Más allá del hielo
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Prólogo. Oakley
Prólogo
OAKLEY
ÚLTIMO AÑO DE INSTITUTO
DIECIOCHO AÑOS
Una de las pocas veces en que me permito sentirme libre y a gusto es cuando llevo los patines puestos y tengo el hielo bajo los pies.
Aunque, considerando lo rápido que puede llegar a ser el hockey, resulta difícil describirlo, pero es como si una sensación de paz se apoderara de cada centímetro de mi ser y me fusionara con mi equipo y con el puck .
Es una sensación de pertenencia, de propósito, que me transporta a la primera vez que me calcé unos patines y que no ha dejado de crecer conmigo.
Es un sentimiento arraigado en lo más profundo de mi ser, que me confirma que esto es a lo que estaba destinado. No por el legado de mi apellido, sino por la alegría incontenible que recorre mi cuerpo cada segundo que estoy sobre el hielo.
Ese sentimiento... No podría pedir más. Y no quiero hacer nada más que perseguirlo hasta los confines del mundo.
Esta certeza se reafirma cada vez que vuelo sobre el hielo tras un puck solitario o marco un gol y veo cómo el marcador se ilumina ante mis ojos. Cuando cada logro e hito que alcanzo me aleja aún más de mis predecesores, permitiéndome por fin salir de la sombra que proyectaban sobre mí.
Y cuando te llevas a casa una victoria muy reñida y bien merecida, sientes esa adrenalina, la euforia embriagadora, ese orgullo que lo consume todo.
Por eso es lógico que siga en una nube cuando estoy a punto de subirme al autobús después de haber jugado no solo el mejor partido de mi carrera en el instituto, sino también tras haber ganado el campeonato de Chicago contra nuestro mayor rival: el Centre Prep.
Aunque el título no sea tan prestigioso como el de campeón estatal (que Centre nos arrebató el mes pasado), sigue siendo increíble no solo haber tenido una revancha, sino también haber vuelto a casa con la victoria.
Eso hace que sea aún más dulce.
Su delantero estrella de los últimos cuatro años, Quinton de Haas, se apoya contra la pared, a unos diez metros del pasillo. Levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran cuando estoy a punto de pasar por su lado.
—Buen partido —le digo, porque ha jugado bien.
Excepto en los momentos en que acabó en la pecera por cometer faltas descaradas, jugando más como un crío de ligas juveniles que como un fichaje de primera para varios programas universitarios de hockey.
Pero no voy a soltarle un cumplido ambiguo y provocar una pelea, porque, una vez que se le enciende la mecha, es solo cuestión de tiempo que explote.
Por desgracia para mí, explota de todos modos.
Una mano me agarra por la camiseta y me empuja contra la pared antes de que tenga tiempo siquiera de pestañear, y mucho menos de reaccionar. Cuando mi cerebro procesa lo que acaba de pasar, lo miro a los ojos.
—Déjate de mierdas, Reed. —Está furioso; la ira se le refleja en la cara, latiendo bajo la superficie, esperando ser liberada.
Esa ira suya no es nada nuevo, sobre todo en el hielo. Es uno de los rivales más despiadados contra los que he jugado en los últimos trece años. Joder, he visto esa furia desatarse en primera fila varias veces; la rabia con la que juega se acumula y se acumula dentro de él hasta que ya no cabe.
Y entonces estalla.
Como ahora.
Cierro la mano sobre su muñeca e intento zafarme de su agarre. Es inútil, así que le clavo los dedos en los tendones y lo miro con cara de pocos amigos.
—¿A ti qué coño te pasa?
Presiona el antebrazo contra mi esternón y aprieta más, con sus ojos azul claro cargados de una furia apenas contenida.
—Tú eres lo que pasa, capullo. El niño bonito del hockey, que viene aquí con su «buen partido», actuando como si fuera el dueño de este deporte.
Está intentando sacarme de mis casillas, pero no va a conseguirlo.
A diferencia de él, yo no dejo que mi temperamento me domine y, desde luego, no recurro a las manos a la mínima provocación cada vez que no puedo controlar mis emociones.
Por eso no obtiene la reacción que esperaba y yo suelto una carcajada.
—¿Es en serio? Era un cumplido. Uno sincero, así que acéptalo y sigue con tu puta vida.
—¿Que siga con mi puta vida? —repite, con evidente incredulidad. Sus cejas oscuras, del mismo color que el pelo, se fruncen, y el gesto se le endurece—. Joder, ¿quieres que lo deje correr cuando ambos sabemos que la victoria era del Centre?
Esta vez no puedo evitar soltar una carcajada. ¿Es en serio? ¿Se va a pelear por esto?
Consciente de que estoy tentando a la suerte al burlarme de un loco como De Haas, me inclino hacia él.
—La victoria es para el equipo que se la gana.
—O para el equipo que soborna a los árbitros.
Su comentario me deja descolocado.
—¿Qué?
—Lo que has oído —continúa—. Me apuesto lo que sea a que papi ha hecho un pequeño donativo a los bolsillos de esos árbitros. Solo para asegurarse de no manchar del todo el nombre de la familia Reed esta temporada, perdiendo contra nosotros en el estatal y aquí.
Me tenso de los pies a la cabeza cuando sus palabras caen entre nosotros como una puta guillotina.
El nepotismo existe, y, joder, más de una vez lo han usado contra mí. En muchos sentidos. Pero la verdad es que no de la forma que él está insinuando.
