitán» no da en el blanco, aunque está claro que él esperaba lo contrario. Pero que sea tan susceptible con ese tema es su problema, no el mío.

Nunca pedí que me consideraran para capitán; me eligieron y punto.

Pero, de nuevo, como a caballo regalado no se le mira el diente, le di las gracias al entrenador por nombrarme, acepté el título de los cojones y seguí con mi vida.

Joder, quizá así algunos de los chicos del equipo dejarían de mirarme como si fuera un puto leproso la mitad del tiempo solo porque no le caigo bien al niño bonito del hockey.

Por supuesto, que me nombraran capitán solo echó más leña al fuego que ya ardía entre el niñato y yo, un fuego que viene desde el instituto. Y todo fue a peor cuando, al final de la temporada pasada, Oakley se lesionó y sufrió una fractura de clavícula por un golpe que iba dirigido a mí.

Y luego están todas las conversaciones polémicas que hubo entre medias, que no hicieron más que avivar las llamas.

Joder, me sorprende que el entrenador no le diera directamente el puto cargo a Oakley para evitar que esto pasara. Y estoy seguro de que él también lo pensó, ya que es el sobrino del entrenador. Además, era un candidato casi seguro para el puesto.

Pero no es culpa mía que Oakley pensara que el nepotismo le garantizaría el título.

Con el stick y el casco en la mano, lanzo un suspiro exagerado.

—Sí, bueno, al menos yo soy el capitán.

El fuego arde en sus ojos; la mandíbula le tiembla por el esfuerzo de contenerse. Y así es como sé que he ganado esta discusión de mierda. Cuando está tan cabreado, ni siquiera es capaz de soltar otra réplica ingeniosa y grosera.

En realidad, es un pasatiempo de lo más divertido: ver cuántas pullas hacen falta para que cierre la boca. A veces, incluso intento batir mi propio récord.

Busco la puntuación más baja, como en el golf.

Ahora mismo, diría que voy dos bajo par.

Con una ceja arqueada, le dedico al imbécil una sonrisa falsa y triunfal.

—Nos vemos en el hielo, Reed.