Más allá del hielo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Cuando llegó al Guardian Arena, una multitud de periodistas ya lo esperaba a la entrada.

—¡Aiden!

—¿Tienes una relación con Luke Moretti?

—¿Quieres comentar las fotografías? ¿Desde cuándo estáis juntos?

—¿Cómo defines tu orientación sexual?

—¿Eres gay o bisexual?

—¿El club estaba al corriente?

—¿Qué opinan tus compañeros de equipo?

Los flashes lo cegaron y las preguntas se superponían, enloquecidas. Los guardias de seguridad consiguieron meterlo dentro, aunque con dificultad, y evitaron que la situación empeorara.

En los vestuarios reinaba un silencio antinatural. Tyler bajó enseguida la mirada, mientras Neal se acercaba a él.

—¿Cómo estás?

Aiden suspiró y se encogió de hombros.

—No lo sé.

Neal le apoyó una mano en el hombro.

—Recuerda una cosa. Pase lo que pase ahí fuera… aquí dentro lo que cuenta son tus compañeros. Seguimos siendo los mismos.

Fue un gesto sencillo, pero Aiden comprendió que no estaba completamente solo. Saber que tenía a Neal de su parte lo reconfortó.

Entretanto, el entrenador Harris convocó una reunión de inmediato. Su expresión, sin embargo, era más dura de lo habitual.

—A partir de este momento, nadie hablará con la prensa sin autorización. ¿He sido claro? —Después miró directamente a Aiden—. Tú, ven conmigo.

Rick Donovan ya lo esperaba en el despacho.

Iba de un lado a otro como un animal enjaulado.

Un animal bastante rabioso, a decir verdad.

En cuanto vio a Aiden, le mostró la tableta.

Los comentarios se sucedían sin fin, entre insultos, especulaciones, memes y artículos.

Incluso habían rescatado algunas fotografías antiguas suyas en Minnesota, con su equipo local.

Estaban indagando por todas partes, también en su pasado, en busca de alguna aventura o relación anterior.

Rick habló entre dientes.

—Veo que has pasado olímpicamente de lo que te dije la última vez que hablamos. ¿Te das cuenta del desastre?

Aiden no contestó y el agente siguió ensañándose con él.

—Los patrocinadores están haciendo preguntas, los directivos están furiosos y la prensa quiere una declaración. —Se detuvo delante de él—. Pero ¿sabes qué es lo peor?

Abrió otro perfil que Aiden reconoció al instante. Era el de Luke. Bajo la última fotografía publicada por el DJ aparecían cientos de mensajes.

Muchos eran simples críticas, pero otros comentarios eran realmente crueles. Insultos personales, ofensas, amenazas. Y, por lo general, sus seguidores adoraban a Luke.

Aiden sintió un frío glacial atravesarle el pecho. Así que no era él el único que sufría: Luke estaba corriendo la misma suerte. Y era una persona completamente ajena al mundo del hockey, implicada solo porque había tenido la mala suerte de iniciar una relación con él. No era justo.

Cuando llegó al loft aquella noche, encontró a Luke con el ordenador encendido. Pese a todo, Luke intentó sonreír y le tendió la mano para atraerlo hacia sí.

—He apagado el móvil y he desactivado mis redes sociales, de momento. Creo que era lo mejor. Además, ¡de vez en cuando viene bien desintoxicarse un poco de las redes! Al menos me tomaré un descanso.

Aiden asintió y se sentó junto a él en el sofá. Sabía que Luke estaba intentando, a su manera, quitarle hierro al asunto.

—Lo siento.

Luke volvió lentamente la cabeza y le acarició el rostro con dulzura.

—¿Por qué?

—¡Por haberte arrastrado a todo este lío! Te estoy arruinando la vida… y quizá también la carrera. ¡No es justo!

—No me has arrastrado tú, Aiden. Me he metido yo solo. Sabía muy bien lo que podía pasar cuando empezó lo nuestro, igual que lo sabías tú. No soy tan ingenuo, conozco bastante el mundo del hockey. Así que… no te preocupes por mí, ¿vale?

Aiden cerró los ojos y asintió. Le habría gustado creerlo, pero cada insulto que había leído durante el día seguía resonándole en la cabeza.

Extendió una mano y rozó el rostro de Luke, como si quisiera grabar aquel contacto en la memoria.

La dejó deslizarse por su pecho y después la retiró lentamente.

—No puedo seguir.

—¿A qué te refieres? —La sonrisa de Luke se borró al instante.

—Si te quedas conmigo… harán esto todos los días —dijo Aiden, tragando saliva con dificultad—. Cada foto, cada concierto, cada entrevista. No van a parar. Tomarte un descanso de las redes sociales no será suficiente.

—Aiden…

—No, Luke. Déjame terminar. —Le temblaba la voz—. He pasado toda mi vida soportando la presión. Puedo seguir haciéndolo. Pero no soporto la idea de que te destrocen por mi culpa.

Luke lo miró durante largo rato. En sus ojos verdes brillaba una tristeza contenida, casi incrédula.

—¿Esa es tu decisión? ¿Es esto lo que de verdad quieres?

Aiden no pudo sostenerle la mirada; agachó la cabeza y se pasó las manos por la cara. Aquel silencio fue respuesta suficiente. Luke inspiró hondo.

—De acuerdo, Aiden. Me importas de verdad… lo suficiente como para dejarte marchar sin discutir, si eso es lo que quieres.

Aquellas palabras rompieron algo en el corazón de Aiden. Quería besarlo, decirle que estaba cometiendo un error, que no quería dejarlo en absoluto, al contrario… que encontraría una solución. En lugar de eso, permaneció inmóvil, convencido de que era la única forma de protegerlo.

Cuando salió del loft, había vuelto a nevar. No se giró. Sabía que, si lo hacía, volvería para estrechar a Luke entre sus brazos y ya no tendría fuerzas para marcharse.

Los días siguientes fueron los peores de su carrera. Dormía poco, apenas comía. Seguía entrenando con la misma intensidad, pero algo se había resquebrajado.

Sobre el hielo, el cuerpo respondía como siempre, pero la mente no. La mente parecía completamente ausente, lejana. Por eso fallaba pases sencillos y llegaba tarde a disputar los discos. Perdía la concentración en los momentos decisivos.

El entrenador Harris lo observaba con creciente preocupación.

—¿Qué ha sido del jugador de estas últimas semanas?

Aiden no tenía respuesta, pero la verdad era que sabía perfectamente dónde se había quedado la mejor parte de sí mismo.

Las derrotas empezaron a acumularse, una tras otra. La confianza del equipo flaqueaba y los periodistas habían empezado a hablar de la crisis de Aiden Benson, asegurando que no duraría mucho en los Boston Guardians.

Rick estaba cada día más nervioso, hostil y cabreado, principalmente con él. Dylan Pierce, en cambio, lo observaba todo desde lejos con una expresión de satisfacción que intentaba ocultar.

Por primera vez desde que había puesto un pie en Boston, Aiden Benson no tenía miedo de perder su puesto en los Guardians. Tenía miedo de haber perdido ya algo infinitamente más importante.