4. Oakley
OAKLEY
Cuando aparco el coche delante de la casa que comparto con algunos amigos, ya sé que al entrar me voy a encontrar con el caos medio controlado de siempre. Para mi desgracia, porque esta noche hemos vuelto a perder y lo único que me apetece es meterme en la cama y estar de morros.
Claro que una casa con un caos medio controlado es exactamente lo que ocurre cuando un grupo de universitarios, atletas y además muy sociables (sin contarme a mí en esa última categoría) deciden vivir juntos.
Cuando a todas horas aparecen amigos, novias y compañeros de equipo para pasar el rato, el caos acaba siendo la norma.
Y no es que los culpe, ya que tenemos un sótano muy bien equipado con una televisión enorme, una mesa de billar y un sofá increíblemente grande que lo convierten en el lugar perfecto para pasar el rato.
Pero también me saca de quicio que la casa casi nunca esté en silencio cuando necesito que lo esté.
Y ahora mismo, joder, lo necesito.
Cuando abro la puerta y me llega, amortiguado, el estruendo del sonido envolvente que sube desde el sótano, sé que algo se cuece allí abajo.
Solo Dios sabe qué, pero me jugaría la puta vida a que Holden, alias mi compañero de piso número uno, tiene algo que ver.
Al fin y al cabo, al quarterback estrella de la Universidad de Leighton le encanta pasárselo bien.
Theo, mi compañero de piso número dos y shortstop del equipo de béisbol, está en la cocina con un par de compañeros cuando entro un poco más en la casa.
Creo que se llaman Phoenix y Keegan, pero, con la cantidad de chicos que entran y salen de aquí y que juegan en alguno de los equipos deportivos de Leighton U, a veces es imposible saber quién es quién.
Camden, el portero de nuestro equipo, sube las escaleras con su ligue de la semana, probablemente camino de su habitación. Ni siquiera me molesto en aprenderme los nombres de las chicas, porque no duran lo suficiente como para que merezca la pena.
Pero al compañero de piso que busco es a Braxton, porque tenemos que hablar. Lo más importante: la mierda que ha pasado hoy en el entrenamiento, con De Haas acusado de meterse putas drogas.
No sé qué probabilidades hay de que Quinton esté consumiendo, y mucho menos de que lo hayan pillado, pero no pueden ser muy altas. Sin duda, más o menos las mismas que tengo yo de comprender la física cuántica.
Remotas de cojones.
Por suerte, encuentro a Braxton, cerveza en mano, en el sofá del salón con unas chicas que sé de sobra que son unas cazacamisetas: Kinsley, Ashton y Mikayla.
Y digo cazacamisetas en lugar de pucktillas porque estas tres no le hacen ascos a ningún deporte.
Lo único que quieren es acostarse con deportistas, a ser posible con todos los que puedan antes de acabar la universidad.
Sé con certeza que Kinsley, la rubia que ahora mismo está tumbada en el regazo de Braxton, se ha acostado con todos los tíos de la casa.
Esta semana. Con todos menos conmigo, aunque no porque ella no lo haya intentado.
El hecho de que yo sea gay y no sienta la menor atracción sexual por las mujeres le complica un poco los planes, y no para bien.
Y, por cómo me mira descaradamente mientras cruzo el salón hacia donde están sentados, está más que dispuesta a volver a intentarlo.
«Genial».
—¡Ahí está el hombre del momento! —exclama Braxton en cuanto me siento en el otro extremo del sofá, junto a Ashton.
Aunque no sé muy bien por qué me llama así. Esta noche hemos perdido.
—Hola, tío. —Miro a Braxton y luego a las tres chicas, que me observan con ojos de halcón—. ¿Podemos hablar un momento? ¿A solas?
Se le frunce el ceño.
—¿Y eso por qué? Sabes que las chicas no van a ir contando por ahí las tonterías que hablamos.
No, la verdad es que no lo sé. De hecho, estoy convencido de que cualquier secreto o información confidencial que Mikayla oiga acaba circulando entre todas las arpías de sus amigas por redes sociales a los cinco segundos.
Así que no quiero hablar de cosas del equipo delante de ella. Ni delante de ninguna.
—Solo creo que deberíamos llamar a Cam y hablar de lo que ha pasado en el partido.
—¿Te refieres a que han pillado a Quinton de Haas por dopaje? —pregunta Mikayla. Levanto la vista y la veo estudiándose las uñas, que bien podrían ser garras, como si fueran lo más interesante del mundo, en un esfuerzo por actuar con la mayor indiferencia posible.
Vuelvo a mirar a Braxton.
—¿Se lo has contado?
Se encoge de hombros.
—De todos modos, mañana se habría corrido la voz por toda la universidad. Ya sabes que la NCAA está tomando medidas drásticas con estas cosas. Seguro que estarán encantados de usarlo como ejemplo.
Por desgracia, sé que Braxton tiene razón. Mañana a estas horas, Quinton aparecerá en todos los titulares de hockey. Estas noticias corren como la pólvora, sobre todo cuando afectan a alguien con su reputación.
Lo peor es que, aunque recurra la sanción (y estoy seguro de que lo hará) y termine ganando, una vez que algo así sale a la luz, la mancha permanece. Muy poca gente consigue recuperarse de eso.