Ha habido muchas ocasiones en mi vida en las que he deseado no ser descendiente de dos leyendas del hockey. Aprender a jugar junto a dos grandes de este deporte fue increíble. Pero compartir apellido con ellos complica las cosas cuando lo único que quieres es abrirte camino por méritos propios.
Muchas veces parece imposible encontrar la manera de brillar por mí mismo.
Llevar siempre la etiqueta del hijo del delantero diez veces All-Star Travis Reed o del sobrino de Trevor Reed, el portero que ostenta el récord de más partidos imbatido en una sola temporada, no es tan maravilloso como parece.
Prefiero ser yo mismo. Oakley Reed. Futuro delantero de los Timberwolves de la Universidad de Leighton. Y lo que venga después.
Que Quinton no pare de hablar de mi familia no hace más que demostrar lo que digo.
—Increíble —murmuro—. Si eso es lo que necesitas creer para conciliar el sueño esta noche, adelante. Piensa lo que quieras. Nada de lo que diga va a cambiarlo.
—Oh, ¿eso es una confesión?
—No, eres tú sacándote gilipolleces de la manga y buscando una excusa para justificar que habéis perdido, cuando el motivo es muy sencillo. —Hago una pausa, asegurándome de pronunciar cada palabra con énfasis—. No. Jugasteis. Para. Ganar.
Si quiere intentar sacarme de mis casillas, esto también puede ser un juego de dos. Y, según mis cálculos, por cómo se avivan las llamas en sus ojos ante mi pulla, diría que voy ganando.
—O nuestro equipo jugó mejor y el tuyo solo tuvo suerte gracias a un montón de faltas de mierda en nuestra contra.
Y así, sin más, veo a la perfección qué hay detrás de todo esto.
—¿Contra tu equipo o contra ti? Porque creo que el verdadero problema aquí es que estabas demasiado ocupado jugando sucio como para jugar en serio. Y eso le ha costado el campeonato a tu equipo.
Es la verdad. Creo que tuvimos un total de cinco power plays solo en el segundo tiempo, y dos fueron porque Quinton no paraba de hablar de más o de soltar golpes sucios a mis compañeros, lo que lo mandó directo al banquillo de penalización, donde no tuvo más remedio que sentarse a mirar.
Vale, sí, hubo algunas decisiones discutibles; eso lo reconozco. Pero a nuestro equipo también le ha pasado. Eso no significa que hayamos sobornado a los árbitros para que sucediera.
—Ah, claro, porque a ti nunca te han enviado a la pecera, ¿verdad, Oakley? Dime, ¿qué se siente al ser perfecto todo el tiempo?
Con eso, da en el clavo y empiezo a cabrearme.
—No tiene nada que ver con ser perfecto, sino con jugar como se debe jugar.
Así es como se gana. Ahora, ¿quieres dejarlo ya?
—Lo empujo, cansado, harto de las chorradas que está diciendo no solo sobre mí, sino también sobre mi familia—.
Coge tu trofeo de participación y vete a casa.
Escuchar tus tonterías de mal perdedor es patético.
—¿Yo soy patético? —Espeta, acercándose a mí otra vez, tanto que su nariz roza la mía—. Patético es conseguirlo todo en la vida gracias a tu apellido, en lugar de por méritos propios.
Ahí está otra vez, esa sensación de inquietud y ardor ante su acusación. Irradia desde mi interior, se retuerce y se enrosca por mis extremidades hasta que me siento tan atrapado que creo que voy a estallar.
Cada vez que mencionan mi apellido o a mi familia, es como si una tenaza presionara mi autocontrol.
Porque yo no soy mi tío ni mi padre.
Y estoy hasta la polla de que todo el mundo nos compare.
—El que estaba en el hielo esta noche era yo, De Haas. No había ningún otro Reed.
—Él sigue siendo la razón por la que juegas. Sigue siendo el precursor de tu camino hacia el éxito —gruñe, con una voz que no es más que un susurro venenoso—. Un camino que la mayoría de nosotros tenemos que labrarnos desde cero.
Hay una cosa en la que sí tiene razón. Mis raíces en el hockey me allanaron el camino, pero nada de eso hace que el esfuerzo, el sudor y las lágrimas que me han llevado hasta aquí sean menos reales.
Ni que los entrenamientos agotadores sean menos duros.
Además, me estoy forjando una identidad propia mientras intento continuar con mi legado.
Busco mi lugar en una industria y un mundo que ya me ha colgado una etiqueta.
Algo que es difícil de cojones con gilipollas como Quinton, convencidos de que me han dado un trono y una corona sin tener ni idea de cómo gobernar un reino.
—He trabajado tan duro como tú —espeto, apretando los dientes con fuerza mientras sus palabras arañan la fachada cuidadosamente construida del dios del hockey que él cree que soy.
Pero incluso el oro macizo puede rayarse y abollarse. En las manos equivocadas, puede perder su brillo o incluso romperse.
—Estoy seguro de que sí, igual que estoy seguro de que el año que viene podrás elegir entre los mejores programas de hockey. —Hace una pausa, con una sonrisa burlona y venenosa en el rostro—. Justo después de que papi firme un cheque en blanco para la universidad de turno, claro.
En cuestión de un segundo, toda la tensión que se había ido acumulando dentro de mí simplemente... se desvanece.
Sabía que existía la posibilidad de que esta conversación empezara con palabras y terminara a golpes. Con Quinton, las probabilidades de que eso suceda siempre son altas.
Pero nunca habría apostado a que sería yo quien lanzaría el primer puñetazo.