CAPÍTULO 8
El Guardian Arena nunca había sido tan ruidoso.
Más de dieciocho mil personas llenaban las gradas, convirtiendo cada respiración en una ola ensordecedora que hacía vibrar las paredes del recinto.
Las luces iluminaban el hielo como si fuera un escenario, mientras los logotipos de los Boston Guardians recorrían las pantallas gigantes al son de una banda sonora épica.
Era el último partido de la concentración, el que decidiría la plantilla definitiva. Para muchos no era más que un amistoso, pero para Aiden Benson era la frontera entre el sueño y el fracaso. Mientras se ajustaba el casco y se apretaba los guantes, observó su reflejo en el plexiglás.
Llevaba semanas sin reconocer al hombre que tenía delante.
Las ojeras delataban noches de insomnio y sus ojos azules, antes tan claros, parecían empañados por un peso invisible.
Su familia lo había llamado para expresarle su apoyo y, al menos, aquello lo había reconfortado.
Su hermana Maya conocía la verdad sobre él desde hacía tiempo.
—Ya verás que todo se arregla, Aiden. Quizá solo haga falta un poco de tiempo…
Estaba seguro de que Maya creía en aquellas palabras. Pero él conocía aquel mundo en el que, durante tantos años, había deseado entrar desesperadamente. Dejar pasar un poco de tiempo no serviría absolutamente de nada.
Había intentado convencerse de que apartar a Luke había sido la decisión más adecuada.
Y, sin embargo, cada vez que el móvil permanecía en silencio, sentía que el vacío crecía dentro de él.
Un vacío que amenazaba con devorarlo un poco más cada día.
La tentación de llamarlo era irresistible, pero no podía ceder. Había hecho lo correcto, por los dos.
El entrenador Harris entró en el vestuario con su habitual paso decidido. Nada de discursos motivadores manidos; no era su estilo. Se limitó a posar la mirada en sus jugadores.
—Ahí fuera no me interesa vuestro talento, me interesa vuestro carácter. Quien pierde la cabeza… ya ha perdido el partido.
La mirada del entrenador se detuvo un instante en Aiden y él comprendió de inmediato el mensaje. Respiró hondo. Tenía que mantener la cabeza fría a cualquier precio. No podía dejar que las emociones lo arrollaran.
El comienzo del encuentro fue brutal, mucho más de lo que Aiden esperaba. Los New York Titans habían decidido plantear un partido extremadamente físico. Cada choque rozaba el límite del reglamento y cada saque neutral se convertía en una batalla de nervios.
Pese a todo, Aiden jugaba bien: recuperaba discos, defendía y creaba ocasiones.
Pero Dylan Pierce, aun formando parte del mismo equipo, parecía tener un único objetivo durante aquel partido: provocarlo.
Cada vez que pasaba junto a él, le soltaba un golpe con el palo o con el hombro.
Después empezó a susurrarle cosas, lo bastante bajo como para que los árbitros no lo oyeran.
—¿Has perdido a tu DJ?
Aiden siguió patinando, aparentando indiferencia. No respondió, pero unos minutos después llegó otra provocación.
—Quizá ahora haya encontrado a alguien menos cobarde.
Aquellas palabras se clavaron como cuchillas.
—¡Seguro que se lo está pasando bien!
Desde el banquillo, Neal Cooke intuyó el peligro al instante.
—¡No le hagas caso! —gritó.
Pero Dylan aún no había terminado. Durante un cambio de línea, se acercó lo suficiente como para rozarle el casco. Estaba decidido a desafiarlo hasta obligarlo a venirse abajo.
—¿Sabes una cosa, Benson? Fui yo quien filtró la información y dio su dirección a los fotógrafos.
El mundo pareció detenerse. Aiden se volvió de golpe.
—¿Qué has dicho?
Una sonrisa apenas insinuada apareció en el rostro de Dylan, pero fue suficiente.
—Lo has oído bien.
El puñetazo salió casi sin que Aiden se diera cuenta. Los guantes acabaron sobre el hielo y los palos se deslizaron lejos de ellos. En cuestión de segundos, ambos estaban enzarzados en una pelea que obligó a árbitros y compañeros a intervenir.
El público estalló y a Aiden lo apartaron a duras penas. Respiraba con dificultad, la rabia aún le palpitaba en las venas. Mientras abandonaba el hielo, se cruzó con la mirada del entrenador. La decepción dibujada en el rostro de Harris dolía mucho más que cualquier puñetazo recibido.
Dos horas después, el silencio del despacho de la directiva era casi insoportable. Rick Donovan iba de un lado a otro sin descanso.
—Enhorabuena. Acabas de arriesgarte a tirar por el retrete todo lo que has construido. ¿Y para qué?
Aiden seguía de pie, con las manos aún enrojecidas.
—Me ha provocado. Ha dicho algo que…
—¡Eso no importa! —lo interrumpió Rick, golpeando la mesa con una mano—.
Los deportistas reciben provocaciones todos los días, lo sabes muy bien.
Seguro que te ha soltado unas cuantas gilipolleces para hacerte llegar a este punto.
¡Siempre pasa! Pero quien pierde el control…
también pierde el partido, el contrato y todo lo demás.
Aiden suspiró y bajó la cabeza. Le costaba admitirlo, pero Rick tenía razón. Dylan Pierce sin duda lo había provocado solo para que lo echaran. Ese había sido su objetivo desde el principio y él había caído como un idiota.
El entrenador Harris guardó silencio y después habló con frialdad.
—La decisión sobre tu contrato queda en suspenso. Lo siento, Aiden, no he podido convencer a los directivos de que se lo replanteen.
Aquellas palabras golpearon a Aiden como una sentencia. ¿De verdad había terminado todo para él?
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la periodista deportiva Sophie Grant examinaba con atención una serie de fotografías en la pantalla de su ordenador.
Llevaba semanas siguiendo aquel asunto con una mezcla de interés e irritación.
Aunque su trabajo consistía en investigar las noticias a fondo, no soportaba que se utilizara la vida privada de las personas para hacerles daño.
Algo no encajaba: las imágenes publicadas en las webs sensacionalistas eran demasiado precisas, estaban tomadas demasiado de cerca.
Y ella era demasiado lista y obstinada para dejarse engañar.
Alguien tenía que conocer los movimientos y los horarios de Aiden, o al menos intuirlos.
Revisó decenas de artículos, entrevistas y comentarios.
Hasta que un detalle le llamó la atención.
Una fotografía mostraba claramente el aparcamiento reservado a los jugadores.
Aquel acceso estaba prohibido al público, y también a los periodistas y los fotógrafos.
Nunca habrían podido fotografiarlo desde allí.
Además, muy pocas personas sabían por qué salida abandonaba Aiden el centro deportivo.
Sophie cruzó fechas y registros y, al final, llegó a un nombre. O, al menos, a un sospechoso, teniendo en cuenta lo ocurrido durante el partido que había acabado con la expulsión de Aiden Benson. Dylan Pierce. Tenía que haber sido él, estaba segura.
Todo resultó aún más sencillo cuando un joven fotógrafo autónomo, acorralado por sus preguntas insistentes, confesó que había recibido información detallada del propio veterano de los Guardians.
La historia cambiaba por completo de perspectiva. No había sido una casualidad, sino una traición cometida desde dentro. Y lo justo era que la verdad saliera a la luz cuanto antes.