Brax se mueve y rodea a Kinsley con el brazo libre.
—Queríamos que se fuera, y se ha ido. Quién sabe cuánto durará, pero, de momento, ya no es un problema. Centrémonos en ganar partidos.
Otra vez tiene razón. Así que, quizá, debería estar agradecido porque el destino nos haya traído hasta aquí y ahora yo pueda llevar a este equipo a la victoria durante el resto de la temporada.
Pero es que todo esto es demasiado... conveniente.
Al contrario de lo que le dije a Quinton en el despacho del entrenador, no creo que sea idiota.
Sí, no miento cuando digo que es un temerario de cojones, pero, si hay algo que tengo claro, es su dedicación al hockey.
Aunque finja no haberlo advertido nunca, llevo años viéndola.
De hecho, es una de las pocas cualidades que me gustan de él; lo que no me gusta son algunas de las formas en que lo demuestra.
Como repartir puñetazos sobre el hielo, aunque sea para defender a sus compañeros o a sí mismo.
¿Y se supone que tengo que creerme que se metería algo para mejorar su rendimiento?
Es imprudente, pero no tanto.
—Mira, me alegro de que el puesto de capitán esté ahora en manos de alguien que de verdad lo merece. Piensa en eso en lugar de en un imbécil que puede que ni siquiera vuelva a jugar esta temporada —dice Braxton, apurando la cerveza y dejando la lata vacía sobre la mesa que hay detrás del sofá.
Miro a Braxton y luego a las tres chicas, que asienten.
—Vale. —Suelto un largo suspiro—. Vale, gracias.
Me hace un gesto con la mano para quitarle importancia.
—No hace falta que me des las gracias. Sabes que siempre voy a mirar por ti.
Y ahí está otra vez. Esa incómoda sensación de que hay algo que se me escapa. Aunque estaba dispuesto a dejar el tema y disfrutar del resto de la noche, hay algo en sus palabras y en el tono con el que las dice.
No me cuadra. Es como si supiera algo que yo no sé.
—¿De qué hablas? Todo esto ha sido cosa de Quinton. ¿Qué se supone que has hecho tú por mí?
Una sonrisa cómplice le cruza el rostro, pero se limita a encogerse de hombros mientras juguetea con un mechón del pelo de Kinsley.
Sin embargo, yo tengo los nervios a flor de piel; un hormigueo helado se apodera de cada centímetro de mi cuerpo mientras el miedo me recorre por dentro. Porque está claro que sabe algo. O, peor aún, que puede que haya tenido algo que ver en todo este puto desastre.
—Brax. Suéltalo —exijo despacio—. ¿Has hecho algo?
Levanta la vista para mirarme a los ojos.
—No he hecho una mierda.
Lo bueno de ser amigo de Braxton desde hace tanto tiempo es que sé cuándo miente descaradamente. Y estoy casi seguro de que ahora mismo lo está haciendo.
—Braxton —siseo, esta vez con más dureza—. ¿Qué. Has. Hecho?
—Mira, tío. Ahora eres capitán. Más te vale mantener las manos limpias.
«Oh, joder. ¿Mantener las manos limpias?».
—¿Cómo puede ser que cuanto más hablas menos dices?
Sigue sonriendo.
—Claramente, es un don.
Aprieto los dientes y noto cómo se me revuelven las tripas, porque estoy casi seguro de saber qué ha pasado.
De alguna manera, Braxton ha manipulado la prueba de Quinton para que lo suspendan. Quizá incluso para que lo expulsen del equipo. Y estoy dispuesto a apostar a que no calculó que eso también podría acabar saliéndole caro a él si todo llega a saberse.
Lo cual también podría ocurrir, dependiendo de lo que dé la segunda prueba de De Haas. Apuesto a que esta vez saldrá limpio, porque ¿qué clase de culpable pediría una segunda prueba para demostrar todavía más su culpabilidad?
Y eso nos deja ante un problema completamente nuevo: su vuelta después de todo esto.
«Mierda».
No caí en ello cuando el entrenador me habló de la segunda prueba de Quinton, pero ahora no puedo pensar en otra cosa.
Lo que significa que tengo que comprobar cómo está mentalmente, aunque solo sea para asegurarme de que, cuando vuelva después de todo este lío, no sea aún más explosivo y violento de lo que ya es.
Eso es lo último que necesita el equipo.
La mirada de Braxton no da tregua mientras me observa intentar encajar todas las piezas de este plan descabellado que, casi con toda seguridad, ha puesto en marcha él.
Me doy cuenta del momento exacto en que comprende que ya sé bastante, porque aparta el brazo de detrás de Kinsley y se inclina hacia mí para darme una palmada en el hombro.
Al hacerlo, me sostiene la mirada, con una advertencia en los ojos.
Una que me dice que deje de hacer preguntas antes de descubrir algo que no voy a poder olvidar.
Y eso, en sí mismo, ya es toda la confirmación que necesito.
No me hacen falta palabras, y desde luego no quiero conocer los detalles de cómo lo hizo. Lo único que conseguiría sería convertirme en más cómplice de lo que ya soy.
—He velado por tus intereses, hermano. Eso es todo lo que necesitas saber.