CAPÍTULO 10
El amanecer se reflejaba en los ventanales del Guardian Arena, tiñéndolos de destellos dorados.
Boston iba despertando poco a poco. Las primeras personas cruzaban las calles aún húmedas de rocío, las cafeterías empezaban a levantar las persianas y una ligera brisa procedente del océano agitaba las banderas de los Boston Guardians frente a la entrada del pabellón.
Aiden Benson contemplaba aquel paisaje desde la ventana de la sala de conferencias, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Por primera vez después de todo lo ocurrido durante las últimas semanas, no se sentía oprimido.
A su espalda, Rick Donovan probablemente estaba viviendo el momento más difícil de su carrera. El agente se ajustó la corbata con un gesto nervioso.
—Todavía podemos cambiar de idea.
Aiden guardó silencio, pero Rick insistió.
—Nadie te está pidiendo que mientas, Aiden. Basta con evitar el tema y dejar que, con el tiempo, todo se olvide. Ya verás que tarde o temprano encontrarán otra cosa de la que hablar y tú dejarás de ser el centro de todas las miradas. Solo hace falta otra noticia que despierte su interés…
Aiden se volvió lentamente. Sus ojos azules conservaban una calma y una determinación que Rick nunca había visto.
—Es exactamente lo que he hecho toda mi vida: evitar el tema, bajar la mirada, esconderme, esperar. —Suspiró y después negó con firmeza—. Nunca ha funcionado. Así que esta vez diré la verdad. Es lo más importante que me queda.
Rick asintió. Por primera vez no intentó oponerse ni convencerlo. También porque comprendió que cualquier otra palabra sería inútil.
La sala de prensa estaba abarrotada, con cámaras, micrófonos y periodistas llegados de todos los rincones del país. El murmullo cesó en cuanto entró Aiden.
El entrenador Michael Harris estaba sentado al fondo de la sala, con los brazos cruzados y la mirada severa. Pero esta vez no parecía estar allí para controlarlo ni para dirigirlo, sino para escucharlo.
Aiden se sentó delante de los micrófonos e inspiró despacio. Las preguntas no se hicieron esperar; llegaron de inmediato.
—Aiden, ¿quiere aclarar por fin la naturaleza de su relación con Luke Moretti?
Otro periodista intervino.
—¿Las fotografías publicadas durante las últimas semanas reflejan una relación sentimental o se trata solo de amistad?
Siguieron unos segundos de silencio. Aiden podría haber leído el comunicado preparado por Rick. Podría haber desviado el tema, negado o restado importancia a su relación con Luke. En lugar de eso, alzó la mirada. Su voz era serena y firme.
—No creo que la persona a la que amo deba ser tratada como un escándalo. No se lo merece.
De pronto, un silencio absoluto cayó sobre la sala.
—Siempre he pensado que mi obligación era demostrar algo a todo el mundo. Que era lo bastante fuerte, lo bastante bueno, lo bastante disciplinado. Pero después comprendí que, si para conseguirlo tenía que ocultar una parte de mí, cada victoria perdería su sentido.
Se detuvo un instante y alzó el rostro hacia los periodistas, recorriéndolos con la mirada.
—No estoy aquí para hacer un anuncio ni para lanzar un mensaje. Solo estoy aquí para decir algo muy sencillo. No pienso seguir ocultando a quién amo. Y yo amo a Luke Moretti. Eso es todo.
Nada más, nada menos. Ninguna proclama, ningún desafío. Solo una verdad pronunciada con la serenidad de quien por fin había dejado de luchar contra sí mismo.
Las reacciones no tardaron en llegar. Los programas deportivos debatieron sus palabras durante días y las redes sociales se llenaron de comentarios. Muchos lo apoyaban, también por su valentía; otros seguían criticándolo.
Pero, sorprendentemente, el ruido ya no conseguía alcanzarlo. Había aprendido que ninguna opinión volvería a tener el poder de definir quién era.
También en el vestuario había cambiado el ambiente. La entrada de Aiden fue recibida con un silencio cargado de tensión. Algunos bajaron la mirada; otros siguieron cambiándose como si nada.
Después Neal Cooke cruzó el vestuario y, sin decir una palabra, le dio una palmada en el hombro.
—Te estaba esperando, Benson.
Tyler Evans le lanzó una toalla.
—Muévete, campeón. ¡Tenemos un partido que ganar!
Unas cuantas risas disiparon definitivamente la tensión. Incluso algunos veteranos que hasta entonces se habían mantenido distantes, sin pronunciarse sobre él, le dedicaron una sonrisa o un gesto de saludo.
No todos, pero sí los suficientes para infundirle esperanza. Aiden comprendió que el respeto no nacía de las declaraciones, sino de años de trabajo compartido, de entrenamientos y sacrificios. De una confianza ganada día a día.
El entrenador Harris lo llamó a su despacho al terminar el entrenamiento. Se quedó unos instantes contemplando el hielo, ya vacío, antes de hablar.
—Sabes… —Le lanzó una mirada firme y después suspiró hondo—. Cuando llegaste aquí, creía que solo eras un chico con mucho talento. Como hay otros, la verdad. Me equivocaba. El talento se ve en los momentos fáciles. El carácter, en cambio, el de verdad… aparece cuando todo parece venirse abajo.
El entrenador abrió una carpeta, sacó un contrato y lo dejó sobre la mesa.
—Bienvenido oficialmente a los Boston Guardians. El puesto es tuyo si lo quieres.
Durante unos segundos, Aiden permaneció inmóvil. Aquel era el papel con el que había soñado desde niño. Y, sin embargo, lo que más lo emocionaba era saber que lo había conseguido sin renunciar a sí mismo.
Estrechó la mano de Michael Harris.
—Gracias, entrenador.
Harris esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Ahora que formas parte del equipo oficialmente, haz tu trabajo y prepárate para ganar unos cuantos partidos. ¡Nos hacen falta!