CAPÍTULO 11
Durante los días siguientes llegó la noticia que muchos esperaban, sobre todo los miembros de la prensa. La directiva había abierto una investigación interna, ya concluida, sobre la difusión de información personal acerca de la vida privada de Aiden Benson.
Las pruebas reunidas por la periodista Sophie Grant y confirmadas por el fotógrafo autónomo eran inequívocas.
Dylan Pierce había vendido información confidencial sobre los movimientos de Aiden, contribuyendo deliberadamente a la difusión de las fotografías.
Así que no lo había dicho solo para provocar a Aiden en la pista.
Su conducta se consideró incompatible con los valores de la franquicia y, pocos días después, fue traspasado a un equipo de categoría inferior, donde probablemente permanecería hasta el final de su carrera.
La alternativa habría sido obligarlo a abandonar el hockey.
La noticia solo ocupó las páginas deportivas unos días; después, el campeonato siguió su curso.
La vida de Luke también cambió. El revuelo mediático, al principio doloroso para él y para su carrera, acabó atrayendo la atención hacia su música.
Sus actuaciones en festivales aumentaron y las propuestas de colaboración se multiplicaron.
Sus producciones empezaron a sonar y a obtener reconocimiento también fuera de Estados Unidos.
Pero, pese a su éxito creciente, seguía reservando tiempo para lo que de verdad importaba. Las cenas improvisadas con Aiden, los paseos junto al río, las mañanas escuchando viejos vinilos cuando las agendas de ambos por fin coincidían.
Habían aprendido que amar a alguien no significaba estar siempre juntos: significaba elegir, cada día, volver el uno al otro.
La temporada continuó superando todas las expectativas. Aiden se había ganado definitivamente el puesto de titular. Su velocidad y su determinación se convirtieron en una de las armas más importantes de los Guardians.
Cada partido reforzaba la confianza del equipo y cada victoria parecía borrar otro fragmento de los miedos que lo habían acompañado toda su vida.
Por fin llegó la noche decisiva. Una victoria garantizaría a los Boston Guardians el acceso a los playoffs. El Guardian Arena era una explosión de colores, cánticos y banderas.
Habían dominado el partido con determinación y fuerza. Ahora el cronómetro marcaba por fin los últimos segundos. Tres, dos, uno. La sirena final atravesó el pabellón y el público estalló. Los Guardians estaban en los playoffs.
Los jugadores se abrazaron sobre el hielo. Tyler prácticamente se le echó encima a Aiden y Neal le revolvió el pelo a través del casco. Hasta Harris dejó que una sonrisa le iluminara el rostro.
Pero Aiden ya había empezado a buscar a otra persona. Se quitó lentamente los guantes y el casco y se despidió deprisa de sus compañeros. Después patinó hacia el sector donde estaban sentadas las familias y los invitados.
Entre tantos rostros, reconoció uno de inmediato. Luke estaba apoyado en la valla y sonreía, con los ojos verdes húmedos de emoción. Aquella misma sonrisa que había visto por primera vez varios meses antes, entre las luces del Pulse.
Aiden llegó hasta el plexiglás y un empleado abrió el pequeño acceso reservado a los invitados autorizados. Luke bajó los últimos escalones hasta llegar a él.
Durante un momento se limitaron a mirarse, mientras las celebraciones continuaban a su alrededor. Las cámaras grababan cada rincón de la pista y los fotógrafos buscaban la imagen perfecta de la victoria.
Aiden sonrió.
—Te había prometido que no volvería a huir.
Luke se acercó despacio.
—Lo sé.
—Hemos ganado, Luke.
—Claro, amor mío. Hemos ganado.
No hicieron falta más palabras. Aiden le rozó el rostro con las yemas de los dedos, en un gesto lleno de ternura.
Luke apoyó la frente contra la suya durante un instante, sonriendo antes de que Aiden cerrara con naturalidad la breve distancia que los separaba.
Se besaron con dulzura, sin prisas, entre los aplausos de los aficionados, el chasquido de las cámaras y el hielo que reflejaba las luces del pabellón.
Ya no había nada que ocultar. Ninguna huida, ningún miedo. A su alrededor, el mundo seguía haciendo ruido sin descanso. Pero para Aiden solo existía aquel momento.
Toda su vida había creído que el hielo era el lugar donde demostrar su valía. Aquella noche comprendió que se había convertido en algo mucho más valioso.
No era un campo de batalla ni una fortaleza tras la que esconderse, sino el lugar donde por fin había encontrado el valor para ser él mismo.
Junto a Luke había comprendido que la victoria más importante no era la que acababa de conquistar en el marcador. Era la libertad de amar y dejarse amar sin volver a bajar la mirada